Domingo
Los domingos por la mañana no tienen tanta
diferencia con los sábados excepto el silencio. Desde el segundo piso del
edificio se escuchan las cotorritas de la plaza y no el quejido de los autos de
la avenida. Vale la pena hacerse un café y contemplar la quietud suspendida en
el aire. Ahora que estamos aproximándonos al verano el sol entra por la ventana
de la cocina con la premura ansiosa de quien tiene un nuevo amante. Yo no tengo
amantes pero tengo el sol que entra por la ventana. Por esa de la cocina con
tanta fuerza o alegría que tengo que entrecerrar los ojos. Menos mal que en
invierno puse cortinas, si no tendría que usar lentes oscuros para el desayuno.
Cuando baja la claridad pienso que es un buen lugar para sentarse a mirar los
pocos árboles que se asoman entre los edificios. Es mejor salir y caminar,
empaparse de la reverberación como si fuera a suspenderme entre la lentitud de
mi tiempo interior y la eternidad de la naturaleza. Y ante la tentación de
bajar y salir, caminar entre los árboles y quedarme a escribir un poco decido
que tengo que escribir; que luego habrá un momento para lo otro. Acomodo la silla
con los libros, abro la computadora, la hoja en blanco todavía. La claridad me
dice que espere un poco, o bien sea la tendencia a no escribir porque sí cuando
una quiere hacerlo; dirán que es haraganería. Yo creo más bien que una tiene
que despojarse de muchas capas para encontrar esa conexión que nos lleve a
decir vale la pena que apoye los dedos en el teclado. Todo lleva en la vida a
no sentarse a meditar, a no hacer un ejercicio de introspección sobre dónde
estamos parados. Y cómo hago para ausentarme de todo, dejar a un lado a Juan,
las insistentes llamadas de la empresa telefónica, el supermercado que cierra y
no hay nada en la heladera para el feriado largo, los impuestos que se vencen,
el lavarropas con la ropa sucia…Decido leer los poemas, los textos breves, o un
párrafo de los libros que elegí. Me zarandean sustancialmente. Entonces me digo
que vale la pena equilibrar la vida con la literatura para no morirme de
realidad.
J.G.

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