Miércoles 27
de diciembre:
Estoy rumiando desde ayer la segunda
historia. Lo único en concreto que tengo es la casa de los murciélagos. No sé
si va a ser cómica o tendrá suspenso, siguiendo la línea de la historia
anterior. Tengo que averiguar más sobre el lugar donde las fabricaron, en
Florida, Estados Unidos. La mañana se me corta en dos con el turno
kinesiológico y después tengo que ir al super. P. no puede verme si hacer nada.
No lo acuso, es muy pragmático. Yo necesito estar en las nubes para escribir,
abstraerme. Él se levanta y se va a trabajar con un entusiasmo..que a mí me
sorprende. No es que a mí no me guste trabajar, es que para escribir necesito
hacer como las tortugas, meterme para adentro, tener silencio. Cuando están
todos es difícil. Ayer por la noche comencé a leer Hoy no es mi día 1 de María Inés Falconi. Lo leo porque la
escritora maneja los códigos adolescentes, conoce el oficio, es una maestra en
los suyo. Empieza así: “El subte se paró en Medrano.” Y me acordé de mi
fantasía de una historia con un tren. También ayer leía en los diarios de la
novela de A.M.Shúa que lleva un cuaderno de ideas sobre la novela que está
escribiendo, datos sobre los personajes, qué les va a pasar, cómo se conectan
entre sí. Y que eso no lo dispone al lector. Por otra parte, pienso en la
tercera historia. Hay un personaje que veo en Instagram que me resulta
pintoresco. Ya voy a hablar de él. Por la tarde voy a tener tiempo para
comenzar la historia de la casa de los murciélagos. Ahora tendría que seguir
navegando en la web para ver qué más se dice.
Jueves 28 de
diciembre:
Ayer seguí indagando en internet pero no
encontré demasiada información, no lo que esperaba. Hoteles que se construyeron
cerca de las casas de murciélagos para verlos al atardecer, motivos por los
cuales en Florida los quieren preservar y nada más. O sea, tengo que inventar.
M. me ofrece recomendarme para una columna de
gramática en un programa de televisión que va en vivo. Dice que pruebe, que me
dé la oportunidad pero yo no soy para la tv., me gusta la radio, justamente
porque no tengo que mostrar la cara sino la voz que es mucho más sugerente y
más relajado. Vivimos en el mundo de la imagen y yo soy tímida. Ahora que estoy
en el trampolín de la escritura no me quiero descontrar. Todo un desafío. En
casa me aprueban, que lo intente, que no pierda la oportunidad; pero yo pierdo
la oportunidad de comenzar mis vacaciones y poner la mente en blanco. Encima M.
me dice que le va a pasar mi celular al productor del programa y que no me
puede acompañar. Oh, Dios, ¡por qué sola, no soy periodista, no me crié en los
medios!
Viernes 29 de
diciembre:
Tendré más que contar a partir del mediodía.
Si no me apuro, cierran las bibliotecas y no tendré para leer en vacaciones.
Trato de estar más tranquila pero me cuesta, ¿cómo hace la gente para vivir la
vida más calmadamente? Vivir el hoy, el ahora, no mirar el ayer ni el futuro.
Mindfulness, filosofía buda, yoga Respiro hondo, prendo un sahumerio y escucho
un mantra.
Pude sacar algunos libros, varios estaban
prestados. Entre los que me traje están: El oficio de vivir, de Cesare Pavese,
Cuando Hitler robó el conejo rosa de Judith Kerr (para jóvenes), Un comunista en calzoncillos, de Claudia
Piñeyro y La belleza del mundo de
Héctor Tizón. Creo que es una buena provista para enero. Tenía varios títulos
de diarios de escritores pero no encontré ninguno, a excepción de los Diarios de Kafka. Pero pensé que tal vez
estén en la web y preferí el de Pavese en papel. Al salir, me apuré porque al
mediodía tenía la despedida de año en el hall de la radio. Ya sabía que no
íbamos a emitir el programa el sábado por razones de fuerza mayor del conductor
que no podría asistir. Lo que no sabía es que tampoco iba a ir a la despedida.
Otra vez sola, como a mediados de año, en una cena organizada por un gremio
docente por el Día del periodista. De mi grupo nadie podía; y a último momento,
el conductor tampoco. Por ende, me quedé sola mirando cómo los demás se
abrazaban y estrechaban sus manos, se contaban las últimas novedades, se
servían bocaditos mientras iban acomodándose en las mesas. En aquella
oportunidad, alguien del gremio, una mujer que me ubicaba de mis tiempos de
delegada y porque este año estoy cursando una capacitación, se compadeció de mí
y me invitó a la mesa del grupo organizador. En fin, qué hacía yo ahí, buena
pregunta. Sin ser periodista, representaba un programa radial. Lo mismo pasó
hoy; la diferencia es que todos los que estaban trabajaban en la radio y no
eran de otros medios. Preferí esta vez llegar un poco más tarde y no tan
puntual como el año pasado que fui la primera en llegar y para disimular, miré,
mientras esperaba a que entrara alguien más, una y otra vez las fotos colgadas
en el hall en el que se contaban momentos iniciales de la emisora.
Cuando llegué, a la una del mediodía, no
había más nada. Dios, qué hambre, en media hora, aniquilaron los sándwiches de
miga, los pinches de pollo y lomo, las pizzetas, los pequeños lomitos.
Evidentemente, todos pensaron en almozar ahí. Apenas entré lo vi a P. que
estaba mirando para la puerta de afuera, así que nos saludamos y empezamos a
charlar. Hacía unas semanas que no lo veía porque está de vacaciones. P. es el
operador de sonido del programa. Conversamos acerca de las rutinas en los
gimnasios, de mi mejoría con las sesiones de kinesiología, de la gente que cree
que con tres meses va a tener un cuerpo escultural para el verano, un poco de
política. Cuando se acabaron los bocaditos dulces y vino el brindis, el rector
dijo unas breves palabras en relación con el nuevo edificio de la radio y la
gente se fue yendo. O sea que estuve media hora y no comí nada, consigna que en
casa me habían dado: “Almorzá”. Con P. salimos y nos despedimos. Dejame que te
acerque, si te vas a pie te vas a cag..de de calor. Pero son seis cuadras, le
digo cuando veo que el transporte es una moto gigantesca, de esas que se usan
para hacer viajes, suposición que me confirmó cuando me dijo que se había ido a
las sierras de Córdoba. Mira que nunca me subí a una, le digo, se me va a
romper el pantalón, fue la última excusa cuando no tuve más argumentos.
P.estaba decidido a llevarme. Lástima que no tengo otro casco, Dios mío, pensé,
en que me metí. La primera vez y sin casco, me quiero morir. Mientras le sacaba
el candado y la acomodaba, tuve que rogar que nadie conocido pasara por ahí, en
el instante en que intentaba treparme con tacos, el papelón que estaría
haciendo. Los que bajaban las escalera de la entrada estaría pensando que P. a
quien no le falta mucho por jubilarse, con su característica musculosa al
cuerpo y short de jean, se estaba levantando una mina. Dios, qué pensará el
otro P. si se lo digo. Mejor no le digo nada y que sea lo que el destino me
depare. La moto arrancó. Le pregunté de dónde me iba a sostener, de acá me
dice. Pero me voy a caer, no tengo salvavidas. Bueno, yo sí tengo, dijo
aludiendo a su cintura. Entonces me aferré a la cintura de P. y a donde me dijo
que tenía que sostenerme. El muy temerario P. aceleró y dio la vuelta por la
Facultad de Derecho a mil. Creí morir de verdad. Por qué me pasa esto a mí, por
qué no me fui caminando a casa con cuarenta grados de calor, por qué no fui más
firme. Le dije que si no bajaba la velocidad me iba a dar un infarto ahí mismo.
Entonces bajó un poco y me dijo que la idea era que sintiera el viento en el
pelo. Ah, qué bien. Tomó por San Jerónimo, dobló por Obispo Gelabert y después
por Urquiza. Por Obispo me fue contando la anécdota de la vez que yendo por el
puente Colgante con un gato detrás, aceleró con la moto, el gato se asustó y se
le trepó a los hombros. Tuvo que revolear el gato porque iba a perder
equilibrio . Yo me pregunté, por un lado, si lo que me estaba contando era
cierto o si era un invento para que yo me ría un rato y me relaje. Si el gato
era de él, por qué lo mandó a la laguna Setúbal? No sé si salió de esa, capaz que
no. O era P. o era el gato. ¿Llevar un gato en la moto? Quien usa este medio le
parecerá bastante zonzo lo que cuento pero para quien nunca se subió a una en
un paseo de siete cuadras, sin casco, a la velocidad de Rápido y Furioso, bueh, me sirvió para contarlo. Cuando me bajé, a
la vuelta de casa, tenía los pelos como un nido de avispas o como el enredo de
las lucecitas de Navidad cuando una quiere acomodarlas en el árbol. Me lo alisé
como pude para que no parezca que vine de una fiesta en un boliche…a las dos de
la tarde.
Sábado 30 de
diciembre:
Rescato dos momentos del día. El primero,
tomar sol en la terraza. Es la primera vez que puedo hacerlo, que tengo tiempo,
hace calor y hay sol. A esta altura del año estoy blanca como papel secante. La
única contra es que la pileta del edificio es muy pequeña y el deck minúsculo.
A eso se suma la altura y el hecho de que E., la vecina del cuarto piso, lleva
a sus amigas a tomar sol. E. está separada y tiene más de cincuenta. Es muy
simpática pero ama tomar sol al punto de que los sillones están encadenados en
la terraza dando a entender que es una usuaria de por vida de la terraza. Si
sumamos que sus amigas traen sus termos, sus sombreros, pareos y demás, el
lugar no existe, a excepción de estar sentado en el borde de la pileta. Aún
así, venciendo el vértigo, fui un rato, compartiendo el espacio con E., sus
amigas y una vecina también fanática del sol. Yo no entiendo, si están
bronceadas de color madera, ¿para qué siguen yendo?
El otro momento es la lectura a la hora de
la siesta. Me gustan los diarios de A.M.Shúa en su novela Hija. Menciona varios títulos que va leyendo y que me gustaría
anotar aquí para tenerlos en cuenta por
si puedo conseguirlos en la Biblioteca: Todo
cuanto amé de Siri Hustvedt, La cena
de Herman Koch, Lo bello y lo triste,
La casa de las bellas durmientes de
Kawabata, El mundo según Garp, El Hotel New Hampshire de John Irving, Los peces no cierran los ojos de Erri de
Luca, Vida y destino de Vasili Grossman,
El hombre es un gran faisán en el mundo de
Herta Muller. En otro apartado detalla que para escribir esta novela se
encierra en la pieza que fue de su hija mayor y que queda al fondo de la casa,
en donde se encuentran las bibliotecas de poesía, literatura popular y de
literatura latinoamericana. (¡Lo que deben ser esas bibliotecas!) Y que trata
de no llevarse nada que la distraiga. En los “necesarios intervalos”, lee la
Biblia. Por la tarde, porque ficción sólo puede escribir por la mañana, puede
escribir otro tipo de textos como entrevistas, artículos para revistas, mails
que contestar. Me pregunto cómo hizo durante toda su vida de escritora para
llevar adelante su carrera y criar tres hijas y mantener una familia estable.
Me lo pregunto porque los hijos llevan tiempo, y la escritura es un tiempo de
soledad tan opuesto a la vida cotidiana, tan distinto, pienso yo, a los
trabajos, los oficios, las profesiones. Todo es para el afuera, para la vida
social. Será que sólo se concentró en la escritura y sólo en eso, como
profesión.
Voy a transcribir un fragmento acerca de lo
que dice sobre la novela en uno de sus diarios:
“¿Es
válido contar una novela por episodios? Pero aún organizada (o desorganizada)
en episodios, una novela podría tener una trama. La vida, sin embargo, no tiene
trama. Apelo, entonces, a uno de los más viejos, repetidos y gastados recursos,
la misma justificación que se ha usado para explicar la necesidad del
naturalismo, el surrealismo, el teatro del absurdo: el redescubrimiento de la
realidad.
La
literatura es siempre artificio, palabras que sólo pueden ser verosímiles,
nunca verdaderas, porque la verdad, esa curiosa construcción, no está en el
discurso, sino en los hechos (…) La novela, no ofrece variantes en este
aspecto, o tiene trama o tiene viaje. Desde la Odisea en adelante, el viaje es
el gran recurso para enhebrar episodios. En la novela picaresca, el personaje
viaja de un amo a otro, como mi propia novela, Los amores de Laurita, en que la
protagonista viaje de un hombre a otro. Una historia de vida es un viaje por el
tiempo”. Estoy aprendiendo mucho, ojalá pueda transformar este aprendizaje
en poesía, en textos por escribir.
Domingo 31 de
diciembre:
Es muy
difícil encontrar un momento para escribir con la paranoia de fin de año, basta
con ir al supermercado y está todo a la vista. La gente compra como si el mundo
se terminara esta noche. ¿Podremos ingerir tanta comida, tanta bebida, tantos
dulces? Dios mío, no quiero esta movida. Lo único que quiero es un poco de paz.









