jueves, 5 de enero de 2017

Domingo

 Los domingos por la mañana no tienen tanta diferencia con los sábados excepto el silencio. Desde el segundo piso del edificio se escuchan las cotorritas de la plaza y no el quejido de los autos de la avenida. Vale la pena hacerse un café y contemplar la quietud suspendida en el aire. Ahora que estamos aproximándonos al verano el sol entra por la ventana de la cocina con la premura ansiosa de quien tiene un nuevo amante. Yo no tengo amantes pero tengo el sol que entra por la ventana. Por esa de la cocina con tanta fuerza o alegría que tengo que entrecerrar los ojos. Menos mal que en invierno puse cortinas, si no tendría que usar lentes oscuros para el desayuno. Cuando baja la claridad pienso que es un buen lugar para sentarse a mirar los pocos árboles que se asoman entre los edificios. Es mejor salir y caminar, empaparse de la reverberación como si fuera a suspenderme entre la lentitud de mi tiempo interior y la eternidad de la naturaleza. Y ante la tentación de bajar y salir, caminar entre los árboles y quedarme a escribir un poco decido que tengo que escribir; que luego habrá un momento para lo otro. Acomodo la silla con los libros, abro la computadora, la hoja en blanco todavía. La claridad me dice que espere un poco, o bien sea la tendencia a no escribir porque sí cuando una quiere hacerlo; dirán que es haraganería. Yo creo más bien que una tiene que despojarse de muchas capas para encontrar esa conexión que nos lleve a decir vale la pena que apoye los dedos en el teclado. Todo lleva en la vida a no sentarse a meditar, a no hacer un ejercicio de introspección sobre dónde estamos parados. Y cómo hago para ausentarme de todo, dejar a un lado a Juan, las insistentes llamadas de la empresa telefónica, el supermercado que cierra y no hay nada en la heladera para el feriado largo, los impuestos que se vencen, el lavarropas con la ropa sucia…Decido leer los poemas, los textos breves, o un párrafo de los libros que elegí. Me zarandean sustancialmente. Entonces me digo que vale la pena equilibrar la vida con la literatura para no morirme de realidad.
                                                                                               J.G.    


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