Virginia
frente al lago de los patos.
Londres, noviembre de 1940.
Ay, si pudiera
salir y entrar de las cosas con facilidad y no tener la sensación
de que estoy en el borde. Hace tiempo
que mi paz es un estado de ánimo por afuera de mí. Todo lo que ha sido mi fortaleza, esta casa, esta ventana que mira a un parque otrora
verde, como el verde de los tiempos de la inocencia, nunca vedados a los ojos
de los confiados, es cosa del pasado. Londres es también una cosa del pasado,
un espectro, una ruina que el futuro
sentenciará en estos tiempos de guerra. Miro a través de la ventana, como
tantas otras mañanas en las que la luz motivaba a que inicie mi escritura, a
veces febrilmente inclinada por horas sobre mi escrito, cigarrillo en mano;
otras observando mi biblioteca. Aparecen
a la vista los libros de Shakespeare, Donne, Milton, Swift, Eliot, Brönte, Austen.
Recuerdo acercarme a ellos, sacarlos de los anaqueles y releer sus páginas,
absorta la lectura en sus ideas que hoy vuelven y vuelven a mi mente como las
olas y su eterno movimiento, acompasado si las aguas fluyen de los adentros del
tiempo, o violento si las aguas están presas de la tormenta que confunde lo
destinos. Pienso que mi esencia, mi espíritu, encarna como Orlando, el espíritu de siglos y siglos; que soy inmortal como los árboles de este
parque, impávidos y sabios…
Pero el dolor tejió en mí una mortaja, una
telaraña sutil, casi transparente. Cuando enfermo, cuando no puedo ser
conciente de mi yo, es que me dejo envolver en esta tela y sueño, sueño que soy
un ser que duerme eternamente, que descansa en estas páginas de mi biblioteca,
y que nada me hará despertar. ¿Para qué despertar? Quisiera ser un ente volátil
y trasladarme hacia el afuera de este borde que me sucumbe hacia un fin
incierto…
Muchos se han ido y sólo quedo yo en la
soledad de estas paredes en las que el amor me ha olvidado como las ramas
olvidan a sus hojas caídas en otoño. Llega el invierno y con él los seres de la
naturaleza duermen un sueño profundo. Quisiera acogerme al sentir de la
naturaleza, ser parte del tiempo, transformar mi cuerpo en un ser inconmovible…“Dormir,
dormir, tal vez soñar..” dice Hamlet. Dormir, dormir, soñar y no despertar…Ay,
Orlando, quisiera ser efímera, viajar hacia atrás en el tiempo, hacia los
tiempos antiguos, en los que los inocentes accedían a los paraísos no vedados a
los ojos humanos.(1)
Camino por el parque, la grava está húmeda
aún, como si la madrugada no quisiera despertar a la mañana; el sol la toca
levemente; diría que su tibieza es casi intangible. El peso de mi cuerpo la
hunde en la tierra pero ella no me teme, no me rechaza; dejo mi huella y
pareciera que desea que alise sus tallos crecientes, por allá rebeldes, por acá
dóciles cual un mechón de pelo en las manos de una adolescente. Salgo al parque
y camino, mis pies me van llevando hacia el lago de los patos; un pájaro entre
los árboles pareciera decirme: “Oye, esto es la vida.” ¡La vida! ¡La Vida! ¿Y
qué es la vida?, pensé. Acaso debería
creer que la Vida es un símbolo y por eso merece la mayúscula. No sé. Todo me
indica que debo sentarme frente al lago de los patos y observar, observar cómo
nadan impávidos en un corcoveo fútil. Parecen estar suspendidos en el agua, no
nadan, están en una posición diría trascendente en sus existencias, suspendidos
entre el plano del aire y el agua y para ellos, eso es todo. ¿Es eso la vida, un
dejarse transcurrir, como los patos? Tal vez sí, no puedo afirmarlo, tal vez en
mí, es ansiar esa suspensión casi incorpórea. ¿Será esa la respuesta a qué es
la Vida? Incompleta, tal vez, en el devenir, en el sinnúmero de acciones
cotidianas…Los patos no tienen conciencia de sí y yo tengo demasiada conciencia
de mí. ¿Acaso podría sentir la inocencia del agua en mi cabeza, en mis manos,
en mis piernas como ellos en su lento andar? No. Desearía suspenderme y
quedarme inmóvil…pero es sólo eso, un deseo, una fantasía de la sin razón. Y el
mal…es una presencia apenas visible en sus vidas; en cambio, en la naturaleza
humana, el mal se apodera de estos tiempos
confusos…Puedo afirmar que también se apoderó de mí; de mi conciencia y
voluntad, ha absorbido mi talento, y me deja en ascuas, en un gesto suplicante,
en el que sucumbo en un ritual del que no podré salir incólume en estos tiempos…
Me
levanto y mis pasos me llevan hacia la arboleda en busca del pájaro que ha
piado su verdad. Me arrimo al tronco del árbol en el que creo se encuentra
escondido. Su corteza áspera me recuerda los sinsabores del amor. L. ha querido
convencerme de que vuelva a Bloomsbury, a la tranquilidad y a la soledad del
campo. Lo he hecho varias veces pero mi frustración creativa y mi sensación de
esterilidad son una constante allí. He sentido tantas veces la decepción del
amor, sentimiento que define a la mujer. Lo he dicho varias veces. ¿Qué es la
mujer sin el amor? ¿Acaso podría definirse a la mujer de otra manera que no sea
por el amor?
He inventado en uno de mis libros a Judith,
la hermana ficticia de Shakespeare, talentosa y absorbida como un cuajo por su
época; ¿qué hubiese sido de Judith si el hombre le hubiese dado cabida en esa
época? Su condiciónr la condenó a la miseria, a la sombra de los hombres, a la
sombra del genio de su hermano, del talento que en uno fue expansión de la
palabra y en la otra, olvido y vergüenza. Oh, la mujer, qué podré decir de ella
y de mí misma que sufrimos la subordinación a la que el amor nos sucumbe? Ah, ¡el amor y su vastedad, el amor y su
mezquindad! Los siglos han pasado y a pesar de ello, la realidad es la misma para la mujer: su talento
fructificará a expensas del amor y de la conciencia de los hombres; avanzará
lentamente bajo el signo patriarcal que
le recordará por siempre que no habrá igualdad entre el hombre y la mujer.
Rodeo
con mis manos el añoso tronco del árbol y me recuesto lentamente en sus raíces.
Recuerdo haber escrito hace unos años que los sexos deberían complementarse
para que el acto de creación pueda llevarse a cabo, una complementación mental.
El escritor, una vez concluida su
experiencia, debería recostarse y dejar que su mente celebre sus nupcias en la
oscuridad. Ah, ¡el amor y su vastedad, el amor y su mezquindad! Mujer,
amor…y una palabra más…la escritura. La tríada
se completa con la escritura y en ella me veo envuelta como la crisálida a su
tela. La literatura está sembrada de
naufragios de hombres a quienes la opinión ajena les importó más allá de toda
razón. ¿Podremos vivir armónicamente, la parte femenina del cerebro con su
parte masculina a pesar del sexo que le da cuerpo a la humanidad? ¿Ya quisiera
que esto ocurra, porque creo, que somos seres que trascienden los cuerpos y por ende, su
género. Tal vez Coleridge tenga razón al
afirmar que las grandes mentes son andróginas. Sólo si ocurre esto, esta
fusión, las mentes serán plenamente fertilizadas en todas sus facultades.
Toco las raíces del árbol; son nudosas
manos de dioses ancestrales, pergaminos célticos alguna vez descifrados por los
antiguos. La quietud me envuelve, no puedo estar mejor. Aprovecho estos raptos
de lucidez que son también momentos de felicidad conmigo misma. Y en este
plácido estado, en el que ni los pájaros se atreven a romper el silencio, evoco
frases, ideas que defendí fervientemente como escritora. La poesía depende de la libertad intelectual y la
libertad intelectual depende de los bienes materiales. Ningún hombre que se
llame escritor ha podido ejercer su oficio sin un mínimo pasar económico. He
sido afortunada. He tenido un buen pasar, mis libras anuales garantizaron mi
cuarto propio. ¿Pero qué ha de pasar con aquellas tantas Judith en el mundo sin
dinero y sin cuarto propio? Dando luz a niños, bañándolos, dándoles de comer,
acostándolos a dormir con su vocación por la palabra escrita a cuestas? En esta
situación, la mujer siempre ha sido más pobre que los esclavos atenienses. Sin
un pasar económico, la mujer no tendrá libertad intelectual. Su vocación se le irá de entre las manos como
el agua de los torrentes de montaña. Vuelvo a pensar en el amor y en la mujer,
en el amor tan mezquino a veces con las mujeres, que a unas las absorben un
hijo tras otro y a otras, como yo, a las que el amor no le ha dado ni uno…Ah,
el amor y su vastedad, el amor y su mezquindad…Me recuesto sobre el tronco del
árbol del pájaro cantor de la Vida, evocando a Judith, y tantas otras anónimas
mujeres del pasado, a las que les han sido sacrificados sus talentos, las veo
étereas e incorpóreas pero vivazmente
presentes como esta corteza que lastima
dulcemente las yemas de mis manos. Ellas están aquí, son presencias luminosas
en mi espíritu, y lo serán también de las que vendrán, piadosas y gentiles, honestas
y dulces, aventureras y racionales; todas ellas, serán la continuación del
ánimo de la mujer que no tuerce su voluntad, que busca escribir y escribe, a
pesar de todo.
J.G. (monólogo ficcional de Virginia Woolf)
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Virginia Woolf por Sebastián Dufour
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