sábado, 14 de febrero de 2015


Mi biografía como lectora (III)
   No recuerdo experiencias en mi infancia y adolescencia de un adulto mediador en la escuela. La lectura literaria era simplemente un contenido para evaluar lectura en voz alta o comprensión lectora, ni siquiera interpretación. En la secundaria tuve profesoras que luego me dieron clases en la Facultad. Nadie podía discutir su trayectoria. Nos daban a leer clásicos que luego leí con admiración pero en la secundaria eran un tedio. Me pregunté entonces, siendo estudiante universitaria, por qué la lectura perdía tanto en la escuela, por qué se volvía gris. Me lo sigo preguntando hoy pero sé que la lectura y la escuela son un binomio complicado, difícil, como diría Laura Devetach. Mucho me costó después de la Facultad volver a leer un libro sin pensarlo como un objeto de estudio. Fue un proceso de recuperación de mí misma como lectora que no busca otra cosa que el gusto por el relato.

    A mis alumnos les digo que la lectura que nos resulta placentera cuando entra al aula pierde ese carácter porque se vuelve obligatoria, sujeta a la mirada de un adulto que la fiscaliza. Y que comprendo que no todos tenemos la misma predisposición para leer. Que aún aquel que le guste leer puede encontrar fastidio en la lectura literaria que se propone en la escuela precisamente porque no la eligió él (ni siquiera en la elección dentro de un corpus armado por el profesor). Que al convertirse en tarea, la lectura literaria ya no es la misma. Cuesta también erradicar la idea preconcebida de la literatura tiene que transmitir valores. Hace poco, una docente de Psicología que está dictando una materia nueva de la currícula, me preguntó si podía “usar” las lecturas que les había dado a mis alumnas para trabajar la formación de la identidad. ¿Qué le iba a decir? “Claro, por supuesto, todas tienen “algo” que vas a rescatar de las novelas”-le dije. Y mi sensación después de la charla es que la lectura literaria en la escuela es otra cosa: es tarea, estudio, obligación, trabajo interdisciplinar, otra cosa muy distinta a la que yo entiendo por lectura de libros.

   Similar sensación tuve a lo largo de mi paso por la carrera de Letras. Claro que uno tiene que tener en claro que estudia Letras para volverse un profesional de los textos. Una profesora de la Facultad nos decía: “que haya una diferencia entre lo que ustedes puedan decir de un libro y lo que pueda decir el carnicero de la esquina”. Sin embargo, en la escuela secundaria el profesor de Lengua tendría que ser un mediador entre los jóvenes y los libros. Michéle Petit es muy clara cuando insiste en la idea de que la lectura es “algo que se nos escapa” y que se hace necesario transmitir la idea de que el relato es parte de la esencia humana y que desde que el hombre es hombre siempre hubo relato. Y que probablemente habrá una historia que nos diga algo, nos toque en especial.

    Casualmente en estos días me pregunté cómo trabajar los libros del Taller de la Palabra del Liceo Municipal con mis pequeños alumnos de siete años. Veníamos con algunos tropezones porque son bastante más que otros años y yo, acostumbrada a los grupos reducidos, me tuve que replantear algunas actividades. Les mostré primero el cortometraje “Los fantásticos libros voladores del Señor Morris” y luego les dejé sobre el escritorio casi todos los libros que fuimos comprando en estos años. Que los miraran, que los leyeran si les interesaba, que los dejaran y buscaran otros. Mi sorpresa fue enorme, estuvimos dos clases así, ellos con la libertad de mirar, servirse, leer, o no leer, compartir con el compañero el libro o pelearse por un libro, acercarse y comentarme lo que les había gustado, escucharlos leerme el libro a mí, encerrarse con las tapas del libro y olvidarse del resto…Algunos me preguntaban que cuál podían ver, y yo sólo hice algunos breves comentarios como “éste cuenta una historia para reírse” o “éstos son cuentos”., “aquél tiene colmos”. Luego, completamos unas fichitas de colores para indicar en el cuaderno qué libro habíamos visto, y esta actividad los llevó a prestarle atención a la tapa, a diferencia el autor del ilustrador, a preguntarse qué hace un ilustrador y qué es la editorial. Me llamó la atención también las palabras que usaron cuando dieron su opinión sobre el libro, “encantador”, “entretenido”, “me gustan las imágenes”. Me pregunto si tal vez yo no esté cumpliendo ese rol de mediador que me faltó en una determinada edad en mi historia personal con los libros. Hace poco, leí una entrevista a la escritora y maestra colombiana Yolanda Reyes que dice que: “Yo digo que la lectura en la primera infancia es un ménage à trois, no puede pensarse sin el acompañamiento de este adulto. Muchas veces, en contextos de pobreza y marginalidad son los niños quienes llevan los libros a los adultos y con esa demanda de lectura empiezan a transformar las relaciones. El triángulo amoroso es esa línea que conecta tres vértices: de un lado, los niños; del otro, los libros; y hay otro vértice que es el mediador. Conectar no sólo significa que ese libro sea tomado por el niño, sino muchas veces tiene que ver con sembrar el deseo que por razones distintas no es evidente o no ha nacido. El papel del mediador es abrir múltiples posibilidades, en las que el libro obra como una especie de pretexto, pero también como una pantalla que refleja, ilumina y resignifica esa relación.” (Revista Imaginaria Nº330 Entrevista).

   Para concluir, diría que la lectura sigue siendo en mi vida una búsqueda, sigo en este sentido, rastreando libros que me cautiven, que me interpelen, que me entretengan. Y en este buscar me doy cuenta de que puedo invitar a mis alumnos a leer, y a permitirles que opinen que tal libro no les gustó y que quieran otro. Darle paso a la figura del lector y dejar en segundo plano el rol de profesor. Creo que sí, me está gustando ser un mediador entre los libros y los chicos.
                                                                            J.G.



 

 


 

 

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