Los
dioses secretos
El aire de agosto me trae un no sé qué en el
paladar, un sabor a dulce del pasado, al membrillo de los años en que las
facturas no engordaban. Entonces me acordé del pasillo, la casa mirando a la
pared, el sol oblicuo en el patiecito de la entrada. Era un cuadrado de pasto
con flores y plantas, esmero de mi madre que deseaba el verdor a toda costa. Un
día me mostró los plantines. Me enseñó el nombre de las petunias, los corales,
los conejitos, y el malvón de la casa de la abuela. Yo deseaba íntimamente que
mamá me delegue la función de cuidarlos. De hecho yo los regaba cuando caía el
sol, más o menos a media tarde, cuando venía de la escuela y asomaba la primera
sombra entre las hojas. Al rato, los observaba tras la ventana esperando que el
agua les haya hecho algún efecto. Entonces comprobaba que el coral había
levantado una hoja, que la humedad del pastito era una cosquilla en la petunia
y me sentía satisfecha. Cuando les daba el sol del invierno, me llevaba el
libro que había sacado de la biblioteca para leer apoyada en la baranda. Disfrutaba
del sol y ellas también. Entonces supe, más o menos enseguida que ellos estaban
allí, refugiados. No es que llegaron en carroza, en caravana. No. Se acomodaron
un día, o una noche, cuando yo no estaba. Tendieron las carpas bajo las hojas
de los rosales porque, sabios, nadie se acerca más que una o dos veces a las
flores con espinas. A ellos les gustaban las petunias, les gustaba estar cerca
de la baranda para saltar una o dos veces hacia el otro lado si se aburrían. Supe
entonces que su venida no era casual, ni menos inocente. Supe que venían a
dejar un mensaje y que la destinataria era yo. Cuando entrecerraba los ojos
para sentir el sol del invierno dejaban entre hoja y hoja del libro unos
rollitos de papel. Esos eran sus mensajes. Claro que ni con lupa entendía qué
querían decirme, era un código cifrado. Fui juntándolos en una caja pequeña, de
las que me regalaban para los cumpleaños. Con el tiempo, fueron transformándose
en mensajes legibles. Eran mensajes para ser leídos en el futuro. Siendo grande
entendí que aquellos dioses secretos aparecían porque sí, no elegían a nadie en
especial, los dioses secretos invocaban las palabras, los silencios en el aire,
el aroma dulzón y adormilado de las flores, una vaga inocencia.
J.G.

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