15 de febrero:
Pienso que no tengo que esperar nada de
nadie, no tener expectativas de que haya proyectos que se den por la varita
mágica del otro. Una editorial educativa de Ecuador iba a publicar un libro de
cuentos con algunos de mis textos para niños. Se fue dando paulatinamente el
año pasado. Primero una prueba de cuentos, después meses en que el proyecto se
estancó. Hacia fines de septiembre, una semana antes del cumpleaños de quince
de M., me piden más cuentos y que los organice en un archivo de más de cuarenta
páginas. Lo hago de un día para otro. Luego, nada. Hacia fines de noviembre, me
mandan un contrato, un cuadernillo de actividades y el manuscrito para que lo
revise. Lo hago en los tiempos en los que me piden. Hasta una foto tengo que
mandar, lo único que no tenía a mano. Me dije que si iba a salir una primera
publicación, que sea una foto como la gente. Coincidió que un fotógrafo me
ofrece hacer fotos y yo que necesitaba sólo una, tuve que hacer una sesión
porque así funcionan las cosas. Bien. Mando todo en los tiempos acotados.
Luego, silencio. Pregunto hacia fines de enero cómo iba el libro dado que a
principios de diciembre entraba en la imprenta. La respuesta fue que el
proyecto se paró por un desacuerdo con los diseñadores de la editorial. La
ilusión al piso. Silencio de mi parte. Ahora bien, si no se concreta,
preguntaré en otra parte. Ya lo hice una vez con una editorial de Rosario que
antes tenía una colección de literatura infantil y ahora no pero me ofrecieron
un presupuesto de edición. Pienso en una canción de Cerati que dice “cuesta
llegar pero al final hay recompensa”. No bajaré los brazos, en algún momento se
dará.
Por otra parte, escribí a principios de
enero un cuento para chicos. Me divertí bastante haciéndolo. Se lo pasé a dos
personas para que me dieran su opinión. A una le pagué y la respuesta fue
bastante tibia, a mi criterio. Me hubiese gustado más análisis. De hecho, lo volví
a leer, y corregí cosas obvias que yo no me había dado cuenta. La segunda
persona me dijo que lo iba a leer enseguida porque después no iba a poder, y
ahí quedó, no respondió. Y como no tengo a quién mostrárselo, voy a publicar
una parte en el blog pero también voy a registrar todo. Tuve la mala suerte de
que la oficina que se ocupa de estas cosas está cerrada en febrero, porque el
envión de hacerlo me dura poco. Ojalá me acuerde a principios de marzo, antes
de la locura del inicio.
El cuento se llama “Historias en Rincón”,
por el momento, a fuerza de que otro no se me ocurre. Surgió primero como un
proyecto descartado de una posible comedia musical entre dos escuelas del Liceo
Municipal. Nosotras, las del Taller de la Palabra, teníamos que escribir una
historia marco para que otros la transformasen en un guión que sirviera para
darle forma a los lenguajes artísticos. A mí me gustó la idea inicial, la de un
grupo de chicos que van de campamento organizado por sus padres sin celular.
Entre las actividades que harán, será la de contar cuentos. Pero esas historias
no se escribieron. Yo escribí un borrador que quedó en eso. Un año después, o
sea, en enero, lo retomé por mi cuenta y lo escribí. Pero no creo que haya
lectores para esta historia que tiene tres historias dentro de otra. Así acá va
la primera:
Historias en Rincón
-Delfi.
-….
-Delfi, sacate los auriculares
que te estoy hablando.
-Qué mami.
-¿Te vas a quedar todo el día en
la cama con el celular?.
-Sí.
-¿Por qué no salís a dar una
vuelta a la plaza?
-No tengo ganas, estoy bien así.
-¡Alejo!
-Qué, ma.
-Dejá los jueguitos del celular y
vení a ayudarme con las compras del super.
-Esperá ma que estoy por terminar
la jugada.
Pero la jugada no terminaba y la madre seguía por su cuenta con los
bolsos hasta la cocina. Hubo un tiempo en que no existían los celulares. Los
celulares, las playstation, las Xbox ni las tablets. Tampoco las computadoras
para uso doméstico. Los chicos jugaban a la tocada, a la escondida, a la
rayuela, jugaban con sogas y con sus bicicletas. Era la época en que la
televisión tenía dos canales y la transmisión comenzaba al mediodía. Si llovía,
se buscaban los dados, los pinceles, las plastilinas, los collares de la mamá,
se leían libros o se pegaban figuritas en álbumes para coleccionar, se jugaba al
chinchón, a la casita robada o al chancho con cartas españolas. Las eran nenas vestían a las muñecas y
tomaban el té en tacitas de plástico. Si eran varones, armaban carreras de
autos en pistas de cartón. Los juegos
continuaban en los recreos de la escuela, en patios grandes como una plaza en
los que se podía correr y saltar y continuaban los fines de semana en las
quintas de los tíos; allí la diversión era doble porque el tiempo corría lento
y los árboles invitaban a las más excitantes aventuras. En ellos, los chicos
armaban sus casitas o bien organizaban escaladas superatléticas.
Aquellos juegos que gustaban a sus padres no eran atractivos para sus
hijos. Lo más preocupante era la falta de actividad física, el aislamiento
progresivo y la desconexión con la familia. Por esta razón, los papás de
Delfina y Alejo, los mellizos; los papás de Pancho y Agustina y los papás de
Seba y Paula decidieron ese verano tomar el toro por las astas y organizarles a
sus hijos una salida en las afueras de la ciudad. Cuando les comunicaron el
proyecto, obviamente, ninguno aceptó la propuesta.
-Ni loca voy y menos con el pesado de Pancho mami-dijo
Delfi.
-No cuenten conmigo, juega Barcelona el miércoles-agregó
Alejo.
-Yo no voy sin el celu-aclaró Seba.
-Dormir en carpa es incómodo-agregó Agustina.
-¿Qué vamos a comer?-preguntó Pancho.
Excusas como éstas rondaron como
pajaritos inquietos alrededor de los padres. Pero ellos no hicieron caso a las
caras largas de los hijos. Estaban decididos. No habría marcha atrás. Consiguieron
una quinta en Rincón, propiedad de un amigo de los papás de Pancho que se
ofreció a quedarse con ellos para cuidarlos. Las madres organizaron la compra
de los alimentos precocidos para que sus hijos no perdieran tiempo pelando
papas ni haciendo milanesas. También les armaron los bolsos porque ninguno
movió un dedo para guardar nada. Era una guerra implícita. Mientras las madres
canturreaban guardando en bolsas los platos, los cubiertos, las medias, los
cepillos de dientes, los chicles y caramelos, ello seguían conectados a sus
celulares, derrumbados en los sillones como si no si hubiesen enterado de nada.
Al día siguiente, temprano, los papás de Delfi, Alejo, Pancho, Agustina,
Seba y Paula zamarrearon con cariño a sus hijos que dormían el quinto sueño.
Fue una tarea titánica. Más de uno se hacía el dormido. Tuvieron que esperar unos diez largos minutos
hasta que abrieran los ojos y tomaran conciencia de la realidad. Como ninguno
tenía hambre para desayunar, para desesperación de las madres que suponían que
la falta de apetito se prolongaría por dos días, les guardaron alfajores y
chocolatadas en cajitas de cartón en los bolsillos de las camperas, por si se
arrepentían y les diera hambre en la quinta.
Cada familia llevó a sus hijos hasta Rincón. Una vez que llegaron, que
estacionaron, que bajaron los bolsos, las carpas, las cajas con la comida, las
bolsas de dormir y el botiquín, les pidieron a los chicos que les dieran los
celulares.
-El celular Pancho.
-El celu, Delfi.
-Dame el celular Seba-
Y así cada padre fue pidiendo a
cada hijo, en tono solemne y algo lúgubre, el dispositivo electrónico. Pero los
chicos se negaron. Habían traído los cargadores y no pensaban quedarse sin
comunicación. Demasiado que estaban ahí en esa quinta horrible en la que no se
veía ni una calle, ni un edificio, ni nada que los acerque a la ciudad. El trato era quedarse pero con celulares. Y
si los padres pretendían sacárselos, era guerra declarada. No estudiarían en
todo el año. Se llevarían todas las materias. Probarían la cerveza y el
cigarrillo. Eso asustó a las madres que miraron a sus maridos pidiendo un
trato: ya estaban ahí, que se los queden.
No hubo necesidad de despedidas. Mientras los chicos llevaban los bolsos
a la galería, los padres arrancaron los coches y partieron. Eduardo daba
instrucciones como si fuera a recibirse de Profesor de Educación Física;
llevaba un silbato, una gorra, los anteojos de sol enganchados en la remera y
bailaba pasos de cumbia. Los chicos lo miraban como si fuera un payaso. Pero lo
hacían caso porque tenían un plan. Un plan secreto. Entre todos habían pensado
fingir una descompostura estomacal esa noche, después de comer; las
hamburguesas estarían mal en mal estado lo cual significaría una consulta
urgente en la primera guardia que vieran en la ciudad; es decir, los padres
tendrían que venir a buscarles esa misma noche y sanseacabó la salida.
Eduardo tenía un sinfín de actividades planeadas para que no tuvieran un
minuto libre en todo el día. Después de armar las carpas, de reconocer la
quinta, de cocinar el almuerzo y de dar una caminata por la zona que rodea a la
quinta, los chicos estaban con la lengua afuera. Los seis se tiraron panza
arriba debajo de unos tilos.
-Y recuerden-dijo Eduardo-que esta noche van a tener que
contar cuentos en el fogón.
-No me sé ninguno-dijo Alejo.
-Si el celu no tiene señal no puedo googlear ninguno-agregó
Paula.
-Yo no voy a contar ningún cuento-contestó Pancho.
-Lo siento-dijo Eduardo-Tienen el resto de la tarde para
inventar uno-y se fue rumbo a la casa a preparar la merienda.
Una vez que tomaron la chocolatada fue el tiempo de pensar las
historias. Los árboles estaban llenos de cotorritas que iban y venían chillando
de aquí para allá. Algún que otro búho se asomó en los maderos de los cercos,
los grillos despertaban en el atardecer que anunciaba la noche fresca. Los
chicos, después de ese extraño tiempo de soledad al que no estaban
acostumbrados, decidieron inventar un cuento de a dos. De esa manera, se
notaría menos si aparecía una laguna en la historia, un hueco sin rellenar, un
personaje sin nombrar. Paula había llevado un cuaderno espiralado y las fue repartiendo a los demás para que les
sirviera de borrador.
Cuando se hizo de noche, Eduardo encendió
el fuego. La luz de las llamas los envolvió en un abrazo invisible. Se sentían
bien aunque no lo dijeran. Habían acordado que después de los cuentos comenzaría
la descompostura estomacal. Primero Paula, después Pancho, Seba, Delfina y así
todos irían agarrándose de la panza, gemirían juntos al unísono hasta alarmar a
Eduardo. De esa manera, no tendría otra opción que llamar a los padres.
-¿Quién empieza?-dijo Eduardo mientras tiraba un par de
ramitas a la fogata.
-Nosotros-contestaron Delfi y Alejo, los mellizos.
“Dicen que las brujas no existen,
que son personajes de ficción, eso de que anden en escobas, volando, haciendo
pócimas y transformando a los chicos en sapos es cosa de cuento. Yo no creo en
brujas”.
-Dale, empezá de una vez.
-Pará que necesito concentrarme
en lo que voy a contar. No es fácil, no es que nos pusimos a inventar todo,
nene. Con el poco tiempo que nos dieron para la historia. Lo que queremos contar
es lo que le pasó a nuestra mamá en el barrio de nuestra bisabuela. Ella iba
todos los viernes después de la escuela a tomar la leche. Los abuelos la
inscribieron en el turno tarde porque no había más lugar a la mañana. Mi abuelo
la dejaba y la volvía a buscar por la noche, cuando ya había comido. A veces se
quedaba mi tía que es más chica, sigo hablando en singular porque es más
difícil hablar en plural.
-Dale, seguí.
-Ella prefería que no viniera
ella mi tía porque entonces no podía salir a jugar con los demás chicos que
eran como yo, nietos de todos los abuelos que vivían en esa cuadra. Bueno,
resulta que al lado de la casa del abuelo de Natalia, no me acuerdo si la
abuela vivía
-¿Quién es Natalia?
-Una amiga del barrio. Lo que me
contaba es que la tía de Natalia tenía un hijo bebé y a ella le me encantan los
bebés, entonces se cruzaba para jugar y ver cómo le daba de comer o cómo lo
bañaba. Esa época del bebé, no sé si es la misma época de cuando conoció a la
bruja.
-Te estás yendo por las ramas…
-No me estoy yendo por las ramas,
estoy tratando de armar una historia para que vos te ubiques. Ya vas a
ver…bueno, al lado de la casa del abuelo de Natalia vivía una mujer a la que
todos les parecía que estaba…un poco loca. Primero porque tenía puesto siempre
el mismo vestido que era como los que usaba mi bisabuela que era como un batón que se prendía por
delante. La vieja se dejaba ver muy poco. Si salía, se metía bien adentro en la
casa de Natalia o en la de mi bisabuela porque le daba terror que la mire.
Segundo, tenía el pelo gris, enmarañado, como si nunca se hubiese pasado el
peine, como dice mi mamá cuando me ve a mí que no me quiero desenredar el pelo.
Lo llevaba suelto y, para la edad que le calculaba, era grande para llevarlo
así. ¿Viste que las mujeres cuando son jóvenes llevan el pelo largo y suelto y
después cuando se casan se lo empiezan a cortar hasta el hombro?
-No me fijo en eso.
-Bueno, fijate porque es así; no
vas a ver a una mujer de más de cincuenta con el pelo largo y suelto. Si ves a
una que sí lo usa largo y suelto es porque tiene algo de bruja. Eso dice mi tía
que lo lleva bien corto.
-¿Se casó tu tía?
-No. Es soltera pero no quiere
desentonar.
-Me estoy aburriendo, mejor me
voy a dar una vuelta por el campito con la linterna.
-No, para que sigue. El pelo
largo y cano, el mismo batón suelto, la casa hecha una mugre viste, porque si
pasabas por la vereda, se sentía un olor horrible, como a caca de gallina, no
sé, a humedad con basura, andá a saber qué había adentro. Lo único que cuidaba
era un laurel de flores rosadas que tenía afuera, en la vereda. Mi mamá la veía
salir con un balde para echarle agua. En verano abría las ventanas bien
abiertas, de esas que se usaban antes.
-Con balcón bajo y baranda de
hierro, sí, mi abuelo vive en una casa así, con zaguán.
-Un frente con ventana, el balcón
bajo y la puerta. En verano también dejaba las puertas abiertas para que entre
aire, el olor era horrible, no limpiaba nunca. Los chicos más grandes que
vivían a la vuelta de la manzana pasaban y a veces le tiraban cosas, no sé qué
le tiraban, era algo medio podrido o carne cruda para los gatos. No te conté
que tenía gatos. Dos o tres; como mi mamá iba sólo los viernes, a los gatos los
veía de vez en cuando. A veces iba los domingos al mediodía cuando mi bisabuela
cocinaba para mi abuelo. Era gente de antes, de la que se levantaba, desayunaba
dos o tres mates y se iba a la cocina a limpiar las verduras. Lo que más le
gustaba a mi mamá era la tarta pascualina que hacía los viernes y el pollo con
salsa los domingos.
-Otra vez te fuiste por la
tangente, nena, si no seguís con la historia de la vieja me voy.
-¡Sos impaciente! Más vale que tu
historia sea más terrorífica que la mía porque si no…Bueno, sigo. Decía que la
vieja tenía unos gatos que a veces se le iban por los techos como hacen todos
viste, que se van y vuelven al otro día o tardan más, una semana o dos en
volver, como el gato de mi tía que cuando volvía, venía todo lastimado, como si
se hubiese trompeado con los gatos de todo el planeta. Los gatos de la vieja
eran gatos bastante tranquilos, a veces los escuchan maullar pero no mucho.
Había uno gris, otro blanco con manchas color canela y uno negro. El negro era
el más grande de todos. Una vez pasó que uno de los tres desapareció. La vieja
lo empezó a buscar y fue una de las pocas veces que la vieron salir con una
bolsa de las que se usaban antes para ir a la feria; una bolsa con carne cruda
habrá tenido porque la seguían unos perros callejeros olfateándola. Ella se
daba vuelta y los echaba para atrás. Muy feo los habrá mirado la vieja, porque
los perros se iban como espantados. El gato no apareció.
Una madrugada se escucharon gritos. La tía de Natalia se despertó pero
no quiso salir a ver. Lo que hizo fue llamar al 911 para que viniera la
policía. Lo que pasó es que le dejaron el gato muerto en la puerta de la casa.
Se lo dejaron envuelto. Nada más que eso. Los gritos eran de la vieja cuando
fue a abrir la puerta y lo vio. Digo yo que le habrán tocado el timbre porque
si no, ¿cómo se dio cuenta en medio de la noche de que le habían dejado el gato
muerto? La policía vino, dio parte del asunto y se fue. No hubo robo ni otra
cosa, no entraron a la casa. Después de eso, la vieja se puso como más huraña,
se encerró más en la casa. Durante ese tiempo no la vimos. Volvió el verano y
vieron otro gato, un gato nuevo. Era hermoso, grande, gordo, con los bigotes
largos. Parecía salido de una publicidad de comida balanceada. Ese gato sí que
era sociable. Mi mamá y Natalia se acercaban para verlo de más cerca. No
parecía malo. Claro que no les gustaba mucho acariciarlo porque no sabían si
estaba embrujado. Tenía los ojos amarillos, brillaban como monedas de oro.
Un día el gato apareció con una rata muerta. La llevaba en la boca. Ellas se metieron horrorizadas en la casa de
mi bisabuela, para estar más lejos. A la rata la dejó en la puerta de la casa
de un vecino y a los dos días desapareció el perro.
-¿Qué perro?
-El perro del vecino. Mi mamá
dice que se lo llevó la vieja pero eso no lo pudieron comprobar. Lo que se
escuchó en esos días fueron unos aullidos de la casa de la vieja. Como si lo
estuvieron torturando, pobrecito.
-O la vieja lloraba así, capaz.
-Bueno, no sé. Lo que te digo es
que a partir de la desaparición del perro empezaron a ocurrir cosas raras que
venían de la casa. Viste que la vieja tenía las ventanas abiertas, bueno, por
la noche, cuando hacía mucho calor, no las cerraba. Los chicos más grandes
querían saber qué pasaba adentro, cómo era el lugar, y se turnaban de dos en
dos para ir y espiar. Iban agachados, después se arrastraban para que la vieja
no los viera, asomaban muy lentamente la cabeza y la volvían a bajar como si
les hubiesen pasado un fósforo en los pies.
Ellos dijeron que vieron, o creyeron ver, que la vieja estaba en la
cocina, moviéndose como una poseída, hablando sola, la cabeza para atrás, los
ojos desorbitados, moviendo con las manos unas ramitas de yuyo.
-Para mí que la vieja no tenía
televisión y hacía todo eso para entretenerse.
-Sos aguafiestas, pará. Una vez
que fueron, no sé si la segunda o tercera vez, la vieja se dio cuenta de que la
espiaban. Entonces pegó un aullido tremendo y los chicos salieron corriendo.
Ella abrió la puerta y vio en qué dirección iban. Entonces mandó al gato. Al
gato grande y gordo que fue detrás de ellos. Parece que el gato era rápido a
pesar de los kilos porque enseguida los alcanzó y los arañó. Algo tenían las pezuñas
del gato porque tuvieron que llevar a los chicos al hospital, como si los
hubiese intoxicado con algo, no sé. Lo que es cierto es que los chicos
estuvieron muy mal, con vómitos, muy descompuestos. Uno de ellos no quedó bien,
digo, de la cabeza. Como si lo hubiesen embrujado. No es el mismo de antes, yo
lo conocía. Era un chico de que le gustaban los videojuegos, estaba todo el día
con un juego del pacman en lugares como lo son ahora los Playlands de los
shoppings pero ahora no existen. El chico quedó lelo.
-¿Y la vieja?
-A la vieja la quiso agarrar la
familia, la quisieron demandar por bruja. Se armó un lío bárbaro. Vino otra vez
la policía pero no se la llevaron. Después vino una ambulancia. Para mí que la
demandaron por loca. Ahí sí se la llevaron. La casa quedó como el día en que se
fue, no sé si llegaron a cerrar bien todas las puertas y ventanas. Lo que se ve
desde afuera es la cadena con el candado. Desde que se la llevaron, habrán
pasado dos, tres años. La tía de Natalia decía que de vez en cuando se escuchaban
aullidos, gritos. Para mí quedaron los gatos adentro. No sé. Si estaban adentro,
se deben haber muerto, salvo que se hayan podido escapar por una de las
claraboyas. Mi mamá, Natalia y los chicos crecieron, se hicieron adolescentes y
dejaron de ir a la casa de sus abuelos. Preferían ir los viernes por la tarde a
la peatonal, recorrer las cuadras que van desde calla Salta hasta Juan de
Garay, donde está el Teatro Municipal y donde se concentraban todos los chicos
de su edad. La casa sigue estando, yo la veo cuando voy en el colectivo que
pasa por calle Primera Junta y me da un miedo tremendo. No sé si están los
espíritus del perro y de los gatos, no sé si está embrujada. Me da un miedo
tremendo esa casa. A la vieja no la vieron más. (...)
J.G.