Domingo 25 de febrero:
Hoy temprano en la mañana, después de
haberme despertado y esperar a volver a dormirme, situación que a veces se
vuelve incómoda, soñé con mi madrina. Murió el año pasado. ¿Por qué será que
vuelven, los muertos a visitarme? Como siempre, están sanos, llenos de vida.
Ella hablaba por teléfono, no me veía. Vestía una remera celeste cielo, como
sus ojos. No estaba tan pesada, como en los últimos años. Si bien no fue, una
madrina presente, dadas las circunstancias familiares de constantes
distanciamientos por rencillas de la que no formé parte, me abrió su biblioteca
cuando estudiaba Letras. Ella también estudió la carrera y se recibió pero en
la Católica. En vida, trabajaba mucho. Durante el día, en la obra social de los
médicos, y por la noche en las escuelas nocturnas para adultos. Su biblioteca
contaba muchísimos libros, en particular, de literatura latinoamericana. Su
tesis consistió en estudiar Cien años de soledad años después de su
publicación, o sea que contaba con un material que, en algunos casos, estaba
agotado. Cuando no conseguía todo lo que me pedían los profesores y las
bibliotecas de la Facultad o la Pedagógica no tenían lo que buscaba, la tercera
opción era su biblioteca. Tenía dos: una en el pequeño escritorio de mi tía
abuela que vivía abajo, y la otra en su casa que estaba en la planta alta. A
veces pedía permiso con anticipación, porque tenía que ir cuando no había
nadie, excepto mi tía abuela que no salía a ninguna parte. Me sentía como una
ladrona de libros, eso de entrar a una casa vacía, a la intimidad de otro
ausente. Y sin embargo, el poder de los títulos de la biblioteca podía más que
la situación incómoda de llevarme libros sin decirle adiós al dueño. Bien, yo
creo que A.apareció para decirme que está bien, ocupada, trabajando, quién sabe
adónde.
Lunes 26 de Febrero:
Ahora papá. No puede ser. Dos días seguidos
no es común. Estábamos en Buenos Aires y debíamos volver a Santa Fe. Yo le
decía, mientras él conducía un auto, sonriéndome, que teníamos que volver al
hotel porque había dejado la billetera y porque nos tenían que dar una porción
de torta. Él no me hablaba, sólo sonreía. Damos dos o tres vueltas a la manzana
y me deja en el hotel. La billetera no estaba, supuse, en el sueño, que la
tenía en algún lugar del equipaje. Le pregunté a un hombre del hotel con chaleco
y moñito que me faltaba la porción de torta. Me dijo que enseguida me la
preparaba para llevar. ¿Desde cuándo tan glotona yo? El despertador sonó y me
desperté. Es raro que aparezcan dos días seguidos. Supongo que los miedos
inconscientes se manifiestan de esta forma.
Hoy tengo que cumplir el horario en el Liceo.
No es habitual un lunes y menos hacer el recorrido a pie. Siempre lo hago así a
la vuelta. Como tengo que observar con más detalle para escribir un texto,
presto atención al tramo que va desde Calchines y Belgrano, por un lado, y
Marcial Candioti y Avenida Alem, por el otro. No hay taller mecánico sino una
obra en construcción con obreros en la puerta. La obra que pensé que estaba
parada está por terminarse. Se ve que en estos días sacaron las chapas que la
tapaban y ahora hay posibilidad de doblar la esquina Calchines y Marcial
Candioti sin bajar a la vereda. Por Marcial Candioti veo un negocio con letras
grandes, no sé qué vende. Se llama Casa Edel. La cabeza se disparó a un
personaje olvidado en la memoria: la tutora Edelma de Segundo Año de la
secundaria. Cómo la odié. Nos llamaba de a una en horas de clase para charlar
sobre nuestras cosas. Como una boba le contaba lo poco que hacía fuera de
clases; ir a Inglés durante el año y juntarme con mis amigas. Me preguntó si
tenía novio. Le dije que más o menos, que andaba con un chico. Qué hace ella,
llama a mis padres que van a la cita preocupados, pensando que tal vez yo
estuviera metida en algo raro, supongo que alguna secta masónica o estuviera
pensando en la vocación religiosa y ella ¿qué hace? Les cuenta que yo ando con
un chico y que es medio secreto el asunto. –Pero nosotros sabíamos-le dice mi
mamá. O sea que la muy buchona se ganaba nuestra confianza para justificar su
cargo porque otra cosa no hacía más que “entrevistarnos”. Desde ese entonces me
costó horrores sonreírle. Aprendí el oficio de la simulación. Para colmo de
males, mi madre se atendía con el marido que era odontólogo. El consultorio
estaba cerca de casa. No sé por qué termino sola, una tarde, ahí. ¿Que me
molestaba una muela? No me acuerdo. Lo peor fue enterarme, cuando toqué el
timbre, que la secretaria era…Edelma, o sea, la esposa del odontólogo, mi
tutora, la buchona. El asunto no terminó en una sola consulta porque o bien estaba
con la boca hecha una bolsa de caries o el marido tenía que pagar un plus de
alquiler, lo cierto es que fui una vez por semana durante dos meses, sentándome
en la sala de espera que a esa hora estaba vacía excepto por Edelma que no
tenía otra cosa que hacer que mirar el techo y atender de vez en cuando el
teléfono. Y yo, con cara de ángel cariado, decía para mis adentros: “Edelma
buchona, algún día me las vas a cobrar” mientras hojeaba una revista para
evitar tener que hablar con ella. Muchos años después me tocaría ser tutora a
mí. Evidentemente, algo de esa experiencia me quedó porque nunca les pregunté
nada a los chicos que no me quieran contar.
J.G.

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