Martes 19 de
diciembre:
Freno un poco y me desplomo. No doy más. Me
llegó de una compañera un video de esos que se mandan por chat o whatsapp, no
recuerdo bien cómo llegó, acerca de la esencia, por decirlo así, del alma. La
muerte no vendría a ser si no un cambio en la forma del espíritu. Lo contrario
de la muerte sería nacimiento, y no como escribí en la entrada anterior, que es
la vida. El alma cambia de forma y asociaba nuestra vida con las hojas en un
bosque, cuando caen de los árboles, cómo se transforma lo que llega a la
tierra. Si uno es consciente de esta transformación, dejaríamos de vivir con
“angustia existencial”, viviríamos sin
esa sensación de inquietud permanente, que distraemos de muchas formas, con
ruido, con trabajo, con distracciones, con vicios. En definitiva, es una
respuesta a lo que las religiones proponen, sea la cristiana de origen
occidental, o la budista o hinduista. Rescato la imagen del bosque y los
opuestos, muerte/nacimiento. Me da para pensar y meditar.
Miércoles 20
de diciembre:
Me encontré casualmente con S. en la calle
que volvió a Santa Fe para las fiestas. Vive en Marruecos. Tuvimos un breve
contacto durante el año vía celular. Como siempre, yo mirando para abajo, con
lentes oscuros, de lejos creyó que caminaba dormida. Es que camino mirando para
abajo porque suelo llevarme algo encima, si no me caigo, tropiezo. Y a esta
altura del año, con el calor agobiante de estos días, voy despacio. S.me contó
que publicó dos libros, me los mostró. Los tenía en su morral. A mitad de año
me había pasado el enlace para ver el booktrailer de uno de ellos, que es lo
que se hace ahora en Europa, me dijo, para promocionarlos. El otro fue
presentado en Marruecos unos días atrás. Lo invité a ir a la radio, para entrevistarlo.
Tengo un ni por ahora, porque se queda poco tiempo, dos semanas. Me contó que
está aprendiendo árabe y que el dibujo de las letras, que es “muy bonito” según
sus palabras, lo llevó a plantearse la escritura manuscrita que estamos
perdiendo con el uso de los celulares y computadoras. Me preguntó si seguía
escribiendo poesía. Le dije que sí, pero este año había escrito poco, y que
además, con inconvenientes con las notebooks, más los acontecimientos vividos,
fue escasa mi producción. Y me dijo algo que me dejó sonando, que escriba a
mano. Parece una cosa nimia, pero me cuesta mucho volver a escribir poesía de
puño y letra. Es un desafío. Siento que fluye mejor si lo escribo en la
pantalla. Me gustó eso de llevar cada uno libros en sus respectivas carteras,
yo tenía Guirnaldas para un luto de
Padeletti porque quiero retomar mi cuarto proyecto poético que comencé en enero
y ahí quedó, con un puñado de poemas. Ahora sé que se va a llamar “Más al sur”
y como le decía a S. necesito encontrar el silencio para contemplar, para
lograr, como dice Padeletti, la atención que es un tiempo presente, un tiempo
detenido, que no corre. Necesito ese tiempo sobre las cosas, las emociones, los
recuerdos, las imágenes. He acumulado imágenes en fotos, imágenes de instantes
vividos, palabras sueltas que anoto en hojas sueltas. Leo poemas pero no puedo
avanzar demasiado rápido con un libro de poesía porque la poesía no tiene nada
que ver con el tiempo de lectura de una novela. Lo que me gusta de los libros
de poesía es que uno puede abrirlo en cualquier lugar y volver a leer un poema
una vez, dos cinco veces y cada vez es
distinto.
Le conté a M. que S. está en Santa Fe.
También quiere que vaya a la radio pero en vivo. Y me propone que tenga un
programa radial de literatura, lo cual suena maravilloso pero tendría que dejar
la docencia para hacer algo así, con lo que lleva en tiempo la producción. La
contra es que todo lo que me gusta lleva tiempo y dinero, y nada vuelve a las
arcas. Triste realidad. Hay que trabajar para vivir. Como dice Calamaro: “No se
puede vivir del amor”, digo, no se puede vivir de la literatura por amor a la literatura
como no se puede vivir del arte si una tiene una familia que sostener.
Jueves 21 de
diciembre:
Estoy leyendo Hija de Ana María Shúa. No sé
cuántas veces pregunté por este libro en la Biblioteca. Siempre prestado. Esta
vez, lo devolvieron a término. Me gusta muchísimo porque trae, además de una
historia, el diario de la escritora. Detrás de cada capítulo aparece cómo Shúa
pensó y escribió lo que escribió. Y me doy cuenta de que, para narrar, hay que
agregar mucha información, de los personajes, del contexto. La clave está ahí,
no sólo la acción en sí, que como cuenta Shúa, puede ser algo poco nítido a
medida que se avanza, una puede tener, a grandes rasgos, una idea, pero después
es un trabajo de hormiga escribirlo. Y esa escritura siempre es lenta,
trabajosa, que puede tener sus contramarchas. Y que lo diga ella que es una
maestra en el oficio. Me gusta porque cuenta lo que ella lee, cómo se fija en
lo que otros escriben, por ejemplo, en cómo usan los demás los tiempos del
pretérito, palabras que no sabe si son de una época o de otra, cómo un recuerdo
se puede transformar en ficción, cómo aparecen nombres, por ejemplo, como
iluminaciones o datos que pueden aportar otros, sean amigos o familiares; todo
puede ficcionalizarse.
Viernes 22 de
diciembre:
Durante la mañana hice un retiro espiritual
en el Colegio. La asociación que hizo el sacerdote entre los personajes del
pesebre y el silencio de la contemplación me va a ayudar para armar la columna
de mañana para la radio. ¿Qué relación puedo encontrar entre la ausencia de
palabras en Navidad y la literatura que es toda hecha de palabras? Palabra y
silencio es un estímulo para pensar un poema.
Lunes 25 de
diciembre:
Ayer me quedé pensando a la tarde en que
quiero retomar el inicio de una narración que habíamos pensado para un proyecto
del Liceo que no se concretó. Ahora lo veo mejor, tengo escrita la historia
marco, las historias enmarcadas van a ser tres: una, un cuento con una bruja,
otra con lo que A. contó sobre unos murciélagos en su columna radial que tiene
bastante de insólito y disparatado y otra de la que no tengo más que un título:
La calle de los paraguas, frase que leí hace unos días en un artículo del
diario La Capital de Rosario sobre una calle que tiene paraguas suspendidos. Va
a ser un relato para chicos preadolescentes, y de paso, me servirá para el
taller literario que tengo pendiente.
Martes 26 de
diciembre:
Lo que deseo en estos primeros días es poder
dormir, leer, caminar, tomar un poco de sol; lo que hacía cuando era
adolescente; bueno, antes no caminaba, iba al club y nadaba. Empezamos bien: a
P. se le olvidó apagar el despertador.
Es difícil arrancar de cero, con la hoja
en blanco. Aterra. Ana María Shúa dice en sus diarios que no hay que contar los
proyectos literarios. Suenan muy bien cuando se cuentan pero después…puede que
sólo sean eso, un proyecto que no llegó al papel.
J.G.

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