domingo, 28 de junio de 2015

Silvina en su laberinto (III)


La espera.

   La señora Silvina odia lo que va a hacer pero no puede dejar de hacerlo. Se sentará en el sillón de la sala a esperar que vuelva su marido. Serán horas desde que termina la cena, a veces en compañía de un amigo de la familia que luego despide y se quedará sola. El sillón es cómodo y le permite pensar, en la penumbra, lo que escribirá al día siguiente. No es un tiempo perdido, aunque a veces la angustia la ponga nerviosa y entonces tenga que pedirle a Jovita que le haga un té. “Quisiera ser pobre como vos, Jovita, le decía en sus días malos, para no tener este miedo de que me lo secuestren, de que se lo lleven los del sindicato, estamos a una cuadra, saben que podemos pagar”, y caminaba por el pasillo una y otra vez, cuando el temor no la dejaba respirar. Entonces entornaba la ventana, con las persianas bajas, para escuchar el ruido de la calle. La señora Silvina sabe, porque tiene el don de la clarividencia, de que no serán los sindicalistas los que lo secuestren sino la amante a la que no conoce, la que estará robándole el tiempo y su marido. No le interesa saber quién es. Lo que le importa es que él vuelva a casa.

      No le extraña que él se tome estas libertades, ya sabían, desde jóvenes, que el amor adopta formas volátiles. Ella le lleva diez años. Lo habían conversado hacía tiempo; de hecho, ella también tuvo sus libertades, sus amigos. La señora Silvina, la señora clarividente que sabe que en estos momentos su marido estará compartiendo la cama con otra mujer,sufre. Los celos la exasperan. En este momento lo odia, lo mataría sin dudar con los ojos bien abiertos. El amor le hace la vida más difícil. “Si pudiera convertirme en piedra por efecto de la Medusa y quedarme fría y dura"-piensa-, "que nada de todo esto me importe".

     La señora Silvina se acomoda en el sillón, ya tomó su té: le indica a Jovita que se retire a dormir, que ella está bien y pronto irá a la cama, que esperará media hora más, cuarenta minutos como mucho, que gracias por la manta, resfresca en la noche y una no se dá cuenta. La señora Silvina reclina la cabeza hacia atrás, cierra los ojos, inspira hondo; recuerda el libro que dejó en la mesa de luz y que tanto le gusta, piensa que hará una traducción de esos poemas. Comenzará mañana. Siente un leve movimiento afuera, un tintineo de llaves. Se levanta rápido, va hasta el baño a cambiarse. El hombre abrirá suavemente la puerta; ella no quiere verlo cuando llegue, no quiere ver su rostro ni su satisfacción colgada en el cuello como un trofeo. Siente alivio a pesar del odio y piensa que sólo necesita unas horas de descanso para comenzar con la traducción de los poemas, un buen motivo para acostarse.
                                                                                            J.G.



sábado, 27 de junio de 2015

  "No leemos solamente para dominar la información y el lenguaje no puede reducirse a una herramienta de comunicación (...) Muchas mujeres y muchos hombres leen por el gusto de descubrir, para darle sentido a su vida, para salir del tiempo, del espacio cotidiano y entrar en un munco más amplio, para abrirse a lo desconocido, transportarse a universos extranjeros, deslizarse a la experiencia de otro u otra que vive en uno mismo, domesticarlo, perderle el miedo. Para conocer las soluciones que otros le han dado al problema de estar de paso por la Tierra. Para habitar el mundo poéticamente y no estar únicamente adaptado a un universo productivista. "
                                                       Michèle Petit. "Elogio del encuentro" en Lecturas: del espacio íntimo al espacio público. México, FCE, 2001.



Madre y niña leyendo, Frederick W.Freer, 1896.

 

sábado, 20 de junio de 2015


Ventanas

  Hace unos días, mientras caminaba por Boulevard Pellegrini, sintonicé un programa de radio en el que se  hablaba de las ventanas. Me pareció original el tema y lo escuché con atención. Me hizo pensar en que las ventanas tuvieron un lugar, podríamos decir, interesante y revelador en mi vida. Desde el punto de vista arquitectónico, decía la locutora, una ventana es una abertura en la construcción que permite que ingrese el aire y la luz en el interior; es parte del afuera que ingresa en el adentro; así, objetivamente, no diría mucho una ventana pero el programa de radio avanzaba en la idea simbólica de la ventana en la vida. Entonces recordé. Recordé las ventanas de mi vida.

   De chica viví en un departamento interno hasta los catorce años. Mi casa era la primera y luego venían dos más. Tenía un jardincito adelante, y si no fuera por esa pared gris enfrente, diría que parecía una casa que daba a la calle, con sus tejas anaranjadas y sus cinco grandes ventanas. Mi dormitorio daba a un patio interno que comunicaba con la terraza. Como todos los chicos, sentía curiosidad por el afuera y me iba bastante seguido a la terraza a mirar las casas ajenas, las antenas, la ropa colgada, y más allá, el campanario de la iglesia. No sé si dije que mi casa estaba enfrente de una iglesia enorme, con escalinata y hombre de la bolsa incluido. Digo esto último porque no me gustaba dormir la siesta y por aquel entonces me habían contado el cuento del viejo que tenía una bolsa en la que guardaba a los chicos que no querían dormir y no dejaban que sus padres durmieran un rato después del mediodía. Coincidió que durante un tiempo un hombre “de la calle”, con todo lo que puede tener de típico un hombre abandonado (sea la barba, la ropa andrajosa, la botella envuelta en papel, sí, créanme, y la bolsa de arpillera) dormía en las escalinatas para aumentar mi miedo. Claro que él estaba enfrente y yo muy bien escondida en mi casa. Jugaba mucho en el pasillo, aprendí a andar en bicicleta allí luego de varios sábados cayéndome y llorando por los tropezones, aprendiendo a usar los patines que me regalaron para el día del niño y, obviamente, cuando no se podía salir a jugar, miraba tras la ventana cuándo iban a llegar mamá o papá.

   La ventana de mi pieza que daba al patio fue la que me llevó a pensar que existían en verdad los reyes magos. Yo dejaba todo preparado la noche anterior, y como estábamos en enero, la ventana estaba abierta aunque cerradas las persianas. Yo sentí un movimiento  la noche en vísperas de reyes e imaginé, ahora lo veo así, que ellos bajaban  por la escalera de la terraza y me dejaban su regalo, pero antes los camellos comían el pastito que había juntado de la plaza y tomaban el agua del balde. Esa ventana fue una suerte de acceso a la ficción, porque yo, oculta en la oscuridad, percibía ese ruido y había reconstruido la escena paso a paso como en los cuentos.

   La ventana del dormitorio de mis padres era la ventana de las hadas; yo deseaba fervientemente encontrarme con una y entonces cerraba bien los ojos, pedía el deseo y creía con la convicción propia de un niño, que el hada iba avanzando con su etéreo vestido azul y naranja. Yo no alcanzaba a verla a ella, pero veía su vestido que avanzaba. Después me di cuenta de que lo que “veía” era el reflejo de los rayos del sol que al mediodía se instalaban risueñamente en la persiana con esos colores. Recuerdo que me emocionaba la idea de que un hada de los cuentos viniera a casa, a verme a mí.

   De adolescente, nos mudamos a dos cuadras del departamento interno. En esa casa tuve una ventana con balcón que daba a la calle pero no me asomaba casi porque el mundo que me interesaba por descubrir no venía del exterior sino de emociones y sensaciones que pasaban por mí y por lo que podía compartir con mis amigas; a excepción de lo relacionado con el amor, porque de adolescente vivía enamorada y estaba atenta a la llegada del chico que me gustaba. La ventana entonces era la ventana del amor, no me importaba la calle si no lo que la calle me podía traer que era él, y si estaba peleada o distanciada por unos días, entonces la ventana era una ventana terriblemente dolorosa; yo miraba el afuera mientras escuchaba los temas más románticos y melosos que había grabado en la radio, por lo general, con la voz del locutor que arruinaba la grabación y que cortaban con mi deseo de llorar a oscuras por tanta ausencia injustificada.

   Las ventanas en mi otra etapa de la vida, con una familia, fueron las ventanas de los tiempos ajustados. Ventanas que se abrían para airear los ambientes, ventanas abiertas para que no entren las  enfermedades, ventanas que miraban nuevamente a paredones, con poca luz durante la tarde. Yo no tenía tiempo de mirar a través de las ventanas porque tenía dos niños pequeños en casa y ellos eran, podría decirlo así, las nuevas ventanas. Convertirme en madre borró buena parte de mi vida anterior durante un tiempo considerable. Olvidé mi pasado, olvidé mis recuerdos. Trabajar y ser madre no me daba espacio a mirar el afuera y sin embargo; ellos, mis hijos, me conectaban de otra forma con lo que fui; algo en el inconsciente se iba abriendo para traer desde el pasado vivencias que para bien o para mal me ayudaban en mi nueva tarea.

   Las nuevas ventanas del segundo departamento donde fuimos a vivir son grandes; por la mañana y por la tarde entra la luz y eso es lo que más me gusta del departamento donde vivo. Los niños ya no son tan pequeños, tal vez por esa razón puedo observar más el afuera, puedo, por ejemplo, levantar la vista por un momento mientras lavo los platos y ver cómo el sol va corriéndose imperceptiblemente a medida que avanza el tiempo, al igual que la luna, cuando es de noche. Puedo, a través de la ventana, observar los árboles de la plaza que está a media cuadra y ver cómo las ramas se balancean con el viento calmo o escuchar las cotorritas los domingos y feriados cuando es poco el movimiento de autos. Y en ese detenerme, por momentos a observar, es que me acordé que de chica escribía, que disfrutaba hacerlo; que algo que comienza con una emoción se traduce en palabras, y que me alegra, me da energía, me envuelve en un no sé qué que me deja contenta. Sí, la ventana de la cocina  me recordó que escribía, que podía intentarlo nuevamente, que a pesar de los trajines diarios mirar a través de la ventana me conecta con mi adentro para que lo que guardo salga a través de las palabras y ellas sean mi apertura con el afuera, como las ventanas.
                                                                         J.G.



 Muchacha sobre la ventana, Salvador Dalí, 1925


 

lunes, 15 de junio de 2015

De "Bestiario.etc."


Los seres térmicos, o sea...

Que la temperatura nos cambia el humor,
entre otras cosas, como saludar o no al vecino,
pasear al perro o contestar llamadas, es prueba
del sentido común, no de la ciencia ni de la fantasía.

Pero yo quiero creer que ellos, los duendecitos térmicos
son como duendecitos escondidos entre los zócalos 
o en las hendiduras de humedad, apenas perceptibles, 
y moderan mi animosidad, como la tuya.

¿Y si yo tuviera menos calidez hoy y fuera un témpano de hielo
entre los cuarenta grados de calor de la ciudad, entre el ardor
de las paredes de cemento, las secas baldosas de la cuadra?

¿Qué haría yo sin los duendecitos que gradúan con el termómetro
las horas,  los recuerdos y las nostalgias de las que no tengo resto
ni en las viejas diapositivas ni en el inconsciente?

No me bastan tus palabras dulzonas ni las palmaditas en el hombro,
yo quiero seres térmicos en el bolsillo todo el tiempo,
o sea, una temperatura estable ante las estridencias 
 de las que no soy artífice y a veces 
una se convierte en manzana del arquero.

Duendecitos en el costado izquierdo quiero, chalecos guardavidas
del que bombea para que yo esté viva.
                                                                  J.G.

 

 

 

sábado, 13 de junio de 2015

   "Me abandoné observando  aquellas negras hileras inquietas. También esa era una señal reconocible. Desde donde estaba no podía ver el lago. Pero veía el cielo, algunas nubes y me dije que esas nubes y ese cielo se reflejaban en el lago. pensé en los últimos meses y, más atrás, en todos los años que habían pasado, en la importancia de esos años. Pensé en el empeño de mi padre por terminar de levantar aquellas paredes. Pensé en mi madre y en Elsa. Me sentí en paz. En la luz, en los perfumes, en las imágenes de las laderas esparcidas de casas aisladas, volvía a encontrar un sabor que me era familiar, que de alguna manera misteriosa me justificaba. Supe que, de las presencias que me habían acompañado, en las que me había apoyado, no me quedaba solamente aquello que en ese mediodía podía ver y tocar. Había cosas que no hubiese podido nombrar, pero que estaban ahí. Cosas que todavía me seguían formando y contribuían a calmarme y a otorgarme fuerza. Entonces me dije que todo era más simple de lo que me había imaginado siempre. Y que quizá sólo hiciera falta mantenerme alerta, conservar el equilibrio que ese día me estaba sugiriendo, insistir en viejas costumbres, formas de vida que nadie me había explicado jamás, pero de cuyos ejemplos, algunas veces evidentes, otras intuidos, mi memoria estaba llena. Que tal vez bastara con sentarme bajo el nogal de tanto en tanto, y permitir que esas voces llegaran hasta mí y dejarme llevar".
                                Antonio Dal Masetto. Oscuramente fuerte es la vida. Bs.As., Ed.El Ateneo, 2011.


sábado, 6 de junio de 2015



Participante:  -¿Para usted, en sus novelas históricas, el héroe es un héroe o un antihéroe?
Andrés Rivera; -Comparto una reflexión de Brecht. Él detestaba a los héroes. Los héroes no existen en la historia. Que la sociedad les levante bronces y mármoles a supuestos héroes no quiere decir nada.
       Pienso en esos pocos hombres, como Castelli, esa minoría que ha intentado cambiar el curso de la historia de los argentinos. Y que fracasaron. O que han sido derrotados, que es distinto. Pero no hay héroes ni antihéroes. Hay hombres con mucho miedo que están dispuestos a jugar su vida por ciertas ideas.
                              Andrés Rivera, "La novela y la Historia" en AAVV. La historia y la política en la ficción argentina, Santa Fe, Centro de Publicaciones de la Universidad Nacional del Litoral, 1995.



miércoles, 3 de junio de 2015

De "Bestiario.etc."


Quimera/s
Que la gente se cansa de una, como una
se cansa de la gente es, diríamos, parte de la convivencia,
a veces pongo cara de dragón, echo fuego por la boca,
chamusco macetas y malvones, me planto en la terraza
como una heroína inmortal, a sabiendas que no lo soy.
Igual es sanador derribar murallas invisibles, ésas que la gente
se levanta cuando no encuentra el coraje en la palabra,
cuando el ladrillo vale más que la redención.
Si llueve, elijo la cabra, tozuda y tenaz para las empresas
inútiles o para sostener el día a día como cualquier mortal.
Cuánto de cabra hay que alimentar en una para no sucumbir
entre las noticias del día y los desarraigos, a veces funestos,
a que nos llevan las mareas y las trombas del egoísmo,
los desaciertos disfrazados de olvidos y las llamadas perdidas.
Y si todo marcha bien, si una se levanta luego de una buena noche,
me acomodo en la cabeza del león, con esa boca que parece
comerse hasta las letras del abecedario, con esa avidez
del optimismo sin reparos, con la serenidad de quien se sabe
poderoso, qué bueno, sí, limarme las pezuñas sin apuro,
a la espera de una buena idea en la cabeza, presta al vértigo
de las profundas sabanas, aquí calles y pasajes sin número,
en un laberíntico juego de autos y tarjetas magnéticas.
Casi diría que una quimera es tan conveniente como las plazas
y las bicisendas; no la descartJo.
                     J.G.