domingo, 27 de noviembre de 2016

Calles

I
Y si entre las veredas de la avenida
lo viera venir,
lo viera caminar en sentido contrario
como si tuviera la intención
de acercarse,
sus ojos mirándome.
Entonces esta ciudad de ríos,
apenas una mancha en el mapa,
tendrá el aroma intenso
a jazmines, a lapachos florecidos,
el palo borracho abriéndose
a los nombres de todos los árboles,
no tan arisco como para arrimar
las manos a su piel.

II
Y ahora camino hacia al río,
bordeo las calles, reverberan
los vidrios de botellas rotas,
uno o dos que anoche se perdieron
por una mujer o quién sabe qué.

El este es un destino,
como el río que es también la calle,
hipnotizan los lapachos o los jacarandáes,
las baldosas insinúan el nombre
que amo; voy hacia el este,
bordeando el camino de asfalto,
llenando el vacío con hojitas de paraíso
hasta que te encuentre.


III
Porque ella me contiene
como la palma de mi mano
las marcas del tiempo,
no el deseo, no los signos
de tu paso en un cuerpo
que ya no es el mío.
La ciudad guarda la memoria
de lo vivido, como instantáneas
y ella está para recordar
que soy aprendiz
de un lenguaje que duele.

                        J.G.



domingo, 20 de noviembre de 2016

Misericordia

  Entró por el lateral de la iglesia. En ese momento, el sacerdote estaba de pie, cerca de los chicos explicando la cita bíblica. Distraída, por momentos, no le vi la cara. Sólo la espalda y los tacones que simulaban no hacer ruido al golpear las baldosas frías. Se acercó al altar de los santos agustinos. Se persignó; llevaba unas flores cortadas hacía días. Mientras acomodaba la ofrenda en un jarrito, vi que inclinaba la cabeza a Santa Rita. Llevaba una torera, el pelo corto, muy rubio, muy teñido, un pantalón ajustado, los tacones trasnochados. Después se dio vuelta para buscar un asiento. Le abultaba el pecho en una blusa muy ajustada. Si te digo que llevaba una cartera, sí, no me mires mal, una cartera de tira larga, pequeña, me habrías dicho por qué no me fui más lejos. Ella se sentó en el banco de adelante. Olía a perfume de lavanda, intenso. A esa altura me había olvidado de la homilía. Ella seguía mirando a Santa Rita. Rezaba. O creí que lo hacía. No me pareció que fuera una mujer humilde, como decimos, a las que llegan de Villa del Parque. No. Ella tenía un aire a señora bien, exótica para un domingo a la mañana. Enseguida pensé que trabajaría para la Municipalidad o Tribunales. Me la imaginé sellando papeles, tras un escritorio. Sin hijos. No tenía el cuerpo flojo. Y sin embargo, había algo en la expresión de su cuerpo que quería descifrar. No sé. Una sensación de culpa. Se arrodilló unos minutos, la cartera colgada al hombro, la espalda inclinada a Santa Rita. ¿Qué estaría diciendo?      Cuando se sentó se acomodó la camisa que apenas tocaba la cintura. Se levantó. Se acercó otra vez al altar. A esta altura el padre había terminado la homilía. Ahora rezábamos las intenciones comunitarias. Ella parecía no darse cuenta de los demás, ni de las madres que pasaban por el pasillo con los cochecitos, ni de los chicos apretados en las primeras filas, atentos a los cordones de sus zapatillas, ni de algunos hombres que cabeceaban simuladamente para verla. Sacó de la cartera una vela y un frasquito de plástico, como los que venden para la fiesta de San Expedito. Encendió la vela con otra, y luego volcó un poco del agua en sus manos. Así mojadas se persignó y se las llevó a la cabeza, al cuello, al pecho. En ese momento pensé que alguna noción de catequesis debía tener. Porque cualquiera lleva flores a los santos pero, ¿mojarse con agua, prender una vela? La luz, como el agua, son signos del Espíritu, del Santo Espíritu de Dios que limpia los pecados del mundo, ahuyenta la tentación, nos alumbra de fe y esperanza. El agua, como la luz, despoja a los hombres del maligno, símbolo de pureza y sanación. Vos me vas a decir que me salta a cada rato el libro del catequista, que soy una prejuiciosa. Claro que no, pero decime, si vieras una mujer vestida así, en la misa del domingo de las diez de la mañana, ¿no te habría llamado la atención? ¿No te habrías puesto a pensar qué hacía esa mujer en la misa de las familias con esa facha? Mientras vos pensás de mí lo que quieras yo me pregunté qué le habrá pedido a Santa Rita. ¿Que Dios la perdone? ¿Que la purifique? ¿Que la convierta? ¿Qué huela dulcemente como ella después de muerta?

  Ves, vos también querés saber qué hizo después. Y lo que hizo fue que se quedó un rato más, la cabeza inclinada hacia atrás, los ojos en la santa, la vela encendida al lado del florerito. Cuando estábamos por cantar “Cordero de Dios…”, guardó el agua, depositó un billete en la urna, dio la media vuelta y se fue, haciendo un leve ruido con los tacones que apoyaba con la punta de los pies. Yo hice como que no la estaba mirando. Cuando fue el momento de la comunión me acerqué al altar. La luz de la vela seguía encendida. Miré a Santa Rita y me pareció, o eso creí, que un rastro de misericordia asomaba en los ojos de vidrio.
                                                                         J.G.



sábado, 19 de noviembre de 2016

El arte de narrar de Juan José Saer

Lo que cantan las sirenas

El país natal
es como el pozo púrpura entre muslos de oro
del que la barba vuelve humedecida. Y ese otro
vicio, el de los viajes, cabalgar
un animal de madera que se sacude 
siempre en el mismo punto. Somos
la oscuridad esmeralda, fría y sin ruido,
y cantamos la derrota: no hay vendas
tan hondas que protejan los ojos
de este nuestro tumulto de luz. El coro
llameante boya y recuerda
el desierto de las ciudades, la agonía
de estar sentado y esperar, agregando horas a la noche,
la mañana imposible,
las manos que no aferran nada,
la discordia perpetua del llano y la geometría,
los pájaros que vienen como piedras a morir.
Al trayecto que ya pasó se lo come la niebla
y el pozo del deseo está seco para regar lo que falta.

No están aquí porque llegaron
ni porque busquen ningún lugar
y hay un lugar grande
en el que están y no saben.
Somos la espuma que murmura, dorada, del abismo mudo.
Nuestra canción canta lo mismo en los oídos que no nos oyen,
nuestros rayos relumbran en los ojos que no nos ven:
años enteros de furia lenta
trabajando contra el momento del amor
y esta no es todavía ni la mitad del camino.
                                                     Juan José Saer. El arte de narrar, Santa Fe, Ediciones UNL, 1988.


Juan José Saer
Foto: Diario de Cultura

martes, 15 de noviembre de 2016

A partir de "La muralla y los libros" de J.L.Borges

La inminencia de lo perfecto

Como si el crepúsculo
pudiera decirnos algo,
en ese momento
en que tu mano
me llama a tu pecho,
yo me concentro
en nombrar
esto que no tiene nombre.

Será que el crepúsculo
es una música en la terraza,
el banco de más allá
que espera a los gorriones.

Y qué pierdo con pronunciar
lo que no debo
despojarme de un latido,
lo que otros llaman
amor pero no me basta.

                   J.G.


Foto: María Eugenia Zeballos

                         




domingo, 6 de noviembre de 2016

"...El mar entre las manos de las nubes. /El mar entre las nubes de las hierbas./ El mar entre las hierbas de tu cuerpo..." Eduardo Cirlot

Extraño el mar desvanecido entre las rocas,
la aspereza del ruido blanco,
la arena hundida en la planta del pie
los pequeños regalos que una vez me diera,
las horas boca arriba
mirando el cielo gris.

Que yo lo esté llamando,
como los barcos a sus faros,
en la línea horizontal y definitiva,
en la que crujen las olas
y las algas. Hundirse en el recuerdo
de su voz con los párpados cerrados,
o en la sombra de mi oído,
antiguos signos de su cuerpo.
Es dulce recordar,
doloroso y dulce,
no puedo negarlo.
                     J.G.



Foto: J.G.

sábado, 29 de octubre de 2016

   La noche en la selva se parece a un interrogante cínico. No estoy hablando de una selva física, con monos y leopardos. La selva es una metáfora de lo perdida que estoy entre la rutina y los edificios, entre las calles sucias y los disfraces que una se pone para aparentar que está todo bien a esta altura del año. Me saco una selfie y está todo bien por acá, así funcionan las cosas. ¿Y quién está bien a esta altura del año? Sí, ya sé, los que tienen plata y viajan a cada rato a Miami o hacen cruceros por el Mediterráneo porque otra no tienen para matar el tiempo que les queda antes de morirse. A ellos les sobra tiempo y a una le falta tiempo. Qué injusta es la vida. No me digan que soy cruel porque es la pura verdad. La vida nos da tiempo antes de morirnos, antes hay que vivir o sobrevivir, como quiera que llamemos a esta cuestión de ganarse el pan de cada día y en el medio, entre puchitos de tiempo, hago lo que realmente me gusta, como para que una no sienta que vino al mundo como un esclavo. Decía que a veces la noche tiene su encanto si escuchamos un poco de música, o leemos el libro de la mesa de luz que dejamos con una pena cuando hay que levantarse a lidiar con el día por no decir con la gente que parece que lo único que le importa es reclamar por qué hice lo que hice y si no lo hice por qué no lo hice. Para contrarrestar toda la locura diaria trato de encontrar la belleza de la que habla Pasolini. ¿Dónde fue? Ah, en la Facultad hace tanto tiempo. Él dice que la belleza está por todos lados pero es uno el que no la ve porque no tenemos ojos para descubrirla. Entonces me propuse encontrar esos momentos, esas imágenes que me remiten a la belleza. Por ejemplo, la otra vez volvía del Liceo y al lado mío, en una esquina, una chica llevaba un cajón de madera como los que se usan para vender naranjas y manzanas, llevaba ramitos de flores en frascos de vidrio. Atardecía y yo vi esas flores y me dije que la belleza estaba ahí, regalándose. La otra vez fue cuando lo llevé a Juan a su hora de fútbol, íbamos caminando por la vereda ancha que mira al oeste, para ir hasta Avenida Freyre y otra vez apareció, no la vi, la sentí; eran jazmines del aire ocultos tras una cerca. Me dirán que estamos en primavera, claro que voy a ver los cambios en las plantas, en los árboles. ¿Acaso la belleza no es esto? No es también cuando él me mira, y una no sabe a dónde meterse, como si quisiera absorberme de a poco cuando me habla y una desvía la mirada para que eso no pase? A veces pienso que el amor es la noche, es el mar entre las rocas, es una selva impenetrable, es una forma de la belleza que duele, que enfría, que arde en la piel, qué se yo. No sé exactamente qué es el amor, pero veo en él belleza; y yo estoy ávida de belleza, ávida de amor, de amar, de que me amen. Que aparezcan esos jazmines en la pupila o en las narices es, como decirme, es salvar el día, es redimirse en este devenir un poco aburrido de hacer lo que se tiene que hacer. Que aparezca él tomándome de la mano, inclinándose para darme un beso, como lo hacían antes, sería maravilloso…y entonces hago esto, fabular mientras hago mandados así la rutina no me atrapa del todo, no todo del todo, no.
                                                                 J.G.



sábado, 22 de octubre de 2016

"Tengo sueño, he amado, he ganado el silencio." Roque Dalton

He ganado el silencio
para que me oiga.
Como si pudiera callar
a todos, aún callar la noche
para encontrarlo quieto,
casi dormido, indefenso.

Es que así, entre su cuerpo
y el mío, mis ojos dicen más
y aún más que la sombra
de mi mano en su hombro.

He ganado el silencio
para que me oiga,
para que mirándolo
no se duerma en su sueño
sino en el mío.
                     J.G.