domingo, 8 de febrero de 2015


Mi biografía como lectora. (II)
    De la escuela primaria puedo rescatar haber leído  a Syria Poletti. Esta escritora me acompañó hasta la adolescencia con sus cuentos policiales. Y de mi preadolescencia recuerdo Inambú busca novio y El misterio de las valijas verdes, libros que nos habían dado a leer en la escuela. El inmenso placer que tenía en casa leyendo esos libros, en la escuela el placer se había ido a otra parte. Leíamos las novelas en voz alta, en la hora de Lengua. Una compañera pasaba al frente y leía algunas páginas. Para la maestra era motivo de evaluación de lectura en voz alta. Siendo más grande, en la secundaria, la situación fue la misma. No encontré esa relación lector/libro tan próxima a la felicidad en la escuela. Y lo más triste es que para mis compañeras de curso, las que no leían, ésas eran sus únicas experiencias. Y yo pensaba para mis adentros que no podía mostrarles que la lectura era otra cosa, otra experiencia, que el imaginar la historia y degustar las palabras era hermoso, como lo vivía yo. Pienso en Graciela Montes y en su “frontera indómita”: la literatura se escurre en las prácticas escolares, pareciera que no quiere quedarse, que no encuentra un lugar allí.

      Por aquel entonces, siendo adolescente, mi mamá se hizo socia de la Biblioteca Pedagógica y yo podía acceder a otros libros  (los que me regalaban, los leía con avidez, recuerdo con qué gusto leí La vuelta al mundo en 80 días de Julio Verne). La bibliotecaria de la Pedagógica me sugirió que entre a la sección general donde estaban las novelas divididas por nacionalidad, “que me fijara en aquellos libros que tuvieran un papelito amarillo pegado en el lomo, ésos, eran para jóvenes”. Mi desconcierto fue doble; primero, porque tuve que pasar de la Sección Infanto-Juvenil (luminosa, colorida) a otra (sombría, silenciosa) en la que poblaban viejos libros encuadernados. Cuando saqué esos libros con el papelito amarillo me encontré con que nada indicaba que pudieran ser lecturas para mí; sin embargo, me llevé un par. Algunos años después supe que había leído a Bioy Casares, a Cronin, a Steinbeck, a Hemingway.  Aparecieron luego en esa sección García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Isabel Allende. El período de la adolescencia fue el más difícil en el sentido de encontrar lecturas, autores, libros que pudieran atraerme. No tuve mediadores ni compañeras con las que pudiera orientarme o compartir lecturas.

       Para mí la lectura siempre fue una búsqueda. Creo que siendo niña la lectura era motivo de ensoñación, imaginar me gustaba muchísimo. Imaginar la historia, y luego seguir en ese estado de ensoñación era construir mi propio mundo. No hace mucho leí una cita de George Jean en un manual de Literatura en la que se mencionaba la necesidad de imaginar. “La vida imaginaria es, pues, mucho más que una necesidad de vida: es una necesidad fundamental. Y contemplar el mundo, percibirlo y comprenderlo mejor no es perder el tiempo”. Coincido con esta afirmación, creo que la ensoñación es tan importante como el comer y el dormir en la vida de un niño porque permite delinear la propia subjetividad.

     Mientras estaba en la Facultad cursando Letras recurrí a las Obras Completas de Borges que mi papá tenía en su biblioteca y que yo recordaba desde siempre que estuvieran en uno de sus estantes. Es un libro gordo, verde, la edición de Emecé de 1972. Pasó que al abrirlo, cayó una foto. Era yo, debí haber tenido cerca de un año. Estaba sentada en una plaza, sobre una manta, y tenía puesta una capotita en la cabeza. Me sorprendió muchísimo encontrarme en un libro. Mi papá debió haber usado la foto de señalador en la época en que yo era un bebé y la foto siempre quedó ahí. Para mí fue un signo doble: el primero, una suerte de premonición de mi futura relación con los libros (y el hecho de que fuera en un libro de Borges y no en otro en el que estuviera esa foto), y el segundo, que mi papá leyera y que fuera mi foto y no otro papel  lo que le indicara la página donde había quedado. Esto me hizo pensar en que hay una fuerte relación subjetiva entre los libros y los padres. Mi papá nunca me invitó a leer a Borges y sin embargo, yo estaba allí, entre esas páginas. En la facultad comencé a leerlo y me emocionó, me interpeló, me dejó sin palabras. Muchos leían a Cortázar  (yo también), pero mientras la mayoría optaba por Julio a mí me atrapaba Jorge Luis. Con esto quiero decir, que tal vez haya en la historia personal de los padres lectores algo que, sin llegar a ser una mediación directa, pueda dejar huellas, o pistas de que algunos escritores, significativos para los progenitores, lo sean también para los hijos. (...)
                                                                                         J.G.
 

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