viernes, 19 de diciembre de 2025

Cabo Frío

Cabo Frío

  Para hablar de Cabo Frío tengo que decir que fue un viaje largo; primero llegar a Posadas de un tirón desde Santa Fe, derrapar kilómetros antes por somnolencia del conductor (con justa razón, venía conduciendo desde hacía horas), terminar entre los yuyales de la ruta sin rasguños, gracias a Dios, esperar un día para que se reponga el conductor, ir a las Cataratas del Iguazú en el entretanto, volver a la ruta para llegar a Puerto Iguazú, buscar denodadamente un hotel para pasar la noche que en temporada alta escaseaba, transpirar buena cantidad de ropa porque el calor de Misiones es como el de Santa Fe en enero (y estábamos en enero), buscar un lugar para dejar el auto y encontrar un uber que nos lleve a Foz de Iguazú, a la frontera con Brasil, hacer los trámites para cruzar y darnos cuenta de que el conductor no tenía el pasaporte pero igual pudo pasar con su DNI, esperar algunas horas en el aeropuerto para tomar el avión a Río de Janeiro, asumir, una vez acomodada en el avión, que era el primer vuelo en una nave a los cuarenta y tantos, llegar a la madrugada a Río de Janeiro, sortear varios vendedores de buses porque alquilar un auto era carísimo y culminar en la única opción que teníamos que era tomar un taxi para viajar dos horas hasta Cabo Frío. En el trayecto, dormimos los de atrás aunque el conductor inicial de la travesía hablara sin parar en una fusión de español con tonada portuguesa con el taxista, un diálogo que ofició de bienvenida. Al despertar, arribar al hotel asignado, ubicarnos en el apart espacioso pero sin bidet, situación que nos desagradó por completo. ¿Qué íbamos a hacer con tanto rollo de papel higiénico? Seis metros habrá tenido ese rollo. Dormir más para recuperarnos de una noche desvelada dar cuenta que estaba en Brasil por primera vez y conocer, luego, cómo era la playa de arena casi blanca y de aguas cálidas aunque se llame Frío porque en ese lugar no son tan cálidas pero para nosotros son aguas termales.. Cabo Frío es un municipio de Río de Janeiro, muy concurrido por lo que pudimos comprobar. Es como decir Mar del Plata para el porteño. Como Río es una capital internacional, Cabo Frío es una ciudad popular asentada en una península. Es una de las siete ciudades más antiguas de Brasil. Fue fundada en 1503, setenta años antes que Santa Fe, primero por los franceses y luego por los portugueses en 1615. Obvio que los europeos colonizadores les arrebataron las tierras a los aborígenes, habitantes de esas tierras. los indios tamoios. La ciudad tiene un casco histórico al que visitamos dos veces; sus calles son empedradas y su arquitectura es del estilo de la época colonial. Todo allí es en subida; cuando se llega, hay una vista preciosa de la península. Cabo Frío se instituyó como ciudad en 1815 pero fue recién a comienzos del siglo XX que fue reconocida como tal por la industria de la sal. En 1950 se transformó en una ciudad turística tanto para el brasileño como para los extranjeros. 

 Lo primero que llama la atención es el olor a frito; durante el día y durante la noche, Digamos que no es apto para hipertensos salvo que se abstengan de comer la fritanga que venden en los carribares por toda la rambla. Lo segundo que llama la atención es la cerveza que toman en vasitos de plástico desde las 7 de la mañana hasta la noche. Salvo jugos para los niños, no he visto nada que se parezca a un mate como tomamos los argentinos durante el día. Los brasileños que vacacionaban llevaban sus heladeritas de buen tamaño desde cuando el sol aparecía temprano y acomodaban las mesitas con sus sombrillas en el borde de la orilla del mar para permanecer todo el día así, como lobos marinos al sol. El tercer punto que me llamó la atención es la relación del brasileño con su cuerpo. Los hombres con zunga (Dios mío) aunque tuvieran sesenta y tantos o más con barriga (Dios eso nopuede verse) o sin barriga y las mujeres con bikini, tengan un cuerpoescultural o entradas en carnes. Podemos inferir que el brasileño no tiene pudor, vive sus vacaciones sin importarle si tiene celulitis. Por un lado, me parece bien, no se fijan en qué dirá el vecino. Ellos viven sus vacaciones como si cada día fuera el último día de sus vidas ( y qué bueno que fue así porque ese verano fue el previo al inicio de la pandemia) y comen y toman y disfrutan de la playa, del sol y del parloteo. Nosotros, sin sombrilla, blancos del blanco gringo, no podíamos soportar el sol de un día completo, no está en nuestras costumbres. Uno de los primeros días se nos acercó un hombre alto y flaco, entabló una conversación que yo no podía entender porque no sé portugués,hablan rápido y por lo que entendí, decía algo así como “quién es la más beiya” cosa que me ofendió un poco, cómo iba a preguntar quién era la más bella entre mi hija y yo, era como la madrastra de Blancanieves preguntándole al espejito mágico pero resultó que estaba preguntando quién era el más viejo, o sea, quién era el mayor de los hijos. Situaciones así se fueron repitiendo porque no entiendo el portugués, ¿quién me podrá decir entonces qué parecido tiene el castellano con este idioma si todo ortográficamente está al revés? Por ejemplo, en el ascensor había un cartelito que decía: "Proibido animais" una infiere que es "Prohibido"pero le falta la "h". ¿Por qué la sacaron? ¡Con lo que cuesta que los alumnos aprendan las reglas ortográficas! Ellos cambian letras, v por b o le sacan la h a las palabras. Otro ejemplo: "Cuiden ben de suas criancas" con la cerilla. "Crianzas" sería los niños pequeños o " es "presunto". Presunto para nosotros es como decir "un tal fulano". En el supermercado pedíamos un jamón de marca Cerati, entonces yo señalaba el jamón y decía Cerati que para mí el único Cerati es el músico. El queso era más fácil, "queijo". Para llegar al supermercado era complicado: ocho cuadras en subida y ocho cuadras en bajada con las cajas de cartón al hombro como las mujeres que en otras épocas llevaban los cántaros de agua al hombro o en la cabeza. Ïbamos los mayores llevando las cajas y los menores llevando algo muy liviano como un paquete de masitas o una gaseosa, muy propio de los adolescentes. Había que pensar bien lo que íbamos a comprar porque si nos olvidábamos algo, nadie quería hacer las ocho cuadras en subida y las ocho cuadras en bajada. El desayuno venía pago con la estadía; teníamos que ir a otro hotel que quedaba a unas dos cuadras. Salvo el primer día que tomé café con sal (desconocía que en las mesas sirvieran sal en sobrecitos al lado del edulcorante) porque otras personas comían desayunos con huevo salteado o salchichas o "feijoada" (Un plato con frijoles negros, chorizos, panceta, carne de cerdo, tomate y pimiento) Me pregunto, ¿qué estómago puede soportar semejante plato en el desayuno sin que le dé una pataleta al hígado?? Por eso digo, el brasileño es un ser humano que vive en un eterno presente, al menos en sus vacaciones, emula el "carpe diem" preRenacentista. Nosotros, a pesar de de ver cómo comían los demás semejantes platos, permanecimos en nuestra costumbre argentina del café con leche con tostadas o medialunas salvo la hija que mezclaba huevos salteados con chocolatada y porciones de budín. Fue la única que no tuvo problemas con el agua ni con nada de lo que comio; nostros, en cambio, tuvimos descomposturas, probablemente por el agua en los primeros días. Vaya a saber de dónde sacó ese estómago a prueba de bomba.

  Las niñas mulatas en el desayuno como en la playa o en las calles eran unas muñecas, con sus rizos tomados con moños, muchos moños que combinaban con sus vestidos, rojos, o naranjas o amarillos. Todo en ellas combinaban. El rojo también aparecía en los árboles, creo que eran chivatos esparcidos en todas las cuadras donde caminábamos. Un día tomamos un colectivo que nos llevó a una playa a trece kilómetros, en Arraial do Cabo. La playa era muy bonita, el mar de agua turquesa, los morros detrás, la arena blanca. Lástima que llegamos al mediodía y estábamos sedientos, sin sombrilla, sólo con lo puesto y las lonas. Vimos un pozo donde tiraban las agua vivas; las agarraban del cuerito como si fueran cachorros. A lo lejos, dos inflables llevaban una hilera de turistas y más lejos, hoteles bajos como cabañas. Hay que ser amante del sol para estar tirado como un lagarto como es en mi caso que no tengo la costumbre. No pudimos estar bajo el sol más que un rato y luego volvimos de la misma manera. Yo creo que el que es amante de la playa, del sol, del mar, puede estar tanto tiempo sin sentir que está perdiendo el tiempo; a mí me cuesta pensar en la nada bajo el sol, quiero sentarme a leer o levantarme y caminar o hacer algo más productivo. Dirán que no sé disfrutar el ocio, qué se yo, es difícil parar después de un año de trabajo, convertirse por unos días en una foca que no piensa más que en dormir y comer para sobrevivir.  Pienso que cada uno tiene que buscar el destino que más le vaya con su forma de ser. En mi caso, no soy una persona para la playa, me aburro bastante, un rato sí, pero no si hace tanto calor, estar al rayo del sol tostándose como se tuesta la tostada con la que desayuno todos los días. Necesito moverme un poco, mover las piernas y la cabeza, que algo que desconocía me atraiga para ir a su encuentro e indagar cómo una abeja en la flor. Digamos que ese viaje fue así, leía por la mañana hasta que estaban listos para ir a desayunar, mates de por medio, la rutina de la playa, cocinar algo para comer y algún paseo cerca del hotel. Cuando llegó el día de volver, tomamos un taxi, viajamos dos horas hasta Río de Janeiro para quedarnos ese día y el siguiente. Río es carísimo, si Cabo Frío tiene como atractivo sus playas, Río irrumpe con todo el esplendor de una ciudad reconocida mundialmente. Fue la capital del Brasil en el período colonial y siguió siéndolo hasta 1960 cuando se declaró a Brasilia como capital de Brasil. Es la segunda ciudad con más población después de San Pablo. Tiene por un lado, una parte muy moderna con altos edificios vidriados al estilo de las grandes capitales puesto que empresas financieras han hecho a Río su sede, tiene el ritmo de Buenos Aires, con grandes avenidas; la diferencia es que los colectivos van a mil y no frenan, pareciera que no hay semáforos, es una carretera sin fin donde circulan multitud de autos. Otra parte es más pobre, las favelas en los morros que contrastan con los hoteles de lujo. Nosotros pasamos hambre en Río, era todo carísimo, por eso no fuimos al Cristo Redentor (éramos cuatro) ni al Maracaná. Nos contentamos con la playa frente al hotel, con las caminatas en la rambla y con la visita a la Catedral de San Sebastián. Los vendedores de todo tipo (remeras, excursiones, venta de comida, publicidades de comedores) se acercan como si fueran a asaltarte, te sorprenden con sus voces chillonas para que les compres algo, son muy insistentes. Encontramos un local de venta de comida al peso que se ajustaba a nuestro bolsillo y tenían comidas livianas como carne a la plancha y verduras. En el hotel nos recibieron ese día y medio con dos paquetitos de snacks de maní que devoramos pensando que era un regalo puesto que no había cartelito con precios al lado y resultó ser que hubo que pagar al final cuando dejamos el hotel. Nos enojamos tanto por su costo que nos quejamos por facebook en las reseñas. Tuvimos la mala suerte de que la ciudad, en ese lugar de la ciudad, tenía problemas con el agua potable. El agua que nos vendían para el mate tenía gusto a tierra, no se podía tomar, o sea, que si queríamos agua, la tomábamos así como si fuera sacada de la laguna Setúbal, teníamos que comprar agua mineral que salía lo que sale un agua mineral en un recital de Oasis (vayan calculando). La excursión que hicimos en subte (unsubte dos veces más grande que el de Buenos Aires, quizás exagero pero todoallí es gigantesco y yo me sentía Gulliver en el país de los gigantes) para visitar la Catedral de San Sebastián fue lo más ameno y pintoresco que conocimos, no lo digo como dato de color sino textualmente; la Catedral tiene mucho color. San Sebastián, el nombre que lleva es el santo patrono de Río de Janeiro; es una iglesia católica, construida entre 1964 y 1979 para reemplazar a un conjunto de viejas iglesias de la arquidiócesis que data del año 1676. 

  La construcción se la reconoce como modernista, esto significa que su arquitectura busca la simplicidad a través de líneas limpias, los espacios más abiertos, y el uso de figuras geométricas. También emplea materiales distintos como el acero, el vidrio y el hormigón. La Catedral tiene una forma cónica, mide setenta y cinco metros y noventa y seis metros de diámetro interno. Está inspirada en las pirámides de Centroamérica y en el techo cuelga una cruz griega. Tiene cuatro grandes vitrales que proyectan la cruz griega y simbolizan los cuatro atributos de la Iglesia: una, santa, católica y apostólica. Cuando entramos, lo hicimos acompañados de un grupo deturistas chinos o coreanos o japoneses, no sé bien qué eran y adentro también había muchos asiáticos. Supongo que habrán ido en una excursión turística porque ellos no son católicos. Nosotros nos quedamos un rato, primero rezando y luego observando distintas imágenes y esculturas como las estaciones del vía crucis o la inmensa cruz de madera. Lamento que en la carrera de Letras no hayamos tenido Literatura Brasileña. Por mi parte, soy casi ignorante de sus referentes literarios; leí a Jorge Amado, a Ana María Machado y sigo conociendoa Clarice Lispector quien me resulta exquisita en su prosa. Y después, nada. Formamos parte de un continente, nos llamamos latinoamericanos pero no nos hermanamos en la literatura. Probablemente, a ellos les pase lo mismo. Alguna vez leí los nombres Machado de Asís, Guimaräes Rosa, Monteiro Lovato o Drummondde Andrade pero de nombre. ¿Tendría que planificar alguna vez, desde mis lecturas autodidactas, un recorrido por la literatura brasileña? Podría hacerles un espacio, todavía estoy con Clarice Lispector. Ahora bien, quienes enseñen en la Universidad, deberían replantearse qué criterios de selección tienen presentes para un programa de estudios que incluya lo más representativo de la literatura latinoamericana si tenemos en cuenta que lo latino también incluye el portugués, no sólo el español.  Encontré esta cita de Jorge Amado que sintetiza muy bien lo que viví en esos días: "Somos mestizos, condición primordial; de allí viene nuestro poderío. Por mi sangre, por ejemplo, corre sangre holandesa, portuguesa, negra e indígena. De ahí la resistencia del mestizo. Por eso la capacidad del brasileño para soportar las desgracias".

                                                                                                J.G.





domingo, 19 de octubre de 2025

Antología Era 2025 "Historias inconclusas




 

Temas de la medianoche

 



 

  Presentación del libro Santa Fe ensaya. Ganadores del Premio Ensayo por los 450 años de la Fundación de Santa Fe. Fui la editora literaria. Orgullo santafesino este libro. 





              "Nunca sabré cuándo preparar mi corazón" El Principito de Antoine de Saint-Éxupery.

   Hay veces que aparecen pequeños pétalos del geranio dispersos en el piso del balcón. Cuando abro la puerta ventana y los veo, pienso que es molesto barrerlos aunque sea dulce el aroma. Los geranios tienen forma de corazón; son pequeños y persistentes en su andar con el viento de la madrugada. Parece que quieren decirme que el amor ha llegado como ha llegado la primavera. Yo no soy de las que creen en las frases remanidas que aparecen en todas partes como en los avisos publicitarios o en las paredes que aún se pintan misteriosamente ni tampoco en las escenas en las plazas entre los chicos cuando se miran tan de cerca que el beso es inevitable ni tampoco en las sombras, cuando llega la noche, en los altos edificios cuyas ventanas están abiertas y se recortan las figuras tras las cortinas. Pero ahora, estos pétalos de geranio con forma de corazón entrando a través del balcón, atrevidos en su hacer, insisten en que ya es tiempo de creer, me hacen pensar en que los ciclos se suceden en un renacer en este día de octubre y que mi corazón, como el de los geranios, tendrá que preparase para abrir la puerta de casa y mirarte, por fin, a los ojos.

                                                                                               J.G.



 

martes, 3 de diciembre de 2024

Atardece


Atardece.

Es tristeza la luz 

que se apaga 

en el silencio 

de los árboles.

Refresca y mientras 

pienso que una vez 

nos encontramos

así, voy cerrando

el abrigo y 

los recuerdos.

                        J.G.

domingo, 14 de julio de 2024

 Señor gato

   Yo quería un gato. Un gato blanco con manchas color canela. Hay gatos de muchos colores: blancos, grises, negros, a rayas, con machas, gatos color té con leche, gatos de ojos verdes, de ojos grises y celestes. Pero no iba a ser posible. Mi mamá no quería un gato; le gustan los perros. Y ya tenemos a Lennon, un barbincho que adoptamos cuando fuimos a la costanera un domingo a la tarde. Se llama Lennon porque a mamá le gusta la música y Lennon es el nombre de un músico me dijo. Además lo escuchamos en casa. Me dijo que otro perro sí y que podíamos ponerle Ringo si me gustaba el nombre. Yo la miré con cara de no me importa. ¿Qué le pasa que no entiende que no quiero otro perro sino un gato? Todos los gatos pierden pelo como pierden pelos los perros, todos los gatos quieren el mejor lugar de la casa para dormir como también lo hacen los perros. 

   Tuve una idea. Hablé con la tía Roberta. Si ella me dejaba tener  un gato en su casa, yo le prometía darle de comer. También iba a ir a visitarla todos los días. Me fui con ella a la costanera y encontramos un gatito que no era blanco con manchas marrones sino blanco con manchas grises. La señora que nos los dio nos dijo que era  bueno pero que no le diéramos más que un plato de comida al día y si pedía más, que no le hiciéramos caso. 

-¿Y si se quedó con hambre?-pregunté

 La señora me miró y sonrió.

-No le den, le sacan el plato y ya está. Hay que acostumbrarlo a que no sea pedigüeño.

  Nos fuimos felices con Luigi (lo bautizamos en el camino). Pasamos por la veterinaria, lo revisaron, le dieron una pastillita azul-algo así como una vacuna-, fuimos al negocio de Rosita y compramos comida para gatos. En la casa de la tía le preparamos su rincón con una frazada y un platito de agua. Luigi no prestaba atención a los movimientos, tenía sueño.

  Pasaron los días. Volvía de la escuela, hacía mis tareas y me iba a la casa de tía Roberta a ver a Luigi mientras ella atendía su negocio de ropa usada. Al principio, no me di cuenta de la transformación, si se puede llamar así. Luigi era tranquilo, dormía mucho al sol. No le daba más que un plato al día a la hora de la siesta.  La cuestión es que Luigi empezó a crecer. Y mucho. No es que se volviera un gato enorme como un perro. Tenía el tamaño normal de cualquier gato. El problema era a lo ancho. Luigi se ensanchaba, no sé cómo explicarlo. Se inflaba como un globo. Yo lo tocaba para ver si era aire lo que tenía en la panza, pero no. Era todo carne. Tampoco tenía la forma redonda de una pelota, no, es como si adentro de la panza de Luigi tuviera dos gatos más.. Lo bueno de su tamaño es que no había ratones ni lauchitas ni nada que anduviera buscando comida por la noche; tampoco tenía interés en irse por los techos a conocer el barrio. Luigi era lo más parecido a un emperador chino sentado entre sus almohadones durmiendo la siesta. Pensé en llevarlo al doctor pero era tan pesado que tenía que encontrar una carretilla para llevarlo.. Pensé que lo más fácil sería pedir una caja de madera en la verdulería y atarla con una soga a la bicicleta. Luigi no saltaría de la caja (eso era seguro) y no saltó. ¡Qué más podía pedir que un paseo en bicicleta! 

  Lo más difícil fue cruzar las calles y subir el cajón a la vereda. Luigi no ayudaba ni aunque le rogara que se adapte a la situación. Él entrecerraba los ojos e inclinaba la cabeza hacia atrás. Disfrutaba del sol de la tarde.

  Cuando logré llegar a la veterinaria, el doctor lo revisó y me dijo que no tenía nada. Sólo era un gato ancho y que no había que preocuparse, que no iba a seguir creciendo.

-A veces, un gatito de diez es así- me dijo-que trate de ejercitarse un poco por día.

  Yo esperé a que me diera unas gotitas o una pastilla pero no. Luigi era un gato sano, un gato grande, un señor gato como esos padres de una familia numerosa que se sienta en la punta de una mesa larga celebrando la familia reunida un domingo de fiesta.

  Volví con Luigi a casa de tía Roberta. Tenía que resignarme y agradecer que Luigi estaba bien. Tía Roberta me dijo que iba a ser un poco difícil que Luigi se ejercitara. No es lo mismo que con un perro que uno le pone la correa y sale contento a pasear. Los gatos salen solos. El problema es que a Luigi le da fiaca salir. Había que convencerlo. Me quedé un fin de semana a dormir en lo de tía Roberta para observarlo. Lo único que detecté es que para la oreja cuando escucha algún pajarito cerca, no porque tuviera intenciones de comérselo sino porque le gusta el gorjeo. Entonces se me ocurrió una gran idea. En casa guardaba la fábrica de cantar como los pájaros (así le digo yo) a un juguete de mis abuelos. Es un silbato largo al que se le pone agua y al soplarlo, hace un sonido muy parecido al trino. Probé una vez y Luigi paró la oreja. Seguí silbando y Luigi abrió los ojos. Se acomodó un poco en el almohadón. Puse más agua en el silbato y me fui cerca de la puerta. Silbé. Luigi se levantó  y amagó con mover la pata. Abrí la puerta y seguía silbando. Luigi avanzó. ¡Funcionaba!

  Después de probar varias veces, Luigi obedece a su rutina diaria. Por la tarde, lo llamo antes de llegar a la casa de tía Roberta. Luigi me espera en el umbral.

J.G.


Señor Gato


   


viernes, 21 de junio de 2024




Semana del Libro en Rafaela 
15 de junio de 2024
Delegación de Asde

 






Biblioteca Pedagógica 13 de junio de 2024
De izquierda a derecha:
Zunilda Gaite, Jorge Spais, Leonel Álvarez Escobar, Mirta Ingui,
Elda Sotti y Jorgelina Garrote.


Segunda Antología Ediciones ASDE
(Asociación Santafesina de Escritores)

 

miércoles, 31 de enero de 2024

De los cines de Santa Fe

 


 Hasta el día de hoy, muchos años después del cierre de los viejos cines de la ciudad, me detengo cuando camino por la ciudad en lo que actualmente son esos espacios que despertaron mi gusto por las historias. Dirán que con los libros es suficiente, o con las anécdotas de los abuelos o los cuentos que me contaban mis papás. Yo diría que no, había más. Estaban las series de los sábados a la siesta o lo que me contaban los vecinos cuando los iba a visitar sin que mi pobre madre supiera adónde me había ido. No sé de dónde saqué esa costumbre de abrir la puerta de mi casa y tocar el timbre de una puerta de la cuadra. Si me atendían y me abrían, todo bien. La dueña ya sabía que tarde o temprano iba a venir desesperada mi madre a preguntar si estaba ahí. Porque antes no había teléfono en todos los hogares. Pero para no irme por las ramas, tendría que detenerme en la hora de la siesta. Creo que ahí empezó el problema. Yo no quería dormir y mis papás sí. Y más un sábado. Me quedaba mirando de dos a cuatro de la tarde a Jerry Lewis y Dean Martin por Canal 7 o a Los tres chiflados hasta que mi mamá se levantaba´, me daba sueño y me iba a dormir yo. El Microcine de calle 4 de enero y Tucumán llegó en los años ’80 en una sala desocupada de la Iglesia Sagrado Corazón de Jesús o Catedral Nueva. Yo vivía justo de la puerta principal en un departamento interno. Para entrar, teníamos la puerta de hierro y un pasillo largo y ancho donde aprendí a andar en bicicleta. Creo que fue un mis padres le habrán rezado al Sagrado Corazón para sacarse a la nena que no dormía la siesta porque no está demás decir que era bastante insoportable. En las fotos salía llorando, hacía lío en salita de dos en el jardín Manuelita. Y ante el peligro de que me escapara a la casa de los vecinos sin avisar y tuvieran que ir a buscarme…chau siesta.

  El Microcine se llamaba así porque la sala era chica, no creo que haya habido más de cuarenta butacas. Y por el tipo de películas que se podían proyectar. Era una sala para ver dibujos animados, películas de Disney. La función duraba tres horas, de dos a cinco de la tarde. Primero veíamos una película corta, venía el corte para ir a comprar golosinas. El mismo señor que alquilaba la sala y proyectaba la película oficiaba de vendedor en esa tromba de chicos que éramos desesperados para que no nos vendiera la última caja de maní con chocolate o las pastillitas de colores. Lo bueno de la sala era que no tenía planta alta. No había manera de molestar al que tenías adelante sino con una buena puntería. Generalmente, los varones, los  más avispados y malandras lo hacían. Me molestaba muchísimo que no dejaran ver la película en paz. Por eso, me iba a la última fila que estaba un poco más elevada. Me sentaba en el medio para ver bien y como iba todos los sábados, tenía ese lugar fijo que me rebuscaba en custodiar como asiento vitalicio. Y a quien osara sacármelo, tendría que vérselas con el dueño del cine También tenía la influencia de su hija Sandra que tenía mi edad y ayudaba en el kiosco. Claro que todo esto me lo imaginaba en mi cabeza porque iba lo suficientemente temprano como para pelearme con nadie.

   En medio del idilio, apareció mi hermana, mi única hermana a quien le llevo cinco años y medio. O sea, mis papás zafaron de una y apareció otra. Era mamenga, chiquita y llorona. Chau siesta pero yo, no tenía nada que ver. Que a mí no me embromaran con mi hermanita que yo estaba en el cine hasta las cinco. La cuestión fue cuando empezó a caminar, a interactuar y a querer seguirme a donde yo iba. Mis papás amagaron varias veces con que fuera conmigo hasta que en el tire y afloje, no me quedó otra que llevarla. Fue insufrible. Que quería ir al baño en la mitad de la película, que había que estar atenta a que no se atragantara con los caramelos, que lloraba porque veía algo que la impresionaba (me olvidé de contar que con el tiempo, proyectaban películas de aventuras como las de Indiana Jones) o se le daba por irse porque se había cansado y tenía que cruzarla a casa. Eso fue así hasta que mi paciencia dijo basta y mis papás entendieron que el cine no era para ella.

  Mi vínculo amoroso con el Microcine duró toda la primaria hasta que se mudó a lo que hoy es la Sala Moreno en calle Marcial Candioti entre Balcarce e Ituzaingó. La única y última película que vi como el cierre a mi ciclo con el cine infantil fue Ico, el caballito (Buenos Aires, 1987) de García Ferré, el padre de Anteojito, Neurus, Oaki y tantos más. Un récord de taquilla por aquel entonces, la cola para comprar la entrada daba vuelta la cuadra.

  El Microcine de la Catedral Nueva no fue el único de mi niñez. A los siete años me llevó mi tía la artista a ver E.T., el extraterrestre de Steven Spielberg (USA 1982) furor en la pantalla en el cine Garay de calle San Martín y General López.  Yo no estaba muy convencida de ir porque suponía que me iba a asustar, cosa que sucedió en algunos momentos. Para mitigar el miedo a ese monstruito de ojos grandes, me tapaba los ojos como lo hago hoy cuando Argentina juega el Mundial y le toca definir por penales. Con mi tía la artista hacíamos otras cosas además como ir a los museos o a la plaza de su barrio, la Pueyrredón. Pero allí estábamos.

    Otras películas que vi y no voy a olvidar por varios motivos fue Amadeus (USA, 1984) de Milos Forman con mis papás. Tenía nueve años y me deslumbró. Tanto por la música de Mozart, como el vestuario, la risa inconfundible del personaje y el enigmático Salieri escondido tras una máscara negra. Dos escenas me marcaron, Salieri enfermo y el cuerpo de Mozart envuelto en una bolsa blanca arrojado a una fosa común. Muchos años después buscaría la película en una casa de videos para volverla a ver y recordar otros momentos como la destreza en el clavicordio de Mozart niño y los escenarios reales. La otra película del cine Garay fue El último emperador de Bernardo Bertolucci (coproducción entre China, Italia, Reino Unido, Francia 1987). Tenía doce años y sabía que era una película imponente por la fotografía pero era muy triste. Cuenta el destino de emperador desde niño hasta su adultez y aún un siendo un  hombre grande, no pudo hacer otra cosa que cumplir con los mandatos. Del cine Garay, además de haber visto películas para chicos, recuerdo los intervalos. Los pebetes de jamón y queso serán recordados por mi generación como lo mejor del bufet de los cines de Santa Fe.

   El cine Colón en Avenida Rivadavia e Hipólito Yrigoyen era un espacio gigantesco por dentro y por fuera. Puede que mi percepción se haya debido a las columnas griegas de la entrada que daban la idea de que se entraba a un templo de la Antigüedad. Cuando cerró en los ’90 se convirtió en un boliche que llevaba un nombre alusivo a la cultura griega. Luego se convertiría en un Centro Cultural muy bonito, el Centro Cultural ATE Casa España. Allí fui a ver a los diez años, África mía (USA, 1985) de Sydney Pollack con Meryl Streep y Robert Redford y aparecieron los primeros lagrimones frente a la pantalla grande. Parte de la historia no la entendí muy bien pero sí la música y la historia  de amor entre los personajes. La otra historia era más complicada, la de la estancia la protagonista en África. Además, actuaba Robert Redford que era un galán. Yo no sé si fui al cine con mi mamá por el actor porque era muy famoso o por la película en sí. Creo que por las dos cosas.  Laberinto (USA, 1986) de Jim Henson con David Bowie y Jennifer Connelly  me generó emociones encontradas con el rey Jadeth. Era un rey malvado. Eso no entraba en mis ojos preadolescentes. Por un lado, ejercía una atracción hipnótica en Sarah y en mí como espectadora y rechazo también por sus acciones. ¿Cómo iba a secuestrar a un bebé? ¿Por qué le complicaba tanto a Sarah la posibilidad de rescatar a su hermanito? Tendría que volver a verla para rememorar el ambiente onírico del reino de los duendes.  Cazafantasmas (USA, 1984) de Ivan Reitman y un abanico de estrellas de la que recuerdo sólo a Bill Murray fue una película estrenada cuando tenía nueve años pero no la vi para esa fecha sino de más grande. Esto no lo entiendo bien. Las películas no llegaban en aquel entonces cuando se estrenaban sino seis meses después, no como ahora que el estreno es simultáneo. Pienso que tal vez fue una proyección esporádica para un público infantil  o una función familiar porque recuerdo que fui con mis papás y mi hermana y yo tenía doce. Era una comedia con algunos sesgos fantásticos y de suspenso que me tenían en vilo (aclaro que durante mi infancia los fantasmas me aterrorizaban). .

  El Ocean en 25 de Mayo entre Irigoyen Freyre y Catamarca dio paso a la adolescencia a pleno. Mi pie izquierdo (producción anglo irlandesa, 1989) con Daniel Day-Lewis y Brenda Fricker, basada en la vida de Christy Brown, pintor y escritor irlandés afectado por una parálisis cerebral. El pie izquierdo era lo único que podía mover con autonomía para pintar y escribir. Una de las primeras escenas que me impactó fue  la de su madre llevándolo al dormitorio con la dificultad de tener que subir una escalera y por el cuerpo del protagonista. No era un niño sino un muchacho, el cuerpo de un adulto. En la anterior escena podíamos observar las condiciones de vida de una familia numerosa y pobre. ¡La fuerza de voluntad de esa madre! Y más, el amor de una madre por cada hijo y por ese hijo que lo necesitaba todo para poder vivir. Es de esas películas en las que el impacto de la historia es tan fuerte que nos dejan en silencio, pensando en la relatividad de las quejas propias de la edad. Daniel Day-Lewis fue un actor fetiche en ese entonces, lo vi en varias películas; La insoportable levedad del ser (1989), El último de los Mohicanos (1992), En el nombre del padre (1993) y La edad de la inocencia (1993).

  Y otra, La sociedad de los poetas muertos (USA, 1989) de Peter Weir con Robin Williams e Ethan Hawke, entre otros. Dios, ¡qué pelicula para ver a los quince años! El rol del profesor de una  secundaria me dio vuelta la cabeza, yo quería hacer algo así, transformar el mundo. Ojalá haya podido en alguno de mis alumnas o alumnos, dejar una huella. Con el paso del tiempo, comprobé que no se olvidan de la cara de una. Me dijeron muchas veces cuando me atendieron en negocios que yo era su profe, que les daba Lengua. Yo me acuerdo de la cara de los chicos pero no del nombre y me siento mal salvo que me lo digan. ¡Fueron tantos!

   En ese entonces, la vimos en el colegio y luego debatíamos. Durante años se la tomó como una película de culto. Hoy hay otras pero para mí, ésa era especial, no sólo por la temática sino también por la interpretación de Robin Williams. El tema central de la anécdota era difícil de procesar; que un chico de mi edad, dos años más que yo, optara por el suicidio como una solución a su sufrimiento, no lo podía entender. Con los años, la tragedia me tocó de cerca y pude darme cuenta, una vez más, de cuán delicada es esta etapa de la vida, cuán difícil pueden ser las condiciones económicas o las imposiciones familiares o lo que es peor, que el grupo de pares sea un infierno.

   Otros cines y películas quiero nombrar en el inicio de mi primera juventud y los últimos años de la presencia de estos cines antes de su cierre. El Cine Ideal en calle San Martín entre Hipólito Yrigoyen e Irigoyen Freyre con Buscando al soldado Ryan (USA, 1998) de Steven Spielberg con Tom Hanks, la única función de trasnoche en mi vida; el Cine Roma en San Jerónimo y Eva Perón, un cine más chico que los anteriores hoy convertido en una sala cultural y un Instituto privado de carreras terciarias donde vi dos películas inolvidables: El paciente inglés, (Reino Unido, 1996), de Anthony Minguella con Ralph Fiennes, Juliette Binoche y Titanic (USA, 1997) de James Cameron con  Kate Winslett, Leonardo Di Caprio. El cine Chaplin en la galería Ross, una sala chiquita a la que había que subir una escalera. Años más tarde, la galería se convirtió en un negocio de electrodomésticos. Creo que fui a las últimas funciones del Cineclub con Claroscuro o Shine (Australia, 1996), de David Helffgott  con el premiado Geoffrey Rush. El Cineclub dejó de alquilarla luego de veinticinco años y se trasladaría al cine América únicamente donde siempre hubo funciones para los socios y lo sigue haciendo. El cine ATE en calle San Luis e Hipólito Yrigoyen con Humo sagrado  (USA, 1999) de Jane Campion con Harvey Keitel y Kate Winslett y  Edipo rey de Pier Paolo Passolini. Una sala chica, con forma de anfiteatro en la que una vez oficié de locutora vestida como todos con la ropa del siglo XVIII en una muestra final en homenaje a Mozart con mi querida Escuela de Expresión Estética Infantil del Liceo Municipal. El viejo CineMark al lado del Wal Mart en el que vi tantísimas películas, para mencionar unas pocas: El talentoso Sr.Rippley (Reino Unido, 1999) de Anthony Minguela con Matt Damon y  Jude Law por mencionar tres del elenco basada en la novela homónima de Patricia Highsmith, Regreso a Cold Montain (Reino Unido, 2003), del mismo director con Nicole Kidman y Jude Law nuevamente; parte de la filmografía de Nigth Shyamalan, Sexto sentido (1999) con Haley Joel Osmentt y Bruce Willis, El protegido (2000), Señales (2002), La aldea (2004), La dama en el agua (2006), El fin de los tiempos (2008)  las sagas de Harry Potter, El señor de los anillos y lo mejor de Tim Burton.

    Dos cines permanecen; uno de ellos, contra viento y marea: el cine América en calle 25 de mayo y Suipacha y Cinemark en uno de los shoppings de la ciudad ubicado en el dique 1 del Puerto de Santa Fe. El cine Amércia es otro de los cines a los que voy y son incontables las películas que vi. Por recordar sólo una: Bleu (Francia, 1993) de Krzysztof Kieslowski que dio  inicio a la trilogía Tres colores.  Quienes fueron y son socios del cine América sabrán que es un emblema cultural desde la década del ‘50. Recuerdo a Juan Carlos Arch como la cara representativa de la Comisión Directiva y de su amor por el séptimo arte. En la actualidad, la llama cinéfila la portan sus hijos Guillermo y Lucas. Pero no soy la más indicada para historizar sobre este cine. Los intelectuales santafesinos son los indicados. Lo que puedo decir, desde mi lugar de espectadora, es que nos han regalado un lugar que reúne la historia de los otros cines también los que se fueron y lo que el cine sigue siendo para la ciudad, un espacio para degustar una historia en movimiento. Un espacio para dejarse llevar por la historia en silencio, para reír y llorar, para contemplar y emocionarse, para enojarse o enardecerse para dejarse llevar por la melancolía o la esperanza. Casi todo lo que vi de cine argentino y español lo vi en casa, en alquiler de VHS, CD por mencionar la filmografía de Pedro Almodóvar, Eliseo Subiela, María Luisa Steimberg, Luis y Lucía Puenzo, Fabián Bielinsky, Juan Campanella, Juan J.Jusid, Tristan Bauer. Pero nada se compara con el ritual de sentarse en la butaca, esperar a que las luces se apaguen y comience la proyección.

                                                                        J.G. 12/01/2024







domingo, 5 de marzo de 2023

 

 Olvidé mencionar que después de Cacho, el nombre del guanaco que formaba parte de los animales pintorescos para el turista y que el dueño dejaba fotografiar por cincuenta pesos, nos sorprendió una lluvia torrencial, de esas que hay que parar y esperar a que amaine. Llovía y el viento movía con desesperación las ramas de los árboles. M. filmaba videos cortos que me ayudan a recordar. Hubo un momento en que reímos para después callamos para escuchar el agua. Por momentos deseamos que no caigan piedras, que no caigan rayos, que no nos estanquemos. En lugar desconocido no se sabe qué va a pasar con el clima. Veníamos de mucho calor y paulatinamente, el tiempo cambió a un cielo gris, a un viento desconocido, a temperaturas distantes de las nuestras. Es extraño querer sentir el fresco durante tantos días y cuando llega, así, intempestivamente con esta lluvia torrencial, con el viento enfurecido, quisiéramos que nuestro deseo no haya sido escuchado con devoción. Porque así estamos, como atrapados en un auto, sin poder salir, el agua llevándose la tierra de la calle; ya no estamos en una ruta sino en un pueblo del que no sabemos el nombre. ¿Será verdad que lo que una pide el Universo escucha y da? Así lo leí en varios sitios espirituales, de tipo hinduistas. En la religión católica, orar contempla la petición, sea a un santo, la Virgen o Dios. ¿Hay que esperar a que las cosas se den’ ¿Hay que moverse para que las cosas cambien de rumbo? Son actitudes de vida pero a veces, una quisiera un golpe de suerte también, que nos acompañe más allá del esfuerzo que hagamos. Pienso que se nos fue la mano con esto de pedir un poco de fresco porque la lluvia no para y nos estamos retrasando. Mis pensamientos ahora, no en ese momento, vuelven a la Filosofía presocrática, a los cuatro elementos. El agua. Busco para refrescar algún conocimiento olvidado después de tantos años. Heráclito fue quien decía que no nos mojamos dos veces en el mismo río y el la Facultad lo vimos, leímos textos; todos conocen esa frase. Borges la tomó para uno de sus poemas más hermosos. Tales de Mileto, nacido en el siglo VII a.C. en la ciudad griega que lo apellida, por decirlo así, afirmaba que el agua era el elemento originario. Buscó explicar cómo funcionaba el mundo por afuera de las explicaciones mitológicas. Sostenía que la Tierra flotaba sobre el agua como un leño. Aristóteles le daba la razón. El agua es lo que da la vida. Somos 70% de agua, nos formamos en el vientre de nuestras madres en un líquido amniótico. Sin agua nos morimos. Pareciera que de todos los elementos, por más que me guste el aire, como dije antes, Tales tuviera razón. Igual, quiero que pare de llover, que no nos estanquemos, que la batería no se funda, que no nos caiga un rayo encima. El agua parece un remolino furioso. Hay canciones románticas con la lluvia, poemas nostálgicos con la lluvia, frases al pasar de qué lindo dormir con lluvia o con lluvia me gusta ver una película, hacer una torta, comer churros y cosas así. Lo único que quiero es que pare de llover, por favor, que alguien allá arriba nos escuche.

                                                                             J.G. de En las nubes (fragmento)


Foto: M.E.Z.


 

lunes, 20 de febrero de 2023

  Huacalera, una localidad de Jujuy a más de dos mil metros, es una de las más antiguas del Noroeste. Estuvimos allí un día y medio.  Es raro detenerse en un lugar en el que sólo el paisaje de los cerros y las casitas de adobe conforman un lugar turístico. No sé si turístico es el mejor término para describirla con dos hoteles y ningún lugar para comer. Hay un monolito y un reloj de sol que indican que por ese lugar pasa el trópico de Capricornio. Quizás sea ése el motivo de los dos hoteles. En la época de la colonia, la localidad se llamaba Posta de Huacalera. Todavía se conserva la capilla de 1655, la Inmaculada Concepción. Creo que lo esencial de lo poco que vi es su gente. Allá los rasgos son de ascendencia aborigen. Y la pobreza. Por qué hay tanta diferencia entre las provincias me sigo preguntando.  Cómo es que seamos parte de un país, portemos una misma nacionalidad pero sea tan desigual la diferencia social. El hotel es lujoso para nuestro bolsillo. Formó parte de una finca privada y lo convirtieron en lo que hoy es. Pareciera que la ruta 9 marca ese límite también, simbólicamente hablando; los ricos de un lado, los pobres enfrente. El turista se maravilla con el paisaje, con las artesanías, ¿y la gente que las hace?. Vive de eso y ¿de qué más?. Algunos tienen en su casa que es minúscula, almacenes para salir del paso. Vi una cancha de fútbol que formaba parte de un club. Da la sensación de que el tiempo es quien dictamina que no hay progreso porque en esos lugares. Es como si estuviéramos en otro siglo. Detenidos por los cerros por no decir las injustas políticas públicas.

 Poco después, por razones que nos llevaron a Buenos Aires para mudar a M., nos sorprendió la noche. No encontrábamos un lugar barato para comer. Dando vueltas  por el barrio vi un pequeño comedor abierto. Resultó ser un comedor étnico, como se dice ahora, al que iban los jujeños. No recuerdo el nombre. Ese viernes de mediados de marzo un grupo de músicos estaban preparando el escenario para celebrar el carnaval chico o de las flores. Nosotros estábamos cansados, muy cansados, queríamos comer rápido e irnos a dormir. La mudanza seguía al otro día. Pero ellos no conocían nuestro motivo de por qué estábamos en la ciudad.  Seguía entrando gente que se notaba, eran conocidos entre sí. Se saludaban a los abrazos. Los convocaba el carnaval al que no irían en su tierra por vivir en otra provincia. De allí los saludos, la alegría. Los músicos nos repartieron guirnaldas de flores de plástico (a falta de verdaderas) y albahaca (ésta sí era natural) como parte del ritual al que íbamos a asistir. La albahaca había que acomodarla en la oreja (si uno era casado o comprometido, en la derecha y si se era soltero, en la izquierda) y significaba prosperidad. Uno de los músicos que repartía la albahaca, Darío, nos contó que era su primer viaje a Buenos Aires. Había nacido en Huacalera. La coincidencia nos sorprendió. También su entusiasmo, su emoción al cantar esa noche en su primer viaje a Buenos Aires. Nos dijo que el carnaval chico se festejaba el fin de semana posterior al carnaval grande. Asentíamos con interés pero yo no sabía que había dos carnavales consecutivos en Jujuy. Fui a internet, no esa noche, a buscar a qué se llamaba carnaval grande y carnaval chico. Y me encontré con la diablada, la procesión en baile, el muñeco que se desentierra del carnaval anterior.  Lo que viven los que son de allá, es distinto, pienso. Es, y  vuelve otra vez a mi cabeza, la palabra ancestral, los pueblos originarios, la tradición. La música de las cajas que Leda Valladares revalorizó con ese canto que sale de lo profundo de las cuerdas vocales. ¿Cuántos carnavales se festejan? Éste es uno de los más pintorescos; los otros se parecen más a los brasileros, con las comparsas y no sé si habrá otros más. Mis conocimientos son casi nulos sobre los carnavales.

Cuando era chica, me llevaban a ver las comparsas de Avenida Freyre. Me gustaba ir con un disfraz. Era muy chiquita. Recuerdo cuatro disfraces: el de Heidi, el dibujo animado, el de la mujer Maravilla (ambos venían con una careta, comprados en alguna casa de cotillón o como se llamase en ese tiempo), el de bailarina rusa que hizo mi tía con el envoltorio del televisor a color, el primero que compraron en casa y el de tigre. Mi tía la artista era habilidosa, se hacía ropa, tejía, pintaba, cocinaba. Todo lo que tuviera que ver con lo artesanal era lo suyo. Al disfraz de bailarina le agregó cintas de colores, lentejuelas en la parte que iba en la cabeza, como si fuera un gran abanico, y también pegó lentejuelas en el resto del vestido divido en dos partes: la pollera y la pechera. Tenía una máquina de coser. Me acuerdo que lo hizo bastante rápido. Me lo probé y me sacó fotos que vería al tiempo porque las cámaras fotográficas eran con rollo y había que llevarlas a revelar. El de tigre era un vestido recto de tela áspera color naranja. Le hizo la cola como si fuera un burlete y se lo cosió detrás. Le pintó las rayas. Como ya era un poco más grande, me tocó hacer el antifaz. 

 El último disfraz que recuerdo fue cuando una amiga que cumplía años en febrero, nos hizo ir disfrazadas para su cumpleaños. A esa edad, una recurría a la madre y la madre a sus vestidos viejos o a alguna tela que sirviera para fabricar uno. Mi mamá, hermana de mi tía artista, también tenía esa habilidad para hacer de una tela o un vestido algo nuevo, distinto. Y buscando, encontró un vestido rosa pálido, de otra época, cuando era soltera. No hubo que hacerle arreglos importantes, salvo ajustarlo un poco en los hombros. La idea era parecerme a una bailarina de Charleston. Me puso collar largo y una vincha. Usábamos chatitas entonces, un calzado sin taco. Así íbamos a todos los cumpleaños. No recuerdo qué se pusieron las otras chicas pero estaban como yo, con algo hecho en casa. Nos divertíamos de otra manera cuando no existía la globalización en Santa Fe y ya no éramos niñas pero tampoco adolescentes; esa edad indefinida entre los diez y los doce años.   

  El carnaval es la subversión de la ley. ¿Quién lo había dicho? Me parece que Bajtin. Lo habíamos visto en la carrera, en la Facultad, en una cátedra de Literatura. Vuelvo otra vez a internet para encontrar información. Sí, es Bajtin y es un libro sobre la cultura carnavalesca en la Edad Media y en el Renacimiento, en el contexto de las novelas de Rabelais. Tomo una cita de un artículo que leí: lo grotesco «permite mirar con nuevos ojos el universo, comprender hasta qué punto lo existente es relativo y, en consecuencia, permite comprender la posibilidad de un orden distinto».

Tenía razón Bajtin, ésa es la esencia del carnaval, olvidar el orden social. No sé si será lo mismo para Darío y el grupo de músicos que lo acompañaba, si es olvidarse de la pobreza de la mayoría del pueblo jujeño, olvidarse de que las cosas van a seguir siendo así por siempre salvo en esta fecha en el que son el centro de atención por el desentierro del Pujllay, por las máscaras, el colorido de los trajes, la danza y la música que nos hace rememorar los tiempos antiguos. Tiempos también injustos, difíciles. Por dos fines de semana, eso se olvida. Importan las raíces, el tributo a la Pachamama. Quien no nació bajo esa tradición seguirá siendo una celebración pintoresca. Sin embargo, lo que vivimos ese viernes de marzo, en Buenos Aires, tan lejos de Jujuy, fue otra cosa. Para ellos es más que una celebración. Y nosotros nos sentimos un poco extranjeros, un poco turistas, un poco extraños aunque reconfortados con la alegría de su música. La sensación de que  compartían su identidad, su esencia. Que ellos, tan lejos de su provincia, se hermanaban esa noche con el baile y el canto. No importa que al otro día la rutina fuera ser un jujeño en Buenos Aires, o un jujeño que la rema en otra parte. Esa noche, el carnaval cumplió con su objetivo. Todos éramos iguales.

                                                                                          J.G. En las nubes, inédito.

Carnaval en Humahuaca. Fuente: Infobae





martes, 14 de febrero de 2023

 

La extensión del cielo 

anuncia la lluvia.

La esperada lluvia de verano

nos encierra en la casa

ahuyentando sapos

con ramitas de eucalipto

o de fresnos cabizbajos.

Es grato el lenguaje

fragmentado de las hojas

enloquecidas por el agua,

la tierra ahuecándose

hasta hacer un pozo

en el patio. Emboscada

perfecta para el amor.

                J.G. en Amor, 2023. Inédito


Foto: María Eugenia Zeballos


sábado, 11 de febrero de 2023

 



14

No somos distintos pienso,

hay una distancia que reclama

claridad, las sombras simulan

que nada se parece el andar que caminamos.

El agua atrae los pesares y las palabras

que no sabemos decir,

pero ahí están.

No somos distintos, pienso,

en el discurrir de las horas,

los cuerpos enlutados,

los cuerpos que una vez supieron encontrarse

no engañan, hay una fatiga que el tiempo

no puede olvidar.

                             J.G. Más al Sur, Córdoba, Alción, 2022.