sábado, 8 de octubre de 2016

Tributo a Virgnia Woolf a 75 años de su fallecimiento

                              Virginia frente al lago de los patos.

                                                                              Londres, noviembre de 1940.
   Ay, si pudiera salir y entrar de las cosas con facilidad y no tener la sensación de que estoy en el borde. Hace tiempo que mi paz es un estado de ánimo por afuera de mí.  Todo lo que ha sido mi fortaleza,  esta casa,  esta ventana que mira a un parque otrora verde, como el verde de los tiempos de la inocencia, nunca vedados a los ojos de los confiados, es cosa del pasado. Londres es también una cosa del pasado, un espectro, una ruina  que el futuro sentenciará en estos tiempos de guerra. Miro a través de la ventana, como tantas otras mañanas en las que la luz motivaba a que inicie mi escritura, a veces febrilmente inclinada por horas sobre mi escrito, cigarrillo en mano; otras observando mi biblioteca.  Aparecen a la vista los libros de Shakespeare, Donne, Milton, Swift, Eliot, Brönte, Austen. Recuerdo acercarme a ellos, sacarlos de los anaqueles y releer sus páginas, absorta la lectura en sus ideas que hoy vuelven y vuelven a mi mente como las olas y su eterno movimiento, acompasado si las aguas fluyen de los adentros del tiempo, o violento si las aguas están presas de la tormenta que confunde lo destinos. Pienso que mi esencia, mi espíritu,  encarna como Orlando, el espíritu de  siglos y siglos;  que soy inmortal como los árboles de este parque, impávidos y sabios…
    Pero el dolor tejió en mí una mortaja, una telaraña sutil, casi transparente. Cuando enfermo, cuando no puedo ser conciente de mi yo, es que me dejo envolver en esta tela y sueño, sueño que soy un ser que duerme eternamente, que descansa en estas páginas de mi biblioteca, y que nada me hará despertar. ¿Para qué despertar? Quisiera ser un ente volátil y trasladarme hacia el afuera de este borde que me sucumbe hacia un fin incierto…
    Muchos se han ido y sólo quedo yo en la soledad de estas paredes en las que el amor me ha olvidado como las ramas olvidan a sus hojas caídas en otoño. Llega el invierno y con él los seres de la naturaleza duermen un sueño profundo. Quisiera acogerme al sentir de la naturaleza, ser parte del tiempo, transformar mi cuerpo en un ser inconmovible…“Dormir, dormir, tal vez soñar..” dice Hamlet. Dormir, dormir, soñar y no despertar…Ay, Orlando, quisiera ser efímera, viajar hacia atrás en el tiempo, hacia los tiempos antiguos, en los que los inocentes accedían a los paraísos no vedados a los ojos humanos.(1)
  
     Camino por el parque, la grava está húmeda aún, como si la madrugada no quisiera despertar a la mañana; el sol la toca levemente; diría que su tibieza es casi intangible. El peso de mi cuerpo la hunde en la tierra pero ella no me teme, no me rechaza; dejo mi huella y pareciera que desea que alise sus tallos crecientes, por allá rebeldes, por acá dóciles cual un mechón de pelo en las manos de una adolescente. Salgo al parque y camino, mis pies me van llevando hacia el lago de los patos; un pájaro entre los árboles pareciera decirme: “Oye, esto es la vida.” ¡La vida! ¡La Vida! ¿Y qué es la vida?, pensé.  Acaso debería creer que la Vida es un símbolo y por eso merece la mayúscula. No sé. Todo me indica que debo sentarme frente al lago de los patos y observar, observar cómo nadan impávidos en un corcoveo fútil. Parecen estar suspendidos en el agua, no nadan, están en una posición diría trascendente en sus existencias, suspendidos entre el plano del aire y el agua y para ellos, eso es todo. ¿Es eso la vida, un dejarse transcurrir, como los patos? Tal vez sí, no puedo afirmarlo, tal vez en mí, es ansiar esa suspensión casi incorpórea. ¿Será esa la respuesta a qué es la Vida? Incompleta, tal vez, en el devenir, en el sinnúmero de acciones cotidianas…Los patos no tienen conciencia de sí y yo tengo demasiada conciencia de mí. ¿Acaso podría sentir la inocencia del agua en mi cabeza, en mis manos, en mis piernas como ellos en su lento andar? No. Desearía suspenderme y quedarme inmóvil…pero es sólo eso, un deseo, una fantasía de la sin razón. Y el mal…es una presencia apenas visible en sus vidas; en cambio, en la naturaleza humana,  el mal se apodera de estos tiempos confusos…Puedo afirmar que también se apoderó de mí; de mi conciencia y voluntad, ha absorbido mi talento, y me deja en ascuas, en un gesto suplicante, en el que sucumbo en un ritual del que no podré salir incólume en estos tiempos…

       Me levanto y mis pasos me llevan hacia la arboleda en busca del pájaro que ha piado su verdad. Me arrimo al tronco del árbol en el que creo se encuentra escondido. Su corteza áspera me recuerda los sinsabores del amor. L. ha querido convencerme de que vuelva a Bloomsbury, a la tranquilidad y a la soledad del campo. Lo he hecho varias veces pero mi frustración creativa y mi sensación de esterilidad son una constante allí. He sentido tantas veces la decepción del amor, sentimiento que define a la mujer. Lo he dicho varias veces. ¿Qué es la mujer sin el amor? ¿Acaso podría definirse a la mujer de otra manera que no sea por el amor?
      He inventado en uno de mis libros a Judith, la hermana ficticia de Shakespeare, talentosa y absorbida como un cuajo por su época; ¿qué hubiese sido de Judith si el hombre le hubiese dado cabida en esa época? Su condiciónr la condenó a la miseria, a la sombra de los hombres, a la sombra del genio de su hermano, del talento que en uno fue expansión de la palabra y en la otra, olvido y vergüenza. Oh, la mujer, qué podré decir de ella y de mí misma que sufrimos la subordinación a la que el amor nos sucumbe?  Ah, ¡el amor y su vastedad, el amor y su mezquindad! Los siglos han pasado y a pesar de ello,  la realidad es la misma para la mujer: su talento fructificará a expensas del amor y de la conciencia de los hombres; avanzará lentamente bajo el signo  patriarcal que le recordará por siempre que no habrá igualdad entre el hombre y la mujer.
    Rodeo con mis manos el añoso tronco del árbol y me recuesto lentamente en sus raíces. Recuerdo haber escrito hace unos años que los sexos deberían complementarse para que el acto de creación pueda llevarse a cabo, una complementación mental. El escritor, una vez concluida su experiencia, debería recostarse y dejar que su mente celebre sus nupcias en la oscuridad. Ah, ¡el amor y su vastedad, el amor y su mezquindad! Mujer, amor…y una palabra más…la escritura.  La tríada se completa con la escritura y en ella me veo envuelta como la crisálida a su tela. La literatura está sembrada de naufragios de hombres a quienes la opinión ajena les importó más allá de toda razón. ¿Podremos vivir armónicamente, la parte femenina del cerebro con su parte masculina a pesar del sexo que le da cuerpo a la humanidad? ¿Ya quisiera que esto ocurra, porque creo, que somos seres que  trascienden los cuerpos y por ende, su género. Tal vez Coleridge tenga razón al afirmar que las grandes mentes son andróginas. Sólo si ocurre esto, esta fusión, las mentes serán plenamente fertilizadas en todas sus facultades.

     Toco las raíces del árbol; son nudosas manos de dioses ancestrales, pergaminos célticos alguna vez descifrados por los antiguos. La quietud me envuelve, no puedo estar mejor. Aprovecho estos raptos de lucidez que son también momentos de felicidad conmigo misma. Y en este plácido estado, en el que ni los pájaros se atreven a romper el silencio, evoco frases, ideas que defendí fervientemente como escritora. La poesía depende de la libertad intelectual y  la libertad intelectual depende de los bienes materiales. Ningún hombre que se llame escritor ha podido ejercer su oficio sin un mínimo pasar económico. He sido afortunada. He tenido un buen pasar, mis libras anuales garantizaron mi cuarto propio. ¿Pero qué ha de pasar con aquellas tantas Judith en el mundo sin dinero y sin cuarto propio? Dando luz a niños, bañándolos, dándoles de comer, acostándolos a dormir con su vocación por la palabra escrita a cuestas? En esta situación, la mujer siempre ha sido más pobre que los esclavos atenienses. Sin un pasar económico, la mujer no tendrá libertad intelectual.  Su vocación se le irá de entre las manos como el agua de los torrentes de montaña. Vuelvo a pensar en el amor y en la mujer, en el amor tan mezquino a veces con las mujeres, que a unas las absorben un hijo tras otro y a otras, como yo, a las que el amor no le ha dado ni uno…Ah, el amor y su vastedad, el amor y su mezquindad…Me recuesto sobre el tronco del árbol del pájaro cantor de la Vida, evocando a Judith, y tantas otras anónimas mujeres del pasado, a las que les han sido sacrificados sus talentos, las veo étereas e incorpóreas  pero vivazmente presentes  como esta corteza que lastima dulcemente las yemas de mis manos. Ellas están aquí, son presencias luminosas en mi espíritu, y lo serán también de las que vendrán, piadosas y gentiles, honestas y dulces, aventureras y racionales; todas ellas, serán la continuación del ánimo de la mujer que no tuerce su voluntad, que busca escribir y escribe, a pesar de todo.
                                                                  J.G. (monólogo ficcional de Virginia Woolf)

Virginia Woolf
por Sebastián Dufour

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