martes, 10 de enero de 2017

Ciudades (I)

 Viajábamos con papá y mamá una o dos veces por año a Buenos Aires. Él era ingeniero e investigador en tecnología de alimentos. Su agenda anual lo obligaba a dar un par de conferencias en congresos de su especialidad en Buenos Aires aunque él hubiese preferido no tener que hacerlo. No le gustaba exponerse ante un público; en cambio, le gustaba escribir lo que investigaba con su equipo, traducirlo al inglés, mantener contacto por correo. Para nosotras, ir a Buenos Aires era salir de vacaciones en plena época de clases, en junio o septiembre. Armar los bolsos, anticipar las faltas en la escuela, organizar los libros que iba a llevar en mi mochila o las fibras que necesariamente tenía que guardar en mi cartuchera para que mi hermana menor dibuje en el viaje era un ritual excitante. Viéndolo a la distancia, cualquier chico de ahora me diría que nos entreteníamos con muy poco. Pero para nosotras que no veraneábamos era todo un acontecimiento.
  Mamá planificaba varias salidas mientras papá estuviese ocupado en los congresos. Parábamos habitualmente en un hotel de calle Arenales, en Recoleta. Allí podíamos comer frugalmente porque contaba con una pequeña cocina. También mamá aprovechaba para repasar las tareas de Inés que estaba en primer grado; la maestra le había recomendado que practicara todos los días unos renglones de lectura y escritura. Como yo era grande, me quedaba recostada en la cama leyendo las novelas de los Siete Amigos que por entonces había conocido a través de una de mis compañeras de la escuela. Estaba en esa edad entre los libros para chicos y los libros para adultos; no sabía muy bien qué era un libro para adultos o qué autores podía empezar a leer y tampoco me ayudaba mucho la biblioteca a la que iba diariamente a buscar libros para leer en casa. Recuerdo que Claudia me había prestado un ejemplar de los chicos detectives y entonces seguí por el lado del policial. Tía Mónica me había regalado para Reyes una novela que se llamaba “El forastero misterioso” de Mark Twain y me había generado la sensación de que estaba leyendo algo nuevo, perturbador, me inquietaba el hecho de descubrir que no todos los finales son felices ni todos los buenos ganan en las historias.
  Después de las tareas de Inés nos preparábamos para salir. A mamá siempre se le ocurrían cosas interesantes porque Buenos Aires era y sigue siendo una ciudad a la siempre descubrimos algo nuevo. En ese viaje, nos llevó primero al Teatro Cervantes por la mañana, en un recorrido guiado por la sala y por la tarde nos llevó al Teatro Colón. Quedé maravillada con sus escalinatas y galerías de mármol, el aura de un esplendor que en aquel entonces me parecía de castillo de cuentos de hadas. La visita, o lo que me acuerdo de la visita, comenzó en la sala principal. No sé si el Teatro tiene otras salas como el Municipal de Santa Fe pero verla así, majestuosa con su telón de brocato como una reina apoltronada en su trono, fue maravilloso. En la cúpula pudimos descubrir al que luego sería uno de mis artistas favoritos, Raúl Soldi. Tuvimos que prestar atención al guía porque las figuras se veían pequeñitas; allí estaban los músicos intercambiando instrumentos y los actores con sus máscaras. Yo era chica todavía, nunca había visto de cerca sus pinturas; faltarían algunos años para que descubriera esos rostros adolescentes, delicados y expresivos, levitando entre la tierra y otro espacio que no diría un cielo, más bien el espacio de la ficción. Después nos llevaron a las salas de ensayo de los bailarines. Los camarines permanecían abiertos, con las luces de los espejos encendidas. En un largo pasillo que conectaba los espacios entre las escenografías y las salas de ballet estaban los diferentes vestuarios de ópera colgados en maniquíes con sus zapatos forrados en satén y las pelucas del siglo XVIII. Quise probármelos, maquillarme y jugar como si fuera un arlequín o una dama de compañía mientras resonaban a lo lejos los violines de un ensayo.   Entré en un estado de ensoñación, como si parte de mí se hubiese ido a la época que recreaban las óperas. Definitivamente, todo era una invitación a evadirse de la realidad. Y así como estaba, entre la realidad y la imaginación, nos llevaron otra vez a la sala mayor. Caminábamos por entre las butacas color bermellón pisando las alfombras mullidas y rozando los respaldares para sentir el hálito de las funciones que no habíamos presenciado pero estaban allí, en la oscuridad somnolienta de los pasillos de la tertulia. Y me dije a mí misma, cuando salimos por calle Libertad, que buscaría la manera de repetir esa sensación extraña e imborrable que había sentido en el Teatro, como si fuera un personaje de los cuadros de Raúl Soldi que levitaban conscientes de sí mismos, entre la tierra y el aire.

                                                                                        J.G.

Raúl Soldi
Cúpula del Teatro Colón

jueves, 5 de enero de 2017

Domingo

 Los domingos por la mañana no tienen tanta diferencia con los sábados excepto el silencio. Desde el segundo piso del edificio se escuchan las cotorritas de la plaza y no el quejido de los autos de la avenida. Vale la pena hacerse un café y contemplar la quietud suspendida en el aire. Ahora que estamos aproximándonos al verano el sol entra por la ventana de la cocina con la premura ansiosa de quien tiene un nuevo amante. Yo no tengo amantes pero tengo el sol que entra por la ventana. Por esa de la cocina con tanta fuerza o alegría que tengo que entrecerrar los ojos. Menos mal que en invierno puse cortinas, si no tendría que usar lentes oscuros para el desayuno. Cuando baja la claridad pienso que es un buen lugar para sentarse a mirar los pocos árboles que se asoman entre los edificios. Es mejor salir y caminar, empaparse de la reverberación como si fuera a suspenderme entre la lentitud de mi tiempo interior y la eternidad de la naturaleza. Y ante la tentación de bajar y salir, caminar entre los árboles y quedarme a escribir un poco decido que tengo que escribir; que luego habrá un momento para lo otro. Acomodo la silla con los libros, abro la computadora, la hoja en blanco todavía. La claridad me dice que espere un poco, o bien sea la tendencia a no escribir porque sí cuando una quiere hacerlo; dirán que es haraganería. Yo creo más bien que una tiene que despojarse de muchas capas para encontrar esa conexión que nos lleve a decir vale la pena que apoye los dedos en el teclado. Todo lleva en la vida a no sentarse a meditar, a no hacer un ejercicio de introspección sobre dónde estamos parados. Y cómo hago para ausentarme de todo, dejar a un lado a Juan, las insistentes llamadas de la empresa telefónica, el supermercado que cierra y no hay nada en la heladera para el feriado largo, los impuestos que se vencen, el lavarropas con la ropa sucia…Decido leer los poemas, los textos breves, o un párrafo de los libros que elegí. Me zarandean sustancialmente. Entonces me digo que vale la pena equilibrar la vida con la literatura para no morirme de realidad.
                                                                                               J.G.    


viernes, 30 de diciembre de 2016


Happy new year

Mira, no pido mucho,
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Necesito esa puerta que me dabas
para entrar a tu mundo, ese trocito
de azúcar verde, de redondo alegre.
¿No me prestás tu mano en esta noche
de fìn de año de lechuzas roncas?
No puedes, por razones técnicas.
Entonces la tramo en el aire, urdiendo cada dedo,
el durazno sedoso de la palma
y el dorso, ese país de azules árboles.
Así la tomo y la sostengo,
como si de ello dependiera
muchísimo del mundo,
la sucesión de las cuatro estaciones,
el canto de los gallos, el amor de los hombres.
                               Julio Cortázar

Julio Cortázar
Foto: Sara Facio

lunes, 26 de diciembre de 2016

                                                                           En la isla, septiembre de 1940.

Martes:               
  Morel habló con ellos esta noche. Faustine está angustiada, terriblemente enojada con él. Primero los convocó muy tarde, deseaba que no faltase nadie. Tuvieron que traer a Dora que estaba dormida a esa hora; se demoraron más porque no quería salir de la cama. Un poco a la fuerza la sacaron, sosteniéndola de cada brazo. Morel había acomodado las sillas como si fuesen a escuchar una conferencia. Se lo veía entusiasmado, como si fuera a darles una noticia increíble. Lo raro es que no amagó durante el día en hacerles un adelanto de lo que les iba a decir. Su conducta fue habitual, excepto que esa tarde apareció en el acantilado lo cual generó en Faustine una gran incomodidad. A ella le gusta ir sola, todos los días, sentarse en dirección al poniente y ver el atardecer. Siente que así su espíritu es perdonado, redimido, liberado. Se fusiona con el oro de la tarde, es una en él. Ama esa soledad antes de que anochezca, son instantes de plenitud. En cambio, la noche no le pertenece. La noche se mueve a su antojo, tironea y muerde las almas. No le gusta la noche. Se hace un ovillo en la cama, desea que pase rápido, ansía dormirse pronto, que no aparezcan ellos, los fantasmas, los delirios de esa casa.
  Morel fue esa tarde al acantilado. Faustine estaba sentada, como siempre, mirando el sol. Él se ubicó unos pasos más atrás, primero de pie; luego lo sintió arrodillarse. No amagó hablarle. Al rato, se levantó cuando el sol se había ido y no había nada que hacer allí. Estaba fresco. Se abrigó con el manto que llevaba siempre. Él se levantó también y caminaron a la par hacia el museo. Ahora entiende por qué había ido. Quería que las máquinas los fotografíen. Quería grabar momentos compartidos, simular que lo fueron, como si él y Faustine tuvieran algo que compartir además de la estadía en la isla. Ella se rebela ante el abuso de confianza que ahora ve como inmoral.
  Cuando concluyó la declaración, Dora sufrió un desmayo. La llevaron en andas a su cuarto. Stoever lo increpó hasta los golpes. Morel está completamente loco. La isla lo ha enloquecido y ahora todos ellos forman parte de una quimera cruel y dolorosa. Su cinismo es estúpido y van a morir. “Les daré una eternidad agradable” les dijo. Ella se niega al fin. No quiere morir. Quiere huir. El barco sigue anclado en la playa. Piensa que puede decirles a los otros que se vayan. Sólo quiere volver a casa. Volver a los atardeceres en la galería de la casa de campo, sentir el día que se apaga. Allá dejó a Ayax; la última vez el médico le dio un antiparasitario. ¿Estará curado? Correrá de un lado a otro trayendo su juguete preferido? ¿Se pondrá panza arriba para que tía Flora le haga cosquillas y la convenza de que le deje el resto del almuerzo?
 Tiene que haber una forma de detener las máquinas, que sea Morel el único que naufrague en el mar de la eternidad, y no todos ellos. Anular lo grabado, destruir el invento, forzarlo a decirles dónde están, amenzarlo con un incendio o con el avance de las mareas, que avancen las aguas hasta inundarlo todo. Tiene que hablar con Stoever, ella sabe que puede ayudarla. Dejarán solo a Morel con sus máquinas. ¿Cuánto les queda? ¿Un día, dos, una semana de vida? No quiere morir. No quiere ser inmortal. Quiere volver a casa. Sólo quiere volver a casa.


                 (Diario imaginario de un personaje de La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares)

                                                                                                                           J.G.



martes, 13 de diciembre de 2016


- T: ¿Cómo ha sido su relación con la escritura en el tiempo?
- AC: No es algo que haya reflexionado en un sentido riguroso. Lo que siento es que cuando empecé a escribir mi acceso a la literatura era por agregación, escribía de todo: poemas, teatro, un diario, cuentos, todo era para escribir. Con el tiempo empecé a escribir por extracción. Ya sabía qué era lo que podía escribir. Cuando encontrás tus límites también encontrás la literatura. Todas la formas me daban el mismo trabajo, pero de algunas yo me sentía más cerca. Siempre quise ser poeta, pero creía que me iba a morir a los 23 años; ahora tengo 81. Hay un momento en que entendés que las obras llevan mucho tiempo, y una manera de vivir es vivir escribiendo. El otro momento donde descubrí la escritura de verdad fue en una entrevista que nos hicieron a Borges y a mí en una antología. Yo era el menor, Borges era el mayor en todos los sentidos. Ahí nos preguntaban cuándo escribíamos. Yo conté las razones por las que escribía de noche, una disertación totalmente palabrera. Pero yo quería saber qué iba a decir Borges. Ante esa pregunta, dijo: siempre. Ahí me di cuenta: un escritor escribe siempre, aunque no escriba. No es el acto de escribir lo que te define como escritor, es tu manera de ver el mundo. Ahí entendí lo que es la escritura: no importa si no escribís durante un año, ya escribirás, porque si estás mirando la realidad desde la literatura, eso va a ir a parar a un libro. Que ese libro sea publicado es accesorio. Muchos grandes escritores han prescindido de la publicación. En mis talleres siempre digo lo mismo: si lo que quieren es publicar no vengan. Esto es para los que quieren escribir.
- T: ¿Cuál es su idea sobre la poesía?
- AC: Para Aristóteles todas las formas literarias son formas de la poesía. No creo en un escritor que no tenga como núcleo la poesía. No importa si escribe poemas. El propio Bradbury declaró alguna vez en sus consejos a escritores que antes de sentarse a escribir un cuento lean un poema.

                                 Entrevista a Abelardo Castillo por Juan Rapacioli, Cultura/Télam, 10/12/2016.



Foto: Abelardo Castillo
Télam

viernes, 9 de diciembre de 2016

A partir de "Jack el Olvidador" de Alberto Laiseca

Parte médico

“Hace pocos días me ha llegado el pedido de un informe del estado de salud mental del paciente Conde de Transilvania internado en nuestra institución. En la primera entrevista que tuve con el paciente observé un profundo estado de delirio agravado probablemente por el escaso contacto con la luz solar y el encierro en un cajón que, según contara, es su espacio de descanso. La tez verdosa, las marcadas ojeras y la mirada, por momentos, esquiva, por momentos inquisitoria, me permiten hacer una primera lectura de que estamos ante un caso de paranoia esquizofrénica. El paciente aduce que no puede exponerse a la luz solar, caso contrario, sus fuerzas se debilitan. Que necesita una ingesta diaria de sangre; por tal razón, sale a medianoche a cazar animales y que las malas lenguas han porfiado que muerde a la gente, en particular, a mujeres. También, según su testimonio, se vio obligado a vivir aislado, encerrado en un castillo de su propiedad hasta que fue delatado por un viejo sirviente que, ante la falta de paga, dio la información de su paradero a los lugareños de Transilvania que lo venían buscando para darle muerte por haber mordido a dos jovencitas del pueblo. Tal situación lo obligó a tomar un vuelo nocturno desde Europa del Este hasta América. La premura del viaje lo llevó a marcar un destino azaroso; el arribo a Buenos Aires lo sorprendió: desconocía de un país llamado Argentina. Demás está decir que la luz del día impidió que saliera del aeropuerto por lo que tuvo que esperar a que anocheciera para tomar otro vuelo. Durante la espera le dijeron que la ciudad era la capital y muy ruidosa para su necesidad de anonimato; le sugirieron las sierras de Córdoba. En Ezeiza tomó otro vuelo a Córdoba ciudad. Allí pidió un coche particular a cualquier pueblo de las sierras más o menos cercano. Lo llevaron a Unquillo con la promesa de tranquilidad y poca gente. Alquiló una casa vía telefónica. La dueña vive cerca de la alquilada aunque nunca la vio; prefiere los depósitos on line. Entre los papeles que observé se encuentran varias cartas a Mina y a Lucy. Sospecho que son amores no correspondidos por el tono nostálgico, y a veces, desesperado, del conde. Están fechadas en el siglo anterior, lo cual permite identificar desvaríos en cuanto a la ubicación en el tiempo. En ellas, Drácula deja entrever que los prejuicios sociales se interponen en la relación amorosa que, por lo que entreveo, no se ha consumado, y él ánimo cambiante de su carácter pondría en peligro la integridad de las jóvenes. Sospecho que aquí se refiere a la supuesta provista diaria de sangre.
  El conde permaneció desapercibido por los vecinos durante dos meses desde su llegada. Según testimonios de la dueña de la casa, nunca lo vio salir de día; al punto de que merodeó el lugar un par de veces ante la sospecha de abandono; pero al recibir el depósito del segundo mes de alquiler entendió que el inquilino deseaba una vida al resguardo de visitas. Los inconvenientes surgieron a partir del tercer mes cuando aparecieron en la zona varios animales muertos; aparentemente desangrados por algo o alguien que no era otro animal. El pánico cundió en Unquillo acervado por leyendas rurales y fotos subidas a las redes sociales por los más jóvenes. Cuando interrogué al paciente por estos hechos me dijo que se le había terminado la sangre de los bidones que había traído de Europa y que le urgía abastecerse. Es evidente que estamos ante un caso de locura extrema; el sujeto “cree” ser el Conde Drácula de la leyenda; emula desde la impostura y acciones al personaje de ficción. Encontré entre otras de sus pertenencias, un viejo ejemplar de Bram Stocker.
   Desde que fue detenido e internado en la institución se le han aplicado diez sesiones de electroshok, un método tradicional para generar en el paciente el olvido de sus acciones inmediatamente anteriores y abrir un espacio a la curación; aplaca la ansiedad y fantasías relacionadas con el suicidio. Si bien Drácula porfía en que es inmortal, su documento de identidad indica que nació en 1950. No descarto que busque las maneras de escaparse del hospital dado que se niega a salir durante el día por el parque para hacer las necesarias caminatas con el enfermero de turno. Encontré, además, en un bolsillo secreto de su valija, cremas y maquillaje artístico que confirman que el tono verdoso de la piel es producto de una cuidada construcción de su imagen. El punto más álgido de su persona es el origen de sus fondos: tiene una cuenta en dólares en un banco de Suiza a la que no tuve acceso; sin embargo, de manera que aún no comprendo, llegan puntualmente los depósitos para la internación y el alquiler. El paciente será interrogado nuevamente por autoridades policiales dentro de dos días. Luego de esa fecha, seguiré con el informe.” (grabación del Dr. Enrique Subiela, médico del Hospital Psiquiátrico de la ciudad de Córdoba, 23/10/16)
                                                                            J.G.

Foto: Bela Lugosi
en Drácula (film de Ted Browing, 1931)




miércoles, 7 de diciembre de 2016

Ciudades Invisibles a lo Italo Calvino

Las ciudades y los puentes 

  Irenea es una ciudad escondida en las montañas. Sus habitantes viven entre sus laderas o en cuevas perdidas. Para no morir de frío, construyen canales internos con pozos de agua y tienden redes eléctricas para sobrellevar el invierno. Para vivir en Irenea hay que superar un entrenamiento exigente; por ejemplo, escalar sin caer a cien o más metros o hacer equilibrio entre los puentes de soga colgados desde sus abismos.

  Los Ireneos suelen agruparse en parejas. Las mujeres, ágiles y fuertes, intercambian tejidos por legumbres con las mujeres de ciudades vecinas. Los hombres construyen caminos, atan los puentes en diferentes alturas y encienden el fuego comunitario. Por la noche, acostumbran contar un cuento, hábito milenario traído de Oriente y también cantan al mediodía, como si la palabra los uniera con los antiguos y con los que vendrán en una cadena infinita hecha de sonoridades y de sentidos que despiertan placidez interior. Algún aventurero podrá decir que el arte forma parte de sus costumbres aunque ellos no conozcan qué significa esta palabra. 
   Los habitantes de Irenea tienden a diario múltiples sogas que trenzan hacia la cumbre; aspiran a llegar algún día, o una noche, al pico más alto para respirar el aire de los dioses. La inmortalidad es en Irenea un símbolo como lo son el río, el sueño o el viaje.
                                                                                        J.G.


Foto: M.C.Escher