domingo, 4 de marzo de 2018

Diarios Personales


Miércoles 28 de febrero:
  Elegí estudiar Letras porque era el camino natural a mi vocación lectora de literatura y que luego se amplió al área del estudio del idioma. Ése fue un amor lento, que apareció con el estudio y el descubrimiento de otras disciplinas que en la escuela no habíamos visto, como el Análisis del Discurso y la Semiótica. En cambio, con la literatura fue un flechazo. Un amor como describe Julio Cortázar en Rayuela: “Como si se pudiera elegir el amor, como si no fuera un rayo que te atraviesa el alma y te deja estaqueado en la mitad del patio”.
  Pero hay otra razón por la que elegí Letras y es porque me juré no volver a pisar el terreno de la Matemática. Hay pocas carreras que no la tienen en su plan de estudios. Y mi lectura en aquel entonces de los planes de estudio fue muy atenta. Porque la muy insidiosa se mete en todas partes. Claro que una la necesita para sumar cuánto dinero hay que extraer del Banco para pagar las cuentas o con cuánto contamos si pretendemos tener un ahorro mínimo y queremos hacer un gasto adicional o bien, con cuánto contamos cuando aparecen imprevistos. Digamos que el uso que le doy a la Matemática en mi vida es bastante elemental. A partir de tercer grado de la primaria mi relación con la Matemática se volvió árida, en especial, cuando aparecieron las divisiones y las fracciones. Pintar conjuntos me encantaba, armar números con el dominó también. ¿Pero qué era eso de complicarse la vida con problemas hipotéticos? Si el problema era de Juanita que había comprado más caramelos de los que realmente disponía para gastar era un asunto de Juanita, no mío. ¿Qué me importaba si no se pudo comprar el chupetín?¿O que en un cine había tantas butacas y no alcanzaba para una función de estreno? ¡Que hagan otra función y se terminó el asunto! 
  Las fracciones fueron lo peor. Estoy hablando de la primaria. Hasta dividir una torta o una pizza estaba todo bien. No me pregunten más. Tuve la horrible experiencia de que la maestra de tercer grado me hiciera pasar al frente para resolver una división mientras el resto de mis compañeras me miraba. No se lo recomiendo a nadie. Mi papá me había enseñado a dibujar palitos al lado de la anotación para darme cuenta de cuánto tenía que multiplicar o restar pero me daba vergüenza hacerlo en el pizarrón. Entonces, la sensación es que estaba perdida. Y parece que a la maestra no le importaba que yo no supiera porque me dejó un buen rato ahí parada, delante de todo el grado.
   En la secundaria fue más o menos igual, nada más que, cuando me avisaban de una prueba, sacaba libros de la biblioteca y practicaba dos semanas antes con papá. El problema en las evaluaciones se sumaba cuando la profesora nos daba un solo ejercicio de cada tema y a mí las estadísticas me jugaban en contra: uno me salía bien, otro mal, uno bien, otro mal. ¿Cómo le podía demostrar que si me daba dos ejercicios del mismo tema podía demostrarle que bueno, a veces la pegaba? Claro, las matemáticas son ciencias exactas. Tiene que dar el resultado esperado sí o sí. ¿Y desde cuándo en la vida las cosas nos salen como las esperamos? ¿Acaso en la interacción con el mundo no aparecen situaciones, circunstancias, decisiones o personas que no habíamos previsto en el cálculo? ¿Acaso la lógica puede resolverlo todo? ¿La Matemática tiene todas las respuestas para una mayoría anónima a quien la incertidumbre de lo que vendrá es el pan de todos los días?
  Preguntas como éstas aparecían en mi adolescencia. Yo sabía que el camino de mi vida no estaba por esos lares a pesar de tener un papá ingeniero. Lamentablemente, no heredé ni un gen de su inteligencia por la matemática. ¿Qué cosa, no? ¿De adónde habrán salido mis genes? Mi abuela me decía que siguiera la carrera de mi mamá, que estudiara Abogacía o Escribanía, que me iba a ir bien porque era estudiosa y que dejara la literatura como un pasatiempo, para los ratos libres. ¿Quién vive de las letras? Una vez, una mamá del grado de mi hija me preguntó si Profesora de Letras significaba que yo enseñaba a escribir las letras, algo así como profesora de caligrafía. Ella no me dijo caligrafía sino que suponía que Letras era eso. Bueno, pensé, si hubiese estado en la Edad Media, si hubiese sido hombre y monje, tal vez sí, habría pasado mi vida como un escriba, enseñando a los novicios a escribir las letras góticas entre las oraciones de maitines y la hora nona. Yo le decía a mi abuela que la Abogacía me resultaba muy terrenal, que era aburrrida para mis intereses, pero para no contradecirla, le decía que lo estaba pensando.
  Bien, me propuse no volver a toparme con la Matemática en toda mi vida a excepción de las cuentas rudimentarias de todos los días. Pero se ve que a ella no le terminó de cerrar eso de no mortificarme más. Habrá pensado: “Volveré”. Como Terminator. Y volvió, la muy viva, con mis hijos. O sea, ellos la están padeciendo como yo, en su escolaridad. No tanto S. como M. que va a ser artista como mi tía. Yo no le digo nada para no alimentar su vuelo hippie pero no la veo en otra parte más que sentada pintando cuadros o dibujando. 
  La muy cretina se coló en mi vida, nuevamente, sin pedirme permiso. Como ahora que estamos sufriendo porque M. fue a rendir Matemática. Toda la materia. Un sinfín de temas. Un sinfín de números y operaciones, y ecuaciones y raíces al no se cuánto. Mi relación con la Matemática es más o menos como la de Voldemort en la vida de Harry Potter. Cada tanto vuelve para perturbarnos. Y mientras le damos batalla, pienso en una frase de una canción de Gustavo Cerati: “La poesía es la única verdad”. Y entiendo la “poesía” como una expresión del arte, de lo ilógico que es lo que más prima en la vida, de un pensamiento que se expande y se repliega y se emociona en la percepción del mundo, en la percepción de cómo los artistas ven el mundo; en ese silencio sin fronteras que es la poesía, que no cabe en el pecho porque se nos va por las venas a todo el cuerpo, y bombea como el corazón y late, y late.
                                                                           J.G.





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