Mi biografía como lectora (III)
No
recuerdo experiencias en mi infancia y adolescencia de un adulto mediador en la
escuela. La lectura literaria era simplemente un contenido para evaluar lectura
en voz alta o comprensión lectora, ni siquiera interpretación. En la secundaria
tuve profesoras que luego me dieron clases en la Facultad. Nadie podía discutir
su trayectoria. Nos daban a leer clásicos que luego leí con admiración pero en
la secundaria eran un tedio. Me pregunté entonces, siendo estudiante
universitaria, por qué la lectura perdía tanto en la escuela, por qué se volvía
gris. Me lo sigo preguntando hoy pero sé que la lectura y la escuela son un
binomio complicado, difícil, como diría Laura Devetach. Mucho me costó después
de la Facultad volver a leer un libro sin pensarlo como un objeto de estudio.
Fue un proceso de recuperación de mí misma como lectora que no busca otra cosa
que el gusto por el relato.
A mis alumnos les digo que la lectura que
nos resulta placentera cuando entra al aula pierde ese carácter porque se
vuelve obligatoria, sujeta a la mirada de un adulto que la fiscaliza. Y que
comprendo que no todos tenemos la misma predisposición para leer. Que aún aquel
que le guste leer puede encontrar fastidio en la lectura literaria que se
propone en la escuela precisamente porque no la eligió él (ni siquiera en la
elección dentro de un corpus armado por el profesor). Que al convertirse en
tarea, la lectura literaria ya no es la misma. Cuesta también erradicar la idea
preconcebida de la literatura tiene que transmitir valores. Hace poco, una
docente de Psicología que está dictando una materia nueva de la currícula, me
preguntó si podía “usar” las lecturas que les había dado a mis alumnas para
trabajar la formación de la identidad. ¿Qué le iba a decir? “Claro, por supuesto,
todas tienen “algo” que vas a rescatar de las novelas”-le dije. Y mi sensación
después de la charla es que la lectura literaria en la escuela es otra cosa: es
tarea, estudio, obligación, trabajo interdisciplinar, otra cosa muy distinta a
la que yo entiendo por lectura de libros.
Similar sensación tuve a lo largo de mi paso
por la carrera de Letras. Claro que uno tiene que tener en claro que estudia Letras
para volverse un profesional de los textos. Una profesora de la Facultad nos
decía: “que haya una diferencia entre lo que ustedes puedan decir de un libro y
lo que pueda decir el carnicero de la esquina”. Sin embargo, en la escuela
secundaria el profesor de Lengua tendría que ser un mediador entre los jóvenes
y los libros. Michéle Petit es muy clara cuando insiste en la idea de que la
lectura es “algo que se nos escapa” y que se hace necesario transmitir la idea
de que el relato es parte de la esencia humana y que desde que el hombre es
hombre siempre hubo relato. Y que probablemente habrá una historia que nos diga
algo, nos toque en especial.
Casualmente en estos días me pregunté cómo
trabajar los libros del Taller de la Palabra del Liceo Municipal con mis
pequeños alumnos de siete años. Veníamos con algunos tropezones porque son
bastante más que otros años y yo, acostumbrada a los grupos reducidos, me tuve
que replantear algunas actividades. Les mostré primero el cortometraje “Los
fantásticos libros voladores del Señor Morris” y luego les dejé sobre el
escritorio casi todos los libros que fuimos comprando en estos años. Que los
miraran, que los leyeran si les interesaba, que los dejaran y buscaran otros.
Mi sorpresa fue enorme, estuvimos dos clases así, ellos con la libertad de
mirar, servirse, leer, o no leer, compartir con el compañero el libro o
pelearse por un libro, acercarse y comentarme lo que les había gustado,
escucharlos leerme el libro a mí, encerrarse con las tapas del libro y olvidarse
del resto…Algunos me preguntaban que cuál podían ver, y yo sólo hice algunos
breves comentarios como “éste cuenta una historia para reírse” o “éstos son cuentos”.,
“aquél tiene colmos”. Luego, completamos unas fichitas de colores para indicar
en el cuaderno qué libro habíamos visto, y esta actividad los llevó a prestarle
atención a la tapa, a diferencia el autor del ilustrador, a preguntarse qué
hace un ilustrador y qué es la editorial. Me llamó la atención también las
palabras que usaron cuando dieron su opinión sobre el libro, “encantador”,
“entretenido”, “me gustan las imágenes”. Me pregunto si tal vez yo no esté
cumpliendo ese rol de mediador que me faltó en una determinada edad en mi
historia personal con los libros. Hace poco, leí una entrevista a la escritora
y maestra colombiana Yolanda Reyes que dice que: “Yo digo que la lectura
en la primera infancia es un ménage à trois,
no puede pensarse sin el acompañamiento de este adulto. Muchas veces, en
contextos de pobreza y marginalidad son los niños quienes llevan los libros a
los adultos y con esa demanda de lectura empiezan a transformar las relaciones.
El triángulo amoroso es esa línea que conecta tres vértices: de un lado, los
niños; del otro, los libros; y hay otro vértice que es el mediador. Conectar no
sólo significa que ese libro sea tomado por el niño, sino muchas veces tiene
que ver con sembrar el deseo que por razones distintas no es evidente o no ha
nacido. El papel del mediador es abrir múltiples posibilidades, en las que el
libro obra como una especie de pretexto, pero también como una pantalla que
refleja, ilumina y resignifica esa relación.” (Revista Imaginaria Nº330 Entrevista).
Para concluir, diría que la lectura sigue
siendo en mi vida una búsqueda, sigo en este sentido, rastreando libros que me
cautiven, que me interpelen, que me entretengan. Y en este buscar me doy cuenta
de que puedo invitar a mis alumnos a leer, y a permitirles que opinen que tal
libro no les gustó y que quieran otro. Darle paso a la figura del lector y
dejar en segundo plano el rol de profesor. Creo que sí, me está gustando ser un
mediador entre los libros y los chicos.
J.G.
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