Jueves 14 de diciembre:
Hoy murió mi suegro. Me desperté
temprano, muy lúcida, como a las cuatro de la mañana. Una hora después llama mi
suegra. P. salta de la cama y corre a atender. Se va porque su padre está
descompuesto. Cuando llegó a la casa, ya estaba muerto. Sospecho que me
desperté cuando murió. Lo más extraño de todo es que el dolor de hombros y
espalda, el dolor en el cuello desapareció.
Lo
llevamos a un cementerio en donde los entierros son bajo tierra. Hacía calor,
el sol estaba hermoso. Todos estaban muy tristes, y yo tranquila, emocionada
pero tranquila.
Viernes 15 de diciembre:
“Usted puede ayudarme; usted puede abrirme
de par en par las puertas de la muerte, porque el amor le acompaña a usted
siempre, y el amor es más fuerte que la muerte.
Virginia tembló. Un estremecimiento helado
recorrió todo su ser, y durante unos instantes hubo un gran silencio.
Parecíale vivir en un sueño terrible. (…)
-¿Ha leído usted alguna vez la
antigua profecía que hay sobre las vidrieras de la biblioteca?
-¡Oh, muchas veces!-exclamó la
muchacha levantando los ojos-. La conozco muy bien. Está pintada con unas
curiosas letras doradas y se lee con dificultad. No tiene más que estos seis
versos:
Cuando una joven rubia logre hacer brotar
Una oración de los labios del pecador,
Cuando el almendro estéril dé fruto
Y una niña deje correr su llanto,
Entonces, toda la casa recobrará la tranquilidad
Y volverá la paz a Canterville.
Pero no sé lo que significan.
-Significan que tiene usted que
llorar conmigo mis pecados, porque no tengo lágrimas, y que tiene usted que
rezar conmigo por mi alma, porque no tengo fe, y entonces, si ha sido usted
siempre dulce, buena y cariñosa, el ángel de la muerte se apoderará de mí. Verá
usted seres terribles en las ti nieblas y voces funestas murmurarán en sus
oídos, pero no podrán hacerle ningún daño, porque contra la pureza de una niña
no pueden nada las potencias infernales.” De El fantasma de Canterville de Oscar Wilde.
Me acordé hoy de esta cita, un poco extensa,
profunda y bella. Yo no puedo esbozar una comparación con lo que he vivido este
año. Tal vez esté en mi naturaleza somatizar el dolor ajeno. ¿Será que absorbí
de alguna forma, lo que vendría, sin saberlo? Con mi papá, no me ocurrió lo
mismo. El dolor asumió otra cara, terrible, implacable, extendida en el tiempo.
Si vuelvo a la cita de Wilde, no soy un ser
puro como la joven Virginia, pero sí hay en mí una tendencia a la espiritualidad.
No quise estar en este tiempo tan cerca de mi padre político; no quería volver
a vivir la irreversible situación de ver de cerca cómo iba empeorando. Estaba
de cerca a través de todo lo que me contaba P. y cómo él vivía el enojo y la
tristeza de la situación. No quería volverme a encontrar con la muerte rondando
su casa. La conozco bien. Y sin embargo, viví algo parecido al personaje de
Virginia. El dolor físico fue real. Cuatro meses de dolor real. En un primer
momento, pensé que era por la tensión de la fiesta de quince de M.; la fiesta
pasó y yo seguía con dolor. Comencé yoga y kinesiología; el dolor continuaba.
Terminé el ciclo lectivo, y aun así, el
dolor persistía. Tanto que recordé con ironía una frase de la obra de teatro de
Tato Pavlosky, La espera trágica, en la que uno de los personajes dice, en un
momento de la obra, que él y el dolor, de tanto tiempo que se conocen, son
amigos, cursaron la escuela primaria, iban a todos lados juntos.
El miércoles tuve mi sesión número veintiuno
de kinesiología; esta vez, me enrollaron como a un panqueque, además de los
ejercicios de rutina. Inventé un nombre a esta posición: “faraón en el
sarcófago” por cómo tenía que estar acostada en la camilla. El ejercicio
consistía en lo siguiente: con los brazos cruzados como un faraón, el kinesiólogo
me ponía de costado; con una de sus manos ubicaba el dolor en la espalda, yo volvía
a la posición horizontal, y después me pedía que respirara hondo. Cuando
exhalaba, presionaba mi abdomen con el peso de su cuerpo sin abandonar la
presión que ejercía con su mano,por debajo, en mi espalda. Eso significa que me
estaba abrazando, kinesiológicamente hablando. No me animé a preguntarle el
objetivo del ejercicio para que no pensara que lo estaba cuestionando. Tengo
que reconocer que nunca estuve tan cerca de otro hombre desde que estoy casada
y que me dio una vergüenza de novela. Aún así, durante todo el día, y con todos
los masajes, seguí con hielo en el
cuello.
Ahora bien, ¿puede que las almas, quizás,
algunas, no todas, necesiten de la colaboración de otras para desprenderse de
su cuerpo, de la vida terrena, de tantos años de vivir siendo carne y espíritu?
Esto lo pensé ayer, entre conversación y conversación con los familiares y
amigos que se acercaron a la sala de velatorio. Me gustaría hablarlo con una
amiga que conoce más sobre las cosas del más allá, los vínculos energéticos,
los ángeles. Si lo miro desde el punto de vista médico, dirán que absorbí el
estrés que provoca una enfermedad terminal de una persona cercana. ¿Ocurrió
esto con mi padre? No. ¿Por qué yo?
Como pasa con todos los hechos trascendentes,
la muerte me va a llevar a escribir y así transformarla en vida. Tengo varias
ideas, pero a esta situación la voy a canalizar en la poesía, la que salva.
J.G.

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