Miércoles 28 de febrero:
Elegí estudiar Letras porque era el camino
natural a mi vocación lectora de literatura y que luego se amplió al área del
estudio del idioma. Ése fue un amor lento, que apareció con el estudio y el
descubrimiento de otras disciplinas que en la escuela no habíamos visto, como
el Análisis del Discurso y la Semiótica. En cambio, con la literatura fue un
flechazo. Un amor como describe Julio Cortázar en Rayuela: “Como si se pudiera elegir el amor, como si no fuera un
rayo que te atraviesa el alma y te deja estaqueado en la mitad del patio”.
Pero hay otra razón por la que elegí Letras y
es porque me juré no volver a pisar el terreno de la Matemática. Hay pocas
carreras que no la tienen en su plan de estudios. Y mi lectura en aquel
entonces de los planes de estudio fue muy atenta. Porque la muy insidiosa se
mete en todas partes. Claro que una la necesita para sumar cuánto dinero hay
que extraer del Banco para pagar las cuentas o con cuánto contamos si
pretendemos tener un ahorro mínimo y queremos hacer un gasto adicional o bien, con
cuánto contamos cuando aparecen imprevistos. Digamos que el uso que le doy a la
Matemática en mi vida es bastante elemental. A partir de tercer grado de la
primaria mi relación con la Matemática se volvió árida, en especial, cuando aparecieron
las divisiones y las fracciones. Pintar conjuntos me encantaba, armar números
con el dominó también. ¿Pero qué era eso de complicarse la vida con problemas
hipotéticos? Si el problema era de Juanita que había comprado más caramelos de
los que realmente disponía para gastar era un asunto de Juanita, no mío. ¿Qué
me importaba si no se pudo comprar el chupetín?¿O que en un cine había tantas
butacas y no alcanzaba para una función de estreno? ¡Que hagan otra función y
se terminó el asunto!
Las fracciones fueron lo peor. Estoy hablando
de la primaria. Hasta dividir una torta o una pizza estaba todo bien. No me
pregunten más. Tuve la horrible experiencia de que la maestra de tercer grado
me hiciera pasar al frente para resolver una división mientras el resto de mis
compañeras me miraba. No se lo recomiendo a nadie. Mi papá me había enseñado a
dibujar palitos al lado de la anotación para darme cuenta de cuánto tenía que
multiplicar o restar pero me daba vergüenza hacerlo en el pizarrón. Entonces,
la sensación es que estaba perdida. Y parece que a la maestra no le importaba
que yo no supiera porque me dejó un buen rato ahí parada, delante de todo el
grado.
En la secundaria fue más o menos igual, nada
más que, cuando me avisaban de una prueba, sacaba libros de la biblioteca y
practicaba dos semanas antes con papá. El problema en las evaluaciones se
sumaba cuando la profesora nos daba un solo ejercicio de cada tema y a mí las
estadísticas me jugaban en contra: uno me salía bien, otro mal, uno bien, otro
mal. ¿Cómo le podía demostrar que si me daba dos ejercicios del mismo tema
podía demostrarle que bueno, a veces la pegaba? Claro, las matemáticas son
ciencias exactas. Tiene que dar el resultado esperado sí o sí. ¿Y desde cuándo
en la vida las cosas nos salen como las esperamos? ¿Acaso en la interacción con
el mundo no aparecen situaciones, circunstancias, decisiones o personas que no
habíamos previsto en el cálculo? ¿Acaso la lógica puede resolverlo todo? ¿La
Matemática tiene todas las respuestas para una mayoría anónima a quien la
incertidumbre de lo que vendrá es el pan de todos los días?
Preguntas como éstas aparecían en mi
adolescencia. Yo sabía que el camino de mi vida no estaba por esos lares a
pesar de tener un papá ingeniero. Lamentablemente, no heredé ni un gen de su
inteligencia por la matemática. ¿Qué cosa, no? ¿De adónde habrán salido mis
genes? Mi abuela me decía que siguiera la carrera de mi mamá, que estudiara
Abogacía o Escribanía, que me iba a ir bien porque era estudiosa y que dejara la
literatura como un pasatiempo, para los ratos libres. ¿Quién vive de las
letras? Una vez, una mamá del grado de mi hija me preguntó si Profesora de
Letras significaba que yo enseñaba a escribir las letras, algo así como profesora
de caligrafía. Ella no me dijo caligrafía sino que suponía que Letras era eso.
Bueno, pensé, si hubiese estado en la Edad Media, si hubiese sido hombre y
monje, tal vez sí, habría pasado mi vida como un escriba, enseñando a los
novicios a escribir las letras góticas entre las oraciones de maitines y la
hora nona. Yo le decía a mi abuela que la Abogacía me resultaba muy terrenal,
que era aburrrida para mis intereses, pero para no contradecirla, le decía que
lo estaba pensando.
Bien, me propuse no volver a toparme con la
Matemática en toda mi vida a excepción de las cuentas rudimentarias de todos
los días. Pero se ve que a ella no le terminó de cerrar eso de no mortificarme
más. Habrá pensado: “Volveré”. Como Terminator. Y volvió, la muy viva, con mis
hijos. O sea, ellos la están padeciendo como yo, en su escolaridad. No tanto S.
como M. que va a ser artista como mi tía. Yo no le digo nada para no alimentar
su vuelo hippie pero no la veo en otra parte más que sentada pintando cuadros o
dibujando.
La muy cretina se coló en mi vida,
nuevamente, sin pedirme permiso. Como ahora que estamos sufriendo porque M. fue
a rendir Matemática. Toda la materia. Un sinfín de temas. Un sinfín de números
y operaciones, y ecuaciones y raíces al no se cuánto. Mi relación con la
Matemática es más o menos como la de Voldemort en la vida de Harry Potter. Cada
tanto vuelve para perturbarnos. Y mientras le damos batalla, pienso en una
frase de una canción de Gustavo Cerati: “La poesía es la única verdad”. Y
entiendo la “poesía” como una expresión del arte, de lo ilógico que es lo que
más prima en la vida, de un pensamiento que se expande y se repliega y se
emociona en la percepción del mundo, en la percepción de cómo los artistas ven
el mundo; en ese silencio sin fronteras que es la poesía, que no cabe en el
pecho porque se nos va por las venas a todo el cuerpo, y bombea como el corazón
y late, y late.

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