domingo, 31 de diciembre de 2017

Diarios Personales

Miércoles 27 de diciembre:
   Estoy rumiando desde ayer la segunda historia. Lo único en concreto que tengo es la casa de los murciélagos. No sé si va a ser cómica o tendrá suspenso, siguiendo la línea de la historia anterior. Tengo que averiguar más sobre el lugar donde las fabricaron, en Florida, Estados Unidos. La mañana se me corta en dos con el turno kinesiológico y después tengo que ir al super. P. no puede verme si hacer nada. No lo acuso, es muy pragmático. Yo necesito estar en las nubes para escribir, abstraerme. Él se levanta y se va a trabajar con un entusiasmo..que a mí me sorprende. No es que a mí no me guste trabajar, es que para escribir necesito hacer como las tortugas, meterme para adentro, tener silencio. Cuando están todos es difícil. Ayer por la noche comencé a leer Hoy no es mi día 1 de María Inés Falconi. Lo leo porque la escritora maneja los códigos adolescentes, conoce el oficio, es una maestra en los suyo. Empieza así: “El subte se paró en Medrano.” Y me acordé de mi fantasía de una historia con un tren. También ayer leía en los diarios de la novela de A.M.Shúa que lleva un cuaderno de ideas sobre la novela que está escribiendo, datos sobre los personajes, qué les va a pasar, cómo se conectan entre sí. Y que eso no lo dispone al lector. Por otra parte, pienso en la tercera historia. Hay un personaje que veo en Instagram que me resulta pintoresco. Ya voy a hablar de él. Por la tarde voy a tener tiempo para comenzar la historia de la casa de los murciélagos. Ahora tendría que seguir navegando en la web para ver qué más se dice.

Jueves 28 de diciembre:
  Ayer seguí indagando en internet pero no encontré demasiada información, no lo que esperaba. Hoteles que se construyeron cerca de las casas de murciélagos para verlos al atardecer, motivos por los cuales en Florida los quieren preservar y nada más. O sea, tengo que inventar.
  M. me ofrece recomendarme para una columna de gramática en un programa de televisión que va en vivo. Dice que pruebe, que me dé la oportunidad pero yo no soy para la tv., me gusta la radio, justamente porque no tengo que mostrar la cara sino la voz que es mucho más sugerente y más relajado. Vivimos en el mundo de la imagen y yo soy tímida. Ahora que estoy en el trampolín de la escritura no me quiero descontrar. Todo un desafío. En casa me aprueban, que lo intente, que no pierda la oportunidad; pero yo pierdo la oportunidad de comenzar mis vacaciones y poner la mente en blanco. Encima M. me dice que le va a pasar mi celular al productor del programa y que no me puede acompañar. Oh, Dios, ¡por qué sola, no soy periodista, no me crié en los medios!

Viernes 29 de diciembre:
   Tendré más que contar a partir del mediodía. Si no me apuro, cierran las bibliotecas y no tendré para leer en vacaciones. Trato de estar más tranquila pero me cuesta, ¿cómo hace la gente para vivir la vida más calmadamente? Vivir el hoy, el ahora, no mirar el ayer ni el futuro. Mindfulness, filosofía buda, yoga Respiro hondo, prendo un sahumerio y escucho un mantra.
  Pude sacar algunos libros, varios estaban prestados. Entre los que me traje están: El oficio de vivir, de Cesare Pavese, Cuando Hitler robó el conejo rosa de Judith Kerr (para jóvenes), Un comunista en calzoncillos, de Claudia Piñeyro y La belleza del mundo de Héctor Tizón. Creo que es una buena provista para enero. Tenía varios títulos de diarios de escritores pero no encontré ninguno, a excepción de los Diarios de Kafka. Pero pensé que tal vez estén en la web y preferí el de Pavese en papel. Al salir, me apuré porque al mediodía tenía la despedida de año en el hall de la radio. Ya sabía que no íbamos a emitir el programa el sábado por razones de fuerza mayor del conductor que no podría asistir. Lo que no sabía es que tampoco iba a ir a la despedida. Otra vez sola, como a mediados de año, en una cena organizada por un gremio docente por el Día del periodista. De mi grupo nadie podía; y a último momento, el conductor tampoco. Por ende, me quedé sola mirando cómo los demás se abrazaban y estrechaban sus manos, se contaban las últimas novedades, se servían bocaditos mientras iban acomodándose en las mesas. En aquella oportunidad, alguien del gremio, una mujer que me ubicaba de mis tiempos de delegada y porque este año estoy cursando una capacitación, se compadeció de mí y me invitó a la mesa del grupo organizador. En fin, qué hacía yo ahí, buena pregunta. Sin ser periodista, representaba un programa radial. Lo mismo pasó hoy; la diferencia es que todos los que estaban trabajaban en la radio y no eran de otros medios. Preferí esta vez llegar un poco más tarde y no tan puntual como el año pasado que fui la primera en llegar y para disimular, miré, mientras esperaba a que entrara alguien más, una y otra vez las fotos colgadas en el hall en el que se contaban momentos iniciales de la emisora.
  Cuando llegué, a la una del mediodía, no había más nada. Dios, qué hambre, en media hora, aniquilaron los sándwiches de miga, los pinches de pollo y lomo, las pizzetas, los pequeños lomitos. Evidentemente, todos pensaron en almozar ahí. Apenas entré lo vi a P. que estaba mirando para la puerta de afuera, así que nos saludamos y empezamos a charlar. Hacía unas semanas que no lo veía porque está de vacaciones. P. es el operador de sonido del programa. Conversamos acerca de las rutinas en los gimnasios, de mi mejoría con las sesiones de kinesiología, de la gente que cree que con tres meses va a tener un cuerpo escultural para el verano, un poco de política. Cuando se acabaron los bocaditos dulces y vino el brindis, el rector dijo unas breves palabras en relación con el nuevo edificio de la radio y la gente se fue yendo. O sea que estuve media hora y no comí nada, consigna que en casa me habían dado: “Almorzá”. Con P. salimos y nos despedimos. Dejame que te acerque, si te vas a pie te vas a cag..de de calor. Pero son seis cuadras, le digo cuando veo que el transporte es una moto gigantesca, de esas que se usan para hacer viajes, suposición que me confirmó cuando me dijo que se había ido a las sierras de Córdoba. Mira que nunca me subí a una, le digo, se me va a romper el pantalón, fue la última excusa cuando no tuve más argumentos. P.estaba decidido a llevarme. Lástima que no tengo otro casco, Dios mío, pensé, en que me metí. La primera vez y sin casco, me quiero morir. Mientras le sacaba el candado y la acomodaba, tuve que rogar que nadie conocido pasara por ahí, en el instante en que intentaba treparme con tacos, el papelón que estaría haciendo. Los que bajaban las escalera de la entrada estaría pensando que P. a quien no le falta mucho por jubilarse, con su característica musculosa al cuerpo y short de jean, se estaba levantando una mina. Dios, qué pensará el otro P. si se lo digo. Mejor no le digo nada y que sea lo que el destino me depare. La moto arrancó. Le pregunté de dónde me iba a sostener, de acá me dice. Pero me voy a caer, no tengo salvavidas. Bueno, yo sí tengo, dijo aludiendo a su cintura. Entonces me aferré a la cintura de P. y a donde me dijo que tenía que sostenerme. El muy temerario P. aceleró y dio la vuelta por la Facultad de Derecho a mil. Creí morir de verdad. Por qué me pasa esto a mí, por qué no me fui caminando a casa con cuarenta grados de calor, por qué no fui más firme. Le dije que si no bajaba la velocidad me iba a dar un infarto ahí mismo. Entonces bajó un poco y me dijo que la idea era que sintiera el viento en el pelo. Ah, qué bien. Tomó por San Jerónimo, dobló por Obispo Gelabert y después por Urquiza. Por Obispo me fue contando la anécdota de la vez que yendo por el puente Colgante con un gato detrás, aceleró con la moto, el gato se asustó y se le trepó a los hombros. Tuvo que revolear el gato porque iba a perder equilibrio . Yo me pregunté, por un lado, si lo que me estaba contando era cierto o si era un invento para que yo me ría un rato y me relaje. Si el gato era de él, por qué lo mandó a la laguna Setúbal? No sé si salió de esa, capaz que no. O era P. o era el gato. ¿Llevar un gato en la moto? Quien usa este medio le parecerá bastante zonzo lo que cuento pero para quien nunca se subió a una en un paseo de siete cuadras, sin casco, a la velocidad de Rápido y Furioso, bueh, me sirvió para contarlo. Cuando me bajé, a la vuelta de casa, tenía los pelos como un nido de avispas o como el enredo de las lucecitas de Navidad cuando una quiere acomodarlas en el árbol. Me lo alisé como pude para que no parezca que vine de una fiesta en un boliche…a las dos de la tarde.

Sábado 30 de diciembre:
    Rescato dos momentos del día. El primero, tomar sol en la terraza. Es la primera vez que puedo hacerlo, que tengo tiempo, hace calor y hay sol. A esta altura del año estoy blanca como papel secante. La única contra es que la pileta del edificio es muy pequeña y el deck minúsculo. A eso se suma la altura y el hecho de que E., la vecina del cuarto piso, lleva a sus amigas a tomar sol. E. está separada y tiene más de cincuenta. Es muy simpática pero ama tomar sol al punto de que los sillones están encadenados en la terraza dando a entender que es una usuaria de por vida de la terraza. Si sumamos que sus amigas traen sus termos, sus sombreros, pareos y demás, el lugar no existe, a excepción de estar sentado en el borde de la pileta. Aún así, venciendo el vértigo, fui un rato, compartiendo el espacio con E., sus amigas y una vecina también fanática del sol. Yo no entiendo, si están bronceadas de color madera, ¿para qué siguen yendo?
   El otro momento es la lectura a la hora de la siesta. Me gustan los diarios de A.M.Shúa en su novela Hija. Menciona varios títulos que va leyendo y que me gustaría anotar aquí  para tenerlos en cuenta por si puedo conseguirlos en la Biblioteca: Todo cuanto amé de Siri Hustvedt, La cena de Herman Koch, Lo bello y lo triste, La casa de las bellas durmientes de Kawabata, El mundo según Garp, El Hotel New Hampshire de John Irving, Los peces no cierran los ojos de Erri de Luca, Vida y destino de Vasili Grossman, El hombre es un gran faisán en el mundo de Herta Muller. En otro apartado detalla que para escribir esta novela se encierra en la pieza que fue de su hija mayor y que queda al fondo de la casa, en donde se encuentran las bibliotecas de poesía, literatura popular y de literatura latinoamericana. (¡Lo que deben ser esas bibliotecas!) Y que trata de no llevarse nada que la distraiga. En los “necesarios intervalos”, lee la Biblia. Por la tarde, porque ficción sólo puede escribir por la mañana, puede escribir otro tipo de textos como entrevistas, artículos para revistas, mails que contestar. Me pregunto cómo hizo durante toda su vida de escritora para llevar adelante su carrera y criar tres hijas y mantener una familia estable. Me lo pregunto porque los hijos llevan tiempo, y la escritura es un tiempo de soledad tan opuesto a la vida cotidiana, tan distinto, pienso yo, a los trabajos, los oficios, las profesiones. Todo es para el afuera, para la vida social. Será que sólo se concentró en la escritura y sólo en eso, como profesión.
  Voy a transcribir un fragmento acerca de lo que dice sobre la novela en uno de sus diarios:
 “¿Es válido contar una novela por episodios? Pero aún organizada (o desorganizada) en episodios, una novela podría tener una trama. La vida, sin embargo, no tiene trama. Apelo, entonces, a uno de los más viejos, repetidos y gastados recursos, la misma justificación que se ha usado para explicar la necesidad del naturalismo, el surrealismo, el teatro del absurdo: el redescubrimiento de la realidad.
  La literatura es siempre artificio, palabras que sólo pueden ser verosímiles, nunca verdaderas, porque la verdad, esa curiosa construcción, no está en el discurso, sino en los hechos (…) La novela, no ofrece variantes en este aspecto, o tiene trama o tiene viaje. Desde la Odisea en adelante, el viaje es el gran recurso para enhebrar episodios. En la novela picaresca, el personaje viaja de un amo a otro, como mi propia novela, Los amores de Laurita, en que la protagonista viaje de un hombre a otro. Una historia de vida es un viaje por el tiempo”. Estoy aprendiendo mucho, ojalá pueda transformar este aprendizaje en poesía, en textos por escribir.

Domingo 31 de diciembre:
   Es muy difícil encontrar un momento para escribir con la paranoia de fin de año, basta con ir al supermercado y está todo a la vista. La gente compra como si el mundo se terminara esta noche. ¿Podremos ingerir tanta comida, tanta bebida, tantos dulces? Dios mío, no quiero esta movida. Lo único que quiero es un poco de paz.
                                                                                  J.G.

 




  

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