Domingo 15 de octubre:
Hoy es el Día de las madres o Día de la Madre. La ocasión me hizo pensar
en que muy poco o casi nada escribí sobre los hijos. Será porque me da mucho
trabajo ser madre desde que nacieron y cuando me siento a escribir en el poco
tiempo que tengo pienso en otra cosa. Escribir es casi un paraíso vedado, a
diferencia de lo que decía un verso de Borges en el poema “Buenos Aires”.
Cuando estaba embarazada de mi primera hija nadie me dijo que era un trabajo
tan demandante y sacrificado. Una se cansa de ver en fotos, en publicidades, en
relatos de conocidos que la maternidad es una experiencia que vale la pena
vivir. Ni siquiera me alertaron lo duro que iba a ser tener un parto natural.
Si al menos nos dieran un indicio de la tremenda responsabilidad que es tener
un hijo, probablemente habría menos niños en el mundo. Puede también que no
todas las mujeres tengan el mismo grado de vocación para la maternidad. Para
muchas, es la única razón de su existencia, para otras, es importante siempre y
cuando puedan desarrollar otras áreas de su vida. Para muchas, y con impotencia
lo digo, no eligen serlo y no pueden evitarlo por las condiciones sociales en las
que viven.
Ayer, mientras buscaba información sobre las microficciones de Ana María
Shúa para la columna radial, leí una entrevista en la que la escritora hablaba
de su última novela, Hija, publicada
el año pasado. Me pasa seguido que me entero tarde de las cosas, como si
viviera en el siglo XIX y todo lo que llegaba a estas costas de parte del otro
lado del mar viniera con el retraso natural de las largas distancias. En esa
nota, Shúa contestaba la pregunta acerca de cómo se le había ocurrido gestar una
personalidad como la de la protagonista que es lo opuesto a cómo la criaron sus
padres. Decía que había partido de la extraña sensación que tenemos los padres
de ver cómo esos hijos que uno ha criado y educado son distintos a lo que
esperamos y cómo nos cuesta aceptarlo. En mi caso, con una hija que cumplió
recientemente los quince años, es esa sensación de la que Shúa menciona. Un día
nos levantamos y nos decimos: ¿Y esta extraterrestre quién es?
La escritora reflexiona sobre una gran verdad: los hijos no son sólo
nuestros hijos sino los hijos de las circunstancias, de una cultura, de una
generación. A mí me cuesta ver que esta chica, que duerme diez horas, que se
levanta, desayuna y vuelve a la cama con el celular, que una le habla y
pareciera que está en otra dimensión, siempre con los auriculares puestos, que
si tiene que estudiar lo hace pero no para el diez, como lo hacía yo, y tampoco
le preocupa demasiado, que piensa muy distinto a nosotros, que se viste como
hippie (ojo que no tengo nada con ellos), y que apunte a que siga una carrera
artística audiovisual o vinculado con las artes plásticas. Está bien que gran parte
de todo esto se debe a que yo la mandé a los seis años a una escuela de
expresión estética y ahora continúa en un taller de arte para adolescentes. No
me preocupa tanto si hiciera otra cosa que pintar retratos y cajas cuando se
levanta los días que no va a la escuela. Lo único que no deseo es verla de
mantera en la calle Lavalle, tanto dinero invertido para que termine así, no
señor. Lo bueno es que lee y que a los trece descubrió a Los Beatles y dejó de
escuchar a Violeta. Eso es un buen indicio de gusto estético. También escribe
un diario y va a clases de Inglés. Lo malo es el tiempo que le dedica al
celular, a las redes sociales y las series de Netflix. Ya sé, muchos dirán que
es adolescente, que qué esperaba entonces, cuándo un chico de su edad actuó de
otra manera. Es que me cuesta aceptar que la nena que daba besos y abrazos a
sus padres ya no existe.
Quizá tenga que esperar un tiempo para tomar distancia y escribir más
sobre la maternidad. Por ahora la vivo, la disfruto de a ratos, la padezco a
diario con el tire y el afloje. Por algo la naturaleza nos dio sobrinos y
nietos para compensar.
Lunes 16 de octubre:
Durante el almuerzo estuvimos viendo un
documental de la isla Galápagos en la que aparecían unas focas en la playa
acompañando a los turistas en sus baños de sol. Observándolas, caí en la cuenta
de que nunca tendrían dolores de cuello como yo porque cuello no tienen (qué
chiste malo), reposan todo el día en la playa y cada tanto van al agua. Pero no
son unas focas marinas, no. Se ve que le atraen los humanos porque lograban
llegar hasta la zona urbana que no debe haber estado lejos. El esfuerzo que
hacían en subir los escalones de una plaza para entrar en los toboganes
cilíndricos o como diríamos, ¿“caminar”? por la calle. La gente por lo que se
veía estaba acostumbrada a la convivencia con las focas. Las miran y pareciera
que las están saludando. Para mí que no son nada tontas las focas, no se van a
exponer a ir a la ciudad para que las saluden. Las muy ingeniosas llegan hasta
la pescadería-ahí se ve que todo funciona sin paredes ni puertas-y esperan con
gesto ansioso y algo lastimero que les den algún pescadito que sobre. También
aparecieron los pelícanos, y entre unos y otros embuchan la yapa. Después me
puse a pensar que estaría bueno ser foca por un día o dos, primero porque no se
tiene dolor de cuello como yo, otra porque están casi todo el día en la playa
haciendo nada. Hace poco releí el cuento “Axolotl” de Julio Cortázar, qué genial
esa frase “Ahora soy un axolotl” y luego el cambio alternado de la primera
persona, una como humano, otra como animal. En mi caso, diría: “Ahora soy una
foca de la isla Galápagos”. La cuestión para nada fantástica es que después del
corte mostraron unos horribles lagartos o iguanas de color gris piedra que
aparecen en grupo como matones por las calles, plazas, casas particulares,
resorts y cuanto aparezca a la vista. Son tan feos y monstruosos como los orcos
de la segunda parte de El señor de los
anillos. Uno puede estar tomando un aperitivo apoyado en la baranda del
hotel o tomando sol en la playa y los bichos vienen apresurados, con los
colmillos apuntando al horizonte, como si uno fuera la próxima presa. Se ve que
no les ponen multa por andar en cualquier lado; alguien habrá argumentado que
son más autóctonos que los humanos de la isla. Definitivamente, no voy a ir a
Galápagos.
J.G.

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