domingo, 28 de mayo de 2017

Texto no incluido en la versión original de Las mil y una noches correspondiente al cuento de Aladino y la lámpara maravillosa.

   Cuando el sultán le dijo a la madre de Aladino que quería ochenta bandejas de oro con piedras preciosas incrustadas en los bordes y cubiertas de los más exquisitos manjares, Aladino comprendió que tendría que conquistar al padre de la princesa Brudulbudura, o sea,  a su futuro suegro, a través del estómago. Es por ello que no dudó en consultar al genio de la lámpara, quien, a su vez, contaba con un séquito de sirvientes cocineros para grandes banquetes.  (Nunca se supo dónde es que el genio tenía la cocina para semejantes preparativos). Éstas son algunas comidas que fueron ofrecidas al sultán para halagarlo:

-Ensalada de perejil picado conocida hasta el día de hoy como tabule,
-Puré de berenjenas,
-Cordero a las finas hierbas,
-Ensalada de queso de cabra rallado,
-Pepinos asados con salsa de curry y menta,
-Arroz azafranado,
-Puré de garbanzos con pancitos crujientes,
-Torta de manzana con canela,
-Yogur de vainilla con toques leves de cacao,
    Como verás, pequeño lector, el genio de la lámpara era un experto en comida oriental. No llevó adelante su sueño de abrir una escuela de alta cocina porque su función principal de mago no le dejaba tiempo, pero en ocasiones como ésta, daba rienda suelta a toda su imaginación de cocinero. Según supo Aladino en conversaciones con el genio, aprendió todas estas recetas y muchas más en viajes por lo que hoy conocemos como Irán, el Líbano, Arabia Saudita y más allá de la India.
     Su especialidad eran los postres árabes. Aladino pronto se dio cuenta de que su futuro suegro y el genio de la lámpara tenían mucho en común: el gusto por el buen comer. Este mismo menú se repitió el día de la boda de Aladino con la princesa y también cuando regresaron sanos y salvos de África con palacio incluido. Claro que las bodas en Oriente son festejos de más de un día, así que el genio tuvo oportunidad de mostrar sus condiciones como cocinero durante el tiempo que duraron los festejos. Cuentan que fue contratado por otros sultanes con el permiso de Aladino que tuvo que acompañarlo para no perderlo de vista.
     Pasemos a describir uno de estos manjares:

Torta de manzana con canela
Ingredientes:
-1kilo de manzanas verdes,
-500 gramos de azúcar,
-250 gramos de manteca,
-500 gramos de harina,
-4 huevos,
-Canela en rama,
-Gotitas de vainilla.
    Hasta aquí son los ingredientes de la receta tradicional, pero lo que hizo que esta torta sea especial y por lo tanto, exquisita al paladar del sultán es que el genio le agregó:
-2 soplidos suaves de aceptación,
-1 toque milenario de compasión,
-4 pestañas del genio luego de su oración matinal y
-1 murmullo sutilmente pronunciado que guarda cariño incondicional.
    De esta forma, combinando los ingredientes hasta formar una pasta sin grumos, el genio fue agregando los especiales, imperceptibles a los ojos humanos (en especial las pestañas, no vaya a ser que el sultán creyera que la torta tenía pelos).
    Cuando el postre se colocó en una bandeja para que se enfríe, el genio rezó una oración a Alá pidiendo que el sultán acepte a Aladino como futuro yerno (hasta último momento, tuvo el leve temor de que, a pesar de los manjares, fuera rechazado por su humilde condición). Como sabemos, al sultán le agradó sobremanera el banquete por lo que luego de dormir una buena siesta, decidió que Aladino sería el esposo de su hija.
                                                                                 J.G.





domingo, 21 de mayo de 2017

Zorrito

 Cuando cumplí nueve años me regalaron un libro de fábulas. Un libro grande, de tapas duras color amarillo. En el centro estaba dibujado un león contándole a otros animalitos ese mismo libro que a mí me habían regalado. Lo curioso es que los animalitos eran del bosque y el león vive en la estepa; a los nueve yo no sabía muy bien dónde vivían los animales así que no venía al caso cuestionar al diagramador de la tapa. También había una tortuga (tortugas hay en todas partes, no era una tortuga marina) y muchos conejos con en Bambi, la película de Walt Disney. Todos los años recibía un regalo de una sobrina de mi abuela que tenía una librería en Rafaela. Yo no la conocía, pero ella parece que me conoció a mí de muy chica porque antes de que empezaran las clases o para mi cumpleaños me llegaba el regalo. Siempre eran cosas grandes, vistosas, que a todas las nenas de mi edad les gustaba tener como fibras de veinticuatro colores o cartucheras de dos pisos rosadas por dentro y por afuera. Ella era un hada madrina invisible. Se acercaba el fin del verano y si me animaba, le preguntaba a la abuela por esa señora que tenía en Rafaela una librería. Ni el nombre sabía. Esa vez vino el libro de tapas amarillas. Las imágenes eran muy llamativas porque parecían fotos aunque se notaban que eran dibujos; hoy diría pintura hiperrealista. Cada fábula tenía muchas ilustraciones y yo me acuerdo cuánto me detenía en observarlas. Leí ese libro muchas veces, aunque muchas fábulas no me gustaran, no porque no fueran interesantes sino porque algunas terminaban mal como la perra que le prestó su cucha a otra perra para que no se le mueran de frío los cachorros y después de un tiempo le pidió de buenas maneras que se la devuelva pero la perra le inventó una excusa de que los cachorros todavía eran chicos y se podían enfermar si dormían a cielo abierto con el frío que hacía y otra vez la perra se quedó esperando; pasó el tiempo y le volvió a pedir que le devolviera la casa pero ahora los cachorros habían crecido y le mostraron los colmillos a la pobre perra que por generosa perdió la cucha; o la historia de la rana que quiso ser más grande que el buey y se puso a soplar para adentro para agrandar el buche hasta que explotó de lo hinchada que estaba. A mí me dio impresión imaginarme a la rana en mil pedacitos pegados en cualquier lado, menos mal que no mostraron esa parte, el buey con pedacitos de rana pegados en la cara, las otras ranas espantadas metiéndose en el agua, las tripas de la rana entre los juncos, sólo se ven rayos de bum bam que imitan la explosión; qué feo debe haber sido presenciar eso, digo si yo hubiese sido otra rana o el mismo buey.
 Ese libro, el de las tapas amarillas, pasó de la biblioteca infantil a la biblioteca adolescente y más adelante, a la biblioteca que tengo conmigo, entre libros para grandes y manuales escolares. Lo guardo en el estante de los libros que leía cuando era chica junto con los dos únicos álbumes de figuritas que logré completar. En ese libro está también un personaje que desde siempre me causó fascinación y rechazo, fascinación por su astucia, y rechazo porque lo que tiene de inteligente lo usa en su provecho, ya sabrán que estoy hablando del zorro. En las únicas fábulas en que este animalito no se sale con la suya son en “La zorra y las uvas” porque no puede alcanzar las uvas por más que salta y salta y está muerta de hambre, y le hace creer al pajarito que la está viendo desde arriba de la parra que no las va a comer porque están ácidas y “En la zorra y la cigüeña” porque primero se burla del pico de la cigüeña dándole de comer una sopa en un plato playo y después la cigüeña que es una santa por la paciencia que le tiene le dá una buena lección a la zorra dándole leche en una vasija con pico alto y angosto.
 No hace mucho, cerca del puerto, en Santa Fe, apareció un zorro con la crecida del río. No vino nadando como hacen los perros, estilo gateo bajo el agua. Lo vieron caminando por la calle del dique, en la puerta de un centro comercial, muy temprano en la mañana. En realidad no era un zorro sino un aguará guazú que en guaraní significa “zorro grande”. Lo busqué en internet y es igualito al zorro pampeano, el mismo color rojizo, la panza blanca y la misma cola abultada pero con patas altas oscuras como las de un perro mediano. Capaz que sus ancestros se cruzaron, digo, una zorra y un perro del campo o de la manada de zorros un buen día nació un zorro grande y pobre lo dejaron solo por distinto, como en el cuento del patito feo. De ahí que se volvió solitario, tímido, huraño deambulando en la costa para comerse una rana o un cuis desprevenido. Prefectura lo encontró y se lo llevaron a la Granja La esmeralda que es una reserva de animales. En otra época tenían más animales, algunos muy vistosos como un yaguareté, flamencos, esos monos chiquitos que no me acuerdo cómo se llaman, muchas aves y un abultado serpentario que nunca vi porque le tengo fobia a esos bichos. Ahora tienen muchos yacarés porque los crían para la gente de la zona.
  En dicha semana el aguará guazú apareció en todos los medios. Después, como pasa con las noticias, no se supo más nada. Supongo que lo habrán alimentado en la reserva, vacunado y luego devuelto a su hábitat. A veces miro el video que circuló en las redes sociales, pobrecito el aguará guazú, buscando algo que comer en la zona de estacionamiento, la cabeza mirando hacia el horizonte, porque de zonzo no tenía nada, se daba cuenta de que estaba en un lugar que no era el suyo y para colmo no había árboles y arbustos para esconderse.
 La tercera vez que tuve un encuentro cercano con un zorro, por decirlo así, fue en la montaña, al pie del Aconcagua. Fui con la expectativa de encontrar nieve y por más que me prometieron que la iba a encontrar, ese invierno no nevó. Y si nevó ya me había vuelto a Santa Fe. Había contratado una excursión que salía desde la capital mendocina hasta la zona de esquí, Penitentes, que en las fotos de internet se veían blancos como los picos nevados de Heidi, la serie que veía por televisión cuando era chica. La última vez que había visto nieve había sido en mi viaje de egresados de la secundaria, pero era una nieve escarchada porque habíamos ido en enero. Se nos hacía agua cuando la tocábamos. No era esa nieve maciza para deslizarse con un trineo o para hacer muñecos simpáticos como el personaje Olaf de Frozen. Para ver esa nieve tenía que recorrer unos cuantos kilómetros, desde la ciudad hasta el circuito de alta montaña para verla. Cuando llegamos -nos habíamos levantado temprano, el sol brillaba y teníamos hambre de mate y bizcochos-, caímos en la cuenta de que el madrugón no se vio recompensado porque no había nieve por ningún lado. El guía le propuso al chófer que nos llevara un poco más lejos, pasando el puente del Inca, en el límite con Chile antes de que alguno de la combi empezara a chiflar como cuando esperamos que algo, un recital, por ejemplo, no empieza a la hora convenida. Seguimos unos kilómetros más. La combi se detuvo cuando apareció el cartel que indicaba que estábamos al pie de la montaña más alta del cono sur. Ahí nos dijeron que podíamos bajar, recorrer a pie una calle asfaltada, ir al baño y comer en algo en el parador. Demás está decir que tampoco vimos nieve y hacía un frío bárbaro. El viento nos helaba la nariz, los dedos y se metía en el pecho como una cuña; igual caminamos por donde nos indicaron y nos sacamos fotos tiritando. Atrás quedó la nieve, el trineo y la fantasía del muñeco con nariz de zanahoria. Teníamos hambre y frío. Nos acercamos al parador a comprar un sándwich de jamón y queso y un chocolate, agua para el mate. Con la panza llena el paisaje se vio mejor. Caminábamos rumbo a la combi cuando lo vimos. Un zorrito como el de la fábula, el pelaje colorado, la cola abultada y baja, entre las patas. Tenía un susto tremendo pero supongo que más hambre tenía el pobre para acercarse a los pocos autos. Se me ocurrió que podía darle un pedacito de jamón cocido del sandwich que estaba comiendo pero yo no soy valiente con los animales así que dejé el trocito en el piso y me alejé unos pasos. El zorro entendió el ofrecimiento y se acercó, primero tímido, y después rápido para dar el tarascón. Lo gracioso es que se sentó con las patas erguidas en un montículo de cemento unos metros más atrás, como si nada hubiese sucedido. La cabeza altiva, la mirada reconcentrada. Para desafiarlo le dejé otro pedacito de jamón en el mismo lugar y me alejé. El zorro habrá sido orgulloso pero tenía un hambre de siglos. Se acercó otra vez de la misma manera, como si fuera un perro arrepentido, dio el tarascón y otra vez a la posición de zorro de fábula. Le saqué una foto y me volví a la combi. Si no fuera por el viento, diría que parecía salido del dibujo del libro de tapas amarillas.
                                                               J.G.


Foto: Ewdin Kats





domingo, 14 de mayo de 2017

La vuelta


Retorno hacia mí
como si el tiempo
se hubiera suspendido.
¿Dónde están los pájaros
negros, los nidos, los truenos,
los grillos, los gorriones?
Qué bueno-pienso- qué bueno,
nada perturba en la cabeza,
ni afuera ni en la sombra
del almendro. La maraña de la hiedra
tapa las hojas secas.
A veces es bueno perderse así.

                             J.G.


sábado, 29 de abril de 2017

Preguntas


 Es sábado por la tarde. Voy caminando por el Boulevard. El sol todavía es agradable. Tengo que ir a Santo Tomé y busco la parada del colectivo. Hace mucho que no voy a visitar a una amiga, llevo unos bizcochos, ella me espera con el mate. Doblo por 25 de Mayo hacia el sur. Me planto en la esquina de Obispo Gelabert a esperar el colectivo. No estoy segura de si esa esquina es parada. Tampoco veo gente para preguntar. Bajo la vereda, achico los ojos para identificar a lo lejos el camión amarillo. Nada. ¿Será que dobla por Obispo y la parada es Santiago del Estero, la siguiente? Pienso que mis tiempos no son los mismos del colectivero, los sábados van a paso de tranvía. Vuelvo al cordón de la vereda. Aparece un chiquito que se me acerca. Doy un paso atrás, no sé por qué tengo esa reacción instintiva con los extraños. ¿Cuántos años tendrá? ¿Cinco, seis? Es bajito, le faltan los dientes de adelante. Entonces tendrá siete, pienso. ¿Cuándo se caen las paletas? Va descalzo, la ropa le queda chica. -¿Qué estás esperando señora?-me dice.-El colectivo-le contesto-El amarillo-Asiente y se sienta más allá, sobre el cordón de la vereda. No me pidió nada, como creí. No me vuelve a mirar. Alguien me chista en la esquina de enfrente. Es un trapito que cuida los autos estacionados frente al sanatorio.-En la otra-me dice-señalando Santiago. Asiento con la cabeza y el puño con el dedo pulgar para arriba, en señal de agradecimiento. Mientras cruzo la calle y camino uno cuadra más me ronda la carita del chico sentado en el cordón, los pies descalzos, su pregunta simple, corta, pequeña. "¿Qué estás buscando señora?" Ahora no estoy pensando en la demora, en el colectivo que no viene, sino que me fui más lejos, tratando de dilucidar si estoy buscando algo que todavía no veo, algo que no sé muy bien qué es, no puedo adivinar el futuro, no sé qué pasará mañana, hace rato que no planifico más que lo que se viene al día siguiente. Hay cosas que no puedo prever o que no puedo prever del todo; siempre hay un algo que se nos escapa. Busco algo siempre, aunque no sé muy bien qué. Ya no lo veo al chiquito, quedó escondido entre los autos; su pregunta sí, está conmigo mientras subo al colectivo que al fin apareció. 
                                                                                           J.G.

Foto: Arnoldo Gualino



jueves, 13 de abril de 2017

En el taller

  Papá no me entiende. Le digo que no quiero ir a la obra, que me cansa la espalda pero no me cree. Los otros días me cayó la mezcla en el zapato y después no me pude mover. Cuando mamá los vio me dijo que era un desastre, que no tenían para comprarme otros, que iba a tener que esperar hasta mi cumpleaños para tener un par nuevo. Así que estuvo refregándolos con un cepillo hasta que quedaron duros como cartón. Para ir a la escuela uso unas zapatillas de mi primo Héctor que me quedan un poco grandes; les hice una plantilla con la goma que me dieron en el taller de don Luis y que era de un neumático viejo. Papá no sabe que por la tarde me escapo un rato al taller de don Luis. Me ofrecí para lo que sea y me dio una escoba. Entonces me voy con la escoba al garaje y miro los autos de cerca. Me fascinan. Algún día voy a tener mi propio taller mecánico. Me veo con el mameluco puesto, la cara manchada de aceite, las manos sucias de grasa. Feliz con mi taller reparando los autos de toda la ciudad y de los turistas también. La otra vez don Luis me mostró cómo funcionaba el motor de un Ford y yo sentí que se me iba el alma cuando lo escuché ronronear. Nosotros no tenemos un auto porque no nos alcanza. Y si pudiéramos mamá no querría. Mamá piensa que los autos son pura tontera de gente con ganas de hacer ruido; eso lo dice porque nunca se subió a uno, porque les tiene miedo. Nació en el campo y todavía no se acostumbra a vivir acá en donde hay un poco de movimiento. Si papá no se casaba con ella se habría quedado toda la vida en el campo cosechando batatas. Qué suerte que papá pensó en el futuro, en las ciudades. Está bien que esto no es la Capital pero hay movimiento. Balcarce tiene una calle principal con algunos negocios. No es un pueblo. Por acá pasa mucha gente que va de Buenos Aires a Mar del Plata. Están construyendo un hotel y una confitería. La plaza es grande, con canteros de malvones y rosales. También hay bancos y un arenero. Nosotros damos una vuelta los domingos por la tarde; con mis hermanos jugamos a las escondidas antes de que mamá nos llame para comer la torta de vainilla y los bizcochos.
  Los otros días vino al taller un viajante de Mar del Plata. Mientras esperaba a que don Luis le revise los neumáticos me mostró un diario de Buenos Aires. Me decía que le gustaban las carreras de autos, que en las afueras de la ciudad se corrían y que eran más entretenidas que las del Hipódromo. Y que acá en Balcarce se estaba pensando en hacer carreras. Que así, cuantos más circuitos haya en la provincia se iban a ser populares como las de los caballos. Él hablaba y yo me fui por las nubes. Me vi como el hombre de la foto, aferrado al volante como si fuera el dueño del tiempo y del espacio. Después se me dio por pedirle que me regale esa página del diario; la guardé en un cuaderno de figuritas que me regalaron para Navidad. Todas las noches miro esa foto y pienso que tal vez pueda vivir de un taller mecánico y los fines de semana correr carreras.
  El lunes no aguanté y me trepé a uno de los autos de don Luis. Primero observé el volante, la palanca de cambio, el acelerador, el embrague. Después acomodé las manos y los pies para encenderlo. Dudé dos segundos. ¿Y si lo encendía y se me iba para adelante y lo chocaba? La llave estaba puesta y don Luis se había ido atrás a encender el fuego para el mate. No dudé. Di vuelta la llave y lo encendí.  El rugido me mordió las orejas, y yo me sentí extraordinariamente bien. Un calorcito me venía de abajo, un leve olor a nafta se me metía por las narices. Apagué el motor enseguida porque me dio un poco de culpa. Después le pregunté a don Luis si me dejaba correr los coches para barrer mejor, que así iba a limpiar bien, que no se preocupe por la marcha atrás, que confíe en mi prudencia, que tenía once años pero era despierto y que si pasaba algo yo lo iba a pagar con trabajo. Primero me dijo que no, que era muy chico para aprender a manejar, y que si mi mamá se enteraba me iban a mandar a la casa de mis tíos que viven en el campo a cosechar batatas. Pero yo le insistí tanto que me dio permiso para que los encienda una vez a la semana. Que con una vez era suficiente. Yo no aguanto pero otra no me queda, no puedo portarme mal porque si no, no me va a dejar subir más. Mañana es el día que puedo encender los autos y correrlos. Yo sé que suena un poco loco pero quiero ser corredor de autos cuando sea más grande. No falta tanto. Y aunque no se jure, yo cruzo los dedos para que mi sueño se cumpla, sí. Porque me llamo Juan Manuel Fangio y soy terco como una mula.
                                                                                                       J.G.


Foto: Juan Manuel Fangio
Capital Cars &Classics


                                                                                                                                          

jueves, 6 de abril de 2017

                                                                     "Y acepta: el fuego ya estaba allí"
                                                                                         José Watanabe

Ya estaba allí, el fuego,
las lenguas ardientes
entre las ramas.
Lejano el ardor,
los pies pidiendo algo más
que la sombra, el tiento húmedo
ha quedado atrás.
Ya estaba allí, no fui oportuna,
arde en diagonal el fuego
que ahora es una pregunta.
¿Irá más allá de las hojas secas,
más allá del círculo ingenuo
desmedido y trivial de mi cuerpo?
Ya quisiera el fuego,
el chasquido inicial, falsas letanías,
como si fuera tensa la corteza,
arrumbada entre las cáscaras
de codornices o el chasquido
insondable de los búhos.
Desataré los nudos de mi cabeza,
nudos sin pañuelos; allí estarán
por un rato, hasta que el fuego
limpie lo que falta.
                               J.G.



sábado, 1 de abril de 2017



Lejos la línea horizontal
es un punto y otro. Se pierden
las ramas en el recodo
de la esquina. Los párpados lentos
dejan pasar la luz como dejan pasar
los nombres entre las hojas,
los nombres que una vez perdimos
en la voz. Aquí están buscando
mi regazo, una mata de hiedra.
amapolas, sándalos, musgos
un poco amargos.
Yo los dejo venir, parecen huérfanos.
Me reconozco en ellos,
son un poco niños estos nombres
que parlotean en las ramas
suben y bajan por el tronco
del palo borracho o en los tilos.
Son felices en el porvenir.
La luz, la inocencia, la mañana
los dejan libres en su hacer.
La luz, la inocencia, la mañana,
este respiro no contaminado.
                                       J.G.