Misericordia
Entró por el lateral de la iglesia. En ese
momento, el sacerdote estaba de pie, cerca de los chicos explicando la cita
bíblica. Distraída, por momentos, no le vi la cara. Sólo la espalda y los
tacones que simulaban no hacer ruido al golpear las baldosas frías. Se acercó
al altar de los santos agustinos. Se persignó; llevaba unas flores cortadas
hacía días. Mientras acomodaba la ofrenda en un jarrito, vi que inclinaba la
cabeza a Santa Rita. Llevaba una torera, el pelo corto, muy rubio, muy teñido,
un pantalón ajustado, los tacones trasnochados. Después se dio vuelta para
buscar un asiento. Le abultaba el pecho en una blusa muy ajustada. Si te digo
que llevaba una cartera, sí, no me mires mal, una cartera de tira larga,
pequeña, me habrías dicho por qué no me fui más lejos. Ella se sentó en el
banco de adelante. Olía a perfume de lavanda, intenso. A esa altura me había
olvidado de la homilía. Ella seguía mirando a Santa Rita. Rezaba. O creí que lo
hacía. No me pareció que fuera una mujer humilde, como decimos, a las que
llegan de Villa del Parque. No. Ella tenía un aire a señora bien, exótica para
un domingo a la mañana. Enseguida pensé que trabajaría para la Municipalidad o
Tribunales. Me la imaginé sellando papeles, tras un escritorio. Sin hijos. No
tenía el cuerpo flojo. Y sin embargo, había algo en la expresión de su cuerpo
que quería descifrar. No sé. Una sensación de culpa. Se arrodilló unos minutos,
la cartera colgada al hombro, la espalda inclinada a Santa Rita. ¿Qué estaría diciendo? Cuando se sentó se acomodó la camisa que apenas tocaba la cintura. Se levantó.
Se acercó otra vez al altar. A esta altura el padre había terminado la homilía.
Ahora rezábamos las intenciones comunitarias. Ella parecía no darse cuenta de
los demás, ni de las madres que pasaban por el pasillo con los cochecitos, ni
de los chicos apretados en las primeras filas, atentos a los cordones de sus
zapatillas, ni de algunos hombres que cabeceaban simuladamente para verla. Sacó
de la cartera una vela y un frasquito de plástico, como los que venden para la
fiesta de San Expedito. Encendió la vela con otra, y luego volcó un poco del
agua en sus manos. Así mojadas se persignó y se las llevó a la cabeza, al
cuello, al pecho. En ese momento pensé que alguna noción de catequesis debía
tener. Porque cualquiera lleva flores a los santos pero, ¿mojarse con agua,
prender una vela? La luz, como el agua, son signos del Espíritu, del Santo
Espíritu de Dios que limpia los pecados del mundo, ahuyenta la tentación, nos
alumbra de fe y esperanza. El agua, como la luz, despoja a los hombres del
maligno, símbolo de pureza y sanación. Vos me vas a decir que me salta a cada
rato el libro del catequista, que soy una prejuiciosa. Claro que no, pero
decime, si vieras una mujer vestida así, en la misa del domingo de las diez de
la mañana, ¿no te habría llamado la atención? ¿No te habrías puesto a pensar
qué hacía esa mujer en la misa de las familias con esa facha? Mientras vos
pensás de mí lo que quieras yo me pregunté qué le habrá pedido a Santa Rita.
¿Que Dios la perdone? ¿Que la purifique? ¿Que la convierta? ¿Qué huela
dulcemente como ella después de muerta?
Ves,
vos también querés saber qué hizo después. Y lo que hizo fue que se quedó un
rato más, la cabeza inclinada hacia atrás, los ojos en la santa, la vela
encendida al lado del florerito. Cuando estábamos por cantar “Cordero de
Dios…”, guardó el agua, depositó un billete en la urna, dio la media vuelta y
se fue, haciendo un leve ruido con los tacones que apoyaba con la punta de los pies.
Yo hice como que no la estaba mirando. Cuando fue el momento de la comunión me
acerqué al altar. La luz de la vela seguía encendida. Miré a Santa Rita y me
pareció, o eso creí, que un rastro de misericordia asomaba en los ojos de
vidrio.
J.G.

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