Huacalera, una localidad de Jujuy a más de dos mil metros, es una de las más antiguas del Noroeste. Estuvimos allí un día y medio. Es raro detenerse en un lugar en el que sólo el paisaje de los cerros y las casitas de adobe conforman un lugar turístico. No sé si turístico es el mejor término para describirla con dos hoteles y ningún lugar para comer. Hay un monolito y un reloj de sol que indican que por ese lugar pasa el trópico de Capricornio. Quizás sea ése el motivo de los dos hoteles. En la época de la colonia, la localidad se llamaba Posta de Huacalera. Todavía se conserva la capilla de 1655, la Inmaculada Concepción. Creo que lo esencial de lo poco que vi es su gente. Allá los rasgos son de ascendencia aborigen. Y la pobreza. Por qué hay tanta diferencia entre las provincias me sigo preguntando. Cómo es que seamos parte de un país, portemos una misma nacionalidad pero sea tan desigual la diferencia social. El hotel es lujoso para nuestro bolsillo. Formó parte de una finca privada y lo convirtieron en lo que hoy es. Pareciera que la ruta 9 marca ese límite también, simbólicamente hablando; los ricos de un lado, los pobres enfrente. El turista se maravilla con el paisaje, con las artesanías, ¿y la gente que las hace?. Vive de eso y ¿de qué más?. Algunos tienen en su casa que es minúscula, almacenes para salir del paso. Vi una cancha de fútbol que formaba parte de un club. Da la sensación de que el tiempo es quien dictamina que no hay progreso porque en esos lugares. Es como si estuviéramos en otro siglo. Detenidos por los cerros por no decir las injustas políticas públicas.
Poco después, por razones que nos llevaron a Buenos Aires para mudar a M., nos sorprendió la noche. No encontrábamos un lugar barato para comer. Dando vueltas por el barrio vi un pequeño comedor abierto. Resultó ser un comedor étnico, como se dice ahora, al que iban los jujeños. No recuerdo el nombre. Ese viernes de mediados de marzo un grupo de músicos estaban preparando el escenario para celebrar el carnaval chico o de las flores. Nosotros estábamos cansados, muy cansados, queríamos comer rápido e irnos a dormir. La mudanza seguía al otro día. Pero ellos no conocían nuestro motivo de por qué estábamos en la ciudad. Seguía entrando gente que se notaba, eran conocidos entre sí. Se saludaban a los abrazos. Los convocaba el carnaval al que no irían en su tierra por vivir en otra provincia. De allí los saludos, la alegría. Los músicos nos repartieron guirnaldas de flores de plástico (a falta de verdaderas) y albahaca (ésta sí era natural) como parte del ritual al que íbamos a asistir. La albahaca había que acomodarla en la oreja (si uno era casado o comprometido, en la derecha y si se era soltero, en la izquierda) y significaba prosperidad. Uno de los músicos que repartía la albahaca, Darío, nos contó que era su primer viaje a Buenos Aires. Había nacido en Huacalera. La coincidencia nos sorprendió. También su entusiasmo, su emoción al cantar esa noche en su primer viaje a Buenos Aires. Nos dijo que el carnaval chico se festejaba el fin de semana posterior al carnaval grande. Asentíamos con interés pero yo no sabía que había dos carnavales consecutivos en Jujuy. Fui a internet, no esa noche, a buscar a qué se llamaba carnaval grande y carnaval chico. Y me encontré con la diablada, la procesión en baile, el muñeco que se desentierra del carnaval anterior. Lo que viven los que son de allá, es distinto, pienso. Es, y vuelve otra vez a mi cabeza, la palabra ancestral, los pueblos originarios, la tradición. La música de las cajas que Leda Valladares revalorizó con ese canto que sale de lo profundo de las cuerdas vocales. ¿Cuántos carnavales se festejan? Éste es uno de los más pintorescos; los otros se parecen más a los brasileros, con las comparsas y no sé si habrá otros más. Mis conocimientos son casi nulos sobre los carnavales.
Cuando era chica, me llevaban a ver las comparsas de Avenida Freyre. Me gustaba ir con un disfraz. Era muy chiquita. Recuerdo cuatro disfraces: el de Heidi, el dibujo animado, el de la mujer Maravilla (ambos venían con una careta, comprados en alguna casa de cotillón o como se llamase en ese tiempo), el de bailarina rusa que hizo mi tía con el envoltorio del televisor a color, el primero que compraron en casa y el de tigre. Mi tía la artista era habilidosa, se hacía ropa, tejía, pintaba, cocinaba. Todo lo que tuviera que ver con lo artesanal era lo suyo. Al disfraz de bailarina le agregó cintas de colores, lentejuelas en la parte que iba en la cabeza, como si fuera un gran abanico, y también pegó lentejuelas en el resto del vestido divido en dos partes: la pollera y la pechera. Tenía una máquina de coser. Me acuerdo que lo hizo bastante rápido. Me lo probé y me sacó fotos que vería al tiempo porque las cámaras fotográficas eran con rollo y había que llevarlas a revelar. El de tigre era un vestido recto de tela áspera color naranja. Le hizo la cola como si fuera un burlete y se lo cosió detrás. Le pintó las rayas. Como ya era un poco más grande, me tocó hacer el antifaz.
El último disfraz que recuerdo fue cuando una amiga que cumplía años en febrero, nos hizo ir disfrazadas para su cumpleaños. A esa edad, una recurría a la madre y la madre a sus vestidos viejos o a alguna tela que sirviera para fabricar uno. Mi mamá, hermana de mi tía artista, también tenía esa habilidad para hacer de una tela o un vestido algo nuevo, distinto. Y buscando, encontró un vestido rosa pálido, de otra época, cuando era soltera. No hubo que hacerle arreglos importantes, salvo ajustarlo un poco en los hombros. La idea era parecerme a una bailarina de Charleston. Me puso collar largo y una vincha. Usábamos chatitas entonces, un calzado sin taco. Así íbamos a todos los cumpleaños. No recuerdo qué se pusieron las otras chicas pero estaban como yo, con algo hecho en casa. Nos divertíamos de otra manera cuando no existía la globalización en Santa Fe y ya no éramos niñas pero tampoco adolescentes; esa edad indefinida entre los diez y los doce años.
El carnaval es la subversión de la ley. ¿Quién lo había dicho? Me parece que Bajtin. Lo habíamos visto en la carrera, en la Facultad, en una cátedra de Literatura. Vuelvo otra vez a internet para encontrar información. Sí, es Bajtin y es un libro sobre la cultura carnavalesca en la Edad Media y en el Renacimiento, en el contexto de las novelas de Rabelais. Tomo una cita de un artículo que leí: lo grotesco «permite mirar con nuevos ojos el universo, comprender hasta qué punto lo existente es relativo y, en consecuencia, permite comprender la posibilidad de un orden distinto».
Tenía razón Bajtin, ésa es la esencia del carnaval, olvidar el orden social. No sé si será lo mismo para Darío y el grupo de músicos que lo acompañaba, si es olvidarse de la pobreza de la mayoría del pueblo jujeño, olvidarse de que las cosas van a seguir siendo así por siempre salvo en esta fecha en el que son el centro de atención por el desentierro del Pujllay, por las máscaras, el colorido de los trajes, la danza y la música que nos hace rememorar los tiempos antiguos. Tiempos también injustos, difíciles. Por dos fines de semana, eso se olvida. Importan las raíces, el tributo a la Pachamama. Quien no nació bajo esa tradición seguirá siendo una celebración pintoresca. Sin embargo, lo que vivimos ese viernes de marzo, en Buenos Aires, tan lejos de Jujuy, fue otra cosa. Para ellos es más que una celebración. Y nosotros nos sentimos un poco extranjeros, un poco turistas, un poco extraños aunque reconfortados con la alegría de su música. La sensación de que compartían su identidad, su esencia. Que ellos, tan lejos de su provincia, se hermanaban esa noche con el baile y el canto. No importa que al otro día la rutina fuera ser un jujeño en Buenos Aires, o un jujeño que la rema en otra parte. Esa noche, el carnaval cumplió con su objetivo. Todos éramos iguales.

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