La espera.
La señora Silvina odia lo que va a hacer
pero no puede dejar de hacerlo. Se sentará en el sillón de la sala a esperar
que vuelva su marido. Serán horas desde que termina la cena, a veces en
compañía de un amigo de la familia que luego despide y se quedará sola. El
sillón es cómodo y le permite pensar, en la penumbra, lo que escribirá al día
siguiente. No es un tiempo perdido, aunque a veces la angustia la ponga
nerviosa y entonces tenga que pedirle a Jovita que le haga un té. “Quisiera ser
pobre como vos, Jovita, le decía en sus días malos, para no tener este miedo de
que me lo secuestren, de que se lo lleven los del sindicato, estamos a una
cuadra, saben que
podemos pagar”, y caminaba por el pasillo una y otra vez, cuando el temor no la
dejaba respirar. Entonces entornaba la ventana, con las persianas bajas, para
escuchar el ruido de la calle. La señora Silvina sabe, porque tiene el don de
la clarividencia, de que no serán los sindicalistas los que lo secuestren sino la amante a la que no conoce, la que estará robándole el tiempo y su marido. No le interesa saber quién
es. Lo que le importa es que él vuelva a casa.
No
le extraña que él se tome estas libertades, ya sabían, desde jóvenes, que el
amor adopta formas volátiles. Ella le lleva diez años. Lo habían conversado hacía
tiempo; de hecho, ella también tuvo sus libertades, sus amigos. La señora
Silvina, la señora clarividente que sabe que en estos momentos su marido estará
compartiendo la cama con otra mujer,sufre. Los celos la exasperan. En
este momento lo odia, lo mataría sin dudar con los ojos bien abiertos. El amor le hace
la vida más difícil. “Si pudiera
convertirme en piedra por efecto de la Medusa y quedarme fría y dura"-piensa-, "que nada
de todo esto me importe".
La señora Silvina se acomoda en el sillón,
ya tomó su té: le indica a Jovita que se retire a dormir, que ella está bien y
pronto irá a la cama, que esperará media hora más, cuarenta minutos como mucho,
que gracias por la manta, resfresca en la noche y una no se dá cuenta. La
señora Silvina reclina la cabeza hacia atrás, cierra los ojos, inspira hondo;
recuerda el libro que dejó en la mesa de luz y que tanto le gusta, piensa que
hará una traducción de esos poemas. Comenzará mañana. Siente un leve movimiento
afuera, un tintineo de llaves. Se levanta rápido, va hasta el baño a cambiarse.
El hombre abrirá suavemente la puerta; ella no quiere verlo cuando llegue, no
quiere ver su rostro ni su satisfacción colgada en el cuello como un trofeo.
Siente alivio a pesar del odio y piensa que sólo necesita unas horas de
descanso para comenzar con la traducción de los poemas, un buen motivo para
acostarse.
J.G.
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