sábado, 15 de octubre de 2016

"Pero solamente tú recordarías/mi manera de mirar a los ojos." Roque Dalton


Lunes 22 de agosto:
  A veces me pregunto cuántas hojas llevan las hormigas al hormiguero. Cuántas migas dejamos caer cuando comemos un bizcocho o cuántos pasos hacemos para llegar a la parada del ómnibus. En el medio de esta dispersión cruzan como relámpagos alucinógenos tu cuerpo sombreado por los árboles o un eco de tu voz que me persigue (¿o la persigo?).

Martes 23 de agosto:
   Miré nuevamente el diccionario. No figuran todas las palabras. ¿Por qué no hay definiciones para el ansia de amor, para la desesperación por falta de amor, para el agotamiento a causa del amor no correspondido? No me digas que el diccionario no está para menudencias románticas y sí las revistas para mujeres solas. Qué va. Yo quiero respuestas serias a mi problema.


Miércoles 24 de agosto:
   Leo poemas. Se cuelan Inchauspe, Dalton, Borges. ¿Para qué escribo? Ellos lo hicieron mejor, y sin embargo…Las palabras revolotean entre los dedos. Entre las palabras y el nombre que no puedo pronunciar me provocan esto que llamo “urgencia de diario íntimo”. La otra vez pensaba, cuando cruzaba la plaza, que el amor no sólo es cosa seria en cuanto a que nos traslada a un delirio poético-físico considerable sino que también el amor, aún el amor no correspondido, nos envuelve en esta vibración cósmica que llamamos “vida de todos los días acomódate a las circunstancias”.

Jueves 25 de agosto:
    Termino tomando el té frío casi siempre. Me levanto para atender el teléfono, para colgar la ropa, para revisar la mochila de Juan. El espejo del pasillo me recuerda que estoy aquí, que el té se enfría. Que el aire continúa, como las horas, y esta emoción que de a ratos me inquieta. Me gustaría decir: “porque nadie mirará tus ojos como yo” o “en mí tus ojos no serán olvidados” pero no. No queda bien; cada uno ve como quiere a los demás. Aunque hay algo en el mirar… Yo me doy cuenta. Hay gente que mira distinto, que quiere decirte algo y lo dice así, callando y mirando. A mí me pasa lo mismo. Me pregunto si no me habré delatado con este mirar cuando te miro. Tendré que aprender a mirar ocultando, como los actores. Hacer de cuenta de que yo te miro y es como mirar a otro que no me dice nada, nada en particular. Ahora bien, soy muy tímida para empezar clases de actuación. Lo mejor será recurrir a un tutorial de internet.

Viernes 26 de agosto:
Alguien podrá decirte
que seremos polvo y nada
que en el fin
el amor es olvido
y yo sé que tus ojos
verán más allá de la muerte,
que verán a través de mí,
como quien desea una cereza
en el instante de ser mordida
por esta boca. 

                                 J.G. (Diario imaginario de L.)




sábado, 8 de octubre de 2016

Tributo a Virgnia Woolf a 75 años de su fallecimiento

                              Virginia frente al lago de los patos.

                                                                              Londres, noviembre de 1940.
   Ay, si pudiera salir y entrar de las cosas con facilidad y no tener la sensación de que estoy en el borde. Hace tiempo que mi paz es un estado de ánimo por afuera de mí.  Todo lo que ha sido mi fortaleza,  esta casa,  esta ventana que mira a un parque otrora verde, como el verde de los tiempos de la inocencia, nunca vedados a los ojos de los confiados, es cosa del pasado. Londres es también una cosa del pasado, un espectro, una ruina  que el futuro sentenciará en estos tiempos de guerra. Miro a través de la ventana, como tantas otras mañanas en las que la luz motivaba a que inicie mi escritura, a veces febrilmente inclinada por horas sobre mi escrito, cigarrillo en mano; otras observando mi biblioteca.  Aparecen a la vista los libros de Shakespeare, Donne, Milton, Swift, Eliot, Brönte, Austen. Recuerdo acercarme a ellos, sacarlos de los anaqueles y releer sus páginas, absorta la lectura en sus ideas que hoy vuelven y vuelven a mi mente como las olas y su eterno movimiento, acompasado si las aguas fluyen de los adentros del tiempo, o violento si las aguas están presas de la tormenta que confunde lo destinos. Pienso que mi esencia, mi espíritu,  encarna como Orlando, el espíritu de  siglos y siglos;  que soy inmortal como los árboles de este parque, impávidos y sabios…
    Pero el dolor tejió en mí una mortaja, una telaraña sutil, casi transparente. Cuando enfermo, cuando no puedo ser conciente de mi yo, es que me dejo envolver en esta tela y sueño, sueño que soy un ser que duerme eternamente, que descansa en estas páginas de mi biblioteca, y que nada me hará despertar. ¿Para qué despertar? Quisiera ser un ente volátil y trasladarme hacia el afuera de este borde que me sucumbe hacia un fin incierto…
    Muchos se han ido y sólo quedo yo en la soledad de estas paredes en las que el amor me ha olvidado como las ramas olvidan a sus hojas caídas en otoño. Llega el invierno y con él los seres de la naturaleza duermen un sueño profundo. Quisiera acogerme al sentir de la naturaleza, ser parte del tiempo, transformar mi cuerpo en un ser inconmovible…“Dormir, dormir, tal vez soñar..” dice Hamlet. Dormir, dormir, soñar y no despertar…Ay, Orlando, quisiera ser efímera, viajar hacia atrás en el tiempo, hacia los tiempos antiguos, en los que los inocentes accedían a los paraísos no vedados a los ojos humanos.(1)
  
     Camino por el parque, la grava está húmeda aún, como si la madrugada no quisiera despertar a la mañana; el sol la toca levemente; diría que su tibieza es casi intangible. El peso de mi cuerpo la hunde en la tierra pero ella no me teme, no me rechaza; dejo mi huella y pareciera que desea que alise sus tallos crecientes, por allá rebeldes, por acá dóciles cual un mechón de pelo en las manos de una adolescente. Salgo al parque y camino, mis pies me van llevando hacia el lago de los patos; un pájaro entre los árboles pareciera decirme: “Oye, esto es la vida.” ¡La vida! ¡La Vida! ¿Y qué es la vida?, pensé.  Acaso debería creer que la Vida es un símbolo y por eso merece la mayúscula. No sé. Todo me indica que debo sentarme frente al lago de los patos y observar, observar cómo nadan impávidos en un corcoveo fútil. Parecen estar suspendidos en el agua, no nadan, están en una posición diría trascendente en sus existencias, suspendidos entre el plano del aire y el agua y para ellos, eso es todo. ¿Es eso la vida, un dejarse transcurrir, como los patos? Tal vez sí, no puedo afirmarlo, tal vez en mí, es ansiar esa suspensión casi incorpórea. ¿Será esa la respuesta a qué es la Vida? Incompleta, tal vez, en el devenir, en el sinnúmero de acciones cotidianas…Los patos no tienen conciencia de sí y yo tengo demasiada conciencia de mí. ¿Acaso podría sentir la inocencia del agua en mi cabeza, en mis manos, en mis piernas como ellos en su lento andar? No. Desearía suspenderme y quedarme inmóvil…pero es sólo eso, un deseo, una fantasía de la sin razón. Y el mal…es una presencia apenas visible en sus vidas; en cambio, en la naturaleza humana,  el mal se apodera de estos tiempos confusos…Puedo afirmar que también se apoderó de mí; de mi conciencia y voluntad, ha absorbido mi talento, y me deja en ascuas, en un gesto suplicante, en el que sucumbo en un ritual del que no podré salir incólume en estos tiempos…

       Me levanto y mis pasos me llevan hacia la arboleda en busca del pájaro que ha piado su verdad. Me arrimo al tronco del árbol en el que creo se encuentra escondido. Su corteza áspera me recuerda los sinsabores del amor. L. ha querido convencerme de que vuelva a Bloomsbury, a la tranquilidad y a la soledad del campo. Lo he hecho varias veces pero mi frustración creativa y mi sensación de esterilidad son una constante allí. He sentido tantas veces la decepción del amor, sentimiento que define a la mujer. Lo he dicho varias veces. ¿Qué es la mujer sin el amor? ¿Acaso podría definirse a la mujer de otra manera que no sea por el amor?
      He inventado en uno de mis libros a Judith, la hermana ficticia de Shakespeare, talentosa y absorbida como un cuajo por su época; ¿qué hubiese sido de Judith si el hombre le hubiese dado cabida en esa época? Su condiciónr la condenó a la miseria, a la sombra de los hombres, a la sombra del genio de su hermano, del talento que en uno fue expansión de la palabra y en la otra, olvido y vergüenza. Oh, la mujer, qué podré decir de ella y de mí misma que sufrimos la subordinación a la que el amor nos sucumbe?  Ah, ¡el amor y su vastedad, el amor y su mezquindad! Los siglos han pasado y a pesar de ello,  la realidad es la misma para la mujer: su talento fructificará a expensas del amor y de la conciencia de los hombres; avanzará lentamente bajo el signo  patriarcal que le recordará por siempre que no habrá igualdad entre el hombre y la mujer.
    Rodeo con mis manos el añoso tronco del árbol y me recuesto lentamente en sus raíces. Recuerdo haber escrito hace unos años que los sexos deberían complementarse para que el acto de creación pueda llevarse a cabo, una complementación mental. El escritor, una vez concluida su experiencia, debería recostarse y dejar que su mente celebre sus nupcias en la oscuridad. Ah, ¡el amor y su vastedad, el amor y su mezquindad! Mujer, amor…y una palabra más…la escritura.  La tríada se completa con la escritura y en ella me veo envuelta como la crisálida a su tela. La literatura está sembrada de naufragios de hombres a quienes la opinión ajena les importó más allá de toda razón. ¿Podremos vivir armónicamente, la parte femenina del cerebro con su parte masculina a pesar del sexo que le da cuerpo a la humanidad? ¿Ya quisiera que esto ocurra, porque creo, que somos seres que  trascienden los cuerpos y por ende, su género. Tal vez Coleridge tenga razón al afirmar que las grandes mentes son andróginas. Sólo si ocurre esto, esta fusión, las mentes serán plenamente fertilizadas en todas sus facultades.

     Toco las raíces del árbol; son nudosas manos de dioses ancestrales, pergaminos célticos alguna vez descifrados por los antiguos. La quietud me envuelve, no puedo estar mejor. Aprovecho estos raptos de lucidez que son también momentos de felicidad conmigo misma. Y en este plácido estado, en el que ni los pájaros se atreven a romper el silencio, evoco frases, ideas que defendí fervientemente como escritora. La poesía depende de la libertad intelectual y  la libertad intelectual depende de los bienes materiales. Ningún hombre que se llame escritor ha podido ejercer su oficio sin un mínimo pasar económico. He sido afortunada. He tenido un buen pasar, mis libras anuales garantizaron mi cuarto propio. ¿Pero qué ha de pasar con aquellas tantas Judith en el mundo sin dinero y sin cuarto propio? Dando luz a niños, bañándolos, dándoles de comer, acostándolos a dormir con su vocación por la palabra escrita a cuestas? En esta situación, la mujer siempre ha sido más pobre que los esclavos atenienses. Sin un pasar económico, la mujer no tendrá libertad intelectual.  Su vocación se le irá de entre las manos como el agua de los torrentes de montaña. Vuelvo a pensar en el amor y en la mujer, en el amor tan mezquino a veces con las mujeres, que a unas las absorben un hijo tras otro y a otras, como yo, a las que el amor no le ha dado ni uno…Ah, el amor y su vastedad, el amor y su mezquindad…Me recuesto sobre el tronco del árbol del pájaro cantor de la Vida, evocando a Judith, y tantas otras anónimas mujeres del pasado, a las que les han sido sacrificados sus talentos, las veo étereas e incorpóreas  pero vivazmente presentes  como esta corteza que lastima dulcemente las yemas de mis manos. Ellas están aquí, son presencias luminosas en mi espíritu, y lo serán también de las que vendrán, piadosas y gentiles, honestas y dulces, aventureras y racionales; todas ellas, serán la continuación del ánimo de la mujer que no tuerce su voluntad, que busca escribir y escribe, a pesar de todo.
                                                                  J.G. (monólogo ficcional de Virginia Woolf)

Virginia Woolf
por Sebastián Dufour

sábado, 1 de octubre de 2016

El beso

 Son sólo las tres y media y me queda esperar un rato hasta que tía Isabel me llame a tomar la leche. Hoy no vino Alfredo para jugar con la bici, qué bronca me da si sabe que vengo los viernes a la casa de la abuela. No sé qué hace que no sale de la casa. No voy a ir a buscarlo, a ver si me atiende la madre y chau bicicleta. La vereda está un poco sucia, parece que estuvieron los albañiles en casa de tía Delia y la mugre de una vereda se va a la otra de la tía Isabel. Así no van a venir ninguna chica por acá, es un asco de mugre. Mejor barro un poco. Me acuerdo que Natalia un día se cruzó y me preguntó por la bicicleta. Que a ella no la dejaban traer la de su casa. Por acá es tranquilo andar en bici, veredas anchas, árboles generosos y poco tránsito. Todos vivimos en otra parte, salvo Alfredo que vive con la madre y el abuelo. Se debe aburrir un montón en esta vereda, si son todos viejos acá; los nietos venimos viernes, a veces los sábados por la tarde. Yo me divierto un montón cuando saco la bici y damos vueltas y vueltas a la manzana con Alfredo, nadie dice nada, ni don Furlotti que tiene el almacén abierto todo el día y le pasamos por la vereda como ochenta veces a mil por hora. Natalia usó una vez mi bici a cambio de unos chicles porque si no qué iba a hacer yo mientras ella rumbeaba de lo lindo por el lado de la panadería? Cuando llovió la otra vez nos fuimos a la casa de mi tía Isabel que en realidad es mi tía abuela, mi tía vive en barrio Candioti y la veo menos cuando papá se le da por visitar a los abuelos porque ella es soltera y vive con ellos. Esa vez que llovía Natalia que estaba sola sin la prima vino a casa a jugar al ludo. Pero a la tercera vuelta nos aburrimos y empezamos a jugar a las adivinanzas, después contamos chistes y a Alfredo se le dio por apostar quién besaba mejor, Natalia se prendió al juego y a mí no me quedó otra que decir que bueno, dale. Entonces Alfredo apagó la luz y le dio un beso a Natalia, claro que yo no vi nada pero escuché el ruidito medio zonzo de beso apretado, después las risas. A mí me tocó después, me dijo Alfredo que él apagaba la luz y que le agarre la cara a Natalia si no le iba a dar el beso a cualquiera. Yo le hice caso, aunque Natalia no paraba de reírse, entonces le dije que así no, que no se puede dar un beso si ella tiene la boca abierta. Tratamos de callarnos los tres para que no venga tía Isabel a ver qué estábamos haciendo en el living con la puerta cerrada y entonces cerré los ojos (no sé para qué los cerré si igual estaba oscuro y le planté un beso más forzado que tímido en sus labios con gusto a chicle gastado. Qué va, habrá durado tres segundos el beso y la luz del velador que prendió enseguida Alfredo dio por finalizado mi turno. Alfredo quería otra vez él pero a mí me dio no sé, miedo a que venga mi tía Isabel y se enoje conmigo, por lo que estábamos haciendo con Natalia que es la nieta de su vecina. Entonces les dije que mejor nos fuéramos a otra parte, o que mejor se fueran ellos que había oscurecido. Ahora estoy acá sentada en la vereda, a una semana del juego, esperándola a Natalia, con la bici inclinada en el umbral, a ver si se cruza a dar un par de vueltas a la manzana, si me da a cambio chicles de frutilla, si también se prende Alfredo con la bici y me da un beso al pasar, digo.
                                                                                  J.G.

 
El beso mágico
Marc Chagall

domingo, 25 de septiembre de 2016

   Sólo para reírnos el tiempo nos humilla. Nos atrae como los peces al vidrio de la pecera, para quedarnos inmóviles, por segundos, observando ese exterior que fluye y pasa. Nada sé del otro lado del vidrio. Ni de vos, ni del otro. Nos mira el tiempo por afuera, como si fuéramos cautivos, en un círculo que es palabra, emoción o ruido. Y sólo nos queda reírnos, para no llorar. O dar vueltas y vueltas en la ciudad para no caer en la desesperación.
                                                                            J.G.


miércoles, 21 de septiembre de 2016

Amable Ella me habla, me abarca Desde su cubículo mágico Rodeada de pétalos de estío Su mundo amable, terso. He intentado dormir en vano He fumado y bebido la noche, pensándola Oteando viejas películas Me gusta ese sonido El de mis pensares y los lejanos dialogos Del insomnio santo y demonio La noche que me convida a soñarla Enmarañado en sus ojos claros, centinelas En el vino próximo o la risa O el cómplice beso, la caricia ciega. Nunca seré tan feliz. Nunca. Pues su voz Me ha hablado de todo eso Como una maga florida. Alejandro Valls Santa Fe, 2015



Los dioses secretos

    El aire de agosto me trae un no sé qué en el paladar, un sabor a dulce del pasado, al membrillo de los años en que las facturas no engordaban. Entonces me acordé del pasillo, la casa mirando a la pared, el sol oblicuo en el patiecito de la entrada. Era un cuadrado de pasto con flores y plantas, esmero de mi madre que deseaba el verdor a toda costa. Un día me mostró los plantines. Me enseñó el nombre de las petunias, los corales, los conejitos, y el malvón de la casa de la abuela. Yo deseaba íntimamente que mamá me delegue la función de cuidarlos. De hecho yo los regaba cuando caía el sol, más o menos a media tarde, cuando venía de la escuela y asomaba la primera sombra entre las hojas. Al rato, los observaba tras la ventana esperando que el agua les haya hecho algún efecto. Entonces comprobaba que el coral había levantado una hoja, que la humedad del pastito era una cosquilla en la petunia y me sentía satisfecha. Cuando les daba el sol del invierno, me llevaba el libro que había sacado de la biblioteca para leer apoyada en la baranda. Disfrutaba del sol y ellas también. Entonces supe, más o menos enseguida que ellos estaban allí, refugiados. No es que llegaron en carroza, en caravana. No. Se acomodaron un día, o una noche, cuando yo no estaba. Tendieron las carpas bajo las hojas de los rosales porque, sabios, nadie se acerca más que una o dos veces a las flores con espinas. A ellos les gustaban las petunias, les gustaba estar cerca de la baranda para saltar una o dos veces hacia el otro lado si se aburrían. Supe entonces que su venida no era casual, ni menos inocente. Supe que venían a dejar un mensaje y que la destinataria era yo. Cuando entrecerraba los ojos para sentir el sol del invierno dejaban entre hoja y hoja del libro unos rollitos de papel. Esos eran sus mensajes. Claro que ni con lupa entendía qué querían decirme, era un código cifrado. Fui juntándolos en una caja pequeña, de las que me regalaban para los cumpleaños. Con el tiempo, fueron transformándose en mensajes legibles. Eran mensajes para ser leídos en el futuro. Siendo grande entendí que aquellos dioses secretos aparecían porque sí, no elegían a nadie en especial, los dioses secretos invocaban las palabras, los silencios en el aire, el aroma dulzón y adormilado de las flores, una vaga inocencia.
                                                                     J.G.



domingo, 11 de septiembre de 2016

A partir de “LA NAVAJA DE OCCAM” de Theodore Sturgeon

Querido diario:
                           Te escribo con una congoja en el corazón, no sé qué me pasa. Hoy me ocurrió un contratiempo inesperado. No tuve peleas con mamá ni con Elisa. Esta vez no. Ni se me mojaron los botines cuando venía para casa con ramas para el fuego. A veces me siento feliz estando acá, en el bosque. Cuando despierto, el sol se cuela por la cornisa y dan unas ganas enormes de abrir la ventana y contemplar el paisaje. Saco la cabeza y aspiro el aire, cierro los ojos, escucho el trinar de los pájaros que se esconden en los álamos. Entonces pienso que no vale la pena vivir en la ciudad, el silencio no está allí, tampoco estos árboles. Pero a veces me canso, me siento sola. Como soy la mayor, tengo que ocuparme de la educación de mis hermanas, se me van las primeras horas de la mañana en esta tarea; después ayudo a mamá con los quehaceres domésticos. Te cuento todo esto porque trayendo ramas para el fuego es que lo vi. Hoy no, antes de ayer. ¿A quién me dirás? A él. Un chico. Un chico alto, de espaldas anchas, de piel muy blanca y pelo castaño. Me asusté tanto que me escondí tras un árbol. No sé qué hacía por acá. Sólo parecía observar las plantas, miraba de vez en cuando el cielo, la punta de los árboles. No me pareció que fuera uno de los cazadores que aparecen de vez en cuando y que yo sepa nadie más que nosotros vivimos en el bosque. Cuando el corazón dejó de trotar en mi pecho, me asomé y no lo vi más. En casa no dije nada. A papá menos aunque él es el único que tiene contacto con algunas personas, unos pocos hombres lo visitan por la tarde. Papá duerme por la mañana hasta el mediodía. Trabaja de noche, en el sótano. Nos tiene prohibido que vayamos allí. Cierra la puerta con doble llave y un candado. Cuando quise saber qué hacía, mamá me contestó que trabajaba para unos médicos, que preparaba ungüentos y pastillas para los animales del campo. A mí me parece que le dedica mucho tiempo a esas cosas y que bien podría hacerlo de día y no por la noche, pero mamá dice que de esa manera él trabaja tranquilo, nada lo desconcentra cuando todos duermen.
         Ayer volvía del arroyo y distraída como voy siempre mirando el sendero me topé con él. El chico del que te hablé. Me quedé muda. Venía en dirección contraria y no supe qué hacer. Quería correr pero el chico se puso enfrente mío. Era alto, los ojos pardos me miraban con curiosidad. -¿Dónde vivís?-me preguntó.-En el bosque-le dije. –Con mis padres. Me tengo que ir-y salí corriendo. El corazón me trotaba en el pecho hasta mucho después de haber entrado a la casa. No le dije nada a mamá para no preocuparla. Después de dos horas, me pregunté por qué el corazón se agitaba tanto cuando evocaba su imagen. No es que nunca haya visto chicos de mi edad, claro. Antes de que papá nos trajera al bosque vivíamos en la ciudad, yo iba a la escuela municipal, tenía compañeros varones pero no era de acercarme o de hablar con ellos. Mis únicas amigas eran Ana y Pola. Con ellas compartía los recreos y las tareas de la escuela. Yo no sé por qué me siento así. Ahora me parece que lo veo cuando lavo los platos, frente a la ventana que da al jardín, o cuando voy al corral a buscar huevos, o cuando me estoy por ir a dormir, como si también pudiera aparecerse debajo de la almohada. No se me ocurre otra cosa más que rezar para evitar estos pensamientos que me alteran. Por otro lado, creo que algo de la edad habrá en todo esto. Tengo quince. Mis amigas me decían que es la edad en que nos gustan los chicos, nos gusta la idea de enamorarnos y cosas así pero a mí nunca me ha pasado. Lo único cierto en mi vida es que tengo que ayudar a mamá con la educación de mis hermanas. Pronto iremos a la ciudad a comprar más libros, telas para vestidos y una buena provista de harina, arroz, azúcar y aceite. A mí me gustaría comprarme unas cintas de colores para el pelo así dejo de peinarme de la misma manera, me aburren las trenzas. Ahora bien, querido diario, te preguntarás qué tiene que ver esto que te cuento con lo que te dije al principio. Continúo. Al mediodía, cuando papá vino a la cocina para tomar el café vi que en su bolsillo del guardapolvo que usa para trabajar le colgaba algo, un retazo de tela. Esperé que dejara el guardapolvo en el respaldar de la silla y me acerqué. Era la tela de la camisa del chico. Vos me dirás que no, que me confundí. Estoy segura de que es de la camisa del chico porque me acuerdo muy bien, rugosa y con rayas finitas de color azul. Además, tenía manchas marrones, como se sangre seca. Ahora yo me pregunto qué hace ese retazo en el guardapolvo de papá. Qué relación hay entre papá y el chico. Aún no puedo saberlo. Lo qué si siento es que papá oculta algo en el sótano, algo que no quiere que sepamos, ni siquiera mamá. Pienso que tal vez el chico pudo haber sufrido un accidente y me angustio. ¿Le habrá hecho daño papá? ¿Por qué nunca nos cuenta de su trabajo en el sótano? ¿Estará él, el chico del arroyo, oculto? ¿Y si entrara al sótano a averiguarlo? Voy a vigilar dónde pone papá las llaves. Tendré que esconderme, hacer que duermo y levantarme a espiar a papá en el sótano. No puedo seguir con esta sensación que me comprime, que me deja sin aire como si hubiese corrido tres vueltas alrededor de la casa. Esta noche probaré. Mamá no se dio cuenta de lo que me pasa, esta agitación que me lleva de un lado a otro en la cocina. Tengo que tranquilizarme y ordenar las ideas. Si papá tiene algo que ver con el chico tengo que saberlo, ayudarlo. Por eso te escribo, querido diario, para aquietar este corazón que de un día a otro dio un vuelco, como si no me perteneciera. Pronto tendré noticias, mañana volveré a escribirte.

                                                                                   J.G.