Los seres térmicos, o
sea...
Que la temperatura nos
cambia el humor,
entre otras cosas, como
saludar o no al vecino,
pasear al perro o contestar
llamadas, es prueba
del sentido común, no
de la ciencia ni de la fantasía.
Pero yo quiero creer
que ellos, los duendecitos térmicos
son como duendecitos escondidos entre los
zócalos
o en las hendiduras de humedad, apenas perceptibles,
y moderan mi animosidad, como la tuya.
¿Y si yo tuviera menos
calidez hoy y fuera un témpano de hielo
entre los cuarenta
grados de calor de la ciudad, entre el ardor
de las paredes de
cemento, las secas baldosas de la cuadra?
¿Qué haría yo sin los
duendecitos que gradúan con el termómetro
las horas,
los recuerdos y las nostalgias de las que no tengo resto
ni en las viejas
diapositivas ni en el inconsciente?
No me bastan tus
palabras dulzonas ni las palmaditas en el hombro,
yo quiero seres
térmicos en el bolsillo todo el tiempo,
o sea, una temperatura
estable ante las estridencias
de las que no soy artífice y a
veces
una se convierte en manzana del arquero.
Duendecitos en el
costado izquierdo quiero, chalecos guardavidas
del que bombea para que yo esté viva.
J.G.

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