lunes, 20 de noviembre de 2017

Diarios Personales

Viernes 27 de octubre:
   Visité con mis alumnos la Biblioteca Gálvez. Nos queda a la vuelta de la escuela y no necesita mucha movilización. Ayer vine con el otro grupo. Se portaron muy bien. Después de la charla, que en este caso, a diferencia del grupo anterior, fue muy activa, preguntaron casi todos. Luego nos dieron tiempo para mirar los libros que las bibliotecarias nos habían dejado en las mesas: libros de historietas, el último libro de Harry Potter que tiene casi mil páginas, novelas de vampiros, las sagas españolas que tanto les gustan a los chicos y otras curiosidades como uno con el que me entretuve de Jordi I Fabra sobre cuentos basados en óperas. Por un rato me entretuve yo también leyendo cuando dos de mis alumnos me dicen a mis espaldas: “¡Mire profe!” con tal énfasis que supuse que era una novedad. No. Me mostraron la primera página de un libro que comenzaba con un sinónimo de prostituta y seguía enumerando adjetivos hasta dar vuelta la hoja. Más o menos veinte, treinta términos referidos a la susodicha. “¿Y esto?”-les pregunto-¿Quién lo encontró? ¿De dónde lo sacaron?-les dije en tono de bruja. “-Yo no fui. Lo sacó M.-me dicen los chicos. Cuando miro la tapa del libro veo que se llama La puta de Babilonia. Lo que es la curiosidad a los trece años. Historietas de Gaturro en las mesas y ellos encuentran lo que les interesa en un estante de vaya a saber qué lugar de la biblioteca.

Lunes 6 de noviembre:
 Un pequeño poema de Juan Lima de Botánica Poética sobre los jazmines:

Más blancos que la espuma
amontonados como nieve
se dan un baño de rocío
y a las seis de la mañana
(hora local)
florecen los jazmines
eterno
         es
             su
                perfume

(el poeta interrumpe
el poema y riega)

Y yo digo:

Hay una pureza en los jazmines
que no viene de su color
ni del perfume ni de quien los huele
o los corta para llevarlos
quietos, como dormidos, resignados
a los escritorios y cocinas y mesas
de comedor y salas de espera.
Es la promesa de lo que vendrá,
el secreto, lo que no se dice,
lo que embriaga y nos envuelve,
el silencio de las palabras,
eso guardan los jazmines,
y yo,
entumecida por la hora de una noche,
arraigada en la ventana que mira al este,
espero.


Miércoles 8 de noviembre:
   Me desperté temprano, como a las seis pasadas. Me enoja porque hoy me puedo levantar un poco más tarde. Un sueño me despertó. Soñé que estaba en la esquina de Lavalle y la que le sigue a Ituzaingó, donde está la casa de mis abuelos maternos. No recuerdo su nombre. Era de noche. Había gente en toda la cuadra, como si fuera un festejo. Hacía calor. Alguien repartía plantas para que las colgáramos en los frentes de las casas. Yo veía helechos. En eso me toca a mí tomar uno. Uy, pensé. Es artificial. Di vuelta sobre mis pasos para colgarla en el frente de la casa de mis abuelos con una alegría enorme porque hacía mucho que no iba por ahí. Pensé que no les iba a gustar que la planta fuera artificial, con todas las que tenía mi abuela y mi tía en el último piso donde ella pintaba y dormía el perro, colgaban la ropa y reservaban la pieza para los pensionistas. Claro que en lo últimos años no había después que la abuela enfermara y muriera. Estaba la luz del zaguán encendida y mi abuelo afuera, sentado en una silla plegable. Mi tía estaba adentro del zaguán con la puerta cerrada pero yo podía verla porque la puerta es de vidrio con adornos en hierro. Estaba sentada con una máquina de escribir. Una hoja asomaba en el rodillo con una foto en blanco y negro, como si estuviera analizando una fotografía porque mientras yo me acercaba al abuelo y lo abrazaba, ella escribía en la máquina como si no me viera. Yo estaba feliz de verlos, le decía al abuelo que le traía una planta. Entonces veo a una mujer joven en jeans con carpetas que me mira fijo. Estaba en la entrada de la casa donde termina el zaguán. Entonces mi tía me dice: -Hace mucho que no nos venís a visitar. Yo no entendí por qué me decía eso si ella sabía que la casa estaba vacía. Inmediatamente sentí a mi mamá detrás de mí que miraba a la mujer de las carpetas como si estuviera diciéndole, aunque no dijera nada, que ella estaba ahí conmigo. Desperté, por un lado, alegre, cuando uno se encuentra con alguien a quien hace mucho tiempo que no ve. Mi abuelo murió hace dieciseis años y mi tía, seis. Es la primera vez que los sueño. Como me ha pasado con la mamá de S., mi mejor amiga, y con papá, los veo sanos, con su ropa habitual. A veces hablan, a veces no. Por otro lado, me siento como si el sueño me invadiera la realidad, como si no me hallara en el momento en que abro los ojos. La tía y el abuelo están juntos y con la abuela, el tío Luis y probablemente mi otra tía, en el cementerio de Recreo. Yo nunca volví desde que los llevamos. Es que la abuela cuando vivía contaba que había comprado una parcela en el cementerio para que pudieran estar juntos. Y yo cuando la escuchaba me horrorizaba, cómo podía estar pensando en el después, en la muerte como quien habla de cuándo nos toca pagar un impuesto.
  Hace unos días leyendo la introducción que escribiera Italo Calvino para su libro Las ciudades invisibles, decía que esas ciudades, que escribió lentamente, surgieron de los sueños y también de las pesadillas. Una crítica asociaba este prólogo al del Hacedor de Borges en el que dice que en los sueños uno desea encontrarse a sí mismo. Y hoy estoy con una sensación de levedad de la que no puedo decir nada. Esperar a que pase o seguir pensando en el sueño.

Domingo 12 de noviembre:
  Leí un cuento de Onetti “La total liberación”.  Un maestro. La anécdota es muy simple. La mujer confiesa a su amante que la noche anterior “la abrazaron y luego la besaron”. Lo que sigue es cómo el personaje afronta esa situación. A ella no le dice nada, no reacciona. Sale a caminar. Me gustó el adjetivo  “madura” en la frase “Afuera lo esperaba la noche; pero no la noche madura, dilatada en silencio y serenidad que Jason hubiera deseado, sino una noche recién hecha, fresca y bulliciosa”. Que capacidad para encontrar la palabra justa. Una noche como un fruto a punto, listo para saborearlo, una noche en su mejor hora. No es lo que encuentra el personaje. Otro momento de lectura para recordar es un libro que encontré de Padeletti. Es el primer tomo de tres que la UNL publicara hace varios años. Lo que no sabía es que el poeta también era artista plástico. La atención, así  se llama el libro, tiene poema y reproducciones de su obra estética. Recién comencé a leerlo. Ya citaré algo para agendar. Cómo quisiera tener ese ritmo de trabajo para escribir, pero más leo a los poetas y más me inhibo, como al comienzo de la Facultad. Creo que no vale la pena que escriba, otros lo hicieron mucho mejor.

Lunes 13 de noviembre:
   La dicha de volver a leer a Pablo De Santis. Encontré en la biblioteca de la escuela “Desde el ojo del pez”. Había leído un fragmento en el manual de Primer Año. Un muchacho, como dicen la señoras mayores, viaja de Córdoba a Buenos Aires para estudiar en la Universidad. Hasta ahí nada extraordinario. Pero en realidad, lo que lo mueve, es encontrar a Teresa a quien no conoce y vio una sola vez. Enamorado, recorrerá la ciudad buscándola. Los únicos datos que tiene es su pelo rojo y que estudia Arquitectura. Sólo personajes de papel hacen eso. Ahora no sé si los varones se enamoran así. O nunca lo hicieron.

Martes 14 de noviembre:
   La gran adquisición del año es la almohadita para calor o frío que me ofreciera la kinesióloga el viernes. Puedo relajar los músculos en casa. Hoy tengo las últimas clases abiertas en el Liceo. Vuelvo a Pablo Bernasconi que me encanta con sus personajes. Esta vez “Antonette” en Excesos y Exageraciones. Antonette tienen mucho pelo. Es rubía como la soga sisal con la que está hecha su pelo. Los rulos de Antonette son perfectos gracias a la batidora. ¿Qué cosas le gustan a Antonette? Los autos descapotables, los álamos, los tallarines, darle de comer a las jirafas, los peluqueros con zancos, los asientos de la última fila en el cine. ¿Qué no le gusta a Antonette? Los pájaros impertinentes, las fotos horizontales, las montañas rusas, los pelados, el otoño, los sobrecitos de crema de enjuague. A partir de este “monstruo capilar” hicimos nuestros monstruos, concetrados en su cabeza. Les dimos un nombre y lo describimqos. Trabajaron con entusiasmo. A los chicos les encanta que vayan sus papás. Me llamó la atención los papás varones, fueron como nueve en el último grupo. Una mamá llegó un poco más tarde con un bebé recién nacido. El hermanito de M. Uno de los chicos me decía, mientras esperaba a su papá, que él iba a llegar “unos minutitos más tarde porque salía del trabajo y que después de la clase lo iba a llevar a tomar un helado”. Cómo me gustó su carita, la expectativa del papá por venir y la promesa posterior. Hoy es un día para tomarse todos los helados de Santa Fe. Una de las nenas inventó un monstruo en forma de cono, como el personaje de Bernasconi a quien llamó “Cucuruchita pero en llamas”. La mamá de M. es artista plástica, le dieron volumen a la cabeza con cartulinas en forma de llamas que tenían gatitos dibujados en cada una de ellas. Hubo otros con flequillos como escobas, como rastrillos, como hebras en forma de escalea, con narices a lo Groucho Marx, con ojos pequeñitos y japonesitas con rodetes triangulares. Verlos a los papás concentrados en las gomas eva, recortando y luego escribiendo con sus hijos me regocija.

Miércoles 15 de Noviembre:
         Estoy escribiendo en el escritorio del dormitorio de M. y S. Es notable cuántas cosas esta hija va pegando en las paredes. Es como nos decía una profesora de la Facultad, el horror al vacío que sentían los aztecas y por esa razón, no dejaban espacios en blanco. Afiches de Los Beatles, Queen, los Youtubers, sus cuadros pintados, sus fotos y frases destacadas, las selfies del cumple de quince, el ayuda memoria pegado en la pantalla del televisor (¡!) con las evaluaciones del mes, cubos de Rubik, afiches de cartón apoyados contra la pared, figuritas de álbum, muñequitos de todos los tamaños y texturas en los estantes de una pared y de otra, el afiche de su cantante favorito pegado en el techo, la corona de reina de su cumple, oh. Y las camas, la ropa, etc. Es demasiado para esta pobre mortal. Si voy al cielo, al cielo de las amas de casa, será por este dormitorio que ordeno como puedo, como si fuera el cuento de la buena pipa, y por la tapa  del inodoro que los varones de la casa nunca bajan.

                                                                                                                J.G.




  

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