sábado, 2 de junio de 2018

Diarios Personales


Martes 22 de mayo:
  Voy a comprar cinta para hacer escarapelas para el acto del jueves. En la mercería de mi barrio, a esta altura del año, los estantes con ovillos de lana llegan hasta el techo. Busqué un horario en el que supuse, no iba a ver tanta gente. Las mujeres, cuando viene el frío, se ponen a tejer. Van a la mercería para elegir las lanas del pulover que tejerán para este invierno. Tardan bastante en definirse. Siempre me pregunto para quién será el pulóver, si para ellas o para un hijo o un nieto. Cuando era chica, mi abuela nos tejía un pulóver todos los años. Era lindo verla con mi tía abuela verla tejer y charlar. Yo iba por la tarde a su casa, todos los viernes, probablemente tuviera una hora de la tarde, incluso, también por la mañana, cuando terminaba de hacer los mandados. El último pulóver que pudo tejerme fue el de los doce años. Me acuerdo bien porque me llevó a la mercería para que eligiera el color y el tipo de lana. Mis dos colores favoritos cuando era chica eran el violeta y el fucsia. Entonces elegí el fucsia cuando lo vi en el estante. La lana era preciosa, muy suave. Después supe que se llamaba mohair (¿se escribirá así?) Digo que fue el último por la vista, porque no podía fijar tanto en el tejido. Yo quise aprender pero nunca me salió o por lo menos cuando lo intenté porque en la escuela teníamos una hora semanal de actividades prácticas; en esa hora aprendimos a coser, bordar y tejer. Hacíamos delantales de cocina, repasadores, escarpines, fundas para almohadones. Con una aguja me llevaba mejor para tejer y ella, pero sobre todo mi tía abuela Dora, tuvo la paciencia de enseñarme la cadenita, el medio punto y el punto bareta. (¿se escribe así?) Mi tía Graciela también tejía, pero tejía pulóveres o chalecos o boinas para ella. No me acuerdo que nos haya tejido algo a nosotras; tampoco que ella se haya comprado alguna vez un pulóver. Creo que si no fuera porque no tenía tanto tiempo, se hubiese hecho la ropa también. Era artista, y sus manos tenían el don de hacer lo que quisiera: desde esculturas, grabados y papel hasta tortas y pastas.
  Pasó también que en el Liceo vi a una señora tejiendo. Son las mamás o abuelas que viven lejos y no pueden volver, entonces se quedan esperando a que terminen las clases para volver con sus chicos. Es lindo ver que llega el frío y hay alguna mujer que vuelve al tejido, al punto jersey y al santa clara. Mi pulóver fucsia, el que mi abuela me tejió cuando tenía doce años está en mi placard. Estoy pensando en volverlo a usar porque no crecí desde los doce. Lo saqué al patio una mañana de sol. También tengo la bufanda. Es el recuerdo vívido de mi abuela porque no tengo fotos de ella y hace mucho que murió. Me recuerda que tengo una historia que me conecta a mi pasado, a esa etapa en que todavía era nieta y era chica. No había apuro, no había más que el horario fijo de la escuela. Mayo y los pulóveres. Qué bueno que haya mujeres en la mercería comprando lanas.

Miércoles 23 de mayo:
 “Algunos psicoanalistas dicen que la muerte del padre es productiva. Hay duelos cuyo efecto es el silencio y duelos cuyo efecto es la palabra y la acción, y el del padre va por ese lado”, dice Mauro Libertella en una entrevista para Clarín titulada “Traición, perdón, emoción. Cómo escribir sobre el padre”. (16/6/2014) La muerte de papá significó ambos procesos; por un lado, el silencio y por el otro, la palabra y la acción. Es cierto que hay que vivir para poder escribir y cuando no se ve ese horizonte, el de la escritura, porque otro panorama es el que determina quién es uno en la historia del otro. La palabra no toma forma de palabra subjetiva. Mucho tiempo leí y escribí en función de lo que había que decir sobre lo que otro había escrito. La muerte de papá, y antes, el tener plena conciencia de que su vida tenía un fin, significó mirar para adentro, sentir el dolor desde el lugar de la emoción, desde el lugar de quien ve su vida en el otro, la historia de uno en el otro, el otro en la historia de uno, las marcas del otro, mi padre, mi enojo con él, por tener que morirse. Entonces, después de ese largo silencio que es la muerte del otro en una, entonces sí, la palabra fue acción.

Jueves 24 de mayo:
  Ayer entrevisté a Alfredo para la radio. Va a presentar un libro. Le pregunté por su nieto y me contó que lo ve en horas de la siesta. El gurrumín (qué palabra linda) lo pone a prueba con las historias: quiere que le cuente una leyenda o un cuento de miedo y que no se repita. Si el inicio de la historia se parece a otra, le dice: “Ah, otra vez un zombi” y el pobre Alfredo tiene que buscar y buscar historias, reinventarlas para D. Tiene a quién salir su nieto, digo por lo memorioso. Cuando me contacté años antes con él para invitarlo a un desayuno literario en la escuela, se acordó cuando lo había invitado en el año 97 para el cierre de mi práctica docente en la Escuela Normal. Habíamos trabajado cuentos con mi compañero de práctica, entre ellos, algunos de A. y  yo, que no conocía a escritores santafesinos, di con él a través de mi mamá, porque A. era hijo de un escribano como la mía. Los chicos le hicieron preguntas, y él concluyó la charla contando uno de sus cuentos. A. se acordó, quince años después de este encuentro, de un chico le había preguntado cuánto tiempo tardaba en escribir un cuento, a lo que A. le contestó que dependía, a veces le podía llevar horas o años. Entonces el chico le respondió que si demoraba tanto, por qué la profesora lo obligaba a escribir un cuento en una hora. Bueno, A. se acordó de esa conversación y de D., su nieto, se acuerda de todos los cuentos que él le inventa. El bichito de la literatura ya lo picó a D.
                                                                                                      J.G.



miércoles, 25 de abril de 2018

En El Litorial

http://www.ellitoral.com/index.php/id_um/168369-signos-opinion-por-jorgelina-garrote-opinion.html



Microrrelato



El beso.
  El jinete corrió por los campos, los campos cultivados y los otros, aquellos hechos de jirones de cardos y encinas. Sabía que la Bella lo esperaba. No porque ella lo hubiera llamado, dada su condición de durmiente, sino porque la profecía debía cumplirse.
  Cuando entró al palacio, el laberinto cobró su forma. Y fue otro campo minado, como el que aparecía cruzando el portal. Al verla, dejó las armas a un costado. Había imaginado muchas veces el encuentro. Abrió los postigos, corrió los cortinajes pesados y macilentos. Cuando se inclinó para besarla, comprobó, con horror, que el aliento de la Bella corroboraba los cien años de encierro.
                                                                                        J.G.



lunes, 2 de abril de 2018

Malvinas


La que espera
  Olga apagó la radio. Era hora de cerrar el patio, pero antes tenía que entrar la ropa del tendedero. Hacía años que vivía sola. Roberto, el hijo mayor, venía dos veces por semana. La llevaba a cobrar la jubilación al Banco y al médico. Podía repasar la casa, que era chica, sin mucho esfuerzo. Si las piernas dolían por la artrosis entonces no barría ni tendía la cama. A veces ayudaba la nuera con las compras o con el repaso del baño. Las manos y la vista estaban bastante bien, todavía podía hacer trabajos de costura. A Roberto mucho no le gustaba porque no lo veía como una necesidad. Pero a Olga sí, porque venía gente a casa y ella tenía con quién hablar. Las vecinas la recomendaban, era buena con los ruedos. En época de casamientos y recepciones, que más o menos se juntaban entre septiembre y febrero, tenía trabajo. A las jovencitas, como les decía, las hacía subir en un cajón de madera para tomarles la parte de abajo del vestido y no tenía que agacharse. Con inclinarse un poco para abajo, sentada, estaba bien. Las citaba antes de las seis de la tarde porque así tenía la luz natural que entraba del patio. Después, cuando anochecía, dejaba la costura para el otro día porque con la luz del velador le era imposible concentrarse. Había una hora del día en la que ya no podía hacer mucho más y era entre las siete y las ocho de la noche. A esa hora, prendía una vela cerca del altarcito donde reposaba la foto del hijo. La foto y una planta, estampitas de la Virgen de Lourdes y del Sagrado Corazón. En realidad no eran estampitas sino imágenes enmarcadas en la pared, como el retrato del hijo. A esa hora, Olga prendía una vela y rezaba un rosario, porque un atardecer, entre las siete y las ocho de la noche, se enteró de que Ramiro estaba desaparecido. Fue hace treinta y seis años.  Cuando le tocaron el timbre ella estaba escuchando la radio, rezando para que el locutor no mencione el nombre del hijo. Y no lo escuchó porque en la radio no lo nombraron. No apareció en la radio pero sí en boca de un hombre vestido de verde que tocó el timbre de su puerta. Que Ramiro estaba desaparecido luego de un ataque aéreo, eso dijo. 
    Después de la rendición, otras familias, como la de Olga, esperaron el día en que los hijos iban a volver. La mayoría en el batallón de Santo Tomé. Pero el hijo no estaba por más que revisaron la lista. “Está desaparecido”, dijeron. Desde ese tiempo hasta que confirmaron que Ramiro había muerto, Olga le rogó a la Virgen que la cuide por el otro, el que le había quedado. Que le baje las piernas de la cama, le rogaba. Que la ayude a levantarse y hacerle el desayuno al hijo, y el almuerzo y lo que quedaba del día, que la ayude la Virgen de Lourdes para no morirse de dolor. Porque había otro hijo tan pequeño como el que se había ido a la guerra. Tan pequeño como la palma de su mano, si es que siguen siendo así de pequeños los hijos en el regazo de la mujer. 
    Durante años, Olga esperó que le dijeran la verdad. Que de todas las cruces blancas que vio la única vez que viajó a las islas una era la cruz de su hijo. Ni el viento ni las lágrimas ni el ruego a la Virgen se los dijeron. Había tantas sin nombrar. Y ella era una madre como otras, inclinada, casi la cara en la tierra, midiendo los pasos de la muerte. No quiso volver. No hasta que supiera dónde estaba el hijo. Mientras, mantendría las cosas en orden, el dormitorio de Ramiro con su cama, su bicicleta en la pared, los afiches del mundial del ’78, la ropa planchada en el placard. Así, cambiando las sábanas, pasando el plumero en los rincones, espantaría el vacío para no volverse loca, para mantenerse viva por el otro hijo que le quedó. La Virgen de Lourdes la iba a ayudar porque siempre lo hizo. Roberto creció, se hizo hombre, formó su familia. Los años pasaron. Llegaron los nietos, Quique se fue. Pero ella sabía que no era su momento, tenía que aguantar, un poco más. Entonces llegó. Como los pájaros cuando eligen un nido para empollar. Llegó la carta con el sello de la Cruz Roja. Llegó Ramiro a darle un abrazo, como el último que se dieron. Porque ahora sí, el hijo tenía nombre. Su nombre y una cruz blanca en las islas.
                                                                             J.G.


Foto: DyN

domingo, 25 de marzo de 2018


                                                               “Aquello que te detiene y te espanta, es el poema. 
                                                                          Él quiere pasar por aquí”. R.G.Aguirre

Él quiere pasar por aquí,
el poema. La nada entumece
las piernas y el andar me declina en la tarde
como una rama.
Es decir, el poema que no dice
está aquí y no sé cómo nombrarlo.
Eso es todo.
                  Y sin embargo,
todo es lo que me basta y me inquieta.
               El aquí  encierra un aire de dicha
               salvo que la sombra, una línea vertical
               me acalle.
¿Y si el ocaso enciente, subrepticiamente,
lo que no debo?
Entonces, cerraré los ojos.
¿Y si el ocaso atrae, en su andar viril
los pasos del deseo?
entonces, me dejaré caer.

El borde en el que se detienen todas la cosas,
los que conocen las verdades
y las venden en vetustas vitrinas,
el borde en que me ausento y todas las cosas
que me atan se agrandan, se enroscan,
el borde en que las manos se aferran y resbalan
porque no pueden sostenerlas, ni la voluntad
ni el desasosiego,
el borde es una mancha y otra en lo profundo y efímero.
           ¿Por qué entonces, este peso en el centro,
                            Por qué no puede salirse de sí misma
esta intolerable ausencia,
Por qué, entonces, me digo,
la realidad es la entidad que no puedo comprender y amar?
                                                                                        J.G.





sábado, 17 de marzo de 2018

Diarios Personales


Viernes 16 de marzo:
  ¿Qué pasa cuando una saca un turno con el ginecólogo y tiene que esperar más o menos un mes y cuando se cumple el día y la hora la secretaria del ginecólogo nos dice que el doctor no está pero hay un reemplazante? ¿Qué debe hacerse? ¿Tomar el turno o dejarlo? ¿Arriesgarse con un médico desconocido o sacar otro turno? ¿Y si pasa de nuevo que el doctor no está? Bien, esto ocurrió hoy. Decidí quedarme porque bastante me embroma perder tiempo haciendo estudios extra. Ya estoy acá. No dormí la siesta ni la voy a dormir cuando llegue. Son las cinco de la tarde. Trabajé como condenada durante la semana y la cierro con un turno médico. Voy a la sala de espera. Para contrarrestar la mufa me llevé auriculares para escuchar música. Tengo cansada la vista. No voy a leer. En la sala de espera la gente hace lo mismo: escucha música o navega en las redes. Se abre la puerta del consultorio. El doctor reemplazante despide a una paciente y llama a otro que resulta ser un hombre joven. Supongo que vendrá de parte de la novia. No demora. Abre la puerta nuevamente y llama a una mujer. Los asientos se desocupan de mi lado y me acerco a la puerta. Sospecho que la próxima soy yo. Por la voz no puedo identificar si es un doctor joven o mayor. No se lo ve. Siete minutos más tarde se desocupa la señora. Qué raro, pienso, va muy rápido. La siguiente paciente soy yo. Ahora bien, la experiencia que he tenido con los médicos fue casi como la de padre e hija o la de hermano mayor, digo, por la edad. Pero qué ocurre cuando el médico reemplazante es menor que una, digamos, diez años menos, mida un metro noventa, sea morocho y robusto, como si hubiese venido a la clínica después del gimnasio o de un paseo en una lancha de lujo al estilo de las mejores colonias masculinas como Old and Spice o Polo? Tragué saliva pero disimulé mi consternación. ¿Tendré que hacerme un Pap con este muchacho? ¿Tendré que hablar de mis partes íntimas con un modelo de Ralph Lauren? ¿Por qué me pasa esto a mí?
  El doctor examinó el estudio y los anteriores. Minimizó un quiste. Me dio a entender que de no crecer podré seguir haciendo el chequeo una vez al año. Estamos hablando de una ecografía mamaria. Qué bueno que no se detuvo en las radiografías y sólo en los informes ininteligibles de la médica ecógrafa. Y luego la pregunta tan temida. ¿Cuándo te hiciste el último Pap? Él no me mira a los ojos en ese momento. Yo tampoco lo miro. Contesto mirando para abajo como hacen mis alumnos cuando hago una pregunta y no quieren que los nombre. Una pone cara de “a mí no me toca, a mí no me mire” pero en el consultorio la única paciente soy yo y el modelo de Ralph Lauren a punto de pedirme que vaya al baño para hacerme el Pap. A fines de julio del año pasado, le digo, sumando diez días más a julio. Ah, entonces tenés que volver en julio. Ah. Contesto. ¿Es al año que se hace? Sí, venite en julio y en agosto repetís este estudio. Bien. No hay más que decir. Amago con levantarme y me levanto. El modelo también se levanta. Me dice “Bueno, un gusto”. Gracias, igualmente, contesto yo. Ahí la pifié. ¿Cómo le voy a decir que fue bueno conocerlo, dándole a entender que está más bueno que el pan caliente o como si estuviéramos en no sé, una reunión informativa o una charla de colegas, ¿le habrá parecido amable o fui atrevida? Qué sé yo. No importa. Lo que importó es que no me hice el Pap. Y que vuelvo en julio. Ojalá el doctor no falte.
                                                                                                        J.G.





domingo, 4 de marzo de 2018

Diarios Personales


Miércoles 28 de febrero:
  Elegí estudiar Letras porque era el camino natural a mi vocación lectora de literatura y que luego se amplió al área del estudio del idioma. Ése fue un amor lento, que apareció con el estudio y el descubrimiento de otras disciplinas que en la escuela no habíamos visto, como el Análisis del Discurso y la Semiótica. En cambio, con la literatura fue un flechazo. Un amor como describe Julio Cortázar en Rayuela: “Como si se pudiera elegir el amor, como si no fuera un rayo que te atraviesa el alma y te deja estaqueado en la mitad del patio”.
  Pero hay otra razón por la que elegí Letras y es porque me juré no volver a pisar el terreno de la Matemática. Hay pocas carreras que no la tienen en su plan de estudios. Y mi lectura en aquel entonces de los planes de estudio fue muy atenta. Porque la muy insidiosa se mete en todas partes. Claro que una la necesita para sumar cuánto dinero hay que extraer del Banco para pagar las cuentas o con cuánto contamos si pretendemos tener un ahorro mínimo y queremos hacer un gasto adicional o bien, con cuánto contamos cuando aparecen imprevistos. Digamos que el uso que le doy a la Matemática en mi vida es bastante elemental. A partir de tercer grado de la primaria mi relación con la Matemática se volvió árida, en especial, cuando aparecieron las divisiones y las fracciones. Pintar conjuntos me encantaba, armar números con el dominó también. ¿Pero qué era eso de complicarse la vida con problemas hipotéticos? Si el problema era de Juanita que había comprado más caramelos de los que realmente disponía para gastar era un asunto de Juanita, no mío. ¿Qué me importaba si no se pudo comprar el chupetín?¿O que en un cine había tantas butacas y no alcanzaba para una función de estreno? ¡Que hagan otra función y se terminó el asunto! 
  Las fracciones fueron lo peor. Estoy hablando de la primaria. Hasta dividir una torta o una pizza estaba todo bien. No me pregunten más. Tuve la horrible experiencia de que la maestra de tercer grado me hiciera pasar al frente para resolver una división mientras el resto de mis compañeras me miraba. No se lo recomiendo a nadie. Mi papá me había enseñado a dibujar palitos al lado de la anotación para darme cuenta de cuánto tenía que multiplicar o restar pero me daba vergüenza hacerlo en el pizarrón. Entonces, la sensación es que estaba perdida. Y parece que a la maestra no le importaba que yo no supiera porque me dejó un buen rato ahí parada, delante de todo el grado.
   En la secundaria fue más o menos igual, nada más que, cuando me avisaban de una prueba, sacaba libros de la biblioteca y practicaba dos semanas antes con papá. El problema en las evaluaciones se sumaba cuando la profesora nos daba un solo ejercicio de cada tema y a mí las estadísticas me jugaban en contra: uno me salía bien, otro mal, uno bien, otro mal. ¿Cómo le podía demostrar que si me daba dos ejercicios del mismo tema podía demostrarle que bueno, a veces la pegaba? Claro, las matemáticas son ciencias exactas. Tiene que dar el resultado esperado sí o sí. ¿Y desde cuándo en la vida las cosas nos salen como las esperamos? ¿Acaso en la interacción con el mundo no aparecen situaciones, circunstancias, decisiones o personas que no habíamos previsto en el cálculo? ¿Acaso la lógica puede resolverlo todo? ¿La Matemática tiene todas las respuestas para una mayoría anónima a quien la incertidumbre de lo que vendrá es el pan de todos los días?
  Preguntas como éstas aparecían en mi adolescencia. Yo sabía que el camino de mi vida no estaba por esos lares a pesar de tener un papá ingeniero. Lamentablemente, no heredé ni un gen de su inteligencia por la matemática. ¿Qué cosa, no? ¿De adónde habrán salido mis genes? Mi abuela me decía que siguiera la carrera de mi mamá, que estudiara Abogacía o Escribanía, que me iba a ir bien porque era estudiosa y que dejara la literatura como un pasatiempo, para los ratos libres. ¿Quién vive de las letras? Una vez, una mamá del grado de mi hija me preguntó si Profesora de Letras significaba que yo enseñaba a escribir las letras, algo así como profesora de caligrafía. Ella no me dijo caligrafía sino que suponía que Letras era eso. Bueno, pensé, si hubiese estado en la Edad Media, si hubiese sido hombre y monje, tal vez sí, habría pasado mi vida como un escriba, enseñando a los novicios a escribir las letras góticas entre las oraciones de maitines y la hora nona. Yo le decía a mi abuela que la Abogacía me resultaba muy terrenal, que era aburrrida para mis intereses, pero para no contradecirla, le decía que lo estaba pensando.
  Bien, me propuse no volver a toparme con la Matemática en toda mi vida a excepción de las cuentas rudimentarias de todos los días. Pero se ve que a ella no le terminó de cerrar eso de no mortificarme más. Habrá pensado: “Volveré”. Como Terminator. Y volvió, la muy viva, con mis hijos. O sea, ellos la están padeciendo como yo, en su escolaridad. No tanto S. como M. que va a ser artista como mi tía. Yo no le digo nada para no alimentar su vuelo hippie pero no la veo en otra parte más que sentada pintando cuadros o dibujando. 
  La muy cretina se coló en mi vida, nuevamente, sin pedirme permiso. Como ahora que estamos sufriendo porque M. fue a rendir Matemática. Toda la materia. Un sinfín de temas. Un sinfín de números y operaciones, y ecuaciones y raíces al no se cuánto. Mi relación con la Matemática es más o menos como la de Voldemort en la vida de Harry Potter. Cada tanto vuelve para perturbarnos. Y mientras le damos batalla, pienso en una frase de una canción de Gustavo Cerati: “La poesía es la única verdad”. Y entiendo la “poesía” como una expresión del arte, de lo ilógico que es lo que más prima en la vida, de un pensamiento que se expande y se repliega y se emociona en la percepción del mundo, en la percepción de cómo los artistas ven el mundo; en ese silencio sin fronteras que es la poesía, que no cabe en el pecho porque se nos va por las venas a todo el cuerpo, y bombea como el corazón y late, y late.
                                                                           J.G.