miércoles, 10 de diciembre de 2014


Los selenitas

  Los selenitas, habitantes diminutos de la Luna, cavan pequeños pozos en el silencio de la noche. En ellos guardan todo aquello que se pierde en la Tierra: sueños inconclusos, suspiros de amores no correspondidos, huellas desaparecidas en lentas caminatas de verano, borras de café que auguran buenos y malos presagios, besos sueltos en el aire, lágrimas escondidas bajo las almohadas, en fin, todo aquello que los seres humanos no guardan por omisión, dolor u olvido.

  Los selenitas cultivan un amor profundo por su tierra, realizan rituales serenos al menos dos veces durante la jornada. Saben que tienen la dicha de vivir la poesía única de la Luna por ser Luna, y que ellos, hijos de esta tierra, no pueden obviar. Para los rituales se preparan de la siguiente manera: se bañan en aguas ocultas y granizadas al menos diez minutos, entrelazan cordeles azulados y los trenzan para formar una cadena que los una en el rezo y luego danzan en silencio, como si una música interna los guiara y les indique el ritmo del compás.

   Los selenitas practican además el cultivo de una suerte de bulbo que los alimenta, no necesitan de otro nutriente para vivir. En realidad, se alimentan más de lo que suelen soñar  -si hay algo que no podemos dejar de nombrar es la importancia de la ensoñación en la vida de los selenitas-. Tienen una particular sensibilidad para captar toda mirada que viene de la Tierra. Y es, por esta razón, que de tanto absorber las miradas lejanas es que pueden esconder a la Luna cuando se viste de nueva. Porque en realidad, la Luna siempre está en su lugar. No desaparece, no. Son los selenitas los que la cubren con un inmenso manto oscuro, profundamente nocturno, para que, por unos días, la intensidad de las miradas sean degustadas una por una, en los rituales de consagración.
                                                                                                                     J.G.



No hay comentarios:

Publicar un comentario