Martes
22 de mayo:
Voy a comprar cinta para hacer escarapelas
para el acto del jueves. En la mercería de mi barrio, a esta altura del año,
los estantes con ovillos de lana llegan hasta el techo. Busqué un horario en el
que supuse, no iba a ver tanta gente. Las mujeres, cuando viene el frío, se
ponen a tejer. Van a la mercería para elegir las lanas del pulover que tejerán
para este invierno. Tardan bastante en definirse. Siempre me pregunto para
quién será el pulóver, si para ellas o para un hijo o un nieto. Cuando era
chica, mi abuela nos tejía un pulóver todos los años. Era lindo verla con mi
tía abuela verla tejer y charlar. Yo iba por la tarde a su casa, todos los
viernes, probablemente tuviera una hora de la tarde, incluso, también por la
mañana, cuando terminaba de hacer los mandados. El último pulóver que pudo
tejerme fue el de los doce años. Me acuerdo bien porque me llevó a la mercería
para que eligiera el color y el tipo de lana. Mis dos colores favoritos cuando
era chica eran el violeta y el fucsia. Entonces elegí el fucsia cuando lo vi en
el estante. La lana era preciosa, muy suave. Después supe que se llamaba mohair
(¿se escribirá así?) Digo que fue el último por la vista, porque no podía fijar
tanto en el tejido. Yo quise aprender pero nunca me salió o por lo menos cuando
lo intenté porque en la escuela teníamos una hora semanal de actividades prácticas;
en esa hora aprendimos a coser, bordar y tejer. Hacíamos delantales de cocina,
repasadores, escarpines, fundas para almohadones. Con una aguja me llevaba
mejor para tejer y ella, pero sobre todo mi tía abuela Dora, tuvo la paciencia
de enseñarme la cadenita, el medio punto y el punto bareta. (¿se escribe así?)
Mi tía Graciela también tejía, pero tejía pulóveres o chalecos o boinas para
ella. No me acuerdo que nos haya tejido algo a nosotras; tampoco que ella se
haya comprado alguna vez un pulóver. Creo que si no fuera porque no tenía tanto
tiempo, se hubiese hecho la ropa también. Era artista, y sus manos tenían el
don de hacer lo que quisiera: desde esculturas, grabados y papel hasta tortas y
pastas.
Pasó también que en el Liceo vi a una señora
tejiendo. Son las mamás o abuelas que viven lejos y no pueden volver, entonces
se quedan esperando a que terminen las clases para volver con sus chicos. Es
lindo ver que llega el frío y hay alguna mujer que vuelve al tejido, al punto
jersey y al santa clara. Mi pulóver fucsia, el que mi abuela me tejió cuando
tenía doce años está en mi placard. Estoy pensando en volverlo a usar porque no
crecí desde los doce. Lo saqué al patio una mañana de sol. También tengo la
bufanda. Es el recuerdo vívido de mi abuela porque no tengo fotos de ella y
hace mucho que murió. Me recuerda que tengo una historia que me conecta a mi
pasado, a esa etapa en que todavía era nieta y era chica. No había apuro, no
había más que el horario fijo de la escuela. Mayo y los pulóveres. Qué bueno que
haya mujeres en la mercería comprando lanas.
Miércoles
23 de mayo:
“Algunos psicoanalistas dicen que la muerte
del padre es productiva. Hay duelos cuyo efecto es el silencio y duelos cuyo
efecto es la palabra y la acción, y el del padre va por ese lado”, dice Mauro Libertella
en una entrevista para Clarín titulada “Traición, perdón, emoción. Cómo escribir sobre el padre”. (16/6/2014) La muerte de papá significó
ambos procesos; por un lado, el silencio y por el otro, la palabra y la acción.
Es cierto que hay que vivir para poder escribir y cuando no se ve ese
horizonte, el de la escritura, porque otro panorama es el que determina quién es
uno en la historia del otro. La palabra no toma forma de palabra subjetiva.
Mucho tiempo leí y escribí en función de lo que había que decir sobre lo que
otro había escrito. La muerte de papá, y antes, el tener plena conciencia de
que su vida tenía un fin, significó mirar para adentro, sentir el dolor desde
el lugar de la emoción, desde el lugar de quien ve su vida en el otro, la
historia de uno en el otro, el otro en la historia de uno, las marcas del otro,
mi padre, mi enojo con él, por tener que morirse. Entonces, después de ese
largo silencio que es la muerte del otro en una, entonces sí, la palabra fue
acción.
Jueves 24 de mayo:
Ayer entrevisté a Alfredo para la radio. Va a presentar un libro. Le
pregunté por su nieto y me contó que lo ve en horas de la siesta. El gurrumín
(qué palabra linda) lo pone a prueba con las historias: quiere que le cuente
una leyenda o un cuento de miedo y que no se repita. Si el inicio de la
historia se parece a otra, le dice: “Ah, otra vez un zombi” y el pobre Alfredo
tiene que buscar y buscar historias, reinventarlas para D. Tiene a quién salir
su nieto, digo por lo memorioso. Cuando me contacté años antes con él para
invitarlo a un desayuno literario en la escuela, se acordó cuando lo había
invitado en el año 97 para el cierre de mi práctica docente en la Escuela
Normal. Habíamos trabajado cuentos con mi compañero de práctica, entre ellos,
algunos de A. y yo, que no conocía a
escritores santafesinos, di con él a través de mi mamá, porque A. era hijo de
un escribano como la mía. Los chicos le hicieron preguntas, y él concluyó la
charla contando uno de sus cuentos. A. se acordó, quince años después de este
encuentro, de un chico le había preguntado cuánto tiempo tardaba en escribir un
cuento, a lo que A. le contestó que dependía, a veces le podía llevar horas o
años. Entonces el chico le respondió que si demoraba tanto, por qué la
profesora lo obligaba a escribir un cuento en una hora. Bueno, A. se acordó de
esa conversación y de D., su nieto, se acuerda de todos
los cuentos que él le inventa. El bichito de la literatura ya lo picó a D.
J.G.

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