sábado, 13 de junio de 2015

   "Me abandoné observando  aquellas negras hileras inquietas. También esa era una señal reconocible. Desde donde estaba no podía ver el lago. Pero veía el cielo, algunas nubes y me dije que esas nubes y ese cielo se reflejaban en el lago. pensé en los últimos meses y, más atrás, en todos los años que habían pasado, en la importancia de esos años. Pensé en el empeño de mi padre por terminar de levantar aquellas paredes. Pensé en mi madre y en Elsa. Me sentí en paz. En la luz, en los perfumes, en las imágenes de las laderas esparcidas de casas aisladas, volvía a encontrar un sabor que me era familiar, que de alguna manera misteriosa me justificaba. Supe que, de las presencias que me habían acompañado, en las que me había apoyado, no me quedaba solamente aquello que en ese mediodía podía ver y tocar. Había cosas que no hubiese podido nombrar, pero que estaban ahí. Cosas que todavía me seguían formando y contribuían a calmarme y a otorgarme fuerza. Entonces me dije que todo era más simple de lo que me había imaginado siempre. Y que quizá sólo hiciera falta mantenerme alerta, conservar el equilibrio que ese día me estaba sugiriendo, insistir en viejas costumbres, formas de vida que nadie me había explicado jamás, pero de cuyos ejemplos, algunas veces evidentes, otras intuidos, mi memoria estaba llena. Que tal vez bastara con sentarme bajo el nogal de tanto en tanto, y permitir que esas voces llegaran hasta mí y dejarme llevar".
                                Antonio Dal Masetto. Oscuramente fuerte es la vida. Bs.As., Ed.El Ateneo, 2011.


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