(...)La
literatura está sembrada de naufragios de hombres a quienes la opinión ajena
les importó más allá de toda razón. ¿Podremos vivir
armónicamente, la parte femenina del cerebro con su parte masculina a pesar del
sexo que le da cuerpo a la humanidad? Ya quisiera que esto ocurra, porque creo
que somos seres que trascienden los
cuerpos y por ende, su género. Tal vez
Coleridge tenga razón al afirmar que las grandes mentes son andróginas.
Sólo si ocurre esto, esta fusión, las mentes serán plenamente fertilizadas en todas
sus facultades.
Toco las raíces del árbol; son nudosas
manos de dioses ancestrales, pergaminos célticos alguna vez descifrados por los
antiguos. La quietud me envuelve, no puedo estar mejor. Aprovecho estos raptos
de lucidez que son también momentos de felicidad conmigo misma. Y en este
plácido estado, en el que ni los pájaros se atreven a romper el silencio, evoco
frases, ideas que defendí fervientemente como escritora. La poesía depende de la libertad intelectual y la
libertad intelectual depende de los bienes materiales. Ningún hombre que se
llame escritor ha podido ejercer su oficio sin un mínimo pasar económico. He
sido afortunada. He tenido un buen pasar, mis libras anuales garantizaron mi
cuarto propio. ¿Pero qué ha de pasar con aquellas tantas Judith en el mundo sin
dinero y sin cuarto propio? Dando luz a niños, bañándolos, dándoles de comer,
acostándolos a dormir con su vocación por la palabra escrita a cuestas? En esta
situación, la mujer siempre ha sido más pobre que los esclavos atenienses. Sin
un pasar económico, la mujer no tendrá libertad intelectual. Su vocación se le irá de entre las manos como
el agua de los torrentes de montaña. Vuelvo a pensar en el amor y en la mujer,
en el amor tan mezquino a veces con las mujeres, que a unas las absorben un
hijo tras otro y a otras, como yo, a las que el amor no le ha dado ni uno…Ah,
el amor y su vastedad, el amor y su mezquindad…Me recuesto sobre el tronco del
árbol del pájaro cantor de la Vida, evocando a Judith, y tantas otras anónimas
mujeres del pasado, a las que les han sido sacrificados sus talentos, las veo etéreas e incorpóreas pero vivazmente
presentes como esta corteza que lastima
dulcemente las yemas de mis manos. Ellas están aquí, son presencias luminosas
en mi espíritu, y lo serán también de las que vendrán, piadosas y gentiles, honestas
y dulces, aventureras y racionales; todas ellas, serán la continuación del
ánimo de la mujer que no tuerce su voluntad, que busca escribir y escribe, a
pesar de todo.
Monólogo ficcional de Virginia Woolf (fragmento) J.G.

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