domingo, 31 de diciembre de 2017

Diarios Personales

Miércoles 27 de diciembre:
   Estoy rumiando desde ayer la segunda historia. Lo único en concreto que tengo es la casa de los murciélagos. No sé si va a ser cómica o tendrá suspenso, siguiendo la línea de la historia anterior. Tengo que averiguar más sobre el lugar donde las fabricaron, en Florida, Estados Unidos. La mañana se me corta en dos con el turno kinesiológico y después tengo que ir al super. P. no puede verme si hacer nada. No lo acuso, es muy pragmático. Yo necesito estar en las nubes para escribir, abstraerme. Él se levanta y se va a trabajar con un entusiasmo..que a mí me sorprende. No es que a mí no me guste trabajar, es que para escribir necesito hacer como las tortugas, meterme para adentro, tener silencio. Cuando están todos es difícil. Ayer por la noche comencé a leer Hoy no es mi día 1 de María Inés Falconi. Lo leo porque la escritora maneja los códigos adolescentes, conoce el oficio, es una maestra en los suyo. Empieza así: “El subte se paró en Medrano.” Y me acordé de mi fantasía de una historia con un tren. También ayer leía en los diarios de la novela de A.M.Shúa que lleva un cuaderno de ideas sobre la novela que está escribiendo, datos sobre los personajes, qué les va a pasar, cómo se conectan entre sí. Y que eso no lo dispone al lector. Por otra parte, pienso en la tercera historia. Hay un personaje que veo en Instagram que me resulta pintoresco. Ya voy a hablar de él. Por la tarde voy a tener tiempo para comenzar la historia de la casa de los murciélagos. Ahora tendría que seguir navegando en la web para ver qué más se dice.

Jueves 28 de diciembre:
  Ayer seguí indagando en internet pero no encontré demasiada información, no lo que esperaba. Hoteles que se construyeron cerca de las casas de murciélagos para verlos al atardecer, motivos por los cuales en Florida los quieren preservar y nada más. O sea, tengo que inventar.
  M. me ofrece recomendarme para una columna de gramática en un programa de televisión que va en vivo. Dice que pruebe, que me dé la oportunidad pero yo no soy para la tv., me gusta la radio, justamente porque no tengo que mostrar la cara sino la voz que es mucho más sugerente y más relajado. Vivimos en el mundo de la imagen y yo soy tímida. Ahora que estoy en el trampolín de la escritura no me quiero descontrar. Todo un desafío. En casa me aprueban, que lo intente, que no pierda la oportunidad; pero yo pierdo la oportunidad de comenzar mis vacaciones y poner la mente en blanco. Encima M. me dice que le va a pasar mi celular al productor del programa y que no me puede acompañar. Oh, Dios, ¡por qué sola, no soy periodista, no me crié en los medios!

Viernes 29 de diciembre:
   Tendré más que contar a partir del mediodía. Si no me apuro, cierran las bibliotecas y no tendré para leer en vacaciones. Trato de estar más tranquila pero me cuesta, ¿cómo hace la gente para vivir la vida más calmadamente? Vivir el hoy, el ahora, no mirar el ayer ni el futuro. Mindfulness, filosofía buda, yoga Respiro hondo, prendo un sahumerio y escucho un mantra.
  Pude sacar algunos libros, varios estaban prestados. Entre los que me traje están: El oficio de vivir, de Cesare Pavese, Cuando Hitler robó el conejo rosa de Judith Kerr (para jóvenes), Un comunista en calzoncillos, de Claudia Piñeyro y La belleza del mundo de Héctor Tizón. Creo que es una buena provista para enero. Tenía varios títulos de diarios de escritores pero no encontré ninguno, a excepción de los Diarios de Kafka. Pero pensé que tal vez estén en la web y preferí el de Pavese en papel. Al salir, me apuré porque al mediodía tenía la despedida de año en el hall de la radio. Ya sabía que no íbamos a emitir el programa el sábado por razones de fuerza mayor del conductor que no podría asistir. Lo que no sabía es que tampoco iba a ir a la despedida. Otra vez sola, como a mediados de año, en una cena organizada por un gremio docente por el Día del periodista. De mi grupo nadie podía; y a último momento, el conductor tampoco. Por ende, me quedé sola mirando cómo los demás se abrazaban y estrechaban sus manos, se contaban las últimas novedades, se servían bocaditos mientras iban acomodándose en las mesas. En aquella oportunidad, alguien del gremio, una mujer que me ubicaba de mis tiempos de delegada y porque este año estoy cursando una capacitación, se compadeció de mí y me invitó a la mesa del grupo organizador. En fin, qué hacía yo ahí, buena pregunta. Sin ser periodista, representaba un programa radial. Lo mismo pasó hoy; la diferencia es que todos los que estaban trabajaban en la radio y no eran de otros medios. Preferí esta vez llegar un poco más tarde y no tan puntual como el año pasado que fui la primera en llegar y para disimular, miré, mientras esperaba a que entrara alguien más, una y otra vez las fotos colgadas en el hall en el que se contaban momentos iniciales de la emisora.
  Cuando llegué, a la una del mediodía, no había más nada. Dios, qué hambre, en media hora, aniquilaron los sándwiches de miga, los pinches de pollo y lomo, las pizzetas, los pequeños lomitos. Evidentemente, todos pensaron en almozar ahí. Apenas entré lo vi a P. que estaba mirando para la puerta de afuera, así que nos saludamos y empezamos a charlar. Hacía unas semanas que no lo veía porque está de vacaciones. P. es el operador de sonido del programa. Conversamos acerca de las rutinas en los gimnasios, de mi mejoría con las sesiones de kinesiología, de la gente que cree que con tres meses va a tener un cuerpo escultural para el verano, un poco de política. Cuando se acabaron los bocaditos dulces y vino el brindis, el rector dijo unas breves palabras en relación con el nuevo edificio de la radio y la gente se fue yendo. O sea que estuve media hora y no comí nada, consigna que en casa me habían dado: “Almorzá”. Con P. salimos y nos despedimos. Dejame que te acerque, si te vas a pie te vas a cag..de de calor. Pero son seis cuadras, le digo cuando veo que el transporte es una moto gigantesca, de esas que se usan para hacer viajes, suposición que me confirmó cuando me dijo que se había ido a las sierras de Córdoba. Mira que nunca me subí a una, le digo, se me va a romper el pantalón, fue la última excusa cuando no tuve más argumentos. P.estaba decidido a llevarme. Lástima que no tengo otro casco, Dios mío, pensé, en que me metí. La primera vez y sin casco, me quiero morir. Mientras le sacaba el candado y la acomodaba, tuve que rogar que nadie conocido pasara por ahí, en el instante en que intentaba treparme con tacos, el papelón que estaría haciendo. Los que bajaban las escalera de la entrada estaría pensando que P. a quien no le falta mucho por jubilarse, con su característica musculosa al cuerpo y short de jean, se estaba levantando una mina. Dios, qué pensará el otro P. si se lo digo. Mejor no le digo nada y que sea lo que el destino me depare. La moto arrancó. Le pregunté de dónde me iba a sostener, de acá me dice. Pero me voy a caer, no tengo salvavidas. Bueno, yo sí tengo, dijo aludiendo a su cintura. Entonces me aferré a la cintura de P. y a donde me dijo que tenía que sostenerme. El muy temerario P. aceleró y dio la vuelta por la Facultad de Derecho a mil. Creí morir de verdad. Por qué me pasa esto a mí, por qué no me fui caminando a casa con cuarenta grados de calor, por qué no fui más firme. Le dije que si no bajaba la velocidad me iba a dar un infarto ahí mismo. Entonces bajó un poco y me dijo que la idea era que sintiera el viento en el pelo. Ah, qué bien. Tomó por San Jerónimo, dobló por Obispo Gelabert y después por Urquiza. Por Obispo me fue contando la anécdota de la vez que yendo por el puente Colgante con un gato detrás, aceleró con la moto, el gato se asustó y se le trepó a los hombros. Tuvo que revolear el gato porque iba a perder equilibrio . Yo me pregunté, por un lado, si lo que me estaba contando era cierto o si era un invento para que yo me ría un rato y me relaje. Si el gato era de él, por qué lo mandó a la laguna Setúbal? No sé si salió de esa, capaz que no. O era P. o era el gato. ¿Llevar un gato en la moto? Quien usa este medio le parecerá bastante zonzo lo que cuento pero para quien nunca se subió a una en un paseo de siete cuadras, sin casco, a la velocidad de Rápido y Furioso, bueh, me sirvió para contarlo. Cuando me bajé, a la vuelta de casa, tenía los pelos como un nido de avispas o como el enredo de las lucecitas de Navidad cuando una quiere acomodarlas en el árbol. Me lo alisé como pude para que no parezca que vine de una fiesta en un boliche…a las dos de la tarde.

Sábado 30 de diciembre:
    Rescato dos momentos del día. El primero, tomar sol en la terraza. Es la primera vez que puedo hacerlo, que tengo tiempo, hace calor y hay sol. A esta altura del año estoy blanca como papel secante. La única contra es que la pileta del edificio es muy pequeña y el deck minúsculo. A eso se suma la altura y el hecho de que E., la vecina del cuarto piso, lleva a sus amigas a tomar sol. E. está separada y tiene más de cincuenta. Es muy simpática pero ama tomar sol al punto de que los sillones están encadenados en la terraza dando a entender que es una usuaria de por vida de la terraza. Si sumamos que sus amigas traen sus termos, sus sombreros, pareos y demás, el lugar no existe, a excepción de estar sentado en el borde de la pileta. Aún así, venciendo el vértigo, fui un rato, compartiendo el espacio con E., sus amigas y una vecina también fanática del sol. Yo no entiendo, si están bronceadas de color madera, ¿para qué siguen yendo?
   El otro momento es la lectura a la hora de la siesta. Me gustan los diarios de A.M.Shúa en su novela Hija. Menciona varios títulos que va leyendo y que me gustaría anotar aquí  para tenerlos en cuenta por si puedo conseguirlos en la Biblioteca: Todo cuanto amé de Siri Hustvedt, La cena de Herman Koch, Lo bello y lo triste, La casa de las bellas durmientes de Kawabata, El mundo según Garp, El Hotel New Hampshire de John Irving, Los peces no cierran los ojos de Erri de Luca, Vida y destino de Vasili Grossman, El hombre es un gran faisán en el mundo de Herta Muller. En otro apartado detalla que para escribir esta novela se encierra en la pieza que fue de su hija mayor y que queda al fondo de la casa, en donde se encuentran las bibliotecas de poesía, literatura popular y de literatura latinoamericana. (¡Lo que deben ser esas bibliotecas!) Y que trata de no llevarse nada que la distraiga. En los “necesarios intervalos”, lee la Biblia. Por la tarde, porque ficción sólo puede escribir por la mañana, puede escribir otro tipo de textos como entrevistas, artículos para revistas, mails que contestar. Me pregunto cómo hizo durante toda su vida de escritora para llevar adelante su carrera y criar tres hijas y mantener una familia estable. Me lo pregunto porque los hijos llevan tiempo, y la escritura es un tiempo de soledad tan opuesto a la vida cotidiana, tan distinto, pienso yo, a los trabajos, los oficios, las profesiones. Todo es para el afuera, para la vida social. Será que sólo se concentró en la escritura y sólo en eso, como profesión.
  Voy a transcribir un fragmento acerca de lo que dice sobre la novela en uno de sus diarios:
 “¿Es válido contar una novela por episodios? Pero aún organizada (o desorganizada) en episodios, una novela podría tener una trama. La vida, sin embargo, no tiene trama. Apelo, entonces, a uno de los más viejos, repetidos y gastados recursos, la misma justificación que se ha usado para explicar la necesidad del naturalismo, el surrealismo, el teatro del absurdo: el redescubrimiento de la realidad.
  La literatura es siempre artificio, palabras que sólo pueden ser verosímiles, nunca verdaderas, porque la verdad, esa curiosa construcción, no está en el discurso, sino en los hechos (…) La novela, no ofrece variantes en este aspecto, o tiene trama o tiene viaje. Desde la Odisea en adelante, el viaje es el gran recurso para enhebrar episodios. En la novela picaresca, el personaje viaja de un amo a otro, como mi propia novela, Los amores de Laurita, en que la protagonista viaje de un hombre a otro. Una historia de vida es un viaje por el tiempo”. Estoy aprendiendo mucho, ojalá pueda transformar este aprendizaje en poesía, en textos por escribir.

Domingo 31 de diciembre:
   Es muy difícil encontrar un momento para escribir con la paranoia de fin de año, basta con ir al supermercado y está todo a la vista. La gente compra como si el mundo se terminara esta noche. ¿Podremos ingerir tanta comida, tanta bebida, tantos dulces? Dios mío, no quiero esta movida. Lo único que quiero es un poco de paz.
                                                                                  J.G.

 




  

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Diarios Personales

Martes 19 de diciembre:
  Freno un poco y me desplomo. No doy más. Me llegó de una compañera un video de esos que se mandan por chat o whatsapp, no recuerdo bien cómo llegó, acerca de la esencia, por decirlo así, del alma. La muerte no vendría a ser si no un cambio en la forma del espíritu. Lo contrario de la muerte sería nacimiento, y no como escribí en la entrada anterior, que es la vida. El alma cambia de forma y asociaba nuestra vida con las hojas en un bosque, cuando caen de los árboles, cómo se transforma lo que llega a la tierra. Si uno es consciente de esta transformación, dejaríamos de vivir con “angustia existencial”, viviríamos  sin esa sensación de inquietud permanente, que distraemos de muchas formas, con ruido, con trabajo, con distracciones, con vicios. En definitiva, es una respuesta a lo que las religiones proponen, sea la cristiana de origen occidental, o la budista o hinduista. Rescato la imagen del bosque y los opuestos, muerte/nacimiento. Me da para pensar y meditar.

Miércoles 20 de diciembre:
   Me encontré casualmente con S. en la calle que volvió a Santa Fe para las fiestas. Vive en Marruecos. Tuvimos un breve contacto durante el año vía celular. Como siempre, yo mirando para abajo, con lentes oscuros, de lejos creyó que caminaba dormida. Es que camino mirando para abajo porque suelo llevarme algo encima, si no me caigo, tropiezo. Y a esta altura del año, con el calor agobiante de estos días, voy despacio. S.me contó que publicó dos libros, me los mostró. Los tenía en su morral. A mitad de año me había pasado el enlace para ver el booktrailer de uno de ellos, que es lo que se hace ahora en Europa, me dijo, para promocionarlos. El otro fue presentado en Marruecos unos días atrás. Lo invité a ir a la radio, para entrevistarlo. Tengo un ni por ahora, porque se queda poco tiempo, dos semanas. Me contó que está aprendiendo árabe y que el dibujo de las letras, que es “muy bonito” según sus palabras, lo llevó a plantearse la escritura manuscrita que estamos perdiendo con el uso de los celulares y computadoras. Me preguntó si seguía escribiendo poesía. Le dije que sí, pero este año había escrito poco, y que además, con inconvenientes con las notebooks, más los acontecimientos vividos, fue escasa mi producción. Y me dijo algo que me dejó sonando, que escriba a mano. Parece una cosa nimia, pero me cuesta mucho volver a escribir poesía de puño y letra. Es un desafío. Siento que fluye mejor si lo escribo en la pantalla. Me gustó eso de llevar cada uno libros en sus respectivas carteras, yo tenía Guirnaldas para un luto de Padeletti porque quiero retomar mi cuarto proyecto poético que comencé en enero y ahí quedó, con un puñado de poemas. Ahora sé que se va a llamar “Más al sur” y como le decía a S. necesito encontrar el silencio para contemplar, para lograr, como dice Padeletti, la atención que es un tiempo presente, un tiempo detenido, que no corre. Necesito ese tiempo sobre las cosas, las emociones, los recuerdos, las imágenes. He acumulado imágenes en fotos, imágenes de instantes vividos, palabras sueltas que anoto en hojas sueltas. Leo poemas pero no puedo avanzar demasiado rápido con un libro de poesía porque la poesía no tiene nada que ver con el tiempo de lectura de una novela. Lo que me gusta de los libros de poesía es que uno puede abrirlo en cualquier lugar y volver a leer un poema una  vez, dos cinco veces y cada vez es distinto.
   Le conté a M. que S. está en Santa Fe. También quiere que vaya a la radio pero en vivo. Y me propone que tenga un programa radial de literatura, lo cual suena maravilloso pero tendría que dejar la docencia para hacer algo así, con lo que lleva en tiempo la producción. La contra es que todo lo que me gusta lleva tiempo y dinero, y nada vuelve a las arcas. Triste realidad. Hay que trabajar para vivir. Como dice Calamaro: “No se puede vivir del amor”, digo, no se puede vivir de la literatura por amor a la literatura como no se puede vivir del arte si una tiene una familia que sostener.

Jueves 21 de diciembre:
    Estoy leyendo Hija de Ana María Shúa. No sé cuántas veces pregunté por este libro en la Biblioteca. Siempre prestado. Esta vez, lo devolvieron a término. Me gusta muchísimo porque trae, además de una historia, el diario de la escritora. Detrás de cada capítulo aparece cómo Shúa pensó y escribió lo que escribió. Y me doy cuenta de que, para narrar, hay que agregar mucha información, de los personajes, del contexto. La clave está ahí, no sólo la acción en sí, que como cuenta Shúa, puede ser algo poco nítido a medida que se avanza, una puede tener, a grandes rasgos, una idea, pero después es un trabajo de hormiga escribirlo. Y esa escritura siempre es lenta, trabajosa, que puede tener sus contramarchas. Y que lo diga ella que es una maestra en el oficio. Me gusta porque cuenta lo que ella lee, cómo se fija en lo que otros escriben, por ejemplo, en cómo usan los demás los tiempos del pretérito, palabras que no sabe si son de una época o de otra, cómo un recuerdo se puede transformar en ficción, cómo aparecen nombres, por ejemplo, como iluminaciones o datos que pueden aportar otros, sean amigos o familiares; todo puede ficcionalizarse.

Viernes 22 de diciembre:
   Durante la mañana hice un retiro espiritual en el Colegio. La asociación que hizo el sacerdote entre los personajes del pesebre y el silencio de la contemplación me va a ayudar para armar la columna de mañana para la radio. ¿Qué relación puedo encontrar entre la ausencia de palabras en Navidad y la literatura que es toda hecha de palabras? Palabra y silencio es un estímulo para pensar un poema.

Lunes 25 de diciembre:
   Ayer me quedé pensando a la tarde en que quiero retomar el inicio de una narración que habíamos pensado para un proyecto del Liceo que no se concretó. Ahora lo veo mejor, tengo escrita la historia marco, las historias enmarcadas van a ser tres: una, un cuento con una bruja, otra con lo que A. contó sobre unos murciélagos en su columna radial que tiene bastante de insólito y disparatado y otra de la que no tengo más que un título: La calle de los paraguas, frase que leí hace unos días en un artículo del diario La Capital de Rosario sobre una calle que tiene paraguas suspendidos. Va a ser un relato para chicos preadolescentes, y de paso, me servirá para el taller literario que tengo pendiente.

Martes 26 de diciembre:
   Lo que deseo en estos primeros días es poder dormir, leer, caminar, tomar un poco de sol; lo que hacía cuando era adolescente; bueno, antes no caminaba, iba al club y nadaba. Empezamos bien: a P. se le olvidó apagar el despertador.
     Es difícil arrancar de cero, con la hoja en blanco. Aterra. Ana María Shúa dice en sus diarios que no hay que contar los proyectos literarios. Suenan muy bien cuando se cuentan pero después…puede que sólo sean eso, un proyecto que no llegó al papel.
                                                                                           J.G.






viernes, 15 de diciembre de 2017

Diarios Personales

Jueves 14 de diciembre:
      Hoy murió mi suegro. Me desperté temprano, muy lúcida, como a las cuatro de la mañana. Una hora después llama mi suegra. P. salta de la cama y corre a atender. Se va porque su padre está descompuesto. Cuando llegó a la casa, ya estaba muerto. Sospecho que me desperté cuando murió. Lo más extraño de todo es que el dolor de hombros y espalda, el dolor en el cuello desapareció.
   Lo llevamos a un cementerio en donde los entierros son bajo tierra. Hacía calor, el sol estaba hermoso. Todos estaban muy tristes, y yo tranquila, emocionada pero tranquila.

Viernes 15 de diciembre:
   “Usted puede ayudarme; usted puede abrirme de par en par las puertas de la muerte, porque el amor le acompaña a usted siempre, y el amor es más fuerte que la muerte.
    Virginia tembló. Un estremecimiento helado recorrió todo su ser, y durante unos instantes hubo un gran silencio.
    Parecíale vivir en un sueño terrible. (…)
-¿Ha leído usted alguna vez la antigua profecía que hay sobre las vidrieras de la biblioteca?
-¡Oh, muchas veces!-exclamó la muchacha levantando los ojos-. La conozco muy bien. Está pintada con unas curiosas letras doradas y se lee con dificultad. No tiene más que estos seis versos:
Cuando una joven rubia logre hacer brotar
Una oración de los labios del pecador,
Cuando el almendro estéril dé fruto
Y una niña deje correr su llanto,
Entonces, toda la casa recobrará la tranquilidad
Y volverá la paz a Canterville.
  Pero no sé lo que significan.
-Significan que tiene usted que llorar conmigo mis pecados, porque no tengo lágrimas, y que tiene usted que rezar conmigo por mi alma, porque no tengo fe, y entonces, si ha sido usted siempre dulce, buena y cariñosa, el ángel de la muerte se apoderará de mí. Verá usted seres terribles en las tinieblas y voces funestas murmurarán en sus oídos, pero no podrán hacerle ningún daño, porque contra la pureza de una niña no pueden nada las potencias infernales.” De El fantasma de Canterville de Oscar Wilde.
   Me acordé hoy de esta cita, un poco extensa, profunda y bella. Yo no puedo esbozar una comparación con lo que he vivido este año. Tal vez esté en mi naturaleza somatizar el dolor ajeno. ¿Será que absorbí de alguna forma, lo que vendría, sin saberlo? Con mi papá, no me ocurrió lo mismo. El dolor asumió otra cara, terrible, implacable, extendida en el tiempo.
   Si vuelvo a la cita de Wilde, no soy un ser puro como la joven Virginia, pero sí hay en mí una tendencia a la espiritualidad. No quise estar en este tiempo tan cerca de mi padre político; no quería volver a vivir la irreversible situación de ver de cerca cómo iba empeorando. Estaba de cerca a través de todo lo que me contaba P. y cómo él vivía el enojo y la tristeza de la situación. No quería volverme a encontrar con la muerte rondando su casa. La conozco bien. Y sin embargo, viví algo parecido al personaje de Virginia. El dolor físico fue real. Cuatro meses de dolor real. En un primer momento, pensé que era por la tensión de la fiesta de quince de M.; la fiesta pasó y yo seguía con dolor. Comencé yoga y kinesiología; el dolor continuaba. Terminé el ciclo lectivo, y aun así,  el dolor persistía. Tanto que recordé con ironía una frase de la obra de teatro de Tato Pavlosky, La espera trágica,  en la que uno de los personajes dice, en un momento de la obra, que él y el dolor, de tanto tiempo que se conocen, son amigos, cursaron la escuela primaria, iban a todos lados juntos.
   El miércoles tuve mi sesión número veintiuno de kinesiología; esta vez, me enrollaron como a un panqueque, además de los ejercicios de rutina. Inventé un nombre a esta posición: “faraón en el sarcófago” por cómo tenía que estar acostada en la camilla. El ejercicio consistía en lo siguiente: con los brazos cruzados como un faraón, el kinesiólogo me ponía de costado; con una de sus manos ubicaba el dolor en la espalda, yo volvía a la posición horizontal, y después me pedía que respirara hondo. Cuando exhalaba, presionaba mi abdomen con el peso de su cuerpo sin abandonar la presión que ejercía con su mano,por debajo, en mi espalda. Eso significa que me estaba abrazando, kinesiológicamente hablando. No me animé a preguntarle el objetivo del ejercicio para que no pensara que lo estaba cuestionando. Tengo que reconocer que nunca estuve tan cerca de otro hombre desde que estoy casada y que me dio una vergüenza de novela. Aún así, durante todo el día, y con todos los masajes,  seguí con hielo en el cuello.
  Ahora bien, ¿puede que las almas, quizás, algunas, no todas, necesiten de la colaboración de otras para desprenderse de su cuerpo, de la vida terrena, de tantos años de vivir siendo carne y espíritu? Esto lo pensé ayer, entre conversación y conversación con los familiares y amigos que se acercaron a la sala de velatorio. Me gustaría hablarlo con una amiga que conoce más sobre las cosas del más allá, los vínculos energéticos, los ángeles. Si lo miro desde el punto de vista médico, dirán que absorbí el estrés que provoca una enfermedad terminal de una persona cercana. ¿Ocurrió esto con mi padre? No. ¿Por qué yo?

   Como pasa con todos los hechos trascendentes, la muerte me va a llevar a escribir y así transformarla en vida. Tengo varias ideas, pero a esta situación la voy a canalizar en la poesía, la que salva.
                                                                                        J.G.



miércoles, 13 de diciembre de 2017

“La noche tendrá el rostro 
del antiguo dolor que cada tarde resurge”
Césare Pavese. “El amigo que duerme”


Me pregunto qué espacio media
entre la palabra y el silencio
qué calla en la tarde
qué vacío, vocal, vibración,
hay en el lugar de la palabra,
el poema que no dice
tu nombre, ni el río, ni las fresias,
oh, por qué no hay mirlos,
gorjeos, ramas alegres en lo alto,
el viento, por qué no llama
a las palabras, no tocan los espejos,
las sombras de los cuerpos,
las sombras de los cuerpos que se aman
y ya no, no hay lugar para el amor y las
palabras no dicen ni adiós, ya veremos,
calla.
No hay compasión,
no hay formas duplicadas del olvido,
ay, palabras, por qué
no reemplazan la ausencia.
                                J.G.

                                         

lunes, 20 de noviembre de 2017

Diarios Personales

Viernes 27 de octubre:
   Visité con mis alumnos la Biblioteca Gálvez. Nos queda a la vuelta de la escuela y no necesita mucha movilización. Ayer vine con el otro grupo. Se portaron muy bien. Después de la charla, que en este caso, a diferencia del grupo anterior, fue muy activa, preguntaron casi todos. Luego nos dieron tiempo para mirar los libros que las bibliotecarias nos habían dejado en las mesas: libros de historietas, el último libro de Harry Potter que tiene casi mil páginas, novelas de vampiros, las sagas españolas que tanto les gustan a los chicos y otras curiosidades como uno con el que me entretuve de Jordi I Fabra sobre cuentos basados en óperas. Por un rato me entretuve yo también leyendo cuando dos de mis alumnos me dicen a mis espaldas: “¡Mire profe!” con tal énfasis que supuse que era una novedad. No. Me mostraron la primera página de un libro que comenzaba con un sinónimo de prostituta y seguía enumerando adjetivos hasta dar vuelta la hoja. Más o menos veinte, treinta términos referidos a la susodicha. “¿Y esto?”-les pregunto-¿Quién lo encontró? ¿De dónde lo sacaron?-les dije en tono de bruja. “-Yo no fui. Lo sacó M.-me dicen los chicos. Cuando miro la tapa del libro veo que se llama La puta de Babilonia. Lo que es la curiosidad a los trece años. Historietas de Gaturro en las mesas y ellos encuentran lo que les interesa en un estante de vaya a saber qué lugar de la biblioteca.

Lunes 6 de noviembre:
 Un pequeño poema de Juan Lima de Botánica Poética sobre los jazmines:

Más blancos que la espuma
amontonados como nieve
se dan un baño de rocío
y a las seis de la mañana
(hora local)
florecen los jazmines
eterno
         es
             su
                perfume

(el poeta interrumpe
el poema y riega)

Y yo digo:

Hay una pureza en los jazmines
que no viene de su color
ni del perfume ni de quien los huele
o los corta para llevarlos
quietos, como dormidos, resignados
a los escritorios y cocinas y mesas
de comedor y salas de espera.
Es la promesa de lo que vendrá,
el secreto, lo que no se dice,
lo que embriaga y nos envuelve,
el silencio de las palabras,
eso guardan los jazmines,
y yo,
entumecida por la hora de una noche,
arraigada en la ventana que mira al este,
espero.


Miércoles 8 de noviembre:
   Me desperté temprano, como a las seis pasadas. Me enoja porque hoy me puedo levantar un poco más tarde. Un sueño me despertó. Soñé que estaba en la esquina de Lavalle y la que le sigue a Ituzaingó, donde está la casa de mis abuelos maternos. No recuerdo su nombre. Era de noche. Había gente en toda la cuadra, como si fuera un festejo. Hacía calor. Alguien repartía plantas para que las colgáramos en los frentes de las casas. Yo veía helechos. En eso me toca a mí tomar uno. Uy, pensé. Es artificial. Di vuelta sobre mis pasos para colgarla en el frente de la casa de mis abuelos con una alegría enorme porque hacía mucho que no iba por ahí. Pensé que no les iba a gustar que la planta fuera artificial, con todas las que tenía mi abuela y mi tía en el último piso donde ella pintaba y dormía el perro, colgaban la ropa y reservaban la pieza para los pensionistas. Claro que en lo últimos años no había después que la abuela enfermara y muriera. Estaba la luz del zaguán encendida y mi abuelo afuera, sentado en una silla plegable. Mi tía estaba adentro del zaguán con la puerta cerrada pero yo podía verla porque la puerta es de vidrio con adornos en hierro. Estaba sentada con una máquina de escribir. Una hoja asomaba en el rodillo con una foto en blanco y negro, como si estuviera analizando una fotografía porque mientras yo me acercaba al abuelo y lo abrazaba, ella escribía en la máquina como si no me viera. Yo estaba feliz de verlos, le decía al abuelo que le traía una planta. Entonces veo a una mujer joven en jeans con carpetas que me mira fijo. Estaba en la entrada de la casa donde termina el zaguán. Entonces mi tía me dice: -Hace mucho que no nos venís a visitar. Yo no entendí por qué me decía eso si ella sabía que la casa estaba vacía. Inmediatamente sentí a mi mamá detrás de mí que miraba a la mujer de las carpetas como si estuviera diciéndole, aunque no dijera nada, que ella estaba ahí conmigo. Desperté, por un lado, alegre, cuando uno se encuentra con alguien a quien hace mucho tiempo que no ve. Mi abuelo murió hace dieciseis años y mi tía, seis. Es la primera vez que los sueño. Como me ha pasado con la mamá de S., mi mejor amiga, y con papá, los veo sanos, con su ropa habitual. A veces hablan, a veces no. Por otro lado, me siento como si el sueño me invadiera la realidad, como si no me hallara en el momento en que abro los ojos. La tía y el abuelo están juntos y con la abuela, el tío Luis y probablemente mi otra tía, en el cementerio de Recreo. Yo nunca volví desde que los llevamos. Es que la abuela cuando vivía contaba que había comprado una parcela en el cementerio para que pudieran estar juntos. Y yo cuando la escuchaba me horrorizaba, cómo podía estar pensando en el después, en la muerte como quien habla de cuándo nos toca pagar un impuesto.
  Hace unos días leyendo la introducción que escribiera Italo Calvino para su libro Las ciudades invisibles, decía que esas ciudades, que escribió lentamente, surgieron de los sueños y también de las pesadillas. Una crítica asociaba este prólogo al del Hacedor de Borges en el que dice que en los sueños uno desea encontrarse a sí mismo. Y hoy estoy con una sensación de levedad de la que no puedo decir nada. Esperar a que pase o seguir pensando en el sueño.

Domingo 12 de noviembre:
  Leí un cuento de Onetti “La total liberación”.  Un maestro. La anécdota es muy simple. La mujer confiesa a su amante que la noche anterior “la abrazaron y luego la besaron”. Lo que sigue es cómo el personaje afronta esa situación. A ella no le dice nada, no reacciona. Sale a caminar. Me gustó el adjetivo  “madura” en la frase “Afuera lo esperaba la noche; pero no la noche madura, dilatada en silencio y serenidad que Jason hubiera deseado, sino una noche recién hecha, fresca y bulliciosa”. Que capacidad para encontrar la palabra justa. Una noche como un fruto a punto, listo para saborearlo, una noche en su mejor hora. No es lo que encuentra el personaje. Otro momento de lectura para recordar es un libro que encontré de Padeletti. Es el primer tomo de tres que la UNL publicara hace varios años. Lo que no sabía es que el poeta también era artista plástico. La atención, así  se llama el libro, tiene poema y reproducciones de su obra estética. Recién comencé a leerlo. Ya citaré algo para agendar. Cómo quisiera tener ese ritmo de trabajo para escribir, pero más leo a los poetas y más me inhibo, como al comienzo de la Facultad. Creo que no vale la pena que escriba, otros lo hicieron mucho mejor.

Lunes 13 de noviembre:
   La dicha de volver a leer a Pablo De Santis. Encontré en la biblioteca de la escuela “Desde el ojo del pez”. Había leído un fragmento en el manual de Primer Año. Un muchacho, como dicen la señoras mayores, viaja de Córdoba a Buenos Aires para estudiar en la Universidad. Hasta ahí nada extraordinario. Pero en realidad, lo que lo mueve, es encontrar a Teresa a quien no conoce y vio una sola vez. Enamorado, recorrerá la ciudad buscándola. Los únicos datos que tiene es su pelo rojo y que estudia Arquitectura. Sólo personajes de papel hacen eso. Ahora no sé si los varones se enamoran así. O nunca lo hicieron.

Martes 14 de noviembre:
   La gran adquisición del año es la almohadita para calor o frío que me ofreciera la kinesióloga el viernes. Puedo relajar los músculos en casa. Hoy tengo las últimas clases abiertas en el Liceo. Vuelvo a Pablo Bernasconi que me encanta con sus personajes. Esta vez “Antonette” en Excesos y Exageraciones. Antonette tienen mucho pelo. Es rubía como la soga sisal con la que está hecha su pelo. Los rulos de Antonette son perfectos gracias a la batidora. ¿Qué cosas le gustan a Antonette? Los autos descapotables, los álamos, los tallarines, darle de comer a las jirafas, los peluqueros con zancos, los asientos de la última fila en el cine. ¿Qué no le gusta a Antonette? Los pájaros impertinentes, las fotos horizontales, las montañas rusas, los pelados, el otoño, los sobrecitos de crema de enjuague. A partir de este “monstruo capilar” hicimos nuestros monstruos, concetrados en su cabeza. Les dimos un nombre y lo describimqos. Trabajaron con entusiasmo. A los chicos les encanta que vayan sus papás. Me llamó la atención los papás varones, fueron como nueve en el último grupo. Una mamá llegó un poco más tarde con un bebé recién nacido. El hermanito de M. Uno de los chicos me decía, mientras esperaba a su papá, que él iba a llegar “unos minutitos más tarde porque salía del trabajo y que después de la clase lo iba a llevar a tomar un helado”. Cómo me gustó su carita, la expectativa del papá por venir y la promesa posterior. Hoy es un día para tomarse todos los helados de Santa Fe. Una de las nenas inventó un monstruo en forma de cono, como el personaje de Bernasconi a quien llamó “Cucuruchita pero en llamas”. La mamá de M. es artista plástica, le dieron volumen a la cabeza con cartulinas en forma de llamas que tenían gatitos dibujados en cada una de ellas. Hubo otros con flequillos como escobas, como rastrillos, como hebras en forma de escalea, con narices a lo Groucho Marx, con ojos pequeñitos y japonesitas con rodetes triangulares. Verlos a los papás concentrados en las gomas eva, recortando y luego escribiendo con sus hijos me regocija.

Miércoles 15 de Noviembre:
         Estoy escribiendo en el escritorio del dormitorio de M. y S. Es notable cuántas cosas esta hija va pegando en las paredes. Es como nos decía una profesora de la Facultad, el horror al vacío que sentían los aztecas y por esa razón, no dejaban espacios en blanco. Afiches de Los Beatles, Queen, los Youtubers, sus cuadros pintados, sus fotos y frases destacadas, las selfies del cumple de quince, el ayuda memoria pegado en la pantalla del televisor (¡!) con las evaluaciones del mes, cubos de Rubik, afiches de cartón apoyados contra la pared, figuritas de álbum, muñequitos de todos los tamaños y texturas en los estantes de una pared y de otra, el afiche de su cantante favorito pegado en el techo, la corona de reina de su cumple, oh. Y las camas, la ropa, etc. Es demasiado para esta pobre mortal. Si voy al cielo, al cielo de las amas de casa, será por este dormitorio que ordeno como puedo, como si fuera el cuento de la buena pipa, y por la tapa  del inodoro que los varones de la casa nunca bajan.

                                                                                                                J.G.




  

lunes, 16 de octubre de 2017

Diarios Personales

Jueves 12 de octubre:
  Así como tengo días esperanzadores, hay otros que no, como éste. A veces pienso que no tienen sentido enseñar literatura, dar de leer de poesía, ver cine, como Hamlet de Shakespeare. Los adolescentes no lo ven como importante, no lo valoran, y es de esta forma como el cuerpo después me lo hace sentir. La frustración. Según el doctor, tendría que tener menos empuje, ser más “burocrática”.  Importarme menos. No tengo que salvar a nadie. A la única a quien le importa todo esto es a mí. Hace unos años me pasó de incentivar a un alumno diciéndole que tenía sensibilidad para escribir, pero no tenía condiciones naturales. Para qué. Me mostró un cuento que me decepcionó. Creí haberlo motivado en su adolescencia pero a los veintitantos escribía igual o peor. Mejor que se haya dedicado a otra cosa. Tendría que ser más sincera y menos condescendiente. En definitiva, son pocos los tocados con la varita literaria. En el decir de García Lorca: “Hay que tener duende”.
   Y en este desasosiego recordé un poema de Fernando Pessoa, “El guardador de rebaños 24”. Me calma como una tisana. Pienso que sería bueno leerlo más seguido.

El misterio de las cosas, ¿dónde está?
¿Dónde está que no aparece
Por lo menos para mostrarnos que es un misterio?
¿Qué sabe el río de eso y qué sabe el árbol?
Y yo, que no sé más que ellos, ¿qué sé de eso?
Siempre que miro  las cosas y pienso en lo que los hombres piensan de ellas,
Me río como un regato que suena fresco en una piedra.

Porque el único sentido oculto de las cosas
Es que no tienen ningún sentido oculto.
Es más extraño que todas las extrañezas
Y que los sueños de todos los poetas
Y los pensamientos de todos los filósofos,
Que las cosas sean lo que verdaderamente parecen ser
Y no haya nada que comprender.

Sí. He aquí lo que mis sentidos han aprendido solos;
Las cosas tienen significación: tienen existencia.
Las cosas son el único sentido oculto de las cosas.

                     Alberto Caeiro. (heterónimo de Fernando Pessoa) en El poeta es un fingidor.
                                               J.G.


Diarios Personales


Domingo 15 de octubre:
  Hoy es el Día de las madres o Día de la Madre. La ocasión me hizo pensar en que muy poco o casi nada escribí sobre los hijos. Será porque me da mucho trabajo ser madre desde que nacieron y cuando me siento a escribir en el poco tiempo que tengo pienso en otra cosa. Escribir es casi un paraíso vedado, a diferencia de lo que decía un verso de Borges en el poema “Buenos Aires”. Cuando estaba embarazada de mi primera hija nadie me dijo que era un trabajo tan demandante y sacrificado. Una se cansa de ver en fotos, en publicidades, en relatos de conocidos que la maternidad es una experiencia que vale la pena vivir. Ni siquiera me alertaron lo duro que iba a ser tener un parto natural. Si al menos nos dieran un indicio de la tremenda responsabilidad que es tener un hijo, probablemente habría menos niños en el mundo. Puede también que no todas las mujeres tengan el mismo grado de vocación para la maternidad. Para muchas, es la única razón de su existencia, para otras, es importante siempre y cuando puedan desarrollar otras áreas de su vida. Para muchas, y con impotencia lo digo, no eligen serlo y no pueden evitarlo por las condiciones sociales en las que viven.
   Ayer, mientras buscaba información sobre las microficciones de Ana María Shúa para la columna radial, leí una entrevista en la que la escritora hablaba de su última novela, Hija, publicada el año pasado. Me pasa seguido que me entero tarde de las cosas, como si viviera en el siglo XIX y todo lo que llegaba a estas costas de parte del otro lado del mar viniera con el retraso natural de las largas distancias. En esa nota, Shúa contestaba la pregunta acerca de cómo se le había ocurrido gestar una personalidad como la de la protagonista que es lo opuesto a cómo la criaron sus padres. Decía que había partido de la extraña sensación que tenemos los padres de ver cómo esos hijos que uno ha criado y educado son distintos a lo que esperamos y cómo nos cuesta aceptarlo. En mi caso, con una hija que cumplió recientemente los quince años, es esa sensación de la que Shúa menciona. Un día nos levantamos y nos decimos: ¿Y esta extraterrestre quién es?
   La escritora reflexiona sobre una gran verdad: los hijos no son sólo nuestros hijos sino los hijos de las circunstancias, de una cultura, de una generación. A mí me cuesta ver que esta chica, que duerme diez horas, que se levanta, desayuna y vuelve a la cama con el celular, que una le habla y pareciera que está en otra dimensión, siempre con los auriculares puestos, que si tiene que estudiar lo hace pero no para el diez, como lo hacía yo, y tampoco le preocupa demasiado, que piensa muy distinto a nosotros, que se viste como hippie (ojo que no tengo nada con ellos), y que apunte a que siga una carrera artística audiovisual o vinculado con las artes plásticas. Está bien que gran parte de todo esto se debe a que yo la mandé a los seis años a una escuela de expresión estética y ahora continúa en un taller de arte para adolescentes. No me preocupa tanto si hiciera otra cosa que pintar retratos y cajas cuando se levanta los días que no va a la escuela. Lo único que no deseo es verla de mantera en la calle Lavalle, tanto dinero invertido para que termine así, no señor. Lo bueno es que lee y que a los trece descubrió a Los Beatles y dejó de escuchar a Violeta. Eso es un buen indicio de gusto estético. También escribe un diario y va a clases de Inglés. Lo malo es el tiempo que le dedica al celular, a las redes sociales y las series de Netflix. Ya sé, muchos dirán que es adolescente, que qué esperaba entonces, cuándo un chico de su edad actuó de otra manera. Es que me cuesta aceptar que la nena que daba besos y abrazos a sus padres ya no existe.
  Quizá tenga que esperar un tiempo para tomar distancia y escribir más sobre la maternidad. Por ahora la vivo, la disfruto de a ratos, la padezco a diario con el tire y el afloje. Por algo la naturaleza nos dio sobrinos y nietos para compensar.

Lunes 16 de octubre:
 Durante el almuerzo estuvimos viendo un documental de la isla Galápagos en la que aparecían unas focas en la playa acompañando a los turistas en sus baños de sol. Observándolas, caí en la cuenta de que nunca tendrían dolores de cuello como yo porque cuello no tienen (qué chiste malo), reposan todo el día en la playa y cada tanto van al agua. Pero no son unas focas marinas, no. Se ve que le atraen los humanos porque lograban llegar hasta la zona urbana que no debe haber estado lejos. El esfuerzo que hacían en subir los escalones de una plaza para entrar en los toboganes cilíndricos o como diríamos, ¿“caminar”? por la calle. La gente por lo que se veía estaba acostumbrada a la convivencia con las focas. Las miran y pareciera que las están saludando. Para mí que no son nada tontas las focas, no se van a exponer a ir a la ciudad para que las saluden. Las muy ingeniosas llegan hasta la pescadería-ahí se ve que todo funciona sin paredes ni puertas-y esperan con gesto ansioso y algo lastimero que les den algún pescadito que sobre. También aparecieron los pelícanos, y entre unos y otros embuchan la yapa. Después me puse a pensar que estaría bueno ser foca por un día o dos, primero porque no se tiene dolor de cuello como yo, otra porque están casi todo el día en la playa haciendo nada. Hace poco releí el cuento “Axolotl” de Julio Cortázar, qué genial esa frase “Ahora soy un axolotl” y luego el cambio alternado de la primera persona, una como humano, otra como animal. En mi caso, diría: “Ahora soy una foca de la isla Galápagos”. La cuestión para nada fantástica es que después del corte mostraron unos horribles lagartos o iguanas de color gris piedra que aparecen en grupo como matones por las calles, plazas, casas particulares, resorts y cuanto aparezca a la vista. Son tan feos y monstruosos como los orcos de la segunda parte de El señor de los anillos. Uno puede estar tomando un aperitivo apoyado en la baranda del hotel o tomando sol en la playa y los bichos vienen apresurados, con los colmillos apuntando al horizonte, como si uno fuera la próxima presa. Se ve que no les ponen multa por andar en cualquier lado; alguien habrá argumentado que son más autóctonos que los humanos de la isla. Definitivamente, no voy a ir a Galápagos.
                                                                           J.G.





  

sábado, 7 de octubre de 2017

Diarios Personales

Viernes 6 de octubre:
  Dos cosas curiosas me han pasado hoy. La primera, una alumna de Primer Año me pregunta cuándo vamos a leer libros de poesía. No recuerdo que me hayan preguntado alguna vez en mis años como docente sobre esta inquietud. Le mostré un libro que tenía en el bolso, porque mi idea era empezar a leer poemas pero no estaba segura de la recepción. Los del manual no me gustaban demasiado así que le mostré Botánica Poética de Juan Lima mientras los demás copiaban en sus carpetas un soneto de Francisco Luis Bernárdez, el que comienza con “Si para recobrar lo recobrado…”. Les dije que lo buscaran desde sus celulares y fue como abrir una puerta al silencio. No sé si fue por la consigna de usar el celular o porque realmente les interesaba el poema. Me inclino por el celular. Aparecieron comentarios como “¿Nicolás escribió un poema!” o “¿Qué significa es menester? o “yo tengo un cuaderno con poesías”. Veremos cómo sigue el asunto. Me gustaría que escriban, si no textos poéticos, al menos textos expresivos.
   La otra cuestión fue que en horas de la siesta  tocaron el timbre. El cartero. Alguien me había mandado algo. Bajé pensando que sería una publicidad pero no. Era un manual de la editorial Mandioca. Hacía poco había completado un formulario por mail con mis datos, de ésos que una piensa que no sirven para nada. Esta vez llegó un manual muy bonito. Hojeándolo, me topo con la foto de la portada de un libro que tengo en casa y que dejé a poco de haberlo  comenzado a leer: Gringo viejo de Carlos Fuentes. Había leído hacía mucho Las buenas conciencias y más me había gustado Los años con Laura Díaz. Pero con éste no me terminaba de enganchar. Reconozco que lo elegí más por la tapa atractiva en color fucsia y grandes letras que por la historia en sí. También recuerdo que lo compré en Buenos Aires una noche de sábado luego de haber tomado una o dos copas de vino; no estaba tan lúcida pero quería un libro nuevo. Ahora leo que la historia es una variante del tópico del cadáver insepulto, que se remonta a Antígona de Sófocles. En el manual se menciona y analiza La hojarasca de Gabriel García Márquez, y también recupera Santa Evita de Tomás Eloy Martínez. No sabía que era un tópico universal o no lo recordaba. En la novela de Carlos Fuentes, el escritor norteamericano Ambroice Bierce decide terminar con su vida yendo a México en plena revolución de comienzos del siglo XX. Nada se sabe de él una vez que llega. Es el gringo, el gringo viejo dispuesto a morir.

  Hay situaciones como ésta, casualidades que me llevan a preguntarme si la vida no es un conjunto de coincidencias. Evidentemente tengo que leer ese libro, como tuve que retornar a la práctica de yoga. Antes de decidirme a hacerlo, me crucé con Sushitá dos veces en mi caminata casi diaria. Ella que vive la mayor parte del año en la India, caminando por el boulevard, toda de blanco ella, toda de negro yo. Por qué se da en este momento, no sé. ¿Alguien decide por mí? ¿Alguien me está soñando?
                                                                                J.G.




miércoles, 4 de octubre de 2017


“Me fue concedido saber que la niñez
 era un estado repetible por instantes,
 por eso decidí prolongarla, hacer poesía.”

                           José Lezama Lima 
    (Epígrafe del libro Palabras manzana de Jorge Luján)


José Lezama Lima

jueves, 21 de septiembre de 2017


Domingo 14 de mayo:

  Puedo decir que es la única mañana de los últimos siete días en que no me levanto con dolor de espalda. Es que la cabeza va a ciento veinte y el cuerpo a setenta. Eso significa que debería dormir más o trabajar menos para que cabeza y cuerpo tengan el mismo empuje. Me preocupa porque estoy en mayo y todavía me falta organizar el vestido de quince de Mariú, entre otras cosas propias de una fiesta. No quiero pensar, no quiero pensar en eso, no porque no quiera a mi hija sino porque es otra tarea que tengo que cumplir. Hay gente a la que le gusta organizar cumpleaños, en cambio, a mí no. Me duele la cabeza, es un bajón. Entonces me digo que es domingo y que aproveche el día, carpe diem, por un par de horas hacer lo que me gusta. Y en esa placidez propia del domingo, el silencio es la niebla que brumosa y burbujeante me lleva a leer porque sí. Y es entonces que me apresto en la notebook a leer los mensajes, para arrancar y un contacto de Facebook, me envía la publicidad de ollas, y yo amable, contesto, buen día, gracias, como si me importaran las ollas, habrá visto la señora que jamás colgué una foto cocinando puesto que no me gusta cocinar, pierdo tiempo, es una obligación de la semana hacerle la comida a los hijos, y luego lavar los platos, y las ollas y luego secar y guardar, habráse visto cuánto tiempo se pierde en la cocina, cuando se puede ir una a dormir la siesta o leer, haciendo tiempo para llevar al niño a fútbol o a la jovencita a sus clases de Inglés y ella, la señora, un sábado, de madrugada, me manda a mí, un foto de ollas, y contesta, con entusiasmo, ante mi amable respuesta: ¿te interesa?

Martes 16 de mayo:

 Hoy me ocurrió un hecho insólito. Bajando apurada por el ascensor para ir a trabajar al Liceo, cerca de las dos de la tarde, una jovencita del noveno o décimo que vive con su padre y hermano me pregunta: -¿Tu marido está?-Pregunta que me desconcierta, primero, porque nunca hablamos, y segundo por la confianza en indagar por la rutina de mi cónyuge–“No. ¿Por?”-respondo-Entonces su cara se transfigura en angustia-“Es que se cayó mi gato del balcón a la cochera”-responde. Nosotros vivimos en el segundo piso que mira al contrafrente, esto es, a la cochera. El techo de zinc habrá amortiguado el golpe, supongo.-“No está ahora”-le digo-“fue a buscar a mi hija al colegio, en diez minutos vuelve. Nosotros no tenemos la llave de la cochera”.-agrego. El ascensor llega a planta baja-“Yo tengo llave”-me dice-y agrega el “gracias” mientras apura el paso para abrir la puerta. No le pregunté por qué pensó en mi marido y no en cualquier otra persona del edificio. O bien su padre y hermano no vuelven en toda la tarde y por esa misma razón, necesitaba una presencia masculina por si encontraba al gato muerto, qué feo decirlo así, una situación que obligaría a limpiar el techo de la cochera, enterrar el gato, avisar al consorcio, etc. (Lo que no le conté a la jovencita es que mi esposo me estaba esperando en el auto para llevarme al trabajo y luego a buscar a nuestra hija. Aproveché el viaje para comentarle el diálogo insólito que tuve en el ascensor y prevenirlo por si tenía que socorrer al gato y a su dueña.)

 Por la noche, le pregunté a Pablo por el gato, si lo habían llamado. Me dijo que no. Ahora bien, ¿cómo pudo seguir el cuento? Estimo posibles desenlaces: Final A: el gato se estrelló contra el techo de zinc y no hay vuelta atrás, digamos que es el final más trágico. Final B: como todos los gatos, habrá caído de tal manera que se pudo quebrar las patas traseras pero salvó la vida. Ahora le quedan seis. Final C: la historia del gato volador es un cuento para averiguar los movimientos de mi marido y los míos, la chica está enamorada y comprueba que me voy para tocar el timbre de mi departamento y simular un encuentro casual con mi esposo. Es el final que menos me gusta. Final D: el más disparatado, el gato es un gato adolescente y simuló una caída que en realidad no lo fue porque se agarró de la baranda y saltó al balcón del piso de abajo para huir por dos semanas de tanto encierro, lo cual nos permite entrever sus condiciones de gato acróbata. ¿Y si la chica vio la silueta del gato contra el techo de la cochera no es el mismo gato?, no señor. Porque el verdadero está escondido en el balcón del octavo. Entonces ¿quién está haciéndose el muerto en el techo de zinc? Pues otro gato compinche que le ha devuelto un favor al del piso de arriba. Ahora bien, cuando la dueña baje a la cochera e intente treparse al techo de chapa o pida ayuda al portero, pasará un buen rato. Esto permitirá al gato que cumple la función de doble, retirarse del lugar del hecho por lo cual, su dueña, quedará como una chica soñadora que creyó ver que su gato caía del balcón al techo de la cochera. Ante el desconcierto, volverá al departamento a comprobar si su gato no está en el living, llamará a su padre y hermano, quienes la calmarán diciendo que es seguro que el gato se fue a dar una vuelta y que no se ande haciendo problemas a esa altura de la tarde, que mejor va a ser que se recueste un rato. (Material para un cuento, pienso. El gato que se simula caerse del balcón de un noveno piso.) 
                                                                                        J.G.