Luna creciente
Antes de acostarme, por la
noche, me asomo al balcón y observo la luna. En verano, esa luz mortecina
pareciera decirme algo o soy yo la loca que asegura que la luna esconde un mensaje.
Cuando crece me miro las uñas y las puntas del pelo a la espera de que ocurra
la aparición. No es sólo la luz crujiente que me anima a leer un horóscopo, es
que me intriga la mancha en el piso. Creo identificar el signo que trae el
movimiento, las mareas que no veo, la canción inexcusable. El signo o la mancha
del piso estará transformando la esencia del agua, un agua sibilante a cientos
de kilómetros que descifra mensajes cósmicos. Yo estoy aquí, entre las paredes
de un edificio perdido entre otros, en la ciudad de las aguas. ¿Y si espero un
poco más a que ella se transforme, mude esa mitad silenciosa en la otra, clara,
honda, casi mística o si quiero, profana en su hacer, en su mutar? ¿Acaso
espero que ella haga por mí lo que yo no soy capaz de hacer? En un recodo del
balcón trazo una línea con el dedo. Una línea recta, como una flecha sin punta.
Espero a que ella la toque, con esa luz confusa y lívida. Y si lo hace, será la
señal para que borre, sin excusas, la tristeza.
J.G.

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