domingo, 21 de marzo de 2021

 Fin de estación


I

Parecido al amor o al olvido

es el otoño. Algo que gravita,

dispar, atípico.

Anuncia, sin embargo, que todo vuelve:

los atardeceres a las seis, 

el fresco de la mañana,

las hojas secas.

Cambio de lugar ciertos objetos:

libros, lámparas, los vasos en los estantes.

El corazón no hiberna, tampoco la ciudad.



II

O la última espera con los pies descalzos,

así me vi en el sueño. Miraba el terreno seco, 

más allá las sierras, las piedras marcando

una certeza que no tengo.

Aquí, en la realidad, en el saberme

despierta, miro a través de la ventana, 

los árboles de la plaza dispersan el aire húmedo,

los edificios recortados en el marco del alféizar.

Qué de todo esto me lleva a pensar

en la claridad de tu cuerpo.



III

Apagué el fueguito del sahumerio

con agua de la canilla.

Es como sentir que ciertas escenas

se van, fluyen con el humito del sahumerio

extinguido. Nadie las despide.

Hacia dónde van, hacia dónde voy,

no sé.

                                 J.G.





domingo, 7 de marzo de 2021

 Noche


Me vas a decir que cualquier atardecer

es igual a otro: cae la luz en un cuenco

que desconocemos.


¿Y si se va también tu voz,

el lento andar de tus pasos

cuando deambulamos, perdidos por la ciudad?

Es un capricho asirse a todo lo que se toca.

Me pregunto-como siempre-

qué harán los otros con sus demonios,

adónde los encerrarán.


Tengo miedo. Parezco un chico.

Tengo miedo a que la noche se lleve las formas

de las cosas y luego no vuelvan.

Miedo a la curva que es el pasado.

Miedo a los sueños con túneles, a los aviones

sin motor, a los bichos debajo de la cama.

Es un desamparo la noche si tus manos no están.

J.G.










domingo, 28 de febrero de 2021

El sapo

Te quería contar del sapo que vi en el camino.

No estaba vivo, no, 

tampoco aplastado.

Cosa rara era, como un fósil.

Parecía una figurita de barro;

seco, inmóvil, con la boca abierta

como si hubiera querido decir “hola”,

“¿qué hay por aquí?”. O un bostezo.


Yo iba subiendo, atenta a las camionetas

que bajaban, codeándose, esquivando las piedras,

las leves hondonadas, los yuyos.


Y el sapo estaba ahí, mirando el cerro, 

mirando la muerte,

condenado en el instante.

Sospecho que así quedaremos

en el momento de decir adiós.

J.G.





martes, 23 de febrero de 2021

                                  “la caida del tiempo/sobre la hierba”.

Alejandro Nicotra


Una línea que arde,

un tajo rojo o un límite inacabado

es el sol de febrero, temprano.

Pronto, los pájaros y los autos emprenden

el día. Yo intento hacerlo,

abrir los ojos y apurar el ritmo de mi cuerpo

que se resiste a la rutina, a esas pequeñas 

agujas que marcan el compás de las horas.


Y el tiempo, en la caída de algo indescifrable

olvida mis pausas, la mirada detenida

en las hojas del árbol que lentamente

se marchitan.


Siento el otoño esperando

como espero el abandono del amor;

tu anuncio, un vestigio que me diga

que estarás ahí.

J.G.







lunes, 15 de febrero de 2021

 Flores amarillas,

Cuando salí del edificio

la vereda y la calle

tenían flores amarillas.

¿Cómo-me dije-el verano florece?

Allí estaban, desprendidas del árbol

queriendo interceptar

el ruido de los autos, 

como si una porción del campo o de la sierra

pujara por quedarse en la ciudad,

como si no hiciera falta

que fluya algo de lo que quedó atrás

cuando sólo éramos tierra y luz y agua.


Y los penachos, allá en lo alto, los racimos

de flores en la punta de las ramas

reverberan como ofrendas al sol

y yo agradecida, que las florcitas

se resistan al paso de las estaciones.


Yo atiendo este desorden natural

como atiendo a tus llamados, expectante.

J.G.






jueves, 11 de febrero de 2021

 

El día tiene forma de río” (Octavio Paz, Manantial)


Pasan los rostros

como pasan los días.

 

Pasan los recuerdos,

como la casa en Candioti Sur,

que ya no existe.


Yo buscaba los tesoros

en esa casa.

Nadie era dueño en la tierra

de la infancia o

todos lo éramos.


Quedó un mural roto

algunas sillas,

y la puerta cancel.

Los días eran como un río,

y yo me dejaba llevar.

J.G.



domingo, 31 de enero de 2021

De las casualidades de la vida o lo que algunos poetas nos vienen a decir.

José Pedroni es el primer poeta que recuerdo. Antes fueron las canciones populares que mi abuela me enseñaba o las que cantábamos en el Jardín. Imposible no recordar a María Elena Walsh. Una la llevaba en la cabeza como si fuera un chip. Era cuestión de que alguien entonara "Estamos invitados/a tomar el té" y ahí empezábamos todos los que habíamos escuchado la frase a entonar a viva voz la canción entera y cuando se terminaba seguíamos con el Brujito de Gulubú o la Vaca estudiosa. Pasó que en Tercer Grado de la Primaria tuvimos que aprender una poesía para recitar (quizá me queda grande la palabra "recitar", creo que la maestra quería que ejercitemos la memoria). Yo no sabía ninguna, salvo el "Arroz con leche" o la "Farolera" que no son poesías. Mi madre o mi padre, no recuerdo quién, me acercó un libro de tapas color turquesa de la biblioteca. Se llamaba Gracia Plena. La idea era encontrar una poesía corta que me sirviera para la tarea. Tiempo después me enteré de que el poeta era santafesino, que mi padre había comprado el libro en la época en que yo iba a tener una hermanita y que el libro estaba dedicado al primer hijo del poeta, a la espera, a las nueve lunas. De allí elegí "La monedita" que empezaba así: La monedita del extraño sello/que cavando encontré,/la perdí anoche, en el sendero/busquéla y no la hallé.// Oh, no llores amor, /que siguiendo las huellas de tus pies/habré de encontrarla, como a tí te encuentro/donde quiera que estés.

  Pasaron los años y a los quince, estando en la Secundaria, obtuve mi primer premio en un concurso literario de la escuela. Mi padre me regaló Hacecillo de Elena, una antología (todavía no sabía qué era una antología) de José Pedroni de tapas color naranja con la foto de la esposa del poeta en la portada, una foto antigua, en color blanco y negro. Ahora sí leía toda la información de las tapas (sabía que era la misma editorial que Gracia Plena, la editorial Colmegna, que era si no la única editorial de Santa Fe, al menos la más conocida por aquel entonces. Yo seguía leyendo los de Gracia Plena, en especial me gustaba el poema “Mujer”: Mujer, nunca me olvido/que me amaste caído. será porque las adolescentes nos gustaban los poemas y las canciones de amor.

  En Cuarto año de la Facultad, estudiando Letras, tuvimos que hacer una primera práctica docente. Yo quería hacerla en la Escuela “Juan Mantovani” porque mi tía la artista era docente y todo lo relacionado con el arte me apasionaba; en especial, esa escuela que conocía de chica. La escuela es patrimonio histórico de la ciudad; conserva sus galerías de mosaicos color ladrillo, los techos altos, las galerías coloniales. A la arquitectura, se le sumaba el atractivo de las esculturas y cuadros en todas partes, el olor a acrílico y  a óleo, los estudiantes trabajando en sus caballetes. La profesora de Lengua tenía como material para los alumnos de Primer Año un cuadernillo armado por ella. Entre los tantos textos había varios de poesía. Ése era el tema que nos asignó para dar nuestra clase y el texto era La invasión gringa de José Pedroni: Hoy nadie llegaría./ Pero ellos llegaron./Sumaban mil doscientos./Cruzaron el Salado. Así empezaba y así volví al poeta y al libro de tapas de color anaranjado. Esta vez le presté atención al nombre del poemario: Monsieur Jaquin. Para acompañar la lectura y su posterior interpretación, buscamos  diapositivas en el Centro de Documentación que estaba en el Museo “Florentino Ameghino” (me ocupé yo que vivía cerca) y mi compañera propuso temas de Vangelis porque tenía varios casettes. Seguro que todo esto les suena al siglo pasado. Bueno, eran los noventa y no teníamos celulares ni los dispositivos tecnológicos de ahora.

  En el año 2000 María Assenza-mi maestra del taller literario al que había ido de adolescente y a quien todavía visitaba-me regaló un par de libros que había publicado el Gobierno de la Provincia con la obra de José Pedroni. Eran dos tomos: uno de poesía y otro con cartas y artículos. Años después, cuando volví a escribir, me concentré en el tomo de las cartas de Pedroni, en cómo creció, cómo la poesía era su tarea nocturna a la que le dedicaba el tiempo que le restaba al descanso. Desde niño tuvo que ayudar a su padre a levantar paredes. Era lo común en el campo, ayudar a los padres en el trabajo. Siendo adolescente la situación fue la misma pero él no se resignó a dejar el estudio. Cursó de noche en la Escuela de Comercio. Estudió para Contador y se recibió. Pero a la poesía no la abandonaba. Decía en una de sus cartas: “La poesía no necesita del conservatorio o de la academia. Se hace del aire, del dolor que nos rodea, del pájaro que vemos pasar, libre, mientras nosotros estamos encadenados.” Me gusta mucho esta frase, pensarnos como sujetos encandenados y ella va por la vida y nos libera en parte porque está hecha del dolor y de la vida a la vez.

  Pedroni apareció otras veces, sin buscarlo, como  en el consultorio de un doctor que en su escritorio tenía las obras completas y en algún que otro manual escolar. Que aparezca signifique un llamado a releerlo, a prestarle atención a la cadencia o a la sonoridad de sus versos que me recuerdan a la poesía española. La última vez fue hace unos días en Villa Dolores, provincia de Córdoba en un café frente a la plaza con Pablo Anadón. Él estaba pasando unos días en la casa paterna. No nos conocíamos personalmente. Yo lo seguía por Facebook; obviamente, yo sabía más de él que él de mí pero hacía un par de semanas lo llamé para hacer una entrevista para la radio y accedió. Le conté que tenía curiosidad por conocer Traslasierra y nos invitó a tomar un café o una cerveza si estábamos cerca. A pesar de mi inhibición (siempre me inhibo con la gente que admiro) tuve la intuición de que iba a ser tan ameno personalmente como lo era a través de sus posteos diarios. Hablamos más de dos horas y hubiésemos seguido pero había anochecido y teníamos que volver al pueblo donde parábamos. Yo llevé el libro que estaba leyendo, Filtraciones de Hugo Gola por si me preguntaba qué estaba leyendo. Él me regaló uno de sus libros, El trabajo de las horas, uno de la revista Fenix, que dirige, imperdible, y un ejemplar de su padre, el poeta Alejandro Nicotra, La tarea a cumplir. En la conversación, me contó que su familia materna es de Santa Fe y que los poetas que admiraba de nuestra provincia eran José Pedroni y Juan Manual Inchauspe. Nuevamente apareció don José con uno de sus poemarios, Monsieur Jaquin. Yo diría que no es casualidad y que si bien siempre estoy en un  estado permanente de descubrimiento de poetas y de escritores, Pedroni es uno de los poetas que vuelve a mi vida. Será para que lo relea si pienso en un porqué. Quizá vuelva también para recordar otras cosas, inolvidables y felices como la infancia, “la verdadera patria”, como diría Rilke. 

J.G.