domingo, 21 de mayo de 2017

Zorrito

 Cuando cumplí nueve años me regalaron un libro de fábulas. Un libro grande, de tapas duras color amarillo. En el centro estaba dibujado un león contándole a otros animalitos ese mismo libro que a mí me habían regalado. Lo curioso es que los animalitos eran del bosque y el león vive en la estepa; a los nueve yo no sabía muy bien dónde vivían los animales así que no venía al caso cuestionar al diagramador de la tapa. También había una tortuga (tortugas hay en todas partes, no era una tortuga marina) y muchos conejos con en Bambi, la película de Walt Disney. Todos los años recibía un regalo de una sobrina de mi abuela que tenía una librería en Rafaela. Yo no la conocía, pero ella parece que me conoció a mí de muy chica porque antes de que empezaran las clases o para mi cumpleaños me llegaba el regalo. Siempre eran cosas grandes, vistosas, que a todas las nenas de mi edad les gustaba tener como fibras de veinticuatro colores o cartucheras de dos pisos rosadas por dentro y por afuera. Ella era un hada madrina invisible. Se acercaba el fin del verano y si me animaba, le preguntaba a la abuela por esa señora que tenía en Rafaela una librería. Ni el nombre sabía. Esa vez vino el libro de tapas amarillas. Las imágenes eran muy llamativas porque parecían fotos aunque se notaban que eran dibujos; hoy diría pintura hiperrealista. Cada fábula tenía muchas ilustraciones y yo me acuerdo cuánto me detenía en observarlas. Leí ese libro muchas veces, aunque muchas fábulas no me gustaran, no porque no fueran interesantes sino porque algunas terminaban mal como la perra que le prestó su cucha a otra perra para que no se le mueran de frío los cachorros y después de un tiempo le pidió de buenas maneras que se la devuelva pero la perra le inventó una excusa de que los cachorros todavía eran chicos y se podían enfermar si dormían a cielo abierto con el frío que hacía y otra vez la perra se quedó esperando; pasó el tiempo y le volvió a pedir que le devolviera la casa pero ahora los cachorros habían crecido y le mostraron los colmillos a la pobre perra que por generosa perdió la cucha; o la historia de la rana que quiso ser más grande que el buey y se puso a soplar para adentro para agrandar el buche hasta que explotó de lo hinchada que estaba. A mí me dio impresión imaginarme a la rana en mil pedacitos pegados en cualquier lado, menos mal que no mostraron esa parte, el buey con pedacitos de rana pegados en la cara, las otras ranas espantadas metiéndose en el agua, las tripas de la rana entre los juncos, sólo se ven rayos de bum bam que imitan la explosión; qué feo debe haber sido presenciar eso, digo si yo hubiese sido otra rana o el mismo buey.
 Ese libro, el de las tapas amarillas, pasó de la biblioteca infantil a la biblioteca adolescente y más adelante, a la biblioteca que tengo conmigo, entre libros para grandes y manuales escolares. Lo guardo en el estante de los libros que leía cuando era chica junto con los dos únicos álbumes de figuritas que logré completar. En ese libro está también un personaje que desde siempre me causó fascinación y rechazo, fascinación por su astucia, y rechazo porque lo que tiene de inteligente lo usa en su provecho, ya sabrán que estoy hablando del zorro. En las únicas fábulas en que este animalito no se sale con la suya son en “La zorra y las uvas” porque no puede alcanzar las uvas por más que salta y salta y está muerta de hambre, y le hace creer al pajarito que la está viendo desde arriba de la parra que no las va a comer porque están ácidas y “En la zorra y la cigüeña” porque primero se burla del pico de la cigüeña dándole de comer una sopa en un plato playo y después la cigüeña que es una santa por la paciencia que le tiene le dá una buena lección a la zorra dándole leche en una vasija con pico alto y angosto.
 No hace mucho, cerca del puerto, en Santa Fe, apareció un zorro con la crecida del río. No vino nadando como hacen los perros, estilo gateo bajo el agua. Lo vieron caminando por la calle del dique, en la puerta de un centro comercial, muy temprano en la mañana. En realidad no era un zorro sino un aguará guazú que en guaraní significa “zorro grande”. Lo busqué en internet y es igualito al zorro pampeano, el mismo color rojizo, la panza blanca y la misma cola abultada pero con patas altas oscuras como las de un perro mediano. Capaz que sus ancestros se cruzaron, digo, una zorra y un perro del campo o de la manada de zorros un buen día nació un zorro grande y pobre lo dejaron solo por distinto, como en el cuento del patito feo. De ahí que se volvió solitario, tímido, huraño deambulando en la costa para comerse una rana o un cuis desprevenido. Prefectura lo encontró y se lo llevaron a la Granja La esmeralda que es una reserva de animales. En otra época tenían más animales, algunos muy vistosos como un yaguareté, flamencos, esos monos chiquitos que no me acuerdo cómo se llaman, muchas aves y un abultado serpentario que nunca vi porque le tengo fobia a esos bichos. Ahora tienen muchos yacarés porque los crían para la gente de la zona.
  En dicha semana el aguará guazú apareció en todos los medios. Después, como pasa con las noticias, no se supo más nada. Supongo que lo habrán alimentado en la reserva, vacunado y luego devuelto a su hábitat. A veces miro el video que circuló en las redes sociales, pobrecito el aguará guazú, buscando algo que comer en la zona de estacionamiento, la cabeza mirando hacia el horizonte, porque de zonzo no tenía nada, se daba cuenta de que estaba en un lugar que no era el suyo y para colmo no había árboles y arbustos para esconderse.
 La tercera vez que tuve un encuentro cercano con un zorro, por decirlo así, fue en la montaña, al pie del Aconcagua. Fui con la expectativa de encontrar nieve y por más que me prometieron que la iba a encontrar, ese invierno no nevó. Y si nevó ya me había vuelto a Santa Fe. Había contratado una excursión que salía desde la capital mendocina hasta la zona de esquí, Penitentes, que en las fotos de internet se veían blancos como los picos nevados de Heidi, la serie que veía por televisión cuando era chica. La última vez que había visto nieve había sido en mi viaje de egresados de la secundaria, pero era una nieve escarchada porque habíamos ido en enero. Se nos hacía agua cuando la tocábamos. No era esa nieve maciza para deslizarse con un trineo o para hacer muñecos simpáticos como el personaje Olaf de Frozen. Para ver esa nieve tenía que recorrer unos cuantos kilómetros, desde la ciudad hasta el circuito de alta montaña para verla. Cuando llegamos -nos habíamos levantado temprano, el sol brillaba y teníamos hambre de mate y bizcochos-, caímos en la cuenta de que el madrugón no se vio recompensado porque no había nieve por ningún lado. El guía le propuso al chófer que nos llevara un poco más lejos, pasando el puente del Inca, en el límite con Chile antes de que alguno de la combi empezara a chiflar como cuando esperamos que algo, un recital, por ejemplo, no empieza a la hora convenida. Seguimos unos kilómetros más. La combi se detuvo cuando apareció el cartel que indicaba que estábamos al pie de la montaña más alta del cono sur. Ahí nos dijeron que podíamos bajar, recorrer a pie una calle asfaltada, ir al baño y comer en algo en el parador. Demás está decir que tampoco vimos nieve y hacía un frío bárbaro. El viento nos helaba la nariz, los dedos y se metía en el pecho como una cuña; igual caminamos por donde nos indicaron y nos sacamos fotos tiritando. Atrás quedó la nieve, el trineo y la fantasía del muñeco con nariz de zanahoria. Teníamos hambre y frío. Nos acercamos al parador a comprar un sándwich de jamón y queso y un chocolate, agua para el mate. Con la panza llena el paisaje se vio mejor. Caminábamos rumbo a la combi cuando lo vimos. Un zorrito como el de la fábula, el pelaje colorado, la cola abultada y baja, entre las patas. Tenía un susto tremendo pero supongo que más hambre tenía el pobre para acercarse a los pocos autos. Se me ocurrió que podía darle un pedacito de jamón cocido del sandwich que estaba comiendo pero yo no soy valiente con los animales así que dejé el trocito en el piso y me alejé unos pasos. El zorro entendió el ofrecimiento y se acercó, primero tímido, y después rápido para dar el tarascón. Lo gracioso es que se sentó con las patas erguidas en un montículo de cemento unos metros más atrás, como si nada hubiese sucedido. La cabeza altiva, la mirada reconcentrada. Para desafiarlo le dejé otro pedacito de jamón en el mismo lugar y me alejé. El zorro habrá sido orgulloso pero tenía un hambre de siglos. Se acercó otra vez de la misma manera, como si fuera un perro arrepentido, dio el tarascón y otra vez a la posición de zorro de fábula. Le saqué una foto y me volví a la combi. Si no fuera por el viento, diría que parecía salido del dibujo del libro de tapas amarillas.
                                                               J.G.


Foto: Ewdin Kats





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