Ventanas
Hace unos días, mientras caminaba por
Boulevard Pellegrini, sintonicé un programa de radio en el que se hablaba de las ventanas. Me pareció original
el tema y lo escuché con atención. Me hizo pensar en que las ventanas tuvieron
un lugar, podríamos decir, interesante y revelador en mi vida. Desde el punto
de vista arquitectónico, decía la locutora, una ventana es una abertura en la
construcción que permite que ingrese el aire y la luz en el interior; es parte
del afuera que ingresa en el adentro; así, objetivamente, no diría mucho una
ventana pero el programa de radio avanzaba en la idea simbólica de la ventana
en la vida. Entonces recordé. Recordé las ventanas de mi vida.
De chica viví en un departamento interno
hasta los catorce años. Mi casa era la primera y luego venían dos más. Tenía un
jardincito adelante, y si no fuera por esa pared gris enfrente, diría que
parecía una casa que daba a la calle, con sus tejas anaranjadas y sus cinco
grandes ventanas. Mi dormitorio daba a un patio interno que comunicaba con la
terraza. Como todos los chicos, sentía curiosidad por el afuera y me iba
bastante seguido a la terraza a mirar las casas ajenas, las antenas, la ropa
colgada, y más allá, el campanario de la iglesia. No sé si dije que mi casa
estaba enfrente de una iglesia enorme, con escalinata y hombre de la bolsa
incluido. Digo esto último porque no me gustaba dormir la siesta y por aquel
entonces me habían contado el cuento del viejo que tenía una bolsa en la que
guardaba a los chicos que no querían dormir y no dejaban que sus padres
durmieran un rato después del mediodía. Coincidió que durante un tiempo un
hombre “de la calle”, con todo lo que puede tener de típico un hombre
abandonado (sea la barba, la ropa andrajosa, la botella envuelta en papel, sí,
créanme, y la bolsa de arpillera) dormía en las escalinatas para aumentar mi
miedo. Claro que él estaba enfrente y yo muy bien escondida en mi casa. Jugaba
mucho en el pasillo, aprendí a andar en bicicleta allí luego de varios sábados
cayéndome y llorando por los tropezones, aprendiendo a usar los patines que me
regalaron para el día del niño y, obviamente, cuando no se podía salir a jugar,
miraba tras la ventana cuándo iban a llegar mamá o papá.
La ventana de mi pieza que daba al patio fue
la que me llevó a pensar que existían en verdad los reyes magos. Yo dejaba todo
preparado la noche anterior, y como estábamos en enero, la ventana estaba
abierta aunque cerradas las persianas. Yo sentí un movimiento la noche en vísperas de reyes e imaginé, ahora
lo veo así, que ellos bajaban por la
escalera de la terraza y me dejaban su regalo, pero antes los camellos comían
el pastito que había juntado de la plaza y tomaban el agua del balde. Esa
ventana fue una suerte de acceso a la ficción, porque yo, oculta en la
oscuridad, percibía ese ruido y había reconstruido la escena paso a paso como
en los cuentos.
La
ventana del dormitorio de mis padres era la ventana de las hadas; yo deseaba
fervientemente encontrarme con una y entonces cerraba bien los ojos, pedía el
deseo y creía con la convicción propia de un niño, que el hada iba avanzando
con su etéreo vestido azul y naranja. Yo no alcanzaba a verla a ella, pero veía
su vestido que avanzaba. Después me di cuenta de que lo que “veía” era el
reflejo de los rayos del sol que al mediodía se instalaban risueñamente en la
persiana con esos colores. Recuerdo que me emocionaba la idea de que un hada de
los cuentos viniera a casa, a verme a mí.
De adolescente, nos mudamos a dos cuadras
del departamento interno. En esa casa tuve una ventana con balcón que daba a la
calle pero no me asomaba casi porque el mundo que me interesaba por descubrir
no venía del exterior sino de emociones y sensaciones que pasaban por mí y por
lo que podía compartir con mis amigas; a excepción de lo relacionado con el
amor, porque de adolescente vivía enamorada y estaba atenta a la llegada del
chico que me gustaba. La ventana entonces era la ventana del amor, no me
importaba la calle si no lo que la calle me podía traer que era él, y si estaba
peleada o distanciada por unos días, entonces la ventana era una ventana
terriblemente dolorosa; yo miraba el afuera mientras escuchaba los temas más
románticos y melosos que había grabado en la radio, por lo general, con la voz
del locutor que arruinaba la grabación y que cortaban con mi deseo de llorar a
oscuras por tanta ausencia injustificada.
Las ventanas en mi otra etapa de la vida,
con una familia, fueron las ventanas de los tiempos ajustados. Ventanas que se
abrían para airear los ambientes, ventanas abiertas para que no entren las enfermedades, ventanas que miraban nuevamente a
paredones, con poca luz durante la tarde. Yo no tenía tiempo de mirar a través
de las ventanas porque tenía dos niños pequeños en casa y ellos eran, podría
decirlo así, las nuevas ventanas. Convertirme en madre borró buena parte de mi
vida anterior durante un tiempo considerable. Olvidé mi pasado, olvidé mis
recuerdos. Trabajar y ser madre no me daba espacio a mirar el afuera y sin
embargo; ellos, mis hijos, me conectaban de otra forma con lo que fui; algo en
el inconsciente se iba abriendo para traer desde el pasado vivencias que para
bien o para mal me ayudaban en mi nueva tarea.
Las nuevas ventanas del segundo departamento
donde fuimos a vivir son grandes; por la mañana y por la tarde entra la luz y
eso es lo que más me gusta del departamento donde vivo. Los niños ya no son tan
pequeños, tal vez por esa razón puedo observar más el afuera, puedo, por
ejemplo, levantar la vista por un momento mientras lavo los platos y ver cómo
el sol va corriéndose imperceptiblemente a medida que avanza el tiempo, al
igual que la luna, cuando es de noche. Puedo, a través de la ventana, observar
los árboles de la plaza que está a media cuadra y ver cómo las ramas se
balancean con el viento calmo o escuchar las cotorritas los domingos y feriados
cuando es poco el movimiento de autos. Y en ese detenerme, por momentos a
observar, es que me acordé que de chica escribía, que disfrutaba hacerlo; que
algo que comienza con una emoción se traduce en palabras, y que me alegra, me
da energía, me envuelve en un no sé qué que me deja contenta. Sí, la ventana de
la cocina me recordó que escribía, que
podía intentarlo nuevamente, que a pesar de los trajines diarios mirar a través
de la ventana me conecta con mi adentro para que lo que guardo salga a través
de las palabras y ellas sean mi apertura con el afuera, como las ventanas.
J.G.
Muchacha sobre la ventana, Salvador Dalí, 1925

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