El beso.
El jinete corrió por los campos, los campos cultivados y los otros,
aquellos hechos de jirones de cardos y encinas. Sabía que la Bella lo esperaba.
No porque ella lo hubiera llamado, dada su condición de durmiente, sino porque
la profecía debía cumplirse.
Cuando entró al palacio, el laberinto cobró su forma. Y fue otro campo
minado, como el que aparecía cruzando el portal. Al verla, dejó las armas a un
costado. Había imaginado muchas veces el encuentro. Abrió los postigos, corrió
los cortinajes pesados y macilentos. Cuando se inclinó para besarla, comprobó,
con horror, que el aliento de la Bella corroboraba los cien años de encierro.
J.G.

No hay comentarios:
Publicar un comentario