Ciudades (I)
Viajábamos con papá y mamá una o dos veces por año a Buenos
Aires. Él era
ingeniero e investigador en tecnología de alimentos. Su agenda anual lo
obligaba a dar un par de conferencias en congresos de su especialidad en Buenos
Aires aunque él hubiese preferido no tener que hacerlo. No le gustaba exponerse
ante un público; en cambio, le gustaba escribir lo que investigaba con su
equipo, traducirlo al inglés, mantener contacto por correo. Para nosotras, ir a
Buenos Aires era salir de vacaciones en plena época de clases, en junio o
septiembre. Armar los bolsos, anticipar las faltas en la escuela, organizar los
libros que iba a llevar en mi mochila o las fibras que necesariamente tenía que
guardar en mi cartuchera para que mi hermana menor dibuje en el viaje era un
ritual excitante. Viéndolo a la distancia, cualquier chico de ahora me diría
que nos entreteníamos con muy poco. Pero para nosotras que no veraneábamos era
todo un acontecimiento.
Mamá planificaba varias salidas mientras papá estuviese ocupado en los
congresos. Parábamos habitualmente en un hotel de calle Arenales, en Recoleta. Allí
podíamos comer frugalmente porque contaba con una pequeña cocina. También mamá
aprovechaba para repasar las tareas de Inés que estaba en primer grado; la
maestra le había recomendado que practicara todos los días unos renglones de
lectura y escritura. Como yo era grande, me quedaba recostada en la cama
leyendo las novelas de los Siete Amigos que por entonces había conocido a través de una de mis
compañeras de la escuela. Estaba en esa edad entre los libros para chicos y los
libros para adultos; no sabía muy bien qué era un libro para adultos o qué
autores podía empezar a leer y tampoco me ayudaba mucho la biblioteca a la que
iba diariamente a buscar libros para leer en casa. Recuerdo que Claudia me
había prestado un ejemplar de los chicos detectives y entonces seguí por el
lado del policial. Tía Mónica me había regalado para Reyes una novela que se
llamaba “El forastero misterioso” de Mark Twain y me había generado la
sensación de que estaba leyendo algo nuevo, perturbador, me inquietaba el hecho
de descubrir que no todos los finales son felices ni todos los buenos ganan en
las historias.
Después de las tareas de Inés nos
preparábamos para salir. A mamá siempre se le ocurrían cosas interesantes
porque Buenos Aires era y sigue siendo una ciudad a la siempre descubrimos algo
nuevo. En ese viaje, nos llevó primero al Teatro Cervantes por la mañana, en un
recorrido guiado por la sala y por la tarde nos llevó al Teatro Colón. Quedé
maravillada con sus escalinatas y galerías de mármol, el aura de un esplendor
que en aquel entonces me parecía de castillo de cuentos de hadas. La visita, o
lo que me acuerdo de la visita, comenzó en la sala principal. No sé si el
Teatro tiene otras salas como el Municipal de Santa Fe pero verla así,
majestuosa con su telón de brocato como una reina apoltronada en su trono, fue
maravilloso. En la cúpula pudimos descubrir al que luego sería uno de mis
artistas favoritos, Raúl Soldi. Tuvimos que prestar atención al guía porque las
figuras se veían pequeñitas; allí estaban los músicos intercambiando
instrumentos y los actores con sus máscaras. Yo era chica todavía, nunca había
visto de cerca sus pinturas; faltarían algunos años para que descubriera esos
rostros adolescentes, delicados y expresivos, levitando entre la tierra y otro
espacio que no diría un cielo, más bien el espacio de la ficción. Después nos
llevaron a las salas de ensayo de los bailarines. Los camarines permanecían
abiertos, con las luces de los espejos encendidas. En un largo pasillo que
conectaba los espacios entre las escenografías y las salas de ballet estaban
los diferentes vestuarios de ópera colgados en maniquíes con sus zapatos
forrados en satén y las pelucas del siglo XVIII. Quise probármelos, maquillarme
y jugar como si fuera un arlequín o una dama de compañía mientras resonaban a
lo lejos los violines de un ensayo. Entré
en un estado de ensoñación, como si parte de mí se hubiese ido a la época que
recreaban las óperas. Definitivamente, todo era una invitación a evadirse de la
realidad. Y así como estaba, entre la realidad y la imaginación, nos llevaron
otra vez a la sala mayor. Caminábamos por entre las butacas color bermellón
pisando las alfombras mullidas y rozando los respaldares para sentir el hálito
de las funciones que no habíamos presenciado pero estaban allí, en la oscuridad
somnolienta de los pasillos de la tertulia. Y me dije a mí misma, cuando
salimos por calle Libertad, que buscaría la manera de repetir esa sensación
extraña e imborrable que había sentido en el Teatro, como si fuera un personaje
de los cuadros de Raúl Soldi que levitaban conscientes de sí mismos, entre la
tierra y el aire.
J.G.
| Raúl Soldi Cúpula del Teatro Colón |
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