domingo, 25 de marzo de 2018


                                                               “Aquello que te detiene y te espanta, es el poema. 
                                                                          Él quiere pasar por aquí”. R.G.Aguirre

Él quiere pasar por aquí,
el poema. La nada entumece
las piernas y el andar me declina en la tarde
como una rama.
Es decir, el poema que no dice
está aquí y no sé cómo nombrarlo.
Eso es todo.
                  Y sin embargo,
todo es lo que me basta y me inquieta.
               El aquí  encierra un aire de dicha
               salvo que la sombra, una línea vertical
               me acalle.
¿Y si el ocaso enciente, subrepticiamente,
lo que no debo?
Entonces, cerraré los ojos.
¿Y si el ocaso atrae, en su andar viril
los pasos del deseo?
entonces, me dejaré caer.

El borde en el que se detienen todas la cosas,
los que conocen las verdades
y las venden en vetustas vitrinas,
el borde en que me ausento y todas las cosas
que me atan se agrandan, se enroscan,
el borde en que las manos se aferran y resbalan
porque no pueden sostenerlas, ni la voluntad
ni el desasosiego,
el borde es una mancha y otra en lo profundo y efímero.
           ¿Por qué entonces, este peso en el centro,
                            Por qué no puede salirse de sí misma
esta intolerable ausencia,
Por qué, entonces, me digo,
la realidad es la entidad que no puedo comprender y amar?
                                                                                        J.G.





sábado, 17 de marzo de 2018

Diarios Personales


Viernes 16 de marzo:
  ¿Qué pasa cuando una saca un turno con el ginecólogo y tiene que esperar más o menos un mes y cuando se cumple el día y la hora la secretaria del ginecólogo nos dice que el doctor no está pero hay un reemplazante? ¿Qué debe hacerse? ¿Tomar el turno o dejarlo? ¿Arriesgarse con un médico desconocido o sacar otro turno? ¿Y si pasa de nuevo que el doctor no está? Bien, esto ocurrió hoy. Decidí quedarme porque bastante me embroma perder tiempo haciendo estudios extra. Ya estoy acá. No dormí la siesta ni la voy a dormir cuando llegue. Son las cinco de la tarde. Trabajé como condenada durante la semana y la cierro con un turno médico. Voy a la sala de espera. Para contrarrestar la mufa me llevé auriculares para escuchar música. Tengo cansada la vista. No voy a leer. En la sala de espera la gente hace lo mismo: escucha música o navega en las redes. Se abre la puerta del consultorio. El doctor reemplazante despide a una paciente y llama a otro que resulta ser un hombre joven. Supongo que vendrá de parte de la novia. No demora. Abre la puerta nuevamente y llama a una mujer. Los asientos se desocupan de mi lado y me acerco a la puerta. Sospecho que la próxima soy yo. Por la voz no puedo identificar si es un doctor joven o mayor. No se lo ve. Siete minutos más tarde se desocupa la señora. Qué raro, pienso, va muy rápido. La siguiente paciente soy yo. Ahora bien, la experiencia que he tenido con los médicos fue casi como la de padre e hija o la de hermano mayor, digo, por la edad. Pero qué ocurre cuando el médico reemplazante es menor que una, digamos, diez años menos, mida un metro noventa, sea morocho y robusto, como si hubiese venido a la clínica después del gimnasio o de un paseo en una lancha de lujo al estilo de las mejores colonias masculinas como Old and Spice o Polo? Tragué saliva pero disimulé mi consternación. ¿Tendré que hacerme un Pap con este muchacho? ¿Tendré que hablar de mis partes íntimas con un modelo de Ralph Lauren? ¿Por qué me pasa esto a mí?
  El doctor examinó el estudio y los anteriores. Minimizó un quiste. Me dio a entender que de no crecer podré seguir haciendo el chequeo una vez al año. Estamos hablando de una ecografía mamaria. Qué bueno que no se detuvo en las radiografías y sólo en los informes ininteligibles de la médica ecógrafa. Y luego la pregunta tan temida. ¿Cuándo te hiciste el último Pap? Él no me mira a los ojos en ese momento. Yo tampoco lo miro. Contesto mirando para abajo como hacen mis alumnos cuando hago una pregunta y no quieren que los nombre. Una pone cara de “a mí no me toca, a mí no me mire” pero en el consultorio la única paciente soy yo y el modelo de Ralph Lauren a punto de pedirme que vaya al baño para hacerme el Pap. A fines de julio del año pasado, le digo, sumando diez días más a julio. Ah, entonces tenés que volver en julio. Ah. Contesto. ¿Es al año que se hace? Sí, venite en julio y en agosto repetís este estudio. Bien. No hay más que decir. Amago con levantarme y me levanto. El modelo también se levanta. Me dice “Bueno, un gusto”. Gracias, igualmente, contesto yo. Ahí la pifié. ¿Cómo le voy a decir que fue bueno conocerlo, dándole a entender que está más bueno que el pan caliente o como si estuviéramos en no sé, una reunión informativa o una charla de colegas, ¿le habrá parecido amable o fui atrevida? Qué sé yo. No importa. Lo que importó es que no me hice el Pap. Y que vuelvo en julio. Ojalá el doctor no falte.
                                                                                                        J.G.





domingo, 4 de marzo de 2018

Diarios Personales


Miércoles 28 de febrero:
  Elegí estudiar Letras porque era el camino natural a mi vocación lectora de literatura y que luego se amplió al área del estudio del idioma. Ése fue un amor lento, que apareció con el estudio y el descubrimiento de otras disciplinas que en la escuela no habíamos visto, como el Análisis del Discurso y la Semiótica. En cambio, con la literatura fue un flechazo. Un amor como describe Julio Cortázar en Rayuela: “Como si se pudiera elegir el amor, como si no fuera un rayo que te atraviesa el alma y te deja estaqueado en la mitad del patio”.
  Pero hay otra razón por la que elegí Letras y es porque me juré no volver a pisar el terreno de la Matemática. Hay pocas carreras que no la tienen en su plan de estudios. Y mi lectura en aquel entonces de los planes de estudio fue muy atenta. Porque la muy insidiosa se mete en todas partes. Claro que una la necesita para sumar cuánto dinero hay que extraer del Banco para pagar las cuentas o con cuánto contamos si pretendemos tener un ahorro mínimo y queremos hacer un gasto adicional o bien, con cuánto contamos cuando aparecen imprevistos. Digamos que el uso que le doy a la Matemática en mi vida es bastante elemental. A partir de tercer grado de la primaria mi relación con la Matemática se volvió árida, en especial, cuando aparecieron las divisiones y las fracciones. Pintar conjuntos me encantaba, armar números con el dominó también. ¿Pero qué era eso de complicarse la vida con problemas hipotéticos? Si el problema era de Juanita que había comprado más caramelos de los que realmente disponía para gastar era un asunto de Juanita, no mío. ¿Qué me importaba si no se pudo comprar el chupetín?¿O que en un cine había tantas butacas y no alcanzaba para una función de estreno? ¡Que hagan otra función y se terminó el asunto! 
  Las fracciones fueron lo peor. Estoy hablando de la primaria. Hasta dividir una torta o una pizza estaba todo bien. No me pregunten más. Tuve la horrible experiencia de que la maestra de tercer grado me hiciera pasar al frente para resolver una división mientras el resto de mis compañeras me miraba. No se lo recomiendo a nadie. Mi papá me había enseñado a dibujar palitos al lado de la anotación para darme cuenta de cuánto tenía que multiplicar o restar pero me daba vergüenza hacerlo en el pizarrón. Entonces, la sensación es que estaba perdida. Y parece que a la maestra no le importaba que yo no supiera porque me dejó un buen rato ahí parada, delante de todo el grado.
   En la secundaria fue más o menos igual, nada más que, cuando me avisaban de una prueba, sacaba libros de la biblioteca y practicaba dos semanas antes con papá. El problema en las evaluaciones se sumaba cuando la profesora nos daba un solo ejercicio de cada tema y a mí las estadísticas me jugaban en contra: uno me salía bien, otro mal, uno bien, otro mal. ¿Cómo le podía demostrar que si me daba dos ejercicios del mismo tema podía demostrarle que bueno, a veces la pegaba? Claro, las matemáticas son ciencias exactas. Tiene que dar el resultado esperado sí o sí. ¿Y desde cuándo en la vida las cosas nos salen como las esperamos? ¿Acaso en la interacción con el mundo no aparecen situaciones, circunstancias, decisiones o personas que no habíamos previsto en el cálculo? ¿Acaso la lógica puede resolverlo todo? ¿La Matemática tiene todas las respuestas para una mayoría anónima a quien la incertidumbre de lo que vendrá es el pan de todos los días?
  Preguntas como éstas aparecían en mi adolescencia. Yo sabía que el camino de mi vida no estaba por esos lares a pesar de tener un papá ingeniero. Lamentablemente, no heredé ni un gen de su inteligencia por la matemática. ¿Qué cosa, no? ¿De adónde habrán salido mis genes? Mi abuela me decía que siguiera la carrera de mi mamá, que estudiara Abogacía o Escribanía, que me iba a ir bien porque era estudiosa y que dejara la literatura como un pasatiempo, para los ratos libres. ¿Quién vive de las letras? Una vez, una mamá del grado de mi hija me preguntó si Profesora de Letras significaba que yo enseñaba a escribir las letras, algo así como profesora de caligrafía. Ella no me dijo caligrafía sino que suponía que Letras era eso. Bueno, pensé, si hubiese estado en la Edad Media, si hubiese sido hombre y monje, tal vez sí, habría pasado mi vida como un escriba, enseñando a los novicios a escribir las letras góticas entre las oraciones de maitines y la hora nona. Yo le decía a mi abuela que la Abogacía me resultaba muy terrenal, que era aburrrida para mis intereses, pero para no contradecirla, le decía que lo estaba pensando.
  Bien, me propuse no volver a toparme con la Matemática en toda mi vida a excepción de las cuentas rudimentarias de todos los días. Pero se ve que a ella no le terminó de cerrar eso de no mortificarme más. Habrá pensado: “Volveré”. Como Terminator. Y volvió, la muy viva, con mis hijos. O sea, ellos la están padeciendo como yo, en su escolaridad. No tanto S. como M. que va a ser artista como mi tía. Yo no le digo nada para no alimentar su vuelo hippie pero no la veo en otra parte más que sentada pintando cuadros o dibujando. 
  La muy cretina se coló en mi vida, nuevamente, sin pedirme permiso. Como ahora que estamos sufriendo porque M. fue a rendir Matemática. Toda la materia. Un sinfín de temas. Un sinfín de números y operaciones, y ecuaciones y raíces al no se cuánto. Mi relación con la Matemática es más o menos como la de Voldemort en la vida de Harry Potter. Cada tanto vuelve para perturbarnos. Y mientras le damos batalla, pienso en una frase de una canción de Gustavo Cerati: “La poesía es la única verdad”. Y entiendo la “poesía” como una expresión del arte, de lo ilógico que es lo que más prima en la vida, de un pensamiento que se expande y se repliega y se emociona en la percepción del mundo, en la percepción de cómo los artistas ven el mundo; en ese silencio sin fronteras que es la poesía, que no cabe en el pecho porque se nos va por las venas a todo el cuerpo, y bombea como el corazón y late, y late.
                                                                           J.G.





Diarios Personales


Domingo 25 de febrero:
   Hoy temprano en la mañana, después de haberme despertado y esperar a volver a dormirme, situación que a veces se vuelve incómoda, soñé con mi madrina. Murió el año pasado. ¿Por qué será que vuelven, los muertos a visitarme? Como siempre, están sanos, llenos de vida. Ella hablaba por teléfono, no me veía. Vestía una remera celeste cielo, como sus ojos. No estaba tan pesada, como en los últimos años. Si bien no fue, una madrina presente, dadas las circunstancias familiares de constantes distanciamientos por rencillas de la que no formé parte, me abrió su biblioteca cuando estudiaba Letras. Ella también estudió la carrera y se recibió pero en la Católica. En vida, trabajaba mucho. Durante el día, en la obra social de los médicos, y por la noche en las escuelas nocturnas para adultos. Su biblioteca contaba muchísimos libros, en particular, de literatura latinoamericana. Su tesis consistió en estudiar Cien años de soledad años después de su publicación, o sea que contaba con un material que, en algunos casos, estaba agotado. Cuando no conseguía todo lo que me pedían los profesores y las bibliotecas de la Facultad o la Pedagógica no tenían lo que buscaba, la tercera opción era su biblioteca. Tenía dos: una en el pequeño escritorio de mi tía abuela que vivía abajo, y la otra en su casa que estaba en la planta alta. A veces pedía permiso con anticipación, porque tenía que ir cuando no había nadie, excepto mi tía abuela que no salía a ninguna parte. Me sentía como una ladrona de libros, eso de entrar a una casa vacía, a la intimidad de otro ausente. Y sin embargo, el poder de los títulos de la biblioteca podía más que la situación incómoda de llevarme libros sin decirle adiós al dueño. Bien, yo creo que A.apareció para decirme que está bien, ocupada, trabajando, quién sabe adónde.

Lunes 26 de Febrero:
    Ahora papá. No puede ser. Dos días seguidos no es común. Estábamos en Buenos Aires y debíamos volver a Santa Fe. Yo le decía, mientras él conducía un auto, sonriéndome, que teníamos que volver al hotel porque había dejado la billetera y porque nos tenían que dar una porción de torta. Él no me hablaba, sólo sonreía. Damos dos o tres vueltas a la manzana y me deja en el hotel. La billetera no estaba, supuse, en el sueño, que la tenía en algún lugar del equipaje. Le pregunté a un hombre del hotel con chaleco y moñito que me faltaba la porción de torta. Me dijo que enseguida me la preparaba para llevar. ¿Desde cuándo tan glotona yo? El despertador sonó y me desperté. Es raro que aparezcan dos días seguidos. Supongo que los miedos inconscientes se manifiestan de esta forma.
  Hoy tengo que cumplir el horario en el Liceo. No es habitual un lunes y menos hacer el recorrido a pie. Siempre lo hago así a la vuelta. Como tengo que observar con más detalle para escribir un texto, presto atención al tramo que va desde Calchines y Belgrano, por un lado, y Marcial Candioti y Avenida Alem, por el otro. No hay taller mecánico sino una obra en construcción con obreros en la puerta. La obra que pensé que estaba parada está por terminarse. Se ve que en estos días sacaron las chapas que la tapaban y ahora hay posibilidad de doblar la esquina Calchines y Marcial Candioti sin bajar a la vereda. Por Marcial Candioti veo un negocio con letras grandes, no sé qué vende. Se llama Casa Edel. La cabeza se disparó a un personaje olvidado en la memoria: la tutora Edelma de Segundo Año de la secundaria. Cómo la odié. Nos llamaba de a una en horas de clase para charlar sobre nuestras cosas. Como una boba le contaba lo poco que hacía fuera de clases; ir a Inglés durante el año y juntarme con mis amigas. Me preguntó si tenía novio. Le dije que más o menos, que andaba con un chico. Qué hace ella, llama a mis padres que van a la cita preocupados, pensando que tal vez yo estuviera metida en algo raro, supongo que alguna secta masónica o estuviera pensando en la vocación religiosa y ella ¿qué hace? Les cuenta que yo ando con un chico y que es medio secreto el asunto. –Pero nosotros sabíamos-le dice mi mamá. O sea que la muy buchona se ganaba nuestra confianza para justificar su cargo porque otra cosa no hacía más que “entrevistarnos”. Desde ese entonces me costó horrores sonreírle. Aprendí el oficio de la simulación. Para colmo de males, mi madre se atendía con el marido que era odontólogo. El consultorio estaba cerca de casa. No sé por qué termino sola, una tarde, ahí. ¿Que me molestaba una muela? No me acuerdo. Lo peor fue enterarme, cuando toqué el timbre, que la secretaria era…Edelma, o sea, la esposa del odontólogo, mi tutora, la buchona. El asunto no terminó en una sola consulta porque o bien estaba con la boca hecha una bolsa de caries o el marido tenía que pagar un plus de alquiler, lo cierto es que fui una vez por semana durante dos meses, sentándome en la sala de espera que a esa hora estaba vacía excepto por Edelma que no tenía otra cosa que hacer que mirar el techo y atender de vez en cuando el teléfono. Y yo, con cara de ángel cariado, decía para mis adentros: “Edelma buchona, algún día me las vas a cobrar” mientras hojeaba una revista para evitar tener que hablar con ella. Muchos años después me tocaría ser tutora a mí. Evidentemente, algo de esa experiencia me quedó porque nunca les pregunté nada a los chicos que no me quieran contar.
                                                                                        J.G.




domingo, 25 de febrero de 2018


Para vivir
hay buenas razones:
el amor, el viaje y el olvido.

Para vivir
las cosas llevan un nombre.
Para vivir
yo las destituyo de sus altares
del sentido.

Para vivir
un hombre y una mujer.
Para vivir
la soledad no es vacío.

Para vivir
la razón de tu nombre
es la verdad definitiva.
Y tu cuerpo.
Para vivir.

                        J.G.



viernes, 16 de febrero de 2018

Diarios Personales


15 de febrero:
   Pienso que no tengo que esperar nada de nadie, no tener expectativas de que haya proyectos que se den por la varita mágica del otro. Una editorial educativa de Ecuador iba a publicar un libro de cuentos con algunos de mis textos para niños. Se fue dando paulatinamente el año pasado. Primero una prueba de cuentos, después meses en que el proyecto se estancó. Hacia fines de septiembre, una semana antes del cumpleaños de quince de M., me piden más cuentos y que los organice en un archivo de más de cuarenta páginas. Lo hago de un día para otro. Luego, nada. Hacia fines de noviembre, me mandan un contrato, un cuadernillo de actividades y el manuscrito para que lo revise. Lo hago en los tiempos en los que me piden. Hasta una foto tengo que mandar, lo único que no tenía a mano. Me dije que si iba a salir una primera publicación, que sea una foto como la gente. Coincidió que un fotógrafo me ofrece hacer fotos y yo que necesitaba sólo una, tuve que hacer una sesión porque así funcionan las cosas. Bien. Mando todo en los tiempos acotados. Luego, silencio. Pregunto hacia fines de enero cómo iba el libro dado que a principios de diciembre entraba en la imprenta. La respuesta fue que el proyecto se paró por un desacuerdo con los diseñadores de la editorial. La ilusión al piso. Silencio de mi parte. Ahora bien, si no se concreta, preguntaré en otra parte. Ya lo hice una vez con una editorial de Rosario que antes tenía una colección de literatura infantil y ahora no pero me ofrecieron un presupuesto de edición. Pienso en una canción de Cerati que dice “cuesta llegar pero al final hay recompensa”. No bajaré los brazos, en algún momento se dará.
   Por otra parte, escribí a principios de enero un cuento para chicos. Me divertí bastante haciéndolo. Se lo pasé a dos personas para que me dieran su opinión. A una le pagué y la respuesta fue bastante tibia, a mi criterio. Me hubiese gustado más análisis. De hecho, lo volví a leer, y corregí cosas obvias que yo no me había dado cuenta. La segunda persona me dijo que lo iba a leer enseguida porque después no iba a poder, y ahí quedó, no respondió. Y como no tengo a quién mostrárselo, voy a publicar una parte en el blog pero también voy a registrar todo. Tuve la mala suerte de que la oficina que se ocupa de estas cosas está cerrada en febrero, porque el envión de hacerlo me dura poco. Ojalá me acuerde a principios de marzo, antes de la locura del inicio.
   El cuento se llama “Historias en Rincón”, por el momento, a fuerza de que otro no se me ocurre. Surgió primero como un proyecto descartado de una posible comedia musical entre dos escuelas del Liceo Municipal. Nosotras, las del Taller de la Palabra, teníamos que escribir una historia marco para que otros la transformasen en un guión que sirviera para darle forma a los lenguajes artísticos. A mí me gustó la idea inicial, la de un grupo de chicos que van de campamento organizado por sus padres sin celular. Entre las actividades que harán, será la de contar cuentos. Pero esas historias no se escribieron. Yo escribí un borrador que quedó en eso. Un año después, o sea, en enero, lo retomé por mi cuenta y lo escribí. Pero no creo que haya lectores para esta historia que tiene tres historias dentro de otra. Así acá va la primera: 

Historias en Rincón


-Delfi.
-….
-Delfi, sacate los auriculares que te estoy hablando.
-Qué mami.
-¿Te vas a quedar todo el día en la cama con el celular?.
-Sí.
-¿Por qué no salís a dar una vuelta a la plaza?
-No tengo ganas, estoy bien así.
-¡Alejo!
-Qué, ma.
-Dejá los jueguitos del celular y vení a ayudarme con las compras del super.
-Esperá ma que estoy por terminar la jugada.
   Pero la jugada no terminaba y la madre seguía por su cuenta con los bolsos hasta la cocina. Hubo un tiempo en que no existían los celulares. Los celulares, las playstation, las Xbox ni las tablets. Tampoco las computadoras para uso doméstico. Los chicos jugaban a la tocada, a la escondida, a la rayuela, jugaban con sogas y con sus bicicletas. Era la época en que la televisión tenía dos canales y la transmisión comenzaba al mediodía. Si llovía, se buscaban los dados, los pinceles, las plastilinas, los collares de la mamá, se leían libros o se pegaban figuritas en álbumes para coleccionar, se jugaba al chinchón, a la casita robada o al chancho con cartas españolas.  Las eran nenas vestían a las muñecas y tomaban el té en tacitas de plástico. Si eran varones, armaban carreras de autos en pistas de cartón.  Los juegos continuaban en los recreos de la escuela, en patios grandes como una plaza en los que se podía correr y saltar y continuaban los fines de semana en las quintas de los tíos; allí la diversión era doble porque el tiempo corría lento y los árboles invitaban a las más excitantes aventuras. En ellos, los chicos armaban sus casitas o bien organizaban escaladas superatléticas.
  Aquellos juegos que gustaban a sus padres no eran atractivos para sus hijos. Lo más preocupante era la falta de actividad física, el aislamiento progresivo y la desconexión con la familia. Por esta razón, los papás de Delfina y Alejo, los mellizos; los papás de Pancho y Agustina y los papás de Seba y Paula decidieron ese verano tomar el toro por las astas y organizarles a sus hijos una salida en las afueras de la ciudad. Cuando les comunicaron el proyecto, obviamente, ninguno aceptó la propuesta.
-Ni loca voy y menos con el pesado de Pancho mami-dijo Delfi.
-No cuenten conmigo, juega Barcelona el miércoles-agregó Alejo.
-Yo no voy sin el celu-aclaró Seba.
-Dormir en carpa es incómodo-agregó Agustina.
-¿Qué vamos a comer?-preguntó Pancho.
   Excusas como éstas rondaron como pajaritos inquietos alrededor de los padres. Pero ellos no hicieron caso a las caras largas de los hijos. Estaban decididos. No habría marcha atrás. Consiguieron una quinta en Rincón, propiedad de un amigo de los papás de Pancho que se ofreció a quedarse con ellos para cuidarlos. Las madres organizaron la compra de los alimentos precocidos para que sus hijos no perdieran tiempo pelando papas ni haciendo milanesas. También les armaron los bolsos porque ninguno movió un dedo para guardar nada. Era una guerra implícita. Mientras las madres canturreaban guardando en bolsas los platos, los cubiertos, las medias, los cepillos de dientes, los chicles y caramelos, ello seguían conectados a sus celulares, derrumbados en los sillones como si no si hubiesen enterado de nada.
  Al día siguiente, temprano, los papás de Delfi, Alejo, Pancho, Agustina, Seba y Paula zamarrearon con cariño a sus hijos que dormían el quinto sueño. Fue una tarea titánica. Más de uno se hacía el dormido.  Tuvieron que esperar unos diez largos minutos hasta que abrieran los ojos y tomaran conciencia de la realidad. Como ninguno tenía hambre para desayunar, para desesperación de las madres que suponían que la falta de apetito se prolongaría por dos días, les guardaron alfajores y chocolatadas en cajitas de cartón en los bolsillos de las camperas, por si se arrepentían y les diera hambre en la quinta.
   Cada familia llevó a sus hijos hasta Rincón. Una vez que llegaron, que estacionaron, que bajaron los bolsos, las carpas, las cajas con la comida, las bolsas de dormir y el botiquín, les pidieron a los chicos que les dieran los celulares.
-El celular Pancho.
-El celu, Delfi.
-Dame el celular Seba-
   Y así cada padre fue pidiendo a cada hijo, en tono solemne y algo lúgubre, el dispositivo electrónico. Pero los chicos se negaron. Habían traído los cargadores y no pensaban quedarse sin comunicación. Demasiado que estaban ahí en esa quinta horrible en la que no se veía ni una calle, ni un edificio, ni nada que los acerque a la ciudad.  El trato era quedarse pero con celulares. Y si los padres pretendían sacárselos, era guerra declarada. No estudiarían en todo el año. Se llevarían todas las materias. Probarían la cerveza y el cigarrillo. Eso asustó a las madres que miraron a sus maridos pidiendo un trato: ya estaban ahí, que se los queden.
  No hubo necesidad de despedidas. Mientras los chicos llevaban los bolsos a la galería, los padres arrancaron los coches y partieron. Eduardo daba instrucciones como si fuera a recibirse de Profesor de Educación Física; llevaba un silbato, una gorra, los anteojos de sol enganchados en la remera y bailaba pasos de cumbia. Los chicos lo miraban como si fuera un payaso. Pero lo hacían caso porque tenían un plan. Un plan secreto. Entre todos habían pensado fingir una descompostura estomacal esa noche, después de comer; las hamburguesas estarían mal en mal estado lo cual significaría una consulta urgente en la primera guardia que vieran en la ciudad; es decir, los padres tendrían que venir a buscarles esa misma noche y sanseacabó la salida.
  Eduardo tenía un sinfín de actividades planeadas para que no tuvieran un minuto libre en todo el día. Después de armar las carpas, de reconocer la quinta, de cocinar el almuerzo y de dar una caminata por la zona que rodea a la quinta, los chicos estaban con la lengua afuera. Los seis se tiraron panza arriba debajo de unos tilos.
-Y recuerden-dijo Eduardo-que esta noche van a tener que contar cuentos en el fogón.
-No me sé ninguno-dijo Alejo.
-Si el celu no tiene señal no puedo googlear ninguno-agregó Paula.
-Yo no voy a contar ningún cuento-contestó Pancho.
-Lo siento-dijo Eduardo-Tienen el resto de la tarde para inventar uno-y se fue rumbo a la casa a preparar la merienda.
   Una vez que tomaron la chocolatada fue el tiempo de pensar las historias. Los árboles estaban llenos de cotorritas que iban y venían chillando de aquí para allá. Algún que otro búho se asomó en los maderos de los cercos, los grillos despertaban en el atardecer que anunciaba la noche fresca. Los chicos, después de ese extraño tiempo de soledad al que no estaban acostumbrados, decidieron inventar un cuento de a dos. De esa manera, se notaría menos si aparecía una laguna en la historia, un hueco sin rellenar, un personaje sin nombrar. Paula había llevado un cuaderno espiralado y las  fue repartiendo a los demás para que les sirviera de borrador.
    Cuando se hizo de noche, Eduardo encendió el fuego. La luz de las llamas los envolvió en un abrazo invisible. Se sentían bien aunque no lo dijeran. Habían acordado que después de los cuentos comenzaría la descompostura estomacal. Primero Paula, después Pancho, Seba, Delfina y así todos irían agarrándose de la panza, gemirían juntos al unísono hasta alarmar a Eduardo. De esa manera, no tendría otra opción que llamar a los padres.
-¿Quién empieza?-dijo Eduardo mientras tiraba un par de ramitas a la fogata.
-Nosotros-contestaron Delfi y Alejo, los mellizos.
“Dicen que las brujas no existen, que son personajes de ficción, eso de que anden en escobas, volando, haciendo pócimas y transformando a los chicos en sapos es cosa de cuento. Yo no creo en brujas”.
-Dale, empezá de una vez.
-Pará que necesito concentrarme en lo que voy a contar. No es fácil, no es que nos pusimos a inventar todo, nene. Con el poco tiempo que nos dieron para la historia. Lo que queremos contar es lo que le pasó a nuestra mamá en el barrio de nuestra bisabuela. Ella iba todos los viernes después de la escuela a tomar la leche. Los abuelos la inscribieron en el turno tarde porque no había más lugar a la mañana. Mi abuelo la dejaba y la volvía a buscar por la noche, cuando ya había comido. A veces se quedaba mi tía que es más chica, sigo hablando en singular porque es más difícil hablar en plural.
-Dale, seguí.
-Ella prefería que no viniera ella mi tía porque entonces no podía salir a jugar con los demás chicos que eran como yo, nietos de todos los abuelos que vivían en esa cuadra. Bueno, resulta que al lado de la casa del abuelo de Natalia, no me acuerdo si la abuela vivía
-¿Quién es Natalia?
-Una amiga del barrio. Lo que me contaba es que la tía de Natalia tenía un hijo bebé y a ella le me encantan los bebés, entonces se cruzaba para jugar y ver cómo le daba de comer o cómo lo bañaba. Esa época del bebé, no sé si es la misma época de cuando conoció a la bruja.
-Te estás yendo por las ramas…
-No me estoy yendo por las ramas, estoy tratando de armar una historia para que vos te ubiques. Ya vas a ver…bueno, al lado de la casa del abuelo de Natalia vivía una mujer a la que todos les parecía que estaba…un poco loca. Primero porque tenía puesto siempre el mismo vestido que era como los que usaba mi bisabuela  que era como un batón que se prendía por delante. La vieja se dejaba ver muy poco. Si salía, se metía bien adentro en la casa de Natalia o en la de mi bisabuela porque le daba terror que la mire. Segundo, tenía el pelo gris, enmarañado, como si nunca se hubiese pasado el peine, como dice mi mamá cuando me ve a mí que no me quiero desenredar el pelo. Lo llevaba suelto y, para la edad que le calculaba, era grande para llevarlo así. ¿Viste que las mujeres cuando son jóvenes llevan el pelo largo y suelto y después cuando se casan se lo empiezan a cortar hasta el hombro?
-No me fijo en eso.
-Bueno, fijate porque es así; no vas a ver a una mujer de más de cincuenta con el pelo largo y suelto. Si ves a una que sí lo usa largo y suelto es porque tiene algo de bruja. Eso dice mi tía que lo lleva bien corto.
-¿Se casó tu tía?
-No. Es soltera pero no quiere desentonar.
-Me estoy aburriendo, mejor me voy a dar una vuelta por el campito con la linterna.
-No, para que sigue. El pelo largo y cano, el mismo batón suelto, la casa hecha una mugre viste, porque si pasabas por la vereda, se sentía un olor horrible, como a caca de gallina, no sé, a humedad con basura, andá a saber qué había adentro. Lo único que cuidaba era un laurel de flores rosadas que tenía afuera, en la vereda. Mi mamá la veía salir con un balde para echarle agua. En verano abría las ventanas bien abiertas, de esas que se usaban antes.
-Con balcón bajo y baranda de hierro, sí, mi abuelo vive en una casa así, con zaguán.
-Un frente con ventana, el balcón bajo y la puerta. En verano también dejaba las puertas abiertas para que entre aire, el olor era horrible, no limpiaba nunca. Los chicos más grandes que vivían a la vuelta de la manzana pasaban y a veces le tiraban cosas, no sé qué le tiraban, era algo medio podrido o carne cruda para los gatos. No te conté que tenía gatos. Dos o tres; como mi mamá iba sólo los viernes, a los gatos los veía de vez en cuando. A veces iba los domingos al mediodía cuando mi bisabuela cocinaba para mi abuelo. Era gente de antes, de la que se levantaba, desayunaba dos o tres mates y se iba a la cocina a limpiar las verduras. Lo que más le gustaba a mi mamá era la tarta pascualina que hacía los viernes y el pollo con salsa los domingos.
-Otra vez te fuiste por la tangente, nena, si no seguís con la historia de la vieja me voy.
-¡Sos impaciente! Más vale que tu historia sea más terrorífica que la mía porque si no…Bueno, sigo. Decía que la vieja tenía unos gatos que a veces se le iban por los techos como hacen todos viste, que se van y vuelven al otro día o tardan más, una semana o dos en volver, como el gato de mi tía que cuando volvía, venía todo lastimado, como si se hubiese trompeado con los gatos de todo el planeta. Los gatos de la vieja eran gatos bastante tranquilos, a veces los escuchan maullar pero no mucho. Había uno gris, otro blanco con manchas color canela y uno negro. El negro era el más grande de todos. Una vez pasó que uno de los tres desapareció. La vieja lo empezó a buscar y fue una de las pocas veces que la vieron salir con una bolsa de las que se usaban antes para ir a la feria; una bolsa con carne cruda habrá tenido porque la seguían unos perros callejeros olfateándola. Ella se daba vuelta y los echaba para atrás. Muy feo los habrá mirado la vieja, porque los perros se iban como espantados. El gato no apareció.
   Una madrugada se escucharon gritos. La tía de Natalia se despertó pero no quiso salir a ver. Lo que hizo fue llamar al 911 para que viniera la policía. Lo que pasó es que le dejaron el gato muerto en la puerta de la casa. Se lo dejaron envuelto. Nada más que eso. Los gritos eran de la vieja cuando fue a abrir la puerta y lo vio. Digo yo que le habrán tocado el timbre porque si no, ¿cómo se dio cuenta en medio de la noche de que le habían dejado el gato muerto? La policía vino, dio parte del asunto y se fue. No hubo robo ni otra cosa, no entraron a la casa. Después de eso, la vieja se puso como más huraña, se encerró más en la casa. Durante ese tiempo no la vimos. Volvió el verano y vieron otro gato, un gato nuevo. Era hermoso, grande, gordo, con los bigotes largos. Parecía salido de una publicidad de comida balanceada. Ese gato sí que era sociable. Mi mamá y Natalia se acercaban para verlo de más cerca. No parecía malo. Claro que no les gustaba mucho acariciarlo porque no sabían si estaba embrujado. Tenía los ojos amarillos, brillaban como monedas de oro.
   Un día el gato apareció con una rata muerta. La llevaba en la boca.  Ellas se metieron horrorizadas en la casa de mi bisabuela, para estar más lejos. A la rata la dejó en la puerta de la casa de un vecino y a los dos días desapareció el perro.
-¿Qué perro?
-El perro del vecino. Mi mamá dice que se lo llevó la vieja pero eso no lo pudieron comprobar. Lo que se escuchó en esos días fueron unos aullidos de la casa de la vieja. Como si lo estuvieron torturando, pobrecito.
-O la vieja lloraba así, capaz.
-Bueno, no sé. Lo que te digo es que a partir de la desaparición del perro empezaron a ocurrir cosas raras que venían de la casa. Viste que la vieja tenía las ventanas abiertas, bueno, por la noche, cuando hacía mucho calor, no las cerraba. Los chicos más grandes querían saber qué pasaba adentro, cómo era el lugar, y se turnaban de dos en dos para ir y espiar. Iban agachados, después se arrastraban para que la vieja no los viera, asomaban muy lentamente la cabeza y la volvían a bajar como si les hubiesen pasado un fósforo en los pies.
  Ellos dijeron que vieron, o creyeron ver, que la vieja estaba en la cocina, moviéndose como una poseída, hablando sola, la cabeza para atrás, los ojos desorbitados, moviendo con las manos unas ramitas de yuyo.
-Para mí que la vieja no tenía televisión y hacía todo eso para entretenerse.
-Sos aguafiestas, pará. Una vez que fueron, no sé si la segunda o tercera vez, la vieja se dio cuenta de que la espiaban. Entonces pegó un aullido tremendo y los chicos salieron corriendo. Ella abrió la puerta y vio en qué dirección iban. Entonces mandó al gato. Al gato grande y gordo que fue detrás de ellos. Parece que el gato era rápido a pesar de los kilos porque enseguida los alcanzó y los arañó. Algo tenían las pezuñas del gato porque tuvieron que llevar a los chicos al hospital, como si los hubiese intoxicado con algo, no sé. Lo que es cierto es que los chicos estuvieron muy mal, con vómitos, muy descompuestos. Uno de ellos no quedó bien, digo, de la cabeza. Como si lo hubiesen embrujado. No es el mismo de antes, yo lo conocía. Era un chico de que le gustaban los videojuegos, estaba todo el día con un juego del pacman en lugares como lo son ahora los Playlands de los shoppings pero ahora no existen. El chico quedó lelo.
-¿Y la vieja?

-A la vieja la quiso agarrar la familia, la quisieron demandar por bruja. Se armó un lío bárbaro. Vino otra vez la policía pero no se la llevaron. Después vino una ambulancia. Para mí que la demandaron por loca. Ahí sí se la llevaron. La casa quedó como el día en que se fue, no sé si llegaron a cerrar bien todas las puertas y ventanas. Lo que se ve desde afuera es la cadena con el candado. Desde que se la llevaron, habrán pasado dos, tres años. La tía de Natalia decía que de vez en cuando se escuchaban aullidos, gritos. Para mí quedaron los gatos adentro. No sé. Si estaban adentro, se deben haber muerto, salvo que se hayan podido escapar por una de las claraboyas. Mi mamá, Natalia y los chicos crecieron, se hicieron adolescentes y dejaron de ir a la casa de sus abuelos. Preferían ir los viernes por la tarde a la peatonal, recorrer las cuadras que van desde calla Salta hasta Juan de Garay, donde está el Teatro Municipal y donde se concentraban todos los chicos de su edad. La casa sigue estando, yo la veo cuando voy en el colectivo que pasa por calle Primera Junta y me da un miedo tremendo. No sé si están los espíritus del perro y de los gatos, no sé si está embrujada. Me da un miedo tremendo esa casa. A la vieja no la vieron más. (...)

                                                                           J.G.


domingo, 4 de febrero de 2018

La tela de Penélope o quién engaña a quién.
  Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a lo cual pudo pasar sola largas temporadas.
  Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de las prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo.
  De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada.
                                                                                               Augusto Monterroso.


Ilustración: Rafael López