viernes, 30 de diciembre de 2016


Happy new year

Mira, no pido mucho,
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Necesito esa puerta que me dabas
para entrar a tu mundo, ese trocito
de azúcar verde, de redondo alegre.
¿No me prestás tu mano en esta noche
de fìn de año de lechuzas roncas?
No puedes, por razones técnicas.
Entonces la tramo en el aire, urdiendo cada dedo,
el durazno sedoso de la palma
y el dorso, ese país de azules árboles.
Así la tomo y la sostengo,
como si de ello dependiera
muchísimo del mundo,
la sucesión de las cuatro estaciones,
el canto de los gallos, el amor de los hombres.
                               Julio Cortázar

Julio Cortázar
Foto: Sara Facio

lunes, 26 de diciembre de 2016

                                                                           En la isla, septiembre de 1940.

Martes:               
  Morel habló con ellos esta noche. Faustine está angustiada, terriblemente enojada con él. Primero los convocó muy tarde, deseaba que no faltase nadie. Tuvieron que traer a Dora que estaba dormida a esa hora; se demoraron más porque no quería salir de la cama. Un poco a la fuerza la sacaron, sosteniéndola de cada brazo. Morel había acomodado las sillas como si fuesen a escuchar una conferencia. Se lo veía entusiasmado, como si fuera a darles una noticia increíble. Lo raro es que no amagó durante el día en hacerles un adelanto de lo que les iba a decir. Su conducta fue habitual, excepto que esa tarde apareció en el acantilado lo cual generó en Faustine una gran incomodidad. A ella le gusta ir sola, todos los días, sentarse en dirección al poniente y ver el atardecer. Siente que así su espíritu es perdonado, redimido, liberado. Se fusiona con el oro de la tarde, es una en él. Ama esa soledad antes de que anochezca, son instantes de plenitud. En cambio, la noche no le pertenece. La noche se mueve a su antojo, tironea y muerde las almas. No le gusta la noche. Se hace un ovillo en la cama, desea que pase rápido, ansía dormirse pronto, que no aparezcan ellos, los fantasmas, los delirios de esa casa.
  Morel fue esa tarde al acantilado. Faustine estaba sentada, como siempre, mirando el sol. Él se ubicó unos pasos más atrás, primero de pie; luego lo sintió arrodillarse. No amagó hablarle. Al rato, se levantó cuando el sol se había ido y no había nada que hacer allí. Estaba fresco. Se abrigó con el manto que llevaba siempre. Él se levantó también y caminaron a la par hacia el museo. Ahora entiende por qué había ido. Quería que las máquinas los fotografíen. Quería grabar momentos compartidos, simular que lo fueron, como si él y Faustine tuvieran algo que compartir además de la estadía en la isla. Ella se rebela ante el abuso de confianza que ahora ve como inmoral.
  Cuando concluyó la declaración, Dora sufrió un desmayo. La llevaron en andas a su cuarto. Stoever lo increpó hasta los golpes. Morel está completamente loco. La isla lo ha enloquecido y ahora todos ellos forman parte de una quimera cruel y dolorosa. Su cinismo es estúpido y van a morir. “Les daré una eternidad agradable” les dijo. Ella se niega al fin. No quiere morir. Quiere huir. El barco sigue anclado en la playa. Piensa que puede decirles a los otros que se vayan. Sólo quiere volver a casa. Volver a los atardeceres en la galería de la casa de campo, sentir el día que se apaga. Allá dejó a Ayax; la última vez el médico le dio un antiparasitario. ¿Estará curado? Correrá de un lado a otro trayendo su juguete preferido? ¿Se pondrá panza arriba para que tía Flora le haga cosquillas y la convenza de que le deje el resto del almuerzo?
 Tiene que haber una forma de detener las máquinas, que sea Morel el único que naufrague en el mar de la eternidad, y no todos ellos. Anular lo grabado, destruir el invento, forzarlo a decirles dónde están, amenzarlo con un incendio o con el avance de las mareas, que avancen las aguas hasta inundarlo todo. Tiene que hablar con Stoever, ella sabe que puede ayudarla. Dejarán solo a Morel con sus máquinas. ¿Cuánto les queda? ¿Un día, dos, una semana de vida? No quiere morir. No quiere ser inmortal. Quiere volver a casa. Sólo quiere volver a casa.


                 (Diario imaginario de un personaje de La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares)

                                                                                                                           J.G.



martes, 13 de diciembre de 2016


- T: ¿Cómo ha sido su relación con la escritura en el tiempo?
- AC: No es algo que haya reflexionado en un sentido riguroso. Lo que siento es que cuando empecé a escribir mi acceso a la literatura era por agregación, escribía de todo: poemas, teatro, un diario, cuentos, todo era para escribir. Con el tiempo empecé a escribir por extracción. Ya sabía qué era lo que podía escribir. Cuando encontrás tus límites también encontrás la literatura. Todas la formas me daban el mismo trabajo, pero de algunas yo me sentía más cerca. Siempre quise ser poeta, pero creía que me iba a morir a los 23 años; ahora tengo 81. Hay un momento en que entendés que las obras llevan mucho tiempo, y una manera de vivir es vivir escribiendo. El otro momento donde descubrí la escritura de verdad fue en una entrevista que nos hicieron a Borges y a mí en una antología. Yo era el menor, Borges era el mayor en todos los sentidos. Ahí nos preguntaban cuándo escribíamos. Yo conté las razones por las que escribía de noche, una disertación totalmente palabrera. Pero yo quería saber qué iba a decir Borges. Ante esa pregunta, dijo: siempre. Ahí me di cuenta: un escritor escribe siempre, aunque no escriba. No es el acto de escribir lo que te define como escritor, es tu manera de ver el mundo. Ahí entendí lo que es la escritura: no importa si no escribís durante un año, ya escribirás, porque si estás mirando la realidad desde la literatura, eso va a ir a parar a un libro. Que ese libro sea publicado es accesorio. Muchos grandes escritores han prescindido de la publicación. En mis talleres siempre digo lo mismo: si lo que quieren es publicar no vengan. Esto es para los que quieren escribir.
- T: ¿Cuál es su idea sobre la poesía?
- AC: Para Aristóteles todas las formas literarias son formas de la poesía. No creo en un escritor que no tenga como núcleo la poesía. No importa si escribe poemas. El propio Bradbury declaró alguna vez en sus consejos a escritores que antes de sentarse a escribir un cuento lean un poema.

                                 Entrevista a Abelardo Castillo por Juan Rapacioli, Cultura/Télam, 10/12/2016.



Foto: Abelardo Castillo
Télam

viernes, 9 de diciembre de 2016

A partir de "Jack el Olvidador" de Alberto Laiseca

Parte médico

“Hace pocos días me ha llegado el pedido de un informe del estado de salud mental del paciente Conde de Transilvania internado en nuestra institución. En la primera entrevista que tuve con el paciente observé un profundo estado de delirio agravado probablemente por el escaso contacto con la luz solar y el encierro en un cajón que, según contara, es su espacio de descanso. La tez verdosa, las marcadas ojeras y la mirada, por momentos, esquiva, por momentos inquisitoria, me permiten hacer una primera lectura de que estamos ante un caso de paranoia esquizofrénica. El paciente aduce que no puede exponerse a la luz solar, caso contrario, sus fuerzas se debilitan. Que necesita una ingesta diaria de sangre; por tal razón, sale a medianoche a cazar animales y que las malas lenguas han porfiado que muerde a la gente, en particular, a mujeres. También, según su testimonio, se vio obligado a vivir aislado, encerrado en un castillo de su propiedad hasta que fue delatado por un viejo sirviente que, ante la falta de paga, dio la información de su paradero a los lugareños de Transilvania que lo venían buscando para darle muerte por haber mordido a dos jovencitas del pueblo. Tal situación lo obligó a tomar un vuelo nocturno desde Europa del Este hasta América. La premura del viaje lo llevó a marcar un destino azaroso; el arribo a Buenos Aires lo sorprendió: desconocía de un país llamado Argentina. Demás está decir que la luz del día impidió que saliera del aeropuerto por lo que tuvo que esperar a que anocheciera para tomar otro vuelo. Durante la espera le dijeron que la ciudad era la capital y muy ruidosa para su necesidad de anonimato; le sugirieron las sierras de Córdoba. En Ezeiza tomó otro vuelo a Córdoba ciudad. Allí pidió un coche particular a cualquier pueblo de las sierras más o menos cercano. Lo llevaron a Unquillo con la promesa de tranquilidad y poca gente. Alquiló una casa vía telefónica. La dueña vive cerca de la alquilada aunque nunca la vio; prefiere los depósitos on line. Entre los papeles que observé se encuentran varias cartas a Mina y a Lucy. Sospecho que son amores no correspondidos por el tono nostálgico, y a veces, desesperado, del conde. Están fechadas en el siglo anterior, lo cual permite identificar desvaríos en cuanto a la ubicación en el tiempo. En ellas, Drácula deja entrever que los prejuicios sociales se interponen en la relación amorosa que, por lo que entreveo, no se ha consumado, y él ánimo cambiante de su carácter pondría en peligro la integridad de las jóvenes. Sospecho que aquí se refiere a la supuesta provista diaria de sangre.
  El conde permaneció desapercibido por los vecinos durante dos meses desde su llegada. Según testimonios de la dueña de la casa, nunca lo vio salir de día; al punto de que merodeó el lugar un par de veces ante la sospecha de abandono; pero al recibir el depósito del segundo mes de alquiler entendió que el inquilino deseaba una vida al resguardo de visitas. Los inconvenientes surgieron a partir del tercer mes cuando aparecieron en la zona varios animales muertos; aparentemente desangrados por algo o alguien que no era otro animal. El pánico cundió en Unquillo acervado por leyendas rurales y fotos subidas a las redes sociales por los más jóvenes. Cuando interrogué al paciente por estos hechos me dijo que se le había terminado la sangre de los bidones que había traído de Europa y que le urgía abastecerse. Es evidente que estamos ante un caso de locura extrema; el sujeto “cree” ser el Conde Drácula de la leyenda; emula desde la impostura y acciones al personaje de ficción. Encontré entre otras de sus pertenencias, un viejo ejemplar de Bram Stocker.
   Desde que fue detenido e internado en la institución se le han aplicado diez sesiones de electroshok, un método tradicional para generar en el paciente el olvido de sus acciones inmediatamente anteriores y abrir un espacio a la curación; aplaca la ansiedad y fantasías relacionadas con el suicidio. Si bien Drácula porfía en que es inmortal, su documento de identidad indica que nació en 1950. No descarto que busque las maneras de escaparse del hospital dado que se niega a salir durante el día por el parque para hacer las necesarias caminatas con el enfermero de turno. Encontré, además, en un bolsillo secreto de su valija, cremas y maquillaje artístico que confirman que el tono verdoso de la piel es producto de una cuidada construcción de su imagen. El punto más álgido de su persona es el origen de sus fondos: tiene una cuenta en dólares en un banco de Suiza a la que no tuve acceso; sin embargo, de manera que aún no comprendo, llegan puntualmente los depósitos para la internación y el alquiler. El paciente será interrogado nuevamente por autoridades policiales dentro de dos días. Luego de esa fecha, seguiré con el informe.” (grabación del Dr. Enrique Subiela, médico del Hospital Psiquiátrico de la ciudad de Córdoba, 23/10/16)
                                                                            J.G.

Foto: Bela Lugosi
en Drácula (film de Ted Browing, 1931)




miércoles, 7 de diciembre de 2016

Ciudades Invisibles a lo Italo Calvino

Las ciudades y los puentes 

  Irenea es una ciudad escondida en las montañas. Sus habitantes viven entre sus laderas o en cuevas perdidas. Para no morir de frío, construyen canales internos con pozos de agua y tienden redes eléctricas para sobrellevar el invierno. Para vivir en Irenea hay que superar un entrenamiento exigente; por ejemplo, escalar sin caer a cien o más metros o hacer equilibrio entre los puentes de soga colgados desde sus abismos.

  Los Ireneos suelen agruparse en parejas. Las mujeres, ágiles y fuertes, intercambian tejidos por legumbres con las mujeres de ciudades vecinas. Los hombres construyen caminos, atan los puentes en diferentes alturas y encienden el fuego comunitario. Por la noche, acostumbran contar un cuento, hábito milenario traído de Oriente y también cantan al mediodía, como si la palabra los uniera con los antiguos y con los que vendrán en una cadena infinita hecha de sonoridades y de sentidos que despiertan placidez interior. Algún aventurero podrá decir que el arte forma parte de sus costumbres aunque ellos no conozcan qué significa esta palabra. 
   Los habitantes de Irenea tienden a diario múltiples sogas que trenzan hacia la cumbre; aspiran a llegar algún día, o una noche, al pico más alto para respirar el aire de los dioses. La inmortalidad es en Irenea un símbolo como lo son el río, el sueño o el viaje.
                                                                                        J.G.


Foto: M.C.Escher

domingo, 27 de noviembre de 2016

Calles

I
Y si entre las veredas de la avenida
lo viera venir,
lo viera caminar en sentido contrario
como si tuviera la intención
de acercarse,
sus ojos mirándome.
Entonces esta ciudad de ríos,
apenas una mancha en el mapa,
tendrá el aroma intenso
a jazmines, a lapachos florecidos,
el palo borracho abriéndose
a los nombres de todos los árboles,
no tan arisco como para arrimar
las manos a su piel.

II
Y ahora camino hacia al río,
bordeo las calles, reverberan
los vidrios de botellas rotas,
uno o dos que anoche se perdieron
por una mujer o quién sabe qué.

El este es un destino,
como el río que es también la calle,
hipnotizan los lapachos o los jacarandáes,
las baldosas insinúan el nombre
que amo; voy hacia el este,
bordeando el camino de asfalto,
llenando el vacío con hojitas de paraíso
hasta que te encuentre.


III
Porque ella me contiene
como la palma de mi mano
las marcas del tiempo,
no el deseo, no los signos
de tu paso en un cuerpo
que ya no es el mío.
La ciudad guarda la memoria
de lo vivido, como instantáneas
y ella está para recordar
que soy aprendiz
de un lenguaje que duele.

                        J.G.



domingo, 20 de noviembre de 2016

Misericordia

  Entró por el lateral de la iglesia. En ese momento, el sacerdote estaba de pie, cerca de los chicos explicando la cita bíblica. Distraída, por momentos, no le vi la cara. Sólo la espalda y los tacones que simulaban no hacer ruido al golpear las baldosas frías. Se acercó al altar de los santos agustinos. Se persignó; llevaba unas flores cortadas hacía días. Mientras acomodaba la ofrenda en un jarrito, vi que inclinaba la cabeza a Santa Rita. Llevaba una torera, el pelo corto, muy rubio, muy teñido, un pantalón ajustado, los tacones trasnochados. Después se dio vuelta para buscar un asiento. Le abultaba el pecho en una blusa muy ajustada. Si te digo que llevaba una cartera, sí, no me mires mal, una cartera de tira larga, pequeña, me habrías dicho por qué no me fui más lejos. Ella se sentó en el banco de adelante. Olía a perfume de lavanda, intenso. A esa altura me había olvidado de la homilía. Ella seguía mirando a Santa Rita. Rezaba. O creí que lo hacía. No me pareció que fuera una mujer humilde, como decimos, a las que llegan de Villa del Parque. No. Ella tenía un aire a señora bien, exótica para un domingo a la mañana. Enseguida pensé que trabajaría para la Municipalidad o Tribunales. Me la imaginé sellando papeles, tras un escritorio. Sin hijos. No tenía el cuerpo flojo. Y sin embargo, había algo en la expresión de su cuerpo que quería descifrar. No sé. Una sensación de culpa. Se arrodilló unos minutos, la cartera colgada al hombro, la espalda inclinada a Santa Rita. ¿Qué estaría diciendo?      Cuando se sentó se acomodó la camisa que apenas tocaba la cintura. Se levantó. Se acercó otra vez al altar. A esta altura el padre había terminado la homilía. Ahora rezábamos las intenciones comunitarias. Ella parecía no darse cuenta de los demás, ni de las madres que pasaban por el pasillo con los cochecitos, ni de los chicos apretados en las primeras filas, atentos a los cordones de sus zapatillas, ni de algunos hombres que cabeceaban simuladamente para verla. Sacó de la cartera una vela y un frasquito de plástico, como los que venden para la fiesta de San Expedito. Encendió la vela con otra, y luego volcó un poco del agua en sus manos. Así mojadas se persignó y se las llevó a la cabeza, al cuello, al pecho. En ese momento pensé que alguna noción de catequesis debía tener. Porque cualquiera lleva flores a los santos pero, ¿mojarse con agua, prender una vela? La luz, como el agua, son signos del Espíritu, del Santo Espíritu de Dios que limpia los pecados del mundo, ahuyenta la tentación, nos alumbra de fe y esperanza. El agua, como la luz, despoja a los hombres del maligno, símbolo de pureza y sanación. Vos me vas a decir que me salta a cada rato el libro del catequista, que soy una prejuiciosa. Claro que no, pero decime, si vieras una mujer vestida así, en la misa del domingo de las diez de la mañana, ¿no te habría llamado la atención? ¿No te habrías puesto a pensar qué hacía esa mujer en la misa de las familias con esa facha? Mientras vos pensás de mí lo que quieras yo me pregunté qué le habrá pedido a Santa Rita. ¿Que Dios la perdone? ¿Que la purifique? ¿Que la convierta? ¿Qué huela dulcemente como ella después de muerta?

  Ves, vos también querés saber qué hizo después. Y lo que hizo fue que se quedó un rato más, la cabeza inclinada hacia atrás, los ojos en la santa, la vela encendida al lado del florerito. Cuando estábamos por cantar “Cordero de Dios…”, guardó el agua, depositó un billete en la urna, dio la media vuelta y se fue, haciendo un leve ruido con los tacones que apoyaba con la punta de los pies. Yo hice como que no la estaba mirando. Cuando fue el momento de la comunión me acerqué al altar. La luz de la vela seguía encendida. Miré a Santa Rita y me pareció, o eso creí, que un rastro de misericordia asomaba en los ojos de vidrio.
                                                                         J.G.



sábado, 19 de noviembre de 2016

El arte de narrar de Juan José Saer

Lo que cantan las sirenas

El país natal
es como el pozo púrpura entre muslos de oro
del que la barba vuelve humedecida. Y ese otro
vicio, el de los viajes, cabalgar
un animal de madera que se sacude 
siempre en el mismo punto. Somos
la oscuridad esmeralda, fría y sin ruido,
y cantamos la derrota: no hay vendas
tan hondas que protejan los ojos
de este nuestro tumulto de luz. El coro
llameante boya y recuerda
el desierto de las ciudades, la agonía
de estar sentado y esperar, agregando horas a la noche,
la mañana imposible,
las manos que no aferran nada,
la discordia perpetua del llano y la geometría,
los pájaros que vienen como piedras a morir.
Al trayecto que ya pasó se lo come la niebla
y el pozo del deseo está seco para regar lo que falta.

No están aquí porque llegaron
ni porque busquen ningún lugar
y hay un lugar grande
en el que están y no saben.
Somos la espuma que murmura, dorada, del abismo mudo.
Nuestra canción canta lo mismo en los oídos que no nos oyen,
nuestros rayos relumbran en los ojos que no nos ven:
años enteros de furia lenta
trabajando contra el momento del amor
y esta no es todavía ni la mitad del camino.
                                                     Juan José Saer. El arte de narrar, Santa Fe, Ediciones UNL, 1988.


Juan José Saer
Foto: Diario de Cultura

martes, 15 de noviembre de 2016

A partir de "La muralla y los libros" de J.L.Borges

La inminencia de lo perfecto

Como si el crepúsculo
pudiera decirnos algo,
en ese momento
en que tu mano
me llama a tu pecho,
yo me concentro
en nombrar
esto que no tiene nombre.

Será que el crepúsculo
es una música en la terraza,
el banco de más allá
que espera a los gorriones.

Y qué pierdo con pronunciar
lo que no debo
despojarme de un latido,
lo que otros llaman
amor pero no me basta.

                   J.G.


Foto: María Eugenia Zeballos

                         




domingo, 6 de noviembre de 2016

"...El mar entre las manos de las nubes. /El mar entre las nubes de las hierbas./ El mar entre las hierbas de tu cuerpo..." Eduardo Cirlot

Extraño el mar desvanecido entre las rocas,
la aspereza del ruido blanco,
la arena hundida en la planta del pie
los pequeños regalos que una vez me diera,
las horas boca arriba
mirando el cielo gris.

Que yo lo esté llamando,
como los barcos a sus faros,
en la línea horizontal y definitiva,
en la que crujen las olas
y las algas. Hundirse en el recuerdo
de su voz con los párpados cerrados,
o en la sombra de mi oído,
antiguos signos de su cuerpo.
Es dulce recordar,
doloroso y dulce,
no puedo negarlo.
                     J.G.



Foto: J.G.

sábado, 29 de octubre de 2016

   La noche en la selva se parece a un interrogante cínico. No estoy hablando de una selva física, con monos y leopardos. La selva es una metáfora de lo perdida que estoy entre la rutina y los edificios, entre las calles sucias y los disfraces que una se pone para aparentar que está todo bien a esta altura del año. Me saco una selfie y está todo bien por acá, así funcionan las cosas. ¿Y quién está bien a esta altura del año? Sí, ya sé, los que tienen plata y viajan a cada rato a Miami o hacen cruceros por el Mediterráneo porque otra no tienen para matar el tiempo que les queda antes de morirse. A ellos les sobra tiempo y a una le falta tiempo. Qué injusta es la vida. No me digan que soy cruel porque es la pura verdad. La vida nos da tiempo antes de morirnos, antes hay que vivir o sobrevivir, como quiera que llamemos a esta cuestión de ganarse el pan de cada día y en el medio, entre puchitos de tiempo, hago lo que realmente me gusta, como para que una no sienta que vino al mundo como un esclavo. Decía que a veces la noche tiene su encanto si escuchamos un poco de música, o leemos el libro de la mesa de luz que dejamos con una pena cuando hay que levantarse a lidiar con el día por no decir con la gente que parece que lo único que le importa es reclamar por qué hice lo que hice y si no lo hice por qué no lo hice. Para contrarrestar toda la locura diaria trato de encontrar la belleza de la que habla Pasolini. ¿Dónde fue? Ah, en la Facultad hace tanto tiempo. Él dice que la belleza está por todos lados pero es uno el que no la ve porque no tenemos ojos para descubrirla. Entonces me propuse encontrar esos momentos, esas imágenes que me remiten a la belleza. Por ejemplo, la otra vez volvía del Liceo y al lado mío, en una esquina, una chica llevaba un cajón de madera como los que se usan para vender naranjas y manzanas, llevaba ramitos de flores en frascos de vidrio. Atardecía y yo vi esas flores y me dije que la belleza estaba ahí, regalándose. La otra vez fue cuando lo llevé a Juan a su hora de fútbol, íbamos caminando por la vereda ancha que mira al oeste, para ir hasta Avenida Freyre y otra vez apareció, no la vi, la sentí; eran jazmines del aire ocultos tras una cerca. Me dirán que estamos en primavera, claro que voy a ver los cambios en las plantas, en los árboles. ¿Acaso la belleza no es esto? No es también cuando él me mira, y una no sabe a dónde meterse, como si quisiera absorberme de a poco cuando me habla y una desvía la mirada para que eso no pase? A veces pienso que el amor es la noche, es el mar entre las rocas, es una selva impenetrable, es una forma de la belleza que duele, que enfría, que arde en la piel, qué se yo. No sé exactamente qué es el amor, pero veo en él belleza; y yo estoy ávida de belleza, ávida de amor, de amar, de que me amen. Que aparezcan esos jazmines en la pupila o en las narices es, como decirme, es salvar el día, es redimirse en este devenir un poco aburrido de hacer lo que se tiene que hacer. Que aparezca él tomándome de la mano, inclinándose para darme un beso, como lo hacían antes, sería maravilloso…y entonces hago esto, fabular mientras hago mandados así la rutina no me atrapa del todo, no todo del todo, no.
                                                                 J.G.



sábado, 22 de octubre de 2016

"Tengo sueño, he amado, he ganado el silencio." Roque Dalton

He ganado el silencio
para que me oiga.
Como si pudiera callar
a todos, aún callar la noche
para encontrarlo quieto,
casi dormido, indefenso.

Es que así, entre su cuerpo
y el mío, mis ojos dicen más
y aún más que la sombra
de mi mano en su hombro.

He ganado el silencio
para que me oiga,
para que mirándolo
no se duerma en su sueño
sino en el mío.
                     J.G.





sábado, 15 de octubre de 2016

"Pero solamente tú recordarías/mi manera de mirar a los ojos." Roque Dalton


Lunes 22 de agosto:
  A veces me pregunto cuántas hojas llevan las hormigas al hormiguero. Cuántas migas dejamos caer cuando comemos un bizcocho o cuántos pasos hacemos para llegar a la parada del ómnibus. En el medio de esta dispersión cruzan como relámpagos alucinógenos tu cuerpo sombreado por los árboles o un eco de tu voz que me persigue (¿o la persigo?).

Martes 23 de agosto:
   Miré nuevamente el diccionario. No figuran todas las palabras. ¿Por qué no hay definiciones para el ansia de amor, para la desesperación por falta de amor, para el agotamiento a causa del amor no correspondido? No me digas que el diccionario no está para menudencias románticas y sí las revistas para mujeres solas. Qué va. Yo quiero respuestas serias a mi problema.


Miércoles 24 de agosto:
   Leo poemas. Se cuelan Inchauspe, Dalton, Borges. ¿Para qué escribo? Ellos lo hicieron mejor, y sin embargo…Las palabras revolotean entre los dedos. Entre las palabras y el nombre que no puedo pronunciar me provocan esto que llamo “urgencia de diario íntimo”. La otra vez pensaba, cuando cruzaba la plaza, que el amor no sólo es cosa seria en cuanto a que nos traslada a un delirio poético-físico considerable sino que también el amor, aún el amor no correspondido, nos envuelve en esta vibración cósmica que llamamos “vida de todos los días acomódate a las circunstancias”.

Jueves 25 de agosto:
    Termino tomando el té frío casi siempre. Me levanto para atender el teléfono, para colgar la ropa, para revisar la mochila de Juan. El espejo del pasillo me recuerda que estoy aquí, que el té se enfría. Que el aire continúa, como las horas, y esta emoción que de a ratos me inquieta. Me gustaría decir: “porque nadie mirará tus ojos como yo” o “en mí tus ojos no serán olvidados” pero no. No queda bien; cada uno ve como quiere a los demás. Aunque hay algo en el mirar… Yo me doy cuenta. Hay gente que mira distinto, que quiere decirte algo y lo dice así, callando y mirando. A mí me pasa lo mismo. Me pregunto si no me habré delatado con este mirar cuando te miro. Tendré que aprender a mirar ocultando, como los actores. Hacer de cuenta de que yo te miro y es como mirar a otro que no me dice nada, nada en particular. Ahora bien, soy muy tímida para empezar clases de actuación. Lo mejor será recurrir a un tutorial de internet.

Viernes 26 de agosto:
Alguien podrá decirte
que seremos polvo y nada
que en el fin
el amor es olvido
y yo sé que tus ojos
verán más allá de la muerte,
que verán a través de mí,
como quien desea una cereza
en el instante de ser mordida
por esta boca. 

                                 J.G. (Diario imaginario de L.)




sábado, 8 de octubre de 2016

Tributo a Virgnia Woolf a 75 años de su fallecimiento

                              Virginia frente al lago de los patos.

                                                                              Londres, noviembre de 1940.
   Ay, si pudiera salir y entrar de las cosas con facilidad y no tener la sensación de que estoy en el borde. Hace tiempo que mi paz es un estado de ánimo por afuera de mí.  Todo lo que ha sido mi fortaleza,  esta casa,  esta ventana que mira a un parque otrora verde, como el verde de los tiempos de la inocencia, nunca vedados a los ojos de los confiados, es cosa del pasado. Londres es también una cosa del pasado, un espectro, una ruina  que el futuro sentenciará en estos tiempos de guerra. Miro a través de la ventana, como tantas otras mañanas en las que la luz motivaba a que inicie mi escritura, a veces febrilmente inclinada por horas sobre mi escrito, cigarrillo en mano; otras observando mi biblioteca.  Aparecen a la vista los libros de Shakespeare, Donne, Milton, Swift, Eliot, Brönte, Austen. Recuerdo acercarme a ellos, sacarlos de los anaqueles y releer sus páginas, absorta la lectura en sus ideas que hoy vuelven y vuelven a mi mente como las olas y su eterno movimiento, acompasado si las aguas fluyen de los adentros del tiempo, o violento si las aguas están presas de la tormenta que confunde lo destinos. Pienso que mi esencia, mi espíritu,  encarna como Orlando, el espíritu de  siglos y siglos;  que soy inmortal como los árboles de este parque, impávidos y sabios…
    Pero el dolor tejió en mí una mortaja, una telaraña sutil, casi transparente. Cuando enfermo, cuando no puedo ser conciente de mi yo, es que me dejo envolver en esta tela y sueño, sueño que soy un ser que duerme eternamente, que descansa en estas páginas de mi biblioteca, y que nada me hará despertar. ¿Para qué despertar? Quisiera ser un ente volátil y trasladarme hacia el afuera de este borde que me sucumbe hacia un fin incierto…
    Muchos se han ido y sólo quedo yo en la soledad de estas paredes en las que el amor me ha olvidado como las ramas olvidan a sus hojas caídas en otoño. Llega el invierno y con él los seres de la naturaleza duermen un sueño profundo. Quisiera acogerme al sentir de la naturaleza, ser parte del tiempo, transformar mi cuerpo en un ser inconmovible…“Dormir, dormir, tal vez soñar..” dice Hamlet. Dormir, dormir, soñar y no despertar…Ay, Orlando, quisiera ser efímera, viajar hacia atrás en el tiempo, hacia los tiempos antiguos, en los que los inocentes accedían a los paraísos no vedados a los ojos humanos.(1)
  
     Camino por el parque, la grava está húmeda aún, como si la madrugada no quisiera despertar a la mañana; el sol la toca levemente; diría que su tibieza es casi intangible. El peso de mi cuerpo la hunde en la tierra pero ella no me teme, no me rechaza; dejo mi huella y pareciera que desea que alise sus tallos crecientes, por allá rebeldes, por acá dóciles cual un mechón de pelo en las manos de una adolescente. Salgo al parque y camino, mis pies me van llevando hacia el lago de los patos; un pájaro entre los árboles pareciera decirme: “Oye, esto es la vida.” ¡La vida! ¡La Vida! ¿Y qué es la vida?, pensé.  Acaso debería creer que la Vida es un símbolo y por eso merece la mayúscula. No sé. Todo me indica que debo sentarme frente al lago de los patos y observar, observar cómo nadan impávidos en un corcoveo fútil. Parecen estar suspendidos en el agua, no nadan, están en una posición diría trascendente en sus existencias, suspendidos entre el plano del aire y el agua y para ellos, eso es todo. ¿Es eso la vida, un dejarse transcurrir, como los patos? Tal vez sí, no puedo afirmarlo, tal vez en mí, es ansiar esa suspensión casi incorpórea. ¿Será esa la respuesta a qué es la Vida? Incompleta, tal vez, en el devenir, en el sinnúmero de acciones cotidianas…Los patos no tienen conciencia de sí y yo tengo demasiada conciencia de mí. ¿Acaso podría sentir la inocencia del agua en mi cabeza, en mis manos, en mis piernas como ellos en su lento andar? No. Desearía suspenderme y quedarme inmóvil…pero es sólo eso, un deseo, una fantasía de la sin razón. Y el mal…es una presencia apenas visible en sus vidas; en cambio, en la naturaleza humana,  el mal se apodera de estos tiempos confusos…Puedo afirmar que también se apoderó de mí; de mi conciencia y voluntad, ha absorbido mi talento, y me deja en ascuas, en un gesto suplicante, en el que sucumbo en un ritual del que no podré salir incólume en estos tiempos…

       Me levanto y mis pasos me llevan hacia la arboleda en busca del pájaro que ha piado su verdad. Me arrimo al tronco del árbol en el que creo se encuentra escondido. Su corteza áspera me recuerda los sinsabores del amor. L. ha querido convencerme de que vuelva a Bloomsbury, a la tranquilidad y a la soledad del campo. Lo he hecho varias veces pero mi frustración creativa y mi sensación de esterilidad son una constante allí. He sentido tantas veces la decepción del amor, sentimiento que define a la mujer. Lo he dicho varias veces. ¿Qué es la mujer sin el amor? ¿Acaso podría definirse a la mujer de otra manera que no sea por el amor?
      He inventado en uno de mis libros a Judith, la hermana ficticia de Shakespeare, talentosa y absorbida como un cuajo por su época; ¿qué hubiese sido de Judith si el hombre le hubiese dado cabida en esa época? Su condiciónr la condenó a la miseria, a la sombra de los hombres, a la sombra del genio de su hermano, del talento que en uno fue expansión de la palabra y en la otra, olvido y vergüenza. Oh, la mujer, qué podré decir de ella y de mí misma que sufrimos la subordinación a la que el amor nos sucumbe?  Ah, ¡el amor y su vastedad, el amor y su mezquindad! Los siglos han pasado y a pesar de ello,  la realidad es la misma para la mujer: su talento fructificará a expensas del amor y de la conciencia de los hombres; avanzará lentamente bajo el signo  patriarcal que le recordará por siempre que no habrá igualdad entre el hombre y la mujer.
    Rodeo con mis manos el añoso tronco del árbol y me recuesto lentamente en sus raíces. Recuerdo haber escrito hace unos años que los sexos deberían complementarse para que el acto de creación pueda llevarse a cabo, una complementación mental. El escritor, una vez concluida su experiencia, debería recostarse y dejar que su mente celebre sus nupcias en la oscuridad. Ah, ¡el amor y su vastedad, el amor y su mezquindad! Mujer, amor…y una palabra más…la escritura.  La tríada se completa con la escritura y en ella me veo envuelta como la crisálida a su tela. La literatura está sembrada de naufragios de hombres a quienes la opinión ajena les importó más allá de toda razón. ¿Podremos vivir armónicamente, la parte femenina del cerebro con su parte masculina a pesar del sexo que le da cuerpo a la humanidad? ¿Ya quisiera que esto ocurra, porque creo, que somos seres que  trascienden los cuerpos y por ende, su género. Tal vez Coleridge tenga razón al afirmar que las grandes mentes son andróginas. Sólo si ocurre esto, esta fusión, las mentes serán plenamente fertilizadas en todas sus facultades.

     Toco las raíces del árbol; son nudosas manos de dioses ancestrales, pergaminos célticos alguna vez descifrados por los antiguos. La quietud me envuelve, no puedo estar mejor. Aprovecho estos raptos de lucidez que son también momentos de felicidad conmigo misma. Y en este plácido estado, en el que ni los pájaros se atreven a romper el silencio, evoco frases, ideas que defendí fervientemente como escritora. La poesía depende de la libertad intelectual y  la libertad intelectual depende de los bienes materiales. Ningún hombre que se llame escritor ha podido ejercer su oficio sin un mínimo pasar económico. He sido afortunada. He tenido un buen pasar, mis libras anuales garantizaron mi cuarto propio. ¿Pero qué ha de pasar con aquellas tantas Judith en el mundo sin dinero y sin cuarto propio? Dando luz a niños, bañándolos, dándoles de comer, acostándolos a dormir con su vocación por la palabra escrita a cuestas? En esta situación, la mujer siempre ha sido más pobre que los esclavos atenienses. Sin un pasar económico, la mujer no tendrá libertad intelectual.  Su vocación se le irá de entre las manos como el agua de los torrentes de montaña. Vuelvo a pensar en el amor y en la mujer, en el amor tan mezquino a veces con las mujeres, que a unas las absorben un hijo tras otro y a otras, como yo, a las que el amor no le ha dado ni uno…Ah, el amor y su vastedad, el amor y su mezquindad…Me recuesto sobre el tronco del árbol del pájaro cantor de la Vida, evocando a Judith, y tantas otras anónimas mujeres del pasado, a las que les han sido sacrificados sus talentos, las veo étereas e incorpóreas  pero vivazmente presentes  como esta corteza que lastima dulcemente las yemas de mis manos. Ellas están aquí, son presencias luminosas en mi espíritu, y lo serán también de las que vendrán, piadosas y gentiles, honestas y dulces, aventureras y racionales; todas ellas, serán la continuación del ánimo de la mujer que no tuerce su voluntad, que busca escribir y escribe, a pesar de todo.
                                                                  J.G. (monólogo ficcional de Virginia Woolf)

Virginia Woolf
por Sebastián Dufour

sábado, 1 de octubre de 2016

El beso

 Son sólo las tres y media y me queda esperar un rato hasta que tía Isabel me llame a tomar la leche. Hoy no vino Alfredo para jugar con la bici, qué bronca me da si sabe que vengo los viernes a la casa de la abuela. No sé qué hace que no sale de la casa. No voy a ir a buscarlo, a ver si me atiende la madre y chau bicicleta. La vereda está un poco sucia, parece que estuvieron los albañiles en casa de tía Delia y la mugre de una vereda se va a la otra de la tía Isabel. Así no van a venir ninguna chica por acá, es un asco de mugre. Mejor barro un poco. Me acuerdo que Natalia un día se cruzó y me preguntó por la bicicleta. Que a ella no la dejaban traer la de su casa. Por acá es tranquilo andar en bici, veredas anchas, árboles generosos y poco tránsito. Todos vivimos en otra parte, salvo Alfredo que vive con la madre y el abuelo. Se debe aburrir un montón en esta vereda, si son todos viejos acá; los nietos venimos viernes, a veces los sábados por la tarde. Yo me divierto un montón cuando saco la bici y damos vueltas y vueltas a la manzana con Alfredo, nadie dice nada, ni don Furlotti que tiene el almacén abierto todo el día y le pasamos por la vereda como ochenta veces a mil por hora. Natalia usó una vez mi bici a cambio de unos chicles porque si no qué iba a hacer yo mientras ella rumbeaba de lo lindo por el lado de la panadería? Cuando llovió la otra vez nos fuimos a la casa de mi tía Isabel que en realidad es mi tía abuela, mi tía vive en barrio Candioti y la veo menos cuando papá se le da por visitar a los abuelos porque ella es soltera y vive con ellos. Esa vez que llovía Natalia que estaba sola sin la prima vino a casa a jugar al ludo. Pero a la tercera vuelta nos aburrimos y empezamos a jugar a las adivinanzas, después contamos chistes y a Alfredo se le dio por apostar quién besaba mejor, Natalia se prendió al juego y a mí no me quedó otra que decir que bueno, dale. Entonces Alfredo apagó la luz y le dio un beso a Natalia, claro que yo no vi nada pero escuché el ruidito medio zonzo de beso apretado, después las risas. A mí me tocó después, me dijo Alfredo que él apagaba la luz y que le agarre la cara a Natalia si no le iba a dar el beso a cualquiera. Yo le hice caso, aunque Natalia no paraba de reírse, entonces le dije que así no, que no se puede dar un beso si ella tiene la boca abierta. Tratamos de callarnos los tres para que no venga tía Isabel a ver qué estábamos haciendo en el living con la puerta cerrada y entonces cerré los ojos (no sé para qué los cerré si igual estaba oscuro y le planté un beso más forzado que tímido en sus labios con gusto a chicle gastado. Qué va, habrá durado tres segundos el beso y la luz del velador que prendió enseguida Alfredo dio por finalizado mi turno. Alfredo quería otra vez él pero a mí me dio no sé, miedo a que venga mi tía Isabel y se enoje conmigo, por lo que estábamos haciendo con Natalia que es la nieta de su vecina. Entonces les dije que mejor nos fuéramos a otra parte, o que mejor se fueran ellos que había oscurecido. Ahora estoy acá sentada en la vereda, a una semana del juego, esperándola a Natalia, con la bici inclinada en el umbral, a ver si se cruza a dar un par de vueltas a la manzana, si me da a cambio chicles de frutilla, si también se prende Alfredo con la bici y me da un beso al pasar, digo.
                                                                                  J.G.

 
El beso mágico
Marc Chagall