Viernes 16 de marzo:
¿Qué pasa cuando una saca un turno con el
ginecólogo y tiene que esperar más o menos un mes y cuando se cumple el día y
la hora la secretaria del ginecólogo nos dice que el doctor no está pero hay un
reemplazante? ¿Qué debe hacerse? ¿Tomar el turno o dejarlo? ¿Arriesgarse con un
médico desconocido o sacar otro turno? ¿Y si pasa de nuevo que el doctor no
está? Bien, esto ocurrió hoy. Decidí quedarme porque bastante me embroma perder
tiempo haciendo estudios extra. Ya estoy acá. No dormí la siesta ni la voy a
dormir cuando llegue. Son las cinco de la tarde. Trabajé como condenada durante
la semana y la cierro con un turno médico. Voy a la sala de espera. Para
contrarrestar la mufa me llevé auriculares para escuchar música. Tengo cansada
la vista. No voy a leer. En la sala de espera la gente hace lo mismo: escucha
música o navega en las redes. Se abre la puerta del consultorio. El doctor
reemplazante despide a una paciente y llama a otro que resulta ser un hombre
joven. Supongo que vendrá de parte de la novia. No demora. Abre la puerta
nuevamente y llama a una mujer. Los asientos se desocupan de mi lado y me
acerco a la puerta. Sospecho que la próxima soy yo. Por la voz no puedo
identificar si es un doctor joven o mayor. No se lo ve. Siete minutos más tarde
se desocupa la señora. Qué raro, pienso, va muy rápido. La siguiente paciente
soy yo. Ahora bien, la experiencia que he tenido con los médicos fue casi como
la de padre e hija o la de hermano mayor, digo, por la edad. Pero qué ocurre
cuando el médico reemplazante es menor que una, digamos, diez años menos, mida
un metro noventa, sea morocho y robusto, como si hubiese venido a la clínica
después del gimnasio o de un paseo en una lancha de lujo al estilo de las
mejores colonias masculinas como Old and Spice o Polo? Tragué saliva pero
disimulé mi consternación. ¿Tendré que hacerme un Pap con este muchacho?
¿Tendré que hablar de mis partes íntimas con un modelo de Ralph Lauren? ¿Por qué me pasa esto a mí?
El doctor examinó el estudio y los
anteriores. Minimizó un quiste. Me dio a entender que de no crecer podré seguir
haciendo el chequeo una vez al año. Estamos hablando de una ecografía mamaria.
Qué bueno que no se detuvo en las radiografías y sólo en los informes ininteligibles
de la médica ecógrafa. Y luego la pregunta tan temida. ¿Cuándo te hiciste el
último Pap? Él no me mira a los ojos en ese momento. Yo tampoco lo miro.
Contesto mirando para abajo como hacen mis alumnos cuando hago una pregunta y
no quieren que los nombre. Una pone cara de “a mí no me toca, a mí no me mire”
pero en el consultorio la única paciente soy yo y el modelo de Ralph Lauren a
punto de pedirme que vaya al baño para hacerme el Pap. A fines de julio del año
pasado, le digo, sumando diez días más a julio. Ah, entonces tenés que volver
en julio. Ah. Contesto. ¿Es al año que se hace? Sí, venite en julio y en agosto
repetís este estudio. Bien. No hay más que decir. Amago con levantarme y me
levanto. El modelo también se levanta. Me dice “Bueno, un gusto”. Gracias,
igualmente, contesto yo. Ahí la pifié. ¿Cómo le voy a decir que fue bueno
conocerlo, dándole a entender que está más bueno que el pan caliente o como si
estuviéramos en no sé, una reunión informativa o una charla de colegas, ¿le
habrá parecido amable o fui atrevida? Qué sé yo. No importa. Lo que importó es
que no me hice el Pap. Y que vuelvo en julio. Ojalá el doctor no falte.
J.G.
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