domingo, 25 de septiembre de 2016

   Sólo para reírnos el tiempo nos humilla. Nos atrae como los peces al vidrio de la pecera, para quedarnos inmóviles, por segundos, observando ese exterior que fluye y pasa. Nada sé del otro lado del vidrio. Ni de vos, ni del otro. Nos mira el tiempo por afuera, como si fuéramos cautivos, en un círculo que es palabra, emoción o ruido. Y sólo nos queda reírnos, para no llorar. O dar vueltas y vueltas en la ciudad para no caer en la desesperación.
                                                                            J.G.


miércoles, 21 de septiembre de 2016

Amable Ella me habla, me abarca Desde su cubículo mágico Rodeada de pétalos de estío Su mundo amable, terso. He intentado dormir en vano He fumado y bebido la noche, pensándola Oteando viejas películas Me gusta ese sonido El de mis pensares y los lejanos dialogos Del insomnio santo y demonio La noche que me convida a soñarla Enmarañado en sus ojos claros, centinelas En el vino próximo o la risa O el cómplice beso, la caricia ciega. Nunca seré tan feliz. Nunca. Pues su voz Me ha hablado de todo eso Como una maga florida. Alejandro Valls Santa Fe, 2015



Los dioses secretos

    El aire de agosto me trae un no sé qué en el paladar, un sabor a dulce del pasado, al membrillo de los años en que las facturas no engordaban. Entonces me acordé del pasillo, la casa mirando a la pared, el sol oblicuo en el patiecito de la entrada. Era un cuadrado de pasto con flores y plantas, esmero de mi madre que deseaba el verdor a toda costa. Un día me mostró los plantines. Me enseñó el nombre de las petunias, los corales, los conejitos, y el malvón de la casa de la abuela. Yo deseaba íntimamente que mamá me delegue la función de cuidarlos. De hecho yo los regaba cuando caía el sol, más o menos a media tarde, cuando venía de la escuela y asomaba la primera sombra entre las hojas. Al rato, los observaba tras la ventana esperando que el agua les haya hecho algún efecto. Entonces comprobaba que el coral había levantado una hoja, que la humedad del pastito era una cosquilla en la petunia y me sentía satisfecha. Cuando les daba el sol del invierno, me llevaba el libro que había sacado de la biblioteca para leer apoyada en la baranda. Disfrutaba del sol y ellas también. Entonces supe, más o menos enseguida que ellos estaban allí, refugiados. No es que llegaron en carroza, en caravana. No. Se acomodaron un día, o una noche, cuando yo no estaba. Tendieron las carpas bajo las hojas de los rosales porque, sabios, nadie se acerca más que una o dos veces a las flores con espinas. A ellos les gustaban las petunias, les gustaba estar cerca de la baranda para saltar una o dos veces hacia el otro lado si se aburrían. Supe entonces que su venida no era casual, ni menos inocente. Supe que venían a dejar un mensaje y que la destinataria era yo. Cuando entrecerraba los ojos para sentir el sol del invierno dejaban entre hoja y hoja del libro unos rollitos de papel. Esos eran sus mensajes. Claro que ni con lupa entendía qué querían decirme, era un código cifrado. Fui juntándolos en una caja pequeña, de las que me regalaban para los cumpleaños. Con el tiempo, fueron transformándose en mensajes legibles. Eran mensajes para ser leídos en el futuro. Siendo grande entendí que aquellos dioses secretos aparecían porque sí, no elegían a nadie en especial, los dioses secretos invocaban las palabras, los silencios en el aire, el aroma dulzón y adormilado de las flores, una vaga inocencia.
                                                                     J.G.



domingo, 11 de septiembre de 2016

A partir de “LA NAVAJA DE OCCAM” de Theodore Sturgeon

Querido diario:
                           Te escribo con una congoja en el corazón, no sé qué me pasa. Hoy me ocurrió un contratiempo inesperado. No tuve peleas con mamá ni con Elisa. Esta vez no. Ni se me mojaron los botines cuando venía para casa con ramas para el fuego. A veces me siento feliz estando acá, en el bosque. Cuando despierto, el sol se cuela por la cornisa y dan unas ganas enormes de abrir la ventana y contemplar el paisaje. Saco la cabeza y aspiro el aire, cierro los ojos, escucho el trinar de los pájaros que se esconden en los álamos. Entonces pienso que no vale la pena vivir en la ciudad, el silencio no está allí, tampoco estos árboles. Pero a veces me canso, me siento sola. Como soy la mayor, tengo que ocuparme de la educación de mis hermanas, se me van las primeras horas de la mañana en esta tarea; después ayudo a mamá con los quehaceres domésticos. Te cuento todo esto porque trayendo ramas para el fuego es que lo vi. Hoy no, antes de ayer. ¿A quién me dirás? A él. Un chico. Un chico alto, de espaldas anchas, de piel muy blanca y pelo castaño. Me asusté tanto que me escondí tras un árbol. No sé qué hacía por acá. Sólo parecía observar las plantas, miraba de vez en cuando el cielo, la punta de los árboles. No me pareció que fuera uno de los cazadores que aparecen de vez en cuando y que yo sepa nadie más que nosotros vivimos en el bosque. Cuando el corazón dejó de trotar en mi pecho, me asomé y no lo vi más. En casa no dije nada. A papá menos aunque él es el único que tiene contacto con algunas personas, unos pocos hombres lo visitan por la tarde. Papá duerme por la mañana hasta el mediodía. Trabaja de noche, en el sótano. Nos tiene prohibido que vayamos allí. Cierra la puerta con doble llave y un candado. Cuando quise saber qué hacía, mamá me contestó que trabajaba para unos médicos, que preparaba ungüentos y pastillas para los animales del campo. A mí me parece que le dedica mucho tiempo a esas cosas y que bien podría hacerlo de día y no por la noche, pero mamá dice que de esa manera él trabaja tranquilo, nada lo desconcentra cuando todos duermen.
         Ayer volvía del arroyo y distraída como voy siempre mirando el sendero me topé con él. El chico del que te hablé. Me quedé muda. Venía en dirección contraria y no supe qué hacer. Quería correr pero el chico se puso enfrente mío. Era alto, los ojos pardos me miraban con curiosidad. -¿Dónde vivís?-me preguntó.-En el bosque-le dije. –Con mis padres. Me tengo que ir-y salí corriendo. El corazón me trotaba en el pecho hasta mucho después de haber entrado a la casa. No le dije nada a mamá para no preocuparla. Después de dos horas, me pregunté por qué el corazón se agitaba tanto cuando evocaba su imagen. No es que nunca haya visto chicos de mi edad, claro. Antes de que papá nos trajera al bosque vivíamos en la ciudad, yo iba a la escuela municipal, tenía compañeros varones pero no era de acercarme o de hablar con ellos. Mis únicas amigas eran Ana y Pola. Con ellas compartía los recreos y las tareas de la escuela. Yo no sé por qué me siento así. Ahora me parece que lo veo cuando lavo los platos, frente a la ventana que da al jardín, o cuando voy al corral a buscar huevos, o cuando me estoy por ir a dormir, como si también pudiera aparecerse debajo de la almohada. No se me ocurre otra cosa más que rezar para evitar estos pensamientos que me alteran. Por otro lado, creo que algo de la edad habrá en todo esto. Tengo quince. Mis amigas me decían que es la edad en que nos gustan los chicos, nos gusta la idea de enamorarnos y cosas así pero a mí nunca me ha pasado. Lo único cierto en mi vida es que tengo que ayudar a mamá con la educación de mis hermanas. Pronto iremos a la ciudad a comprar más libros, telas para vestidos y una buena provista de harina, arroz, azúcar y aceite. A mí me gustaría comprarme unas cintas de colores para el pelo así dejo de peinarme de la misma manera, me aburren las trenzas. Ahora bien, querido diario, te preguntarás qué tiene que ver esto que te cuento con lo que te dije al principio. Continúo. Al mediodía, cuando papá vino a la cocina para tomar el café vi que en su bolsillo del guardapolvo que usa para trabajar le colgaba algo, un retazo de tela. Esperé que dejara el guardapolvo en el respaldar de la silla y me acerqué. Era la tela de la camisa del chico. Vos me dirás que no, que me confundí. Estoy segura de que es de la camisa del chico porque me acuerdo muy bien, rugosa y con rayas finitas de color azul. Además, tenía manchas marrones, como se sangre seca. Ahora yo me pregunto qué hace ese retazo en el guardapolvo de papá. Qué relación hay entre papá y el chico. Aún no puedo saberlo. Lo qué si siento es que papá oculta algo en el sótano, algo que no quiere que sepamos, ni siquiera mamá. Pienso que tal vez el chico pudo haber sufrido un accidente y me angustio. ¿Le habrá hecho daño papá? ¿Por qué nunca nos cuenta de su trabajo en el sótano? ¿Estará él, el chico del arroyo, oculto? ¿Y si entrara al sótano a averiguarlo? Voy a vigilar dónde pone papá las llaves. Tendré que esconderme, hacer que duermo y levantarme a espiar a papá en el sótano. No puedo seguir con esta sensación que me comprime, que me deja sin aire como si hubiese corrido tres vueltas alrededor de la casa. Esta noche probaré. Mamá no se dio cuenta de lo que me pasa, esta agitación que me lleva de un lado a otro en la cocina. Tengo que tranquilizarme y ordenar las ideas. Si papá tiene algo que ver con el chico tengo que saberlo, ayudarlo. Por eso te escribo, querido diario, para aquietar este corazón que de un día a otro dio un vuelco, como si no me perteneciera. Pronto tendré noticias, mañana volveré a escribirte.

                                                                                   J.G.

miércoles, 31 de agosto de 2016

El río.
     Yo no sé qué pensás de todo esto, si creés que tiene algún tipo de solución, no me preguntés a mí que nunca salí de esta ciudad recortada por el río, qué puedo saber yo qué tienen en común el Paraná con el Sena, sabrás vos que vivís en esa ciudad tan deslumbrante como dicen, yo a lo sumo viajé a Buenos Aires y conocí el Riachuelo, Avellaneda, las casitas de chapa multicolor que tanto me gustan. Ya te dije que esa parte pintoresca me gusta, por algo pinto no como Quinquela, claro, pero que tengo unas ganas enormes de parecerme a él ni te digo. Acá el río es así de marrón como el otro, sucio, impávido, yo no puedo decir que vivo en la ciudad de las luces como vos pero tenemos este puente que de noche lo iluminan que es una belleza y da para un romance, ¿viste? Vos allá no te enamoraste? No probaste darte un beso en esos puentes románticos por los que Cortázar alguna vez caminó? No me vas a decir que no conocés la película de los amantes del puente Neuf, con Juliete Binoche. ¡Pero dónde vivís, che! Estás en la mejor ciudad del mundo y ni te acordás de las películas que la retratan, que la muestran como una deidad casi te diría..mitológica, no sé, ponele el nombre que quieras a la cuestión, lo que te digo es que acá el río es un río y punto, no hay mucho que decir más que la gente tiene un sentimiento encontrado porque no hay como comer pescado de río viste? Tan sabroso, tan de acá a la parrilla, además de la gente de afuera que viene a pescar, a comer en el rancho de Chiquito y ese folclore con el liso, la cumbia, qué va, a mí me gusta el pescado con vino blanco, que no se puede saborear un pacú que es una delicia con salsa criolla si no lo acompañás con la bebida indicada, un chardonnay, por ejemplo. Vos por allá seguro que conseguís los quesos y los vinos que se te ocurran, claro que esos pescados de por allá no saldrán del Senna, digo, que es un río para las fotos y películas como la que te decía, con Juliete Binoche que a mí tanto me gusta ella, me vi casi todas las películas y parece que no se le notan los años, siempre está igual de hermosa, pero bueno, sigamos, vos me hablás del río, que no me vaya por la tangente, pero qué más querés que te diga, si no tenés más que camalotes en la orilla y algunos peces muertos que pobrecitos, con este frío la temperatura los mata, que por acá pasamos de un otoño lluvioso a un invierno crudo; no sabés cómo se me pusieron las plantas del patio con los cambios, ni qué hablar de la orquídea que estaba cultivando, no tengo mucha esperanza de que florezca. Los otros días mi hermana que trabaja como maestra en la escuela de barrio sur, la que está en el parque, ¿te acordás? me contó que otra vez desapareció el padre de dos de sus alumnos, que lo están buscando y no aparece. Sí, se fue a pescar, viven del río viste, si los chicos no comen en la escuela algo le tiene que dar el río que lo tienen apenas salen del rancho. Son tan humildes esos chicos, la vez que fui a llevarles la ropa que tenía para donar vos vieras el olor a humo que tienen, viven todos hacinados, la mirada huidiza pero digna viste, que sé yo, no sé cómo explicarlo, para ellos el río es como un padrino que les da de comer y ahora esto, que desaparezca el padre…Y ellos qué van a hacer ahora, saldrá el mayor con la canoa. Sí, la escuela les da de comer, también les da la ropa, las zapatillas, el mate de la mañana, por último las hojas para la carpeta, porque en esta escuela lo primero es la comida, y ¿ellos? ¿Dónde dejarán guardada la pena del padre que no vuelve? ¿A quién le importa si no vuelven? Cada tanto la asistente se les aparacerá por el rancho a ver cómo andan y qué más…, por más que lo conozcas al río de acá, es traicionero, se los lleva  como si fueran las ofrendas de un dios maligno; el río se los lleva y a mí todo esto me  angustia, viste, mejor te corto, hago las compras antes de que cierren los negocios, prométeme que me llamás durante la semana.

                                                                          J.G.



sábado, 27 de agosto de 2016

          "Un hombre laberíntico jamás busca la verdad sino únicamente a su Ariadna"
                                                  Roland Barthes en La cámara lúcida. Bs.As., Paidós comunicación, 2015 (11ºreimp.)


Roland Barthes

miércoles, 24 de agosto de 2016

A ochenta años del fusilamiento a Federico García Lorca

Ci Yacet

Aquí yacen ceniza, polvo y nada.
Cayeron en el centro de la lucha,
cayeron en el centro de la tarde
a la perfecta soledad madura.

Aquí yacen ceniza y polvo y nada,
pero su sangre corre en nuestra sangre
que ceniza no es, ni polvo ni nada.

Pero su sueño vive en nuestro sueño
que ceniza no es, ni polvo ni nada
que polvo no es y no es ceniza y nada.

Y su alegría está en nuestra sonrisa
que ceniza no es ni polvo y nada,
que nada no es ni polvo ni ceniza.

Aquí yacen ceniza y polvo y nada
los que fueron de carne, sangre y hueso,
y en nuestra carne y sangre y hueso nacen,
muerte fecunda en el vital proceso.

Polvo y ceniza y nada no es su muerte,
que la muerte, en la lucha no es la muerte,
no pongáis epitafios a su muerte.

Transformación constante, cielo y tierra,
el sol, el agua, el aire es epitafio,
en la paz y en la guerra de la tierra.

De la tierra vinieron y a la tierra
volvieron y la tierra los devuelve.
Son la Historia, que sigue.
Son la Revolución, que nunca muere.
                          Raúl González Tuñón. La muerte en Madrid (1939), en Poesía reunida, Bs.As., Seix Barral, 2011. 


Raúl González Tuñón