Fui la diáspora de mi propio destino.
El recinto que es la noche, descuidado y sucio, a
veces,
cuando nada me lleva a pensar que tiene un sentido
vivir en el claro día, según los poetas,
ha insinuado cómo parte de mí es un exilio.
Pocos fueron los recuerdos del otro lado, simulacro de un río
que cruza el Aqueronte; sirenas e islas no han sido
un obstáculo,
tal vez destinos inquietantes, pero no menos
atractivos.
El libro que calificaba viejas etiquetas y
preceptivas ocultará
la prueba de que extravié la ingenua voz que sigue
llamándote:
Perdí-me corrijo- perdimos, tardes y cruces y
puentes
y remolinos.
J.G.

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