sábado, 28 de febrero de 2015


                    
Virginia frente al lago de los patos.
                                                                                     Londres, noviembre de 1940.


   Ay, si pudiera salir y entrar de las cosas con facilidad y no tener la sensación de que estoy en el borde. Hace tiempo que mi paz es un estado de ánimo por afuera de mí.  Todo lo que ha sido mi fortaleza,  esta casa,  esta ventana que mira a un parque otrora verde, como el verde de los tiempos de la inocencia, nunca vedados a los ojos de los confiados, es cosa del pasado. Londres es también una cosa del pasado, un espectro, una ruina  que el futuro sentenciará en estos tiempos de guerra. Miro a través de la ventana, como tantas otras mañanas en las que la luz motivaba a que inicie mi escritura, a veces febrilmente inclinada por horas sobre mi escrito, cigarrillo en mano; otras observando mi biblioteca.  Aparecen a la vista los libros de Shakespeare, Donne, Milton, Swift, Eliot, Brönte, Austen. Recuerdo acercarme a ellos, sacarlos de los anaqueles y releer sus páginas, absorta la lectura en sus ideas que hoy vuelven y vuelven a mi mente como las olas y su eterno movimiento, acompasado si las aguas fluyen de los adentros del tiempo, o violento si las aguas están presas de la tormenta que confunde lo destinos. Pienso que mi esencia, mi espíritu,  encarna como Orlando, el espíritu de  siglos y siglos;  que soy inmortal como los árboles de este parque, impávidos y sabios…


    Pero el dolor tejió en mí una mortaja, una telaraña sutil, casi transparente. Cuando enfermo, cuando no puedo ser conciente de mi yo, es que me dejo envolver en esta tela y sueño, sueño que soy un ser que duerme eternamente, que descansa en estas páginas de mi biblioteca, y que nada me hará despertar. ¿Para qué despertar? Quisiera ser un ente volátil y trasladarme hacia el afuera de este borde que me sucumbe hacia un fin incierto…


    Muchos se han ido y sólo quedo yo en la soledad de estas paredes en las que el amor me ha olvidado como las ramas olvidan a sus hojas caídas en otoño. Llega el invierno y con él los seres de la naturaleza duermen un sueño profundo. Quisiera acogerme al sentir de la naturaleza, ser parte del tiempo, transformar mi cuerpo en un ser inconmovible…“Dormir, dormir, tal vez soñar..” dice Hamlet. Dormir, dormir, soñar y no despertar…Ay, Orlando, quisiera ser efímera, viajar hacia atrás en el tiempo, hacia los tiempos antiguos, en los que los inocentes accedían a los paraísos no vedados a los ojos humanos. (...)
                                          Monólogo ficcional de Virginia Woolf (fragmento) Jorgelina Garrote.




  

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