miércoles, 25 de abril de 2018
Microrrelato
El beso.
El jinete corrió por los campos, los campos cultivados y los otros,
aquellos hechos de jirones de cardos y encinas. Sabía que la Bella lo esperaba.
No porque ella lo hubiera llamado, dada su condición de durmiente, sino porque
la profecía debía cumplirse.
Cuando entró al palacio, el laberinto cobró su forma. Y fue otro campo
minado, como el que aparecía cruzando el portal. Al verla, dejó las armas a un
costado. Había imaginado muchas veces el encuentro. Abrió los postigos, corrió
los cortinajes pesados y macilentos. Cuando se inclinó para besarla, comprobó,
con horror, que el aliento de la Bella corroboraba los cien años de encierro.
J.G.
lunes, 2 de abril de 2018
Malvinas
La que espera
Olga apagó la radio. Era hora de cerrar el patio, pero antes tenía que entrar la
ropa del tendedero. Hacía años que vivía sola. Roberto, el hijo mayor, venía
dos veces por semana. La llevaba a cobrar la jubilación al Banco y al médico.
Podía repasar la casa, que era chica, sin mucho esfuerzo. Si las piernas dolían
por la artrosis entonces no barría ni tendía la cama. A veces ayudaba la nuera
con las compras o con el repaso del baño. Las manos y la vista estaban bastante
bien, todavía podía hacer trabajos de costura. A Roberto mucho no le gustaba
porque no lo veía como una necesidad. Pero a Olga sí, porque venía gente a casa
y ella tenía con quién hablar. Las vecinas la recomendaban, era buena con los
ruedos. En época de casamientos y recepciones, que más o menos se juntaban
entre septiembre y febrero, tenía trabajo. A las jovencitas, como les decía,
las hacía subir en un cajón de madera para tomarles la parte de abajo del
vestido y no tenía que agacharse. Con inclinarse un poco para abajo, sentada,
estaba bien. Las citaba antes de las seis de la tarde porque así tenía la luz
natural que entraba del patio. Después, cuando anochecía, dejaba la costura
para el otro día porque con la luz del velador le era imposible concentrarse.
Había una hora del día en la que ya no podía hacer mucho más y era entre las
siete y las ocho de la noche. A esa hora, prendía una vela cerca del altarcito
donde reposaba la foto del hijo. La foto y una planta, estampitas de la Virgen de
Lourdes y del Sagrado Corazón. En realidad no eran estampitas sino imágenes
enmarcadas en la pared, como el retrato del hijo. A esa hora, Olga prendía una
vela y rezaba un rosario, porque un atardecer, entre las siete y las ocho de la
noche, se enteró de que Ramiro estaba desaparecido. Fue hace treinta y seis años. Cuando le tocaron el timbre
ella estaba escuchando la radio, rezando para que el locutor no mencione el
nombre del hijo. Y no lo escuchó porque en la radio no lo nombraron. No
apareció en la radio pero sí en boca de un hombre vestido de verde que tocó el timbre
de su puerta. Que Ramiro estaba desaparecido luego de un ataque aéreo, eso
dijo.
Después de la rendición, otras familias, como la de Olga, esperaron el día en que los hijos iban a volver. La mayoría en el batallón de Santo Tomé. Pero el hijo no estaba por más que revisaron la lista. “Está desaparecido”, dijeron. Desde ese tiempo hasta que confirmaron que Ramiro había muerto, Olga le rogó a la Virgen que la cuide por el otro, el que le había quedado. Que le baje las piernas de la cama, le rogaba. Que la ayude a levantarse y hacerle el desayuno al hijo, y el almuerzo y lo que quedaba del día, que la ayude la Virgen de Lourdes para no morirse de dolor. Porque había otro hijo tan pequeño como el que se había ido a la guerra. Tan pequeño como la palma de su mano, si es que siguen siendo así de pequeños los hijos en el regazo de la mujer.
Durante años, Olga esperó que le dijeran la verdad. Que de todas las cruces blancas que vio la única vez que viajó a las islas una era la cruz de su hijo. Ni el viento ni las lágrimas ni el ruego a la Virgen se los dijeron. Había tantas sin nombrar. Y ella era una madre como otras, inclinada, casi la cara en la tierra, midiendo los pasos de la muerte. No quiso volver. No hasta que supiera dónde estaba el hijo. Mientras, mantendría las cosas en orden, el dormitorio de Ramiro con su cama, su bicicleta en la pared, los afiches del mundial del ’78, la ropa planchada en el placard. Así, cambiando las sábanas, pasando el plumero en los rincones, espantaría el vacío para no volverse loca, para mantenerse viva por el otro hijo que le quedó. La Virgen de Lourdes la iba a ayudar porque siempre lo hizo. Roberto creció, se hizo hombre, formó su familia. Los años pasaron. Llegaron los nietos, Quique se fue. Pero ella sabía que no era su momento, tenía que aguantar, un poco más. Entonces llegó. Como los pájaros cuando eligen un nido para empollar. Llegó la carta con el sello de la Cruz Roja. Llegó Ramiro a darle un abrazo, como el último que se dieron. Porque ahora sí, el hijo tenía nombre. Su nombre y una cruz blanca en las islas.
Después de la rendición, otras familias, como la de Olga, esperaron el día en que los hijos iban a volver. La mayoría en el batallón de Santo Tomé. Pero el hijo no estaba por más que revisaron la lista. “Está desaparecido”, dijeron. Desde ese tiempo hasta que confirmaron que Ramiro había muerto, Olga le rogó a la Virgen que la cuide por el otro, el que le había quedado. Que le baje las piernas de la cama, le rogaba. Que la ayude a levantarse y hacerle el desayuno al hijo, y el almuerzo y lo que quedaba del día, que la ayude la Virgen de Lourdes para no morirse de dolor. Porque había otro hijo tan pequeño como el que se había ido a la guerra. Tan pequeño como la palma de su mano, si es que siguen siendo así de pequeños los hijos en el regazo de la mujer.
Durante años, Olga esperó que le dijeran la verdad. Que de todas las cruces blancas que vio la única vez que viajó a las islas una era la cruz de su hijo. Ni el viento ni las lágrimas ni el ruego a la Virgen se los dijeron. Había tantas sin nombrar. Y ella era una madre como otras, inclinada, casi la cara en la tierra, midiendo los pasos de la muerte. No quiso volver. No hasta que supiera dónde estaba el hijo. Mientras, mantendría las cosas en orden, el dormitorio de Ramiro con su cama, su bicicleta en la pared, los afiches del mundial del ’78, la ropa planchada en el placard. Así, cambiando las sábanas, pasando el plumero en los rincones, espantaría el vacío para no volverse loca, para mantenerse viva por el otro hijo que le quedó. La Virgen de Lourdes la iba a ayudar porque siempre lo hizo. Roberto creció, se hizo hombre, formó su familia. Los años pasaron. Llegaron los nietos, Quique se fue. Pero ella sabía que no era su momento, tenía que aguantar, un poco más. Entonces llegó. Como los pájaros cuando eligen un nido para empollar. Llegó la carta con el sello de la Cruz Roja. Llegó Ramiro a darle un abrazo, como el último que se dieron. Porque ahora sí, el hijo tenía nombre. Su nombre y una cruz blanca en las islas.
J.G.
![]() |
| Foto: DyN |
domingo, 25 de marzo de 2018
“Aquello
que te detiene y te espanta, es el poema.
Él quiere pasar por aquí”.
R.G.Aguirre
Él quiere
pasar por aquí,
el poema.
La nada entumece
las
piernas y el andar me declina en la tarde
como una
rama.
Es decir,
el poema que no dice
está aquí
y no sé cómo nombrarlo.
Eso es
todo.
Y sin embargo,
todo es
lo que me basta y me inquieta.
El aquí encierra un aire de dicha
salvo que la sombra, una línea
vertical
me acalle.
¿Y si el
ocaso enciente, subrepticiamente,
lo que no
debo?
Entonces,
cerraré los ojos.
¿Y si el
ocaso atrae, en su andar viril
los pasos
del deseo?
entonces,
me dejaré caer.
El borde
en el que se detienen todas la cosas,
los que
conocen las verdades
y las
venden en vetustas vitrinas,
el borde
en que me ausento y todas las cosas
que me
atan se agrandan, se enroscan,
el borde
en que las manos se aferran y resbalan
porque no
pueden sostenerlas, ni la voluntad
ni el
desasosiego,
el borde
es una mancha y otra en lo profundo y efímero.
¿Por qué entonces, este peso en el
centro,
Por qué no puede
salirse de sí misma
esta
intolerable ausencia,
Por qué,
entonces, me digo,
la
realidad es la entidad que no puedo comprender y amar?
sábado, 17 de marzo de 2018
Diarios Personales
Viernes 16 de marzo:
¿Qué pasa cuando una saca un turno con el
ginecólogo y tiene que esperar más o menos un mes y cuando se cumple el día y
la hora la secretaria del ginecólogo nos dice que el doctor no está pero hay un
reemplazante? ¿Qué debe hacerse? ¿Tomar el turno o dejarlo? ¿Arriesgarse con un
médico desconocido o sacar otro turno? ¿Y si pasa de nuevo que el doctor no
está? Bien, esto ocurrió hoy. Decidí quedarme porque bastante me embroma perder
tiempo haciendo estudios extra. Ya estoy acá. No dormí la siesta ni la voy a
dormir cuando llegue. Son las cinco de la tarde. Trabajé como condenada durante
la semana y la cierro con un turno médico. Voy a la sala de espera. Para
contrarrestar la mufa me llevé auriculares para escuchar música. Tengo cansada
la vista. No voy a leer. En la sala de espera la gente hace lo mismo: escucha
música o navega en las redes. Se abre la puerta del consultorio. El doctor
reemplazante despide a una paciente y llama a otro que resulta ser un hombre
joven. Supongo que vendrá de parte de la novia. No demora. Abre la puerta
nuevamente y llama a una mujer. Los asientos se desocupan de mi lado y me
acerco a la puerta. Sospecho que la próxima soy yo. Por la voz no puedo
identificar si es un doctor joven o mayor. No se lo ve. Siete minutos más tarde
se desocupa la señora. Qué raro, pienso, va muy rápido. La siguiente paciente
soy yo. Ahora bien, la experiencia que he tenido con los médicos fue casi como
la de padre e hija o la de hermano mayor, digo, por la edad. Pero qué ocurre
cuando el médico reemplazante es menor que una, digamos, diez años menos, mida
un metro noventa, sea morocho y robusto, como si hubiese venido a la clínica
después del gimnasio o de un paseo en una lancha de lujo al estilo de las
mejores colonias masculinas como Old and Spice o Polo? Tragué saliva pero
disimulé mi consternación. ¿Tendré que hacerme un Pap con este muchacho?
¿Tendré que hablar de mis partes íntimas con un modelo de Ralph Lauren? ¿Por qué me pasa esto a mí?
El doctor examinó el estudio y los
anteriores. Minimizó un quiste. Me dio a entender que de no crecer podré seguir
haciendo el chequeo una vez al año. Estamos hablando de una ecografía mamaria.
Qué bueno que no se detuvo en las radiografías y sólo en los informes ininteligibles
de la médica ecógrafa. Y luego la pregunta tan temida. ¿Cuándo te hiciste el
último Pap? Él no me mira a los ojos en ese momento. Yo tampoco lo miro.
Contesto mirando para abajo como hacen mis alumnos cuando hago una pregunta y
no quieren que los nombre. Una pone cara de “a mí no me toca, a mí no me mire”
pero en el consultorio la única paciente soy yo y el modelo de Ralph Lauren a
punto de pedirme que vaya al baño para hacerme el Pap. A fines de julio del año
pasado, le digo, sumando diez días más a julio. Ah, entonces tenés que volver
en julio. Ah. Contesto. ¿Es al año que se hace? Sí, venite en julio y en agosto
repetís este estudio. Bien. No hay más que decir. Amago con levantarme y me
levanto. El modelo también se levanta. Me dice “Bueno, un gusto”. Gracias,
igualmente, contesto yo. Ahí la pifié. ¿Cómo le voy a decir que fue bueno
conocerlo, dándole a entender que está más bueno que el pan caliente o como si
estuviéramos en no sé, una reunión informativa o una charla de colegas, ¿le
habrá parecido amable o fui atrevida? Qué sé yo. No importa. Lo que importó es
que no me hice el Pap. Y que vuelvo en julio. Ojalá el doctor no falte.
J.G.domingo, 4 de marzo de 2018
Diarios Personales
Miércoles 28 de febrero:
Elegí estudiar Letras porque era el camino
natural a mi vocación lectora de literatura y que luego se amplió al área del
estudio del idioma. Ése fue un amor lento, que apareció con el estudio y el
descubrimiento de otras disciplinas que en la escuela no habíamos visto, como
el Análisis del Discurso y la Semiótica. En cambio, con la literatura fue un
flechazo. Un amor como describe Julio Cortázar en Rayuela: “Como si se pudiera elegir el amor, como si no fuera un
rayo que te atraviesa el alma y te deja estaqueado en la mitad del patio”.
Pero hay otra razón por la que elegí Letras y
es porque me juré no volver a pisar el terreno de la Matemática. Hay pocas
carreras que no la tienen en su plan de estudios. Y mi lectura en aquel
entonces de los planes de estudio fue muy atenta. Porque la muy insidiosa se
mete en todas partes. Claro que una la necesita para sumar cuánto dinero hay
que extraer del Banco para pagar las cuentas o con cuánto contamos si
pretendemos tener un ahorro mínimo y queremos hacer un gasto adicional o bien, con
cuánto contamos cuando aparecen imprevistos. Digamos que el uso que le doy a la
Matemática en mi vida es bastante elemental. A partir de tercer grado de la
primaria mi relación con la Matemática se volvió árida, en especial, cuando aparecieron
las divisiones y las fracciones. Pintar conjuntos me encantaba, armar números
con el dominó también. ¿Pero qué era eso de complicarse la vida con problemas
hipotéticos? Si el problema era de Juanita que había comprado más caramelos de
los que realmente disponía para gastar era un asunto de Juanita, no mío. ¿Qué
me importaba si no se pudo comprar el chupetín?¿O que en un cine había tantas
butacas y no alcanzaba para una función de estreno? ¡Que hagan otra función y
se terminó el asunto!
Las fracciones fueron lo peor. Estoy hablando
de la primaria. Hasta dividir una torta o una pizza estaba todo bien. No me
pregunten más. Tuve la horrible experiencia de que la maestra de tercer grado
me hiciera pasar al frente para resolver una división mientras el resto de mis
compañeras me miraba. No se lo recomiendo a nadie. Mi papá me había enseñado a
dibujar palitos al lado de la anotación para darme cuenta de cuánto tenía que
multiplicar o restar pero me daba vergüenza hacerlo en el pizarrón. Entonces,
la sensación es que estaba perdida. Y parece que a la maestra no le importaba
que yo no supiera porque me dejó un buen rato ahí parada, delante de todo el
grado.
En la secundaria fue más o menos igual, nada
más que, cuando me avisaban de una prueba, sacaba libros de la biblioteca y
practicaba dos semanas antes con papá. El problema en las evaluaciones se
sumaba cuando la profesora nos daba un solo ejercicio de cada tema y a mí las
estadísticas me jugaban en contra: uno me salía bien, otro mal, uno bien, otro
mal. ¿Cómo le podía demostrar que si me daba dos ejercicios del mismo tema
podía demostrarle que bueno, a veces la pegaba? Claro, las matemáticas son
ciencias exactas. Tiene que dar el resultado esperado sí o sí. ¿Y desde cuándo
en la vida las cosas nos salen como las esperamos? ¿Acaso en la interacción con
el mundo no aparecen situaciones, circunstancias, decisiones o personas que no
habíamos previsto en el cálculo? ¿Acaso la lógica puede resolverlo todo? ¿La
Matemática tiene todas las respuestas para una mayoría anónima a quien la
incertidumbre de lo que vendrá es el pan de todos los días?
Preguntas como éstas aparecían en mi
adolescencia. Yo sabía que el camino de mi vida no estaba por esos lares a
pesar de tener un papá ingeniero. Lamentablemente, no heredé ni un gen de su
inteligencia por la matemática. ¿Qué cosa, no? ¿De adónde habrán salido mis
genes? Mi abuela me decía que siguiera la carrera de mi mamá, que estudiara
Abogacía o Escribanía, que me iba a ir bien porque era estudiosa y que dejara la
literatura como un pasatiempo, para los ratos libres. ¿Quién vive de las
letras? Una vez, una mamá del grado de mi hija me preguntó si Profesora de
Letras significaba que yo enseñaba a escribir las letras, algo así como profesora
de caligrafía. Ella no me dijo caligrafía sino que suponía que Letras era eso.
Bueno, pensé, si hubiese estado en la Edad Media, si hubiese sido hombre y
monje, tal vez sí, habría pasado mi vida como un escriba, enseñando a los
novicios a escribir las letras góticas entre las oraciones de maitines y la
hora nona. Yo le decía a mi abuela que la Abogacía me resultaba muy terrenal,
que era aburrrida para mis intereses, pero para no contradecirla, le decía que
lo estaba pensando.
Bien, me propuse no volver a toparme con la
Matemática en toda mi vida a excepción de las cuentas rudimentarias de todos
los días. Pero se ve que a ella no le terminó de cerrar eso de no mortificarme
más. Habrá pensado: “Volveré”. Como Terminator. Y volvió, la muy viva, con mis
hijos. O sea, ellos la están padeciendo como yo, en su escolaridad. No tanto S.
como M. que va a ser artista como mi tía. Yo no le digo nada para no alimentar
su vuelo hippie pero no la veo en otra parte más que sentada pintando cuadros o
dibujando.
La muy cretina se coló en mi vida,
nuevamente, sin pedirme permiso. Como ahora que estamos sufriendo porque M. fue
a rendir Matemática. Toda la materia. Un sinfín de temas. Un sinfín de números
y operaciones, y ecuaciones y raíces al no se cuánto. Mi relación con la
Matemática es más o menos como la de Voldemort en la vida de Harry Potter. Cada
tanto vuelve para perturbarnos. Y mientras le damos batalla, pienso en una
frase de una canción de Gustavo Cerati: “La poesía es la única verdad”. Y
entiendo la “poesía” como una expresión del arte, de lo ilógico que es lo que
más prima en la vida, de un pensamiento que se expande y se repliega y se
emociona en la percepción del mundo, en la percepción de cómo los artistas ven
el mundo; en ese silencio sin fronteras que es la poesía, que no cabe en el
pecho porque se nos va por las venas a todo el cuerpo, y bombea como el corazón
y late, y late.
Diarios Personales
Domingo 25 de febrero:
Hoy temprano en la mañana, después de
haberme despertado y esperar a volver a dormirme, situación que a veces se
vuelve incómoda, soñé con mi madrina. Murió el año pasado. ¿Por qué será que
vuelven, los muertos a visitarme? Como siempre, están sanos, llenos de vida.
Ella hablaba por teléfono, no me veía. Vestía una remera celeste cielo, como
sus ojos. No estaba tan pesada, como en los últimos años. Si bien no fue, una
madrina presente, dadas las circunstancias familiares de constantes
distanciamientos por rencillas de la que no formé parte, me abrió su biblioteca
cuando estudiaba Letras. Ella también estudió la carrera y se recibió pero en
la Católica. En vida, trabajaba mucho. Durante el día, en la obra social de los
médicos, y por la noche en las escuelas nocturnas para adultos. Su biblioteca
contaba muchísimos libros, en particular, de literatura latinoamericana. Su
tesis consistió en estudiar Cien años de soledad años después de su
publicación, o sea que contaba con un material que, en algunos casos, estaba
agotado. Cuando no conseguía todo lo que me pedían los profesores y las
bibliotecas de la Facultad o la Pedagógica no tenían lo que buscaba, la tercera
opción era su biblioteca. Tenía dos: una en el pequeño escritorio de mi tía
abuela que vivía abajo, y la otra en su casa que estaba en la planta alta. A
veces pedía permiso con anticipación, porque tenía que ir cuando no había
nadie, excepto mi tía abuela que no salía a ninguna parte. Me sentía como una
ladrona de libros, eso de entrar a una casa vacía, a la intimidad de otro
ausente. Y sin embargo, el poder de los títulos de la biblioteca podía más que
la situación incómoda de llevarme libros sin decirle adiós al dueño. Bien, yo
creo que A.apareció para decirme que está bien, ocupada, trabajando, quién sabe
adónde.
Lunes 26 de Febrero:
Ahora papá. No puede ser. Dos días seguidos
no es común. Estábamos en Buenos Aires y debíamos volver a Santa Fe. Yo le
decía, mientras él conducía un auto, sonriéndome, que teníamos que volver al
hotel porque había dejado la billetera y porque nos tenían que dar una porción
de torta. Él no me hablaba, sólo sonreía. Damos dos o tres vueltas a la manzana
y me deja en el hotel. La billetera no estaba, supuse, en el sueño, que la
tenía en algún lugar del equipaje. Le pregunté a un hombre del hotel con chaleco
y moñito que me faltaba la porción de torta. Me dijo que enseguida me la
preparaba para llevar. ¿Desde cuándo tan glotona yo? El despertador sonó y me
desperté. Es raro que aparezcan dos días seguidos. Supongo que los miedos
inconscientes se manifiestan de esta forma.
Hoy tengo que cumplir el horario en el Liceo.
No es habitual un lunes y menos hacer el recorrido a pie. Siempre lo hago así a
la vuelta. Como tengo que observar con más detalle para escribir un texto,
presto atención al tramo que va desde Calchines y Belgrano, por un lado, y
Marcial Candioti y Avenida Alem, por el otro. No hay taller mecánico sino una
obra en construcción con obreros en la puerta. La obra que pensé que estaba
parada está por terminarse. Se ve que en estos días sacaron las chapas que la
tapaban y ahora hay posibilidad de doblar la esquina Calchines y Marcial
Candioti sin bajar a la vereda. Por Marcial Candioti veo un negocio con letras
grandes, no sé qué vende. Se llama Casa Edel. La cabeza se disparó a un
personaje olvidado en la memoria: la tutora Edelma de Segundo Año de la
secundaria. Cómo la odié. Nos llamaba de a una en horas de clase para charlar
sobre nuestras cosas. Como una boba le contaba lo poco que hacía fuera de
clases; ir a Inglés durante el año y juntarme con mis amigas. Me preguntó si
tenía novio. Le dije que más o menos, que andaba con un chico. Qué hace ella,
llama a mis padres que van a la cita preocupados, pensando que tal vez yo
estuviera metida en algo raro, supongo que alguna secta masónica o estuviera
pensando en la vocación religiosa y ella ¿qué hace? Les cuenta que yo ando con
un chico y que es medio secreto el asunto. –Pero nosotros sabíamos-le dice mi
mamá. O sea que la muy buchona se ganaba nuestra confianza para justificar su
cargo porque otra cosa no hacía más que “entrevistarnos”. Desde ese entonces me
costó horrores sonreírle. Aprendí el oficio de la simulación. Para colmo de
males, mi madre se atendía con el marido que era odontólogo. El consultorio
estaba cerca de casa. No sé por qué termino sola, una tarde, ahí. ¿Que me
molestaba una muela? No me acuerdo. Lo peor fue enterarme, cuando toqué el
timbre, que la secretaria era…Edelma, o sea, la esposa del odontólogo, mi
tutora, la buchona. El asunto no terminó en una sola consulta porque o bien estaba
con la boca hecha una bolsa de caries o el marido tenía que pagar un plus de
alquiler, lo cierto es que fui una vez por semana durante dos meses, sentándome
en la sala de espera que a esa hora estaba vacía excepto por Edelma que no
tenía otra cosa que hacer que mirar el techo y atender de vez en cuando el
teléfono. Y yo, con cara de ángel cariado, decía para mis adentros: “Edelma
buchona, algún día me las vas a cobrar” mientras hojeaba una revista para
evitar tener que hablar con ella. Muchos años después me tocaría ser tutora a
mí. Evidentemente, algo de esa experiencia me quedó porque nunca les pregunté
nada a los chicos que no me quieran contar.
J.G.
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