sábado, 29 de octubre de 2016

   La noche en la selva se parece a un interrogante cínico. No estoy hablando de una selva física, con monos y leopardos. La selva es una metáfora de lo perdida que estoy entre la rutina y los edificios, entre las calles sucias y los disfraces que una se pone para aparentar que está todo bien a esta altura del año. Me saco una selfie y está todo bien por acá, así funcionan las cosas. ¿Y quién está bien a esta altura del año? Sí, ya sé, los que tienen plata y viajan a cada rato a Miami o hacen cruceros por el Mediterráneo porque otra no tienen para matar el tiempo que les queda antes de morirse. A ellos les sobra tiempo y a una le falta tiempo. Qué injusta es la vida. No me digan que soy cruel porque es la pura verdad. La vida nos da tiempo antes de morirnos, antes hay que vivir o sobrevivir, como quiera que llamemos a esta cuestión de ganarse el pan de cada día y en el medio, entre puchitos de tiempo, hago lo que realmente me gusta, como para que una no sienta que vino al mundo como un esclavo. Decía que a veces la noche tiene su encanto si escuchamos un poco de música, o leemos el libro de la mesa de luz que dejamos con una pena cuando hay que levantarse a lidiar con el día por no decir con la gente que parece que lo único que le importa es reclamar por qué hice lo que hice y si no lo hice por qué no lo hice. Para contrarrestar toda la locura diaria trato de encontrar la belleza de la que habla Pasolini. ¿Dónde fue? Ah, en la Facultad hace tanto tiempo. Él dice que la belleza está por todos lados pero es uno el que no la ve porque no tenemos ojos para descubrirla. Entonces me propuse encontrar esos momentos, esas imágenes que me remiten a la belleza. Por ejemplo, la otra vez volvía del Liceo y al lado mío, en una esquina, una chica llevaba un cajón de madera como los que se usan para vender naranjas y manzanas, llevaba ramitos de flores en frascos de vidrio. Atardecía y yo vi esas flores y me dije que la belleza estaba ahí, regalándose. La otra vez fue cuando lo llevé a Juan a su hora de fútbol, íbamos caminando por la vereda ancha que mira al oeste, para ir hasta Avenida Freyre y otra vez apareció, no la vi, la sentí; eran jazmines del aire ocultos tras una cerca. Me dirán que estamos en primavera, claro que voy a ver los cambios en las plantas, en los árboles. ¿Acaso la belleza no es esto? No es también cuando él me mira, y una no sabe a dónde meterse, como si quisiera absorberme de a poco cuando me habla y una desvía la mirada para que eso no pase? A veces pienso que el amor es la noche, es el mar entre las rocas, es una selva impenetrable, es una forma de la belleza que duele, que enfría, que arde en la piel, qué se yo. No sé exactamente qué es el amor, pero veo en él belleza; y yo estoy ávida de belleza, ávida de amor, de amar, de que me amen. Que aparezcan esos jazmines en la pupila o en las narices es, como decirme, es salvar el día, es redimirse en este devenir un poco aburrido de hacer lo que se tiene que hacer. Que aparezca él tomándome de la mano, inclinándose para darme un beso, como lo hacían antes, sería maravilloso…y entonces hago esto, fabular mientras hago mandados así la rutina no me atrapa del todo, no todo del todo, no.
                                                                 J.G.



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