“Si el Aleph era la inconfundible expresión
del universo, vi el Aleph. Vi el reflejo de un espejo roto, duplicado en un
invierno del que no quiero volver. Vi el abismo, como un filo, como una
angustia partida. Vi a mi padre ante el espejo, lo vi llamando a alguien, tal
vez a mí. Vi la tarde declinándose como una pequeña muerte. Vi altos ventanales
de una casa a la que nunca entré. Vi una lámpara encendida y debajo, un tesoro.
Vi la noche oculta en la neblina. Vi la noche más cerrada aún y la esperanza de
un dios. Vi la noche solitaria, y el día, más solitario aún. Vi una puerta abierta,
vi una silueta tantas veces inquietante allí. Vi un punto luminoso en el
pasillo, como una confesión. Vi un hombre y sus ojos de un azul clarísimo
caminando hacia un pasillo indescifrable para mí. Vi su guitarra inmortal en la
espalda como un tatuaje de sí mismo. Vi hacia el final del pasillo unos libros
amados y dos hombres inconfundibles en mi memoria literaria: el entrañable
bibliotecario ciego y el caminante parisino con sus juegos al hombro y su gato.
Vi un testigo de mi cuerpo hurgándome sin vergüenza como un ritual. Me vi a mí
misma así y vi mi pudor. Vi el ambiguo movimiento de otro cuerpo, casi místico. Vi el campo que tanto amé y su verde profundamente azul. Vi el añoso árbol y su
invisible cadencia vital. Vi una palabra escrita en la tierra como un símbolo.
Vi a alguien a lo lejos llamándome con un nombre que había olvidado, y entonces
lloré”. J.G.
lunes, 13 de octubre de 2014
“El arte no nos salva, como desearíamos , de la guerra, las privaciones, la envidia, la codicia, la vejez o la muerte, pero puede revitalizarnos en medio de todo".
En los campos de Antelo, hacia el noventa mi padre lo trató. Quizá cambiaron unas parcas palabras olvidadas. No recordaba de él sino una cosa: el dorso de la oscura mano izquierda cruzado de zarpazos. En la estancia cada uno cumplía su destino: éste era domador, tropero el otro, aquél tiraba como nadie el lazo y Simón Carvajal era el tigrero. Si un tigre depredaba las majadas o lo oían bramar en la tiniebla, Carvajal lo rastreaba por el monte. Iba con el cuchillo y con los perros. Al fin daba con él en la espesura. Azuzaba a los perros. La amarilla fiera se abalanzaba sobre el hombre que agitaba en el brazo izquierdo el poncho, que era escudo y señuelo. El blanco vientre quedaba expuesto. El animal sentía que el acero le entraba hasta la muerte. El duelo era fatal y era infinito. Siempre estaba matando al mismo tigre inmortal. No te asombre demasiado su destino. Es el tuyo y es el mío, salvo que nuestro tigre tiene formas que cambian sin parar. Se llama el odio, el amor, el azar, cada momento.