domingo, 11 de septiembre de 2016

A partir de “LA NAVAJA DE OCCAM” de Theodore Sturgeon

Querido diario:
                           Te escribo con una congoja en el corazón, no sé qué me pasa. Hoy me ocurrió un contratiempo inesperado. No tuve peleas con mamá ni con Elisa. Esta vez no. Ni se me mojaron los botines cuando venía para casa con ramas para el fuego. A veces me siento feliz estando acá, en el bosque. Cuando despierto, el sol se cuela por la cornisa y dan unas ganas enormes de abrir la ventana y contemplar el paisaje. Saco la cabeza y aspiro el aire, cierro los ojos, escucho el trinar de los pájaros que se esconden en los álamos. Entonces pienso que no vale la pena vivir en la ciudad, el silencio no está allí, tampoco estos árboles. Pero a veces me canso, me siento sola. Como soy la mayor, tengo que ocuparme de la educación de mis hermanas, se me van las primeras horas de la mañana en esta tarea; después ayudo a mamá con los quehaceres domésticos. Te cuento todo esto porque trayendo ramas para el fuego es que lo vi. Hoy no, antes de ayer. ¿A quién me dirás? A él. Un chico. Un chico alto, de espaldas anchas, de piel muy blanca y pelo castaño. Me asusté tanto que me escondí tras un árbol. No sé qué hacía por acá. Sólo parecía observar las plantas, miraba de vez en cuando el cielo, la punta de los árboles. No me pareció que fuera uno de los cazadores que aparecen de vez en cuando y que yo sepa nadie más que nosotros vivimos en el bosque. Cuando el corazón dejó de trotar en mi pecho, me asomé y no lo vi más. En casa no dije nada. A papá menos aunque él es el único que tiene contacto con algunas personas, unos pocos hombres lo visitan por la tarde. Papá duerme por la mañana hasta el mediodía. Trabaja de noche, en el sótano. Nos tiene prohibido que vayamos allí. Cierra la puerta con doble llave y un candado. Cuando quise saber qué hacía, mamá me contestó que trabajaba para unos médicos, que preparaba ungüentos y pastillas para los animales del campo. A mí me parece que le dedica mucho tiempo a esas cosas y que bien podría hacerlo de día y no por la noche, pero mamá dice que de esa manera él trabaja tranquilo, nada lo desconcentra cuando todos duermen.
         Ayer volvía del arroyo y distraída como voy siempre mirando el sendero me topé con él. El chico del que te hablé. Me quedé muda. Venía en dirección contraria y no supe qué hacer. Quería correr pero el chico se puso enfrente mío. Era alto, los ojos pardos me miraban con curiosidad. -¿Dónde vivís?-me preguntó.-En el bosque-le dije. –Con mis padres. Me tengo que ir-y salí corriendo. El corazón me trotaba en el pecho hasta mucho después de haber entrado a la casa. No le dije nada a mamá para no preocuparla. Después de dos horas, me pregunté por qué el corazón se agitaba tanto cuando evocaba su imagen. No es que nunca haya visto chicos de mi edad, claro. Antes de que papá nos trajera al bosque vivíamos en la ciudad, yo iba a la escuela municipal, tenía compañeros varones pero no era de acercarme o de hablar con ellos. Mis únicas amigas eran Ana y Pola. Con ellas compartía los recreos y las tareas de la escuela. Yo no sé por qué me siento así. Ahora me parece que lo veo cuando lavo los platos, frente a la ventana que da al jardín, o cuando voy al corral a buscar huevos, o cuando me estoy por ir a dormir, como si también pudiera aparecerse debajo de la almohada. No se me ocurre otra cosa más que rezar para evitar estos pensamientos que me alteran. Por otro lado, creo que algo de la edad habrá en todo esto. Tengo quince. Mis amigas me decían que es la edad en que nos gustan los chicos, nos gusta la idea de enamorarnos y cosas así pero a mí nunca me ha pasado. Lo único cierto en mi vida es que tengo que ayudar a mamá con la educación de mis hermanas. Pronto iremos a la ciudad a comprar más libros, telas para vestidos y una buena provista de harina, arroz, azúcar y aceite. A mí me gustaría comprarme unas cintas de colores para el pelo así dejo de peinarme de la misma manera, me aburren las trenzas. Ahora bien, querido diario, te preguntarás qué tiene que ver esto que te cuento con lo que te dije al principio. Continúo. Al mediodía, cuando papá vino a la cocina para tomar el café vi que en su bolsillo del guardapolvo que usa para trabajar le colgaba algo, un retazo de tela. Esperé que dejara el guardapolvo en el respaldar de la silla y me acerqué. Era la tela de la camisa del chico. Vos me dirás que no, que me confundí. Estoy segura de que es de la camisa del chico porque me acuerdo muy bien, rugosa y con rayas finitas de color azul. Además, tenía manchas marrones, como se sangre seca. Ahora yo me pregunto qué hace ese retazo en el guardapolvo de papá. Qué relación hay entre papá y el chico. Aún no puedo saberlo. Lo qué si siento es que papá oculta algo en el sótano, algo que no quiere que sepamos, ni siquiera mamá. Pienso que tal vez el chico pudo haber sufrido un accidente y me angustio. ¿Le habrá hecho daño papá? ¿Por qué nunca nos cuenta de su trabajo en el sótano? ¿Estará él, el chico del arroyo, oculto? ¿Y si entrara al sótano a averiguarlo? Voy a vigilar dónde pone papá las llaves. Tendré que esconderme, hacer que duermo y levantarme a espiar a papá en el sótano. No puedo seguir con esta sensación que me comprime, que me deja sin aire como si hubiese corrido tres vueltas alrededor de la casa. Esta noche probaré. Mamá no se dio cuenta de lo que me pasa, esta agitación que me lleva de un lado a otro en la cocina. Tengo que tranquilizarme y ordenar las ideas. Si papá tiene algo que ver con el chico tengo que saberlo, ayudarlo. Por eso te escribo, querido diario, para aquietar este corazón que de un día a otro dio un vuelco, como si no me perteneciera. Pronto tendré noticias, mañana volveré a escribirte.

                                                                                   J.G.

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