martes, 2 de diciembre de 2014


Vigilias

La tarde amarilla
silenció una pausa.

Quejas se escuchaban
en la rama de un árbol,
el más próximo a mi casa.

Y como queriendo actuar
como un dios entre los pájaros
olvidé llamarte.

Rara vez me pasa.
Será que el otoño me lleva
a la nostalgia, a irme a un tiempo
detenido en pequeños goces
cotidianos.

 
La calle muestra a esta hora
su cara nueva:
sirenas enigmáticas 
suenan como timbres,
metálicas y azules.

Sin licencia obligan
a que una se acostumbre
al lento cerrar de las ventanas.

 
Las hojas secas sangran
en la vereda;
como siempre, el otoño
actúa, inexorable.
No te llamé. No me perdones.
                               J.G



 

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