Remontarme
a mi historia personal como lectora es volver a escuchar ciertas voces que
estuvieron presentes como los libros abiertos. Si hay algo que recuerdo es el regazo
de mi mamá y mi papá, contándome cuentos en la cama. La voz de mi mamá cambiaba
con cada personaje y eso me gustaba mucho. De mi papá recuerdo el timbre pausado,
sincero. Me leyó una biblia para niños completa, y era larga. Coincidió con la
época en que mi hermana era chiquita y mi mamá tenía que ocuparse de dormirla,
entonces yo aprovechaba y me iba a la cama de mis papás para que me leyeran.
Recuerdo que aprender a leer me resultó un
trabajo difícil. Mi mamá había comprado un diccionario con imágenes. Para
comprender la palabra, aparecía, por ejemplo, “abeja” y al lado del dibujo
estaba la palabra. Y yo miraba el dibujo y miraba la palabra y no le encontraba
la relación, las letras eran otros dibujos. No sé cuándo exactamente esas
incógnitas se despejaron y leer no fue tan trabajoso pero sí recuerdo el placer
que sentía el hecho de que me contaran historias. Mi tía, que era artista
plástica, le encantaba contarme cuentos con títeres, y para colmo con
personajes penumbrosos como las brujas y yo me moría de miedo porque la voz de
las brujas le salía de lo más bien. Además, ella misma hacía los títeres, y las
brujas eran muy feas. De mi abuela recuerdo rimas, algunas canciones y
oraciones para antes de dormir, y de las historia que me contaba de fotos suyas
y de su familia que guardaba en una caja de zapatos. Mi otra abuela también
guardaba fotos de otras épocas y eso me encantaba. Escucharla los sábados por
la tarde, después de la merienda, en esas horas que parecen avanzar lento (no
sé por qué siempre me pareció que las horas de la infancia eran más largas),
ella me contaba fragmentos de su vida, los más significativos, y yo la
escuchaba mientras miraba la foto y me parecía que esas personas, detenidas en
el tiempo, desconocidas por mí, cobraban vida, me miraban a mí. La narración siempre estuvo asociada en mi
infancia a personas a quien amé mucho, a sus voces, a la manera en que
contaban.
La primera vez que lloré desconsolada con la lectura de un libro fue con
Mujercitas. Me lo regaló una
compañera cuando cumplí nueve años. Yo no sabía qué era la muerte. Y la
descubrí con la muerte de Beth. No podía entender que una jovencita, casi niña,
tan pura se tuviera que “morir”. La muerte no existía en mi vida, nadie había
muerto en mi familia, ni siquiera una mascota. La muerte apareció con los
libros y también la angustia existencial. Una sensación horrible de vacío y de
abandono que cada tanto me tomaba por sorpresa en la cama, a la hora de la
siesta o a la noche y tenía miedo. Los libros siempre fueron motivo de
entretenimiento, de horizonte diáfano, y ahora esto. No. Me costó mucho seguir
leyendo. Pero por alguna razón terminé la novela, y al tiempo, la volví a leer.
Y nuevamente volví a llorar con el mismo desconsuelo de la primera vez. Después
descubrí por una amiga que la historia continuaba en otro libro y los leí a todos,
hasta que la niñas se volvían mujeres y tenían hijos, y éstos se volvían
grandes. Me gustaba mucho el personaje de Jo que quería escribir y cómo se
desenvolvía en ambientes de hombres y cómo su condición de mujer era un
obstáculo para muchos de sus proyectos. Me gustaba su valentía y su
sensibilidad.
Otro personaje me tocó más que ella y fue Sisí . Adoré la colección de la Biblioteca Billiken. Buscar más
libros donde Sisí apareciera me llevó a mirar con más detenimiento las tapas de
los libros y a reconocer algunas colecciones; Sisí también aparecía en los
libros de Robin Hood. Recuerdo mi frustración cuando ya no aparecían tantas
imágenes y yo tenía que recrearlas en mi cabeza; no me gustó tanto que los
libros ya no las tuvieran. Fue algo así como un duelo. Sentí con este personaje
mucha empatía, su querer ser ella misma a pesar de los condicionamientos
familiares y sociales.
De la
historia de Sísí y algunas novelas policiales para niños como los libros Los 6 amigos me encontré a los doce o
trece años sin saber qué leer. La biblioteca del colegio me había proporcionado
todos aquellos libros que durante mi infancia habían sido motivo de curiosidad,
pero ahora me encontraba con que no sabía qué leer. Y esto me generaba una
sensación de incomodidad, no digo de angustia pero sí de ansiedad.
Más adelante en la escuela, la lectura
también fue motivo de amistad. Tuve una compañera a la que le encantaba leer,
como a mí. Pero éramos, como siempre fue, casos raros, excepcionales en el
grado. No era la lectura un gusto popular, ni menos cuando fuimos creciendo.
Cuando cumplí doce ya no tuve esa compañera de lecturas con la cual
intercambiar libros. Tampoco encontré otra con la cual socializar lo que leía.
En casa mis papás leían pero cada cual lo suyo, siempre un libro en la mesa de
luz, siempre el diario. En ese período la biblioteca de la escuela perdió el
encanto, ya no encontraba libros para adolescentes. (...)

No hay comentarios:
Publicar un comentario