En el taller
Papá no
me entiende. Le digo que no quiero ir a la obra, que me cansa la espalda pero
no me cree. Los otros días me cayó la mezcla en el zapato y después no me pude
mover. Cuando mamá los vio me dijo que era un desastre, que no tenían para
comprarme otros, que iba a tener que esperar hasta mi cumpleaños para tener un
par nuevo. Así que estuvo refregándolos con un cepillo hasta que quedaron duros
como cartón. Para ir a la escuela uso unas zapatillas de mi primo Héctor que me
quedan un poco grandes; les hice una plantilla con la goma que me dieron en el
taller de don Luis y que era de un neumático viejo. Papá no sabe que por la
tarde me escapo un rato al taller de don Luis. Me ofrecí para lo que sea y me
dio una escoba. Entonces me voy con la escoba al garaje y miro los autos de
cerca. Me fascinan. Algún día voy a tener mi propio taller mecánico. Me veo con
el mameluco puesto, la cara manchada de aceite, las manos sucias de grasa.
Feliz con mi taller reparando los autos de toda la ciudad y de los turistas
también. La otra vez don Luis me mostró cómo funcionaba el motor de un Ford y
yo sentí que se me iba el alma cuando lo escuché ronronear. Nosotros no tenemos
un auto porque no nos alcanza. Y si pudiéramos mamá no querría. Mamá piensa que
los autos son pura tontera de gente con ganas de hacer ruido; eso lo dice
porque nunca se subió a uno, porque les tiene miedo. Nació en el campo y
todavía no se acostumbra a vivir acá en donde hay un poco de movimiento. Si
papá no se casaba con ella se habría quedado toda la vida en el campo cosechando
batatas. Qué suerte que papá pensó en el futuro, en las ciudades. Está bien que
esto no es la Capital pero hay movimiento. Balcarce tiene una calle principal
con algunos negocios. No es un pueblo. Por acá pasa mucha gente que va de
Buenos Aires a Mar del Plata. Están construyendo un hotel y una confitería. La
plaza es grande, con canteros de malvones y rosales. También hay bancos y un
arenero. Nosotros damos una vuelta los domingos por la tarde; con mis hermanos
jugamos a las escondidas antes de que mamá nos llame para comer la torta de
vainilla y los bizcochos.
Los otros días vino al taller un viajante de
Mar del Plata. Mientras esperaba a que don Luis le revise los neumáticos me
mostró un diario de Buenos Aires. Me decía que le gustaban las carreras de
autos, que en las afueras de la ciudad se corrían y que eran más entretenidas
que las del Hipódromo. Y que acá en Balcarce se estaba pensando en hacer
carreras. Que así, cuantos más circuitos haya en la provincia se iban a ser
populares como las de los caballos. Él hablaba y yo me fui por las nubes. Me vi
como el hombre de la foto, aferrado al volante como si fuera el dueño del
tiempo y del espacio. Después se me dio por pedirle que me regale esa página
del diario; la guardé en un cuaderno de figuritas que me regalaron para
Navidad. Todas las noches miro esa foto y pienso que tal vez pueda vivir de un
taller mecánico y los fines de semana
correr carreras.
El lunes no aguanté y me trepé a uno de los
autos de don Luis. Primero observé el volante, la palanca de cambio, el
acelerador, el embrague. Después acomodé las manos y los pies para encenderlo.
Dudé dos segundos. ¿Y si lo encendía y se me iba para adelante y lo chocaba? La
llave estaba puesta y don Luis se había ido atrás a encender el fuego para el
mate. No dudé. Di vuelta la llave y lo encendí. El rugido me mordió las orejas, y yo me sentí extraordinariamente
bien. Un calorcito me venía de abajo, un leve olor a nafta se me metía por las
narices. Apagué el motor enseguida porque me dio un poco de culpa. Después le
pregunté a don Luis si me dejaba correr los coches para barrer mejor, que así
iba a limpiar bien, que no se preocupe por la marcha atrás, que confíe en mi
prudencia, que tenía once años pero era despierto y que si pasaba algo yo lo
iba a pagar con trabajo. Primero me dijo que no, que era muy chico para
aprender a manejar, y que si mi mamá se enteraba me iban a mandar a la casa de
mis tíos que viven en el campo a cosechar batatas. Pero yo le insistí tanto que
me dio permiso para que los encienda una vez a la semana. Que con una vez era
suficiente. Yo no aguanto pero otra no me queda, no puedo portarme mal porque
si no, no me va a dejar subir más. Mañana es el día que puedo encender los
autos y correrlos. Yo sé que suena un poco loco pero quiero ser corredor de
autos cuando sea más grande. No falta tanto. Y aunque no se jure, yo cruzo los
dedos para que mi sueño se cumpla, sí. Porque me llamo Juan Manuel Fangio y soy
terco como una mula.
J.G.
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| Foto: Juan Manuel Fangio Capital Cars &Classics |

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