viernes, 15 de diciembre de 2017

Diarios Personales

Jueves 14 de diciembre:
      Hoy murió mi suegro. Me desperté temprano, muy lúcida, como a las cuatro de la mañana. Una hora después llama mi suegra. P. salta de la cama y corre a atender. Se va porque su padre está descompuesto. Cuando llegó a la casa, ya estaba muerto. Sospecho que me desperté cuando murió. Lo más extraño de todo es que el dolor de hombros y espalda, el dolor en el cuello desapareció.
   Lo llevamos a un cementerio en donde los entierros son bajo tierra. Hacía calor, el sol estaba hermoso. Todos estaban muy tristes, y yo tranquila, emocionada pero tranquila.

Viernes 15 de diciembre:
   “Usted puede ayudarme; usted puede abrirme de par en par las puertas de la muerte, porque el amor le acompaña a usted siempre, y el amor es más fuerte que la muerte.
    Virginia tembló. Un estremecimiento helado recorrió todo su ser, y durante unos instantes hubo un gran silencio.
    Parecíale vivir en un sueño terrible. (…)
-¿Ha leído usted alguna vez la antigua profecía que hay sobre las vidrieras de la biblioteca?
-¡Oh, muchas veces!-exclamó la muchacha levantando los ojos-. La conozco muy bien. Está pintada con unas curiosas letras doradas y se lee con dificultad. No tiene más que estos seis versos:
Cuando una joven rubia logre hacer brotar
Una oración de los labios del pecador,
Cuando el almendro estéril dé fruto
Y una niña deje correr su llanto,
Entonces, toda la casa recobrará la tranquilidad
Y volverá la paz a Canterville.
  Pero no sé lo que significan.
-Significan que tiene usted que llorar conmigo mis pecados, porque no tengo lágrimas, y que tiene usted que rezar conmigo por mi alma, porque no tengo fe, y entonces, si ha sido usted siempre dulce, buena y cariñosa, el ángel de la muerte se apoderará de mí. Verá usted seres terribles en las tinieblas y voces funestas murmurarán en sus oídos, pero no podrán hacerle ningún daño, porque contra la pureza de una niña no pueden nada las potencias infernales.” De El fantasma de Canterville de Oscar Wilde.
   Me acordé hoy de esta cita, un poco extensa, profunda y bella. Yo no puedo esbozar una comparación con lo que he vivido este año. Tal vez esté en mi naturaleza somatizar el dolor ajeno. ¿Será que absorbí de alguna forma, lo que vendría, sin saberlo? Con mi papá, no me ocurrió lo mismo. El dolor asumió otra cara, terrible, implacable, extendida en el tiempo.
   Si vuelvo a la cita de Wilde, no soy un ser puro como la joven Virginia, pero sí hay en mí una tendencia a la espiritualidad. No quise estar en este tiempo tan cerca de mi padre político; no quería volver a vivir la irreversible situación de ver de cerca cómo iba empeorando. Estaba de cerca a través de todo lo que me contaba P. y cómo él vivía el enojo y la tristeza de la situación. No quería volverme a encontrar con la muerte rondando su casa. La conozco bien. Y sin embargo, viví algo parecido al personaje de Virginia. El dolor físico fue real. Cuatro meses de dolor real. En un primer momento, pensé que era por la tensión de la fiesta de quince de M.; la fiesta pasó y yo seguía con dolor. Comencé yoga y kinesiología; el dolor continuaba. Terminé el ciclo lectivo, y aun así,  el dolor persistía. Tanto que recordé con ironía una frase de la obra de teatro de Tato Pavlosky, La espera trágica,  en la que uno de los personajes dice, en un momento de la obra, que él y el dolor, de tanto tiempo que se conocen, son amigos, cursaron la escuela primaria, iban a todos lados juntos.
   El miércoles tuve mi sesión número veintiuno de kinesiología; esta vez, me enrollaron como a un panqueque, además de los ejercicios de rutina. Inventé un nombre a esta posición: “faraón en el sarcófago” por cómo tenía que estar acostada en la camilla. El ejercicio consistía en lo siguiente: con los brazos cruzados como un faraón, el kinesiólogo me ponía de costado; con una de sus manos ubicaba el dolor en la espalda, yo volvía a la posición horizontal, y después me pedía que respirara hondo. Cuando exhalaba, presionaba mi abdomen con el peso de su cuerpo sin abandonar la presión que ejercía con su mano,por debajo, en mi espalda. Eso significa que me estaba abrazando, kinesiológicamente hablando. No me animé a preguntarle el objetivo del ejercicio para que no pensara que lo estaba cuestionando. Tengo que reconocer que nunca estuve tan cerca de otro hombre desde que estoy casada y que me dio una vergüenza de novela. Aún así, durante todo el día, y con todos los masajes,  seguí con hielo en el cuello.
  Ahora bien, ¿puede que las almas, quizás, algunas, no todas, necesiten de la colaboración de otras para desprenderse de su cuerpo, de la vida terrena, de tantos años de vivir siendo carne y espíritu? Esto lo pensé ayer, entre conversación y conversación con los familiares y amigos que se acercaron a la sala de velatorio. Me gustaría hablarlo con una amiga que conoce más sobre las cosas del más allá, los vínculos energéticos, los ángeles. Si lo miro desde el punto de vista médico, dirán que absorbí el estrés que provoca una enfermedad terminal de una persona cercana. ¿Ocurrió esto con mi padre? No. ¿Por qué yo?

   Como pasa con todos los hechos trascendentes, la muerte me va a llevar a escribir y así transformarla en vida. Tengo varias ideas, pero a esta situación la voy a canalizar en la poesía, la que salva.
                                                                                        J.G.



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