miércoles, 21 de septiembre de 2016

Los dioses secretos

    El aire de agosto me trae un no sé qué en el paladar, un sabor a dulce del pasado, al membrillo de los años en que las facturas no engordaban. Entonces me acordé del pasillo, la casa mirando a la pared, el sol oblicuo en el patiecito de la entrada. Era un cuadrado de pasto con flores y plantas, esmero de mi madre que deseaba el verdor a toda costa. Un día me mostró los plantines. Me enseñó el nombre de las petunias, los corales, los conejitos, y el malvón de la casa de la abuela. Yo deseaba íntimamente que mamá me delegue la función de cuidarlos. De hecho yo los regaba cuando caía el sol, más o menos a media tarde, cuando venía de la escuela y asomaba la primera sombra entre las hojas. Al rato, los observaba tras la ventana esperando que el agua les haya hecho algún efecto. Entonces comprobaba que el coral había levantado una hoja, que la humedad del pastito era una cosquilla en la petunia y me sentía satisfecha. Cuando les daba el sol del invierno, me llevaba el libro que había sacado de la biblioteca para leer apoyada en la baranda. Disfrutaba del sol y ellas también. Entonces supe, más o menos enseguida que ellos estaban allí, refugiados. No es que llegaron en carroza, en caravana. No. Se acomodaron un día, o una noche, cuando yo no estaba. Tendieron las carpas bajo las hojas de los rosales porque, sabios, nadie se acerca más que una o dos veces a las flores con espinas. A ellos les gustaban las petunias, les gustaba estar cerca de la baranda para saltar una o dos veces hacia el otro lado si se aburrían. Supe entonces que su venida no era casual, ni menos inocente. Supe que venían a dejar un mensaje y que la destinataria era yo. Cuando entrecerraba los ojos para sentir el sol del invierno dejaban entre hoja y hoja del libro unos rollitos de papel. Esos eran sus mensajes. Claro que ni con lupa entendía qué querían decirme, era un código cifrado. Fui juntándolos en una caja pequeña, de las que me regalaban para los cumpleaños. Con el tiempo, fueron transformándose en mensajes legibles. Eran mensajes para ser leídos en el futuro. Siendo grande entendí que aquellos dioses secretos aparecían porque sí, no elegían a nadie en especial, los dioses secretos invocaban las palabras, los silencios en el aire, el aroma dulzón y adormilado de las flores, una vaga inocencia.
                                                                     J.G.



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