Sólo para reírnos el tiempo nos humilla. Nos atrae como los peces al
vidrio de la pecera, para quedarnos inmóviles, por segundos, observando ese
exterior que fluye y pasa. Nada sé del otro lado del vidrio. Ni de vos, ni del
otro. Nos mira el tiempo por afuera, como si fuéramos cautivos, en un círculo
que es palabra, emoción o ruido. Y sólo nos queda reírnos, para no llorar. O
dar vueltas y vueltas en la ciudad para no caer en la desesperación.
J.G.

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